El vecino al que mi marido tanto odiaba
Me llamo Valeria y tenía veintidós años cuando todo esto ocurrió. Recién casada, estudiando Comunicación en la universidad, viviendo en una casa que no habíamos elegido nosotros sino los padres de Carlos.
Carlos. Mi marido. Un consultor financiero con trajes bien cortados, opiniones ordenadas y un código moral que nunca se doblaba. Lo quería. O eso me decía cuando me miraba al espejo cada mañana.
Nos habíamos mudado a ese barrio tranquilo a principios del otoño, de esos barrios donde los setos están siempre recortados y los vecinos saben exactamente a qué hora llegas a casa. Un barrio que me aburría hasta los huesos.
Y en ese barrio, en la casa del fondo, vivía don Aurelio.
***
Carlos lo odiaba desde el primer día.
—Ese tipo tiene algo raro —me decía cada vez que lo veía asomar por el seto—. La forma en que te mira. No me gusta nada.
Yo sonreía y le daba la razón. Era lo más fácil.
Pero Carlos tenía razón, claro que la tenía. Don Aurelio me miraba. Siempre. Desde la veranda de su casa, desde su coche al salir al trabajo, desde la acera cuando yo regaba las plantas del jardín. Era una mirada sin vergüenza, sin disimulo, directa como un puño. La mirada de un hombre que ya no tiene nada que demostrar y lo sabe.
Tendría unos cincuenta y ocho años. El cabello canoso y corto, las manos grandes con las venas marcadas, esa forma de caminar pausada de quien no tiene prisa porque sabe que las cosas llegan. No era guapo, no en el sentido convencional. Pero había algo en su presencia que ocupaba el espacio de otra manera.
Yo me dije a mí misma, durante semanas, que me daba lo mismo.
Me mentí.
***
Fue un martes de julio, a media tarde. Un calor que pegaba en la piel como si el aire tuviera peso. Carlos había salido temprano a una reunión en el centro y yo estaba sola, incapaz de concentrarme en los apuntes abiertos sobre la mesa del comedor.
Me había puesto poco porque hacía calor y estaba sola: una falda corta que me rozaba los muslos, una camiseta de tirantes fina que dejaba adivinar el bralette de encaje por debajo. Nada pensado para nadie. O eso me decía.
Llevaba una hora caminando por la casa sin hacer nada concreto cuando sonó el timbre.
Abrí la puerta y ahí estaba él.
Don Aurelio. Con esa mirada.
—Buenas tardes, Valeria —dijo. Voz grave, tranquila—. Vengo a pedirte un favor pequeño. Se me ha acabado el azúcar y tengo visita esta noche.
Era la primera vez que se acercaba así, en persona, directamente a la puerta. Hasta ese momento habíamos intercambiado solo saludos de lejos, los justos para mantener las formas.
Algo en mi pecho apretó un momento.
—Pasa —dije. Y me aparté para dejarlo entrar.
***
Me adelanté hacia la cocina y él me siguió. Podía sentir sus pasos detrás de mí, lentos, sin prisa. El aire de la cocina parecía más denso de pronto, más cargado.
Abrí el armario y empecé a buscar el azúcar en el estante de arriba. Tuve que ponerme de puntillas.
—Aquí hay —dije, bajando el tarro.
Cuando me giré para dárselo, él estaba demasiado cerca. A centímetros. Sus ojos no estaban en el tarro.
No dije nada. No me moví. El tarro quedó entre los dos como una excusa que ya no necesitaba nadie.
—Tienes una casa muy bonita —murmuró, pero no miraba la cocina.
Me apoyé en la encimera porque necesitaba algo sólido detrás. Él puso las dos manos a mis lados, sobre el mármol, sin tocarme. Solo cerrando el espacio. La diferencia entre poder irme y no querer hacerlo.
—Carlos no está —dije. La voz me salió más baja de lo que pretendía, más extraña. Más que una advertencia, era una información que le estaba entregando.
—Lo sé —respondió.
Hubo un silencio. Corto, cargado.
—Llevas semanas mirándome —dije.
—Y tú llevas semanas dejándote mirar.
No supe qué responder. Porque tenía razón.
Levantó una mano despacio y apartó el mechón de pelo que me caía sobre el cuello. Sus dedos eran ásperos, de trabajo. Me rozaron la piel un segundo nada más, pero sentí ese roce bajar por toda la columna.
Cerré los ojos. Solo un segundo.
Y cuando los abrí, sus labios estaban a un centímetro de mi oído.
—Llevas todo el verano buscando algo —susurró—. Yo también.
No esperé a que terminara la frase. Fui yo quien cerró esa distancia.
***
El beso fue distinto a cualquier otro que recordaba. No delicado, no cuidadoso. Era el beso de alguien que lleva tiempo esperando y ya no tiene paciencia para los rodeos. Mis manos fueron a su pecho sin plan, sin pensarlo.
Él me levantó de la encimera como si no pesara nada y me bajó al suelo, sin separar los labios.
—Arriba —dijo.
Subimos las escaleras con prisa torpe. Me quitó la camiseta en el rellano, dejándola caer. La falda, en el último escalón. Para cuando llegamos al dormitorio solo llevaba el bralette de encaje y las braguitas a juego.
La foto de nuestra boda estaba en la mesita, de cara a la cama.
No la giré.
***
Don Aurelio se detuvo un momento al entrar. Me miró de arriba abajo, con esa concentración suya, como si quisiera fijar cada detalle antes de continuar.
—Tienes ropa de novia, supongo —dijo—. El conjunto que llevabas esa noche.
Era una pregunta y una orden al mismo tiempo.
Abrí el armario sin decir nada. Saqué el conjunto de encaje blanco que había llevado la noche de bodas, guardado en su bolsa de tela. Me lo puse delante de él, sin darme la vuelta, sin buscar privacidad. Lo miraba mientras me lo ponía y él me miraba a mí.
Su expresión cambió. Algo en sus ojos se volvió más oscuro, más concentrado.
Se acercó despacio y empezó a recorrer con las manos lo que había estado mirando desde hacía meses. Cada curva, con una atención casi metódica, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Como si yo no tuviera afuera un marido que podía volver en cualquier momento.
Como si eso fuera, precisamente, la mitad del placer.
Ni con Carlos me había sentido así de vista. Carlos me miraba con cariño, con ternura, con ese respeto que al final se parece demasiado a la indiferencia. Don Aurelio me miraba con hambre. Sin filtro. Sin disculpas.
Y yo ardía.
***
Lo que pasó después lo recuerdo en fragmentos nítidos, sueltos, sin cronología limpia.
Recuerdo sus manos en mis caderas, firmes, sin dudar. Recuerdo haberme arrodillado delante de él porque quería hacerlo, porque necesitaba hacerlo. Y recuerdo la diferencia de tamaño que no había anticipado. Me tomé mi tiempo. No tenía prisa.
A Carlos nunca le había hecho eso. Nunca me lo había pedido y yo nunca me lo había ofrecido. Con don Aurelio no se me pasó por la cabeza la posibilidad de no hacerlo. Lo tomé entre las manos, lo recorrí despacio con la lengua de arriba abajo, saboreándolo, y después lo metí en la boca hasta donde pude.
Él apoyó una mano en mi cabello. No me empujó. Solo dejó la mano ahí, con peso, con presencia.
Cuando acabé, me incorporó por los hombros y me tumbó en la cama.
***
Luego fue él quien tomó el control. Me separó las piernas con calma y me demostró que sabía exactamente lo que estaba haciendo. No con urgencia sino con método, con una precisión que no dejaba espacio para pensar en otra cosa. Tardé menos de lo que esperaba. Me aferré a las sábanas y solté un sonido que no reconocí como mío.
—Eso es —dijo, levantando la cabeza un momento para mirarme—. Ahí.
Después me penetró despacio, dejando que yo marcara el ritmo al principio. Luego no tanto.
***
Más tarde, sin que nadie lo dijera en voz alta, me puse a cuatro patas en la cama. Los dos lo sabíamos.
Empezó con paciencia, preparándome despacio, sin apresurarse. Cuando sentí la presión en el sitio donde Carlos nunca había llegado, apreté los dientes y respiré hondo.
—Dime si paro —dijo.
—No pares.
Fue lento al principio. Después no tanto. Y en algún punto entre la incomodidad y el placer dejé de saber dónde terminaba uno y empezaba el otro. Me agarraba de la cabecera con los nudillos blancos, mordiéndome el labio para no gritar, y me sorprendí buscando más, empujando hacia atrás, queriendo el fondo.
Llegué por segunda vez con un gemido que no pude controlar.
***
No escuché la puerta de la calle.
No escuché los pasos en las escaleras.
La primera señal fue la sombra en el marco del dormitorio. Levanté la vista y ahí estaba Carlos, con el maletín todavía en la mano, sin moverse.
Me quedé quieta un segundo.
Después, deliberadamente, volví a moverme.
No sé qué esperaba que hiciera. Gritar, quizá. Irse. Cerrar la puerta de un golpe y bajar al coche. Pero Carlos no hizo ninguna de esas cosas. Se quedó en el umbral, mirando, con una expresión que tardé días en descifrar.
Don Aurelio terminó dentro de mí mientras Carlos nos observaba desde la puerta.
Cuando todo acabó, don Aurelio se incorporó con calma, recogió la ropa sin apresurarse y salió del cuarto pasando al lado de Carlos sin decir una sola palabra, como si acabara de bajarse de un autobús.
Carlos y yo no hablamos esa noche. Ni esa ni la siguiente.
***
Al tercer día, mientras desayunábamos, Carlos dejó el café sobre la mesa y dijo:
—Puede volver cuando quiera.
No añadió nada más. Volvió a mirar el periódico.
Tardé un momento en entender lo que acababa de decir. Y cuando lo entendí, sentí algo mezclado que no sabía nombrar del todo: sorpresa, algo que podría haber sido vergüenza pero que no lo era, y encima de todo eso una excitación nueva y diferente a todo lo anterior.
Descubrí entonces que a Carlos no le molestaba lo que había pasado. Al contrario. Que verme con ese hombre, con ese hombre en concreto al que había odiado desde el primer día, le despertaba algo que ninguno de los dos se había atrevido a nombrar hasta ese momento.
Don Aurelio volvió el viernes siguiente. Y el martes después de ese. Y el sábado siguiente.
A veces Carlos estaba en casa cuando llegaba.
Eso, fui descubriendo, era exactamente lo que a los dos les gustaba.