Quiero a mi novia, pero no puedo dejar a mis amantes
Esto que voy a contar no se lo he dicho a nadie. Ni siquiera a un amigo borracho a las cuatro de la mañana. Y sin embargo lo escribo aquí, porque tengo la sensación de que, si no lo suelto en algún sitio, voy a terminar reventando por dentro.
Estoy con Carla desde hace algo más de cuatro meses. Es la mujer más buena que he conocido en mi vida. Tiene veintinueve años, trabaja en una librería del centro y se ríe como si nadie le hubiera enseñado nunca a disimular. Cuando la beso por la mañana, antes de que se vaya al trabajo, siento algo que no había sentido con ninguna otra: tranquilidad. Quiero esta relación. Quiero que dure. Quiero que dentro de unos años estemos eligiendo los azulejos del baño y discutiendo si poner un perro o no.
Y aun así, dos veces por semana le miento.
Para entender lo que me pasa hay que aclarar algo: a mí no me gustan los hombres. No me fijo en ellos por la calle, no me imagino besando a uno por amor, no me atrae su torso ni sus brazos ni esa mandíbula marcada que sí celebro cuando está en una mujer. Lo que me gusta de los hombres es una sola cosa, muy concreta. Las pollas. Me encanta tenerlas en la boca, sentir el peso, el sabor, el cambio de textura cuando se ponen duras del todo. Y me encanta que me follen. Eso es todo. El resto del paquete me da casi igual.
Las chicas trans, en cambio, me parecen el ser humano más perfecto que existe. Pero esa es otra historia que algún día contaré.
Con Carla el sexo es bueno. No miento si digo que disfruto. Le como el coño casi todas las noches y lo hago con ganas, sin trampa. Follamos cuatro o cinco veces por semana y nos entendemos bien. El problema es que ella quiere lo que llama «una relación normal»: nada de tríos, nada de juguetes raros, nada de abrir la pareja, nada de probar. Me lo dijo claro la segunda noche que dormimos juntos y se lo respeto. La quiero precisamente por eso, por ser tan ella.
Pero mi cabeza no se conforma con lo que tenemos. Y mi cuerpo, todavía menos.
***
Antes de Carla ya tenía esta vida paralela. Dos hombres concretos, dos rutinas que no se cruzan nunca. Cuando empecé a salir con ella pensé en cortar de raíz. Lo intenté, de hecho. Aguanté tres semanas. Luego volví a escribirles.
El primero se llama Hugo. Tiene cuarenta y siete años, está casado desde hace casi veinte y tiene dos hijos en el instituto. Es ingeniero, lleva camisa siempre, y en los aparcamientos de los hoteles de carretera se mueve como si se supiera el guion de memoria. A su mujer la quiere, según me dice, pero llevan años sin tocarse. Ella tampoco quiere saber nada raro. Hugo me contó una vez, mientras se vestía, que la primera vez que se chupó una polla ya había cumplido los treinta y cinco y se sintió tan culpable que estuvo dos semanas sin dormir bien. Ahora ya no se siente culpable. Ahora se siente vivo.
Nos vemos tres o cuatro veces al mes. Casi siempre los martes, después de su reunión con clientes. Reservamos siempre el mismo hotel, una cadena impersonal en la zona de oficinas, y subimos por separado. Hugo me espera con la corbata aflojada y dos botellines de agua en la mesilla, como si lo hiciéramos por hidratación. Casi nunca hablamos de nada que no sea lo que vamos a hacer. Yo me arrodillo en cuanto cierra la puerta y le bajo la cremallera mientras él me acaricia la nuca con una mano que tiembla apenas. Me la mete entera en la boca y se queda un momento quieto, respirando despacio, antes de empezar a empujar. Hugo no me folla siempre. A veces solo necesita que se la chupe hasta correrse. Otras veces se pone detrás, me agarra de las caderas y me embiste con una insistencia que no le vi nunca en su corbata.
Lo curioso es que con Hugo he aprendido cosas de mí mismo que no aprendí en ninguna otra parte. La primera vez que me la pidió a pelo, sin condón, fue después de muchos meses de vernos. Le dije que no, que esa era una línea que no cruzaba. Él respetó. Y luego, mientras nos vestíamos en silencio, me di cuenta de que la línea había sido inventada, que yo quería precisamente lo que acababa de negar. Volvimos a vernos a los quince días y se lo dije nada más cerrar la puerta. Hugo no es de los que dicen «te lo dije». Solo asintió, me besó en la frente como si yo fuera un niño que acaba de entender algo difícil, y me llevó a la cama.
***
El otro se llama Mateo y es lo contrario de Hugo en casi todo. Tiene veinticinco años, lleva un piercing en la ceja y no esconde a nadie lo que hace. Mateo es bisexual y lo dice como quien dice que es de Sagitario: con orgullo, sin dramatismo. Por la mañana puede comerle el coño a una compañera de la facultad y por la tarde mandarme a mí un mensaje que dice «hoy a las siete, tráete las ganas». Y voy. Siempre voy.
Con Mateo intento verme una vez por semana. A veces no se puede, a veces son dos. Vive solo en un piso pequeño en un barrio con bares y tiendas asiáticas, y cada vez que entro me huele a su gel de ducha y a algo que solo huele en su cama. Mateo tiene una polla enorme. No exagero. La primera vez que la vi entera me reí, porque no me cabía toda en la boca y él se rió conmigo, sin prisa, mientras me la pasaba por los labios como si me la enseñara despacio. Aprendí. Ahora me la traga sola.
Lo que pasa con Mateo no se parece a nada que haya vivido con una mujer. Y lo digo sin sacar a Carla de su sitio, sin compararla, porque Carla está en otro lado del mapa. Con Mateo soy otro. Me convierto en un tío que se arrodilla porque quiere, no porque se lo pidan, y que abre la boca antes de que él la pida. A veces me corro solo de chupársela, sin tocarme, sin que él me toque, solo de tenerla dentro y sentir cómo le late en la lengua justo antes de llenármela. Esa sensación, la de notar las contracciones de su polla en mi boca y el chorro caliente al fondo, no la he encontrado en ninguna otra parte.
***
El último martes con Mateo fue distinto. Llegué nervioso. Llevaba toda la tarde con Carla en el sofá viendo una serie y, cuando me dijo «te noto raro», me inventé que iba al gimnasio para escapar. No fui al gimnasio. Conduje hasta el piso de Mateo con el corazón en la garganta y el móvil boca abajo en el asiento del copiloto.
Me abrió en pantalón corto y nada más. Sonrió cuando me vio la cara.
—Otra vez con remordimientos —dijo, y no era una pregunta.
—Otra vez —admití.
Me puso una mano en el cuello, me empujó suave contra la pared del recibidor y me besó. Mateo besa con calma, como si no hubiera prisa por llegar a ningún sitio. Y precisamente por eso llega a todos. Cuando se separó tenía los ojos brillantes y la respiración un poco acelerada.
—Si lo vas a dejar, déjalo —me dijo—. Pero no te castigues mientras estás aquí.
No lo dejé.
Me arrodillé en el pasillo, le bajé el pantalón con los dientes y se la chupé como si fuera la última vez. Él me sujetaba la cabeza con las dos manos, no para forzarme sino para guiarme, marcando el ritmo, y de vez en cuando susurraba cosas que no se pueden repetir aquí porque no significan lo mismo escritas. Cuando le faltaba poco, me levantó del suelo, me llevó al dormitorio sin cuidado y me dobló sobre la cama.
—Vas a aguantar bien —me dijo bajito al oído.
Y aguanté. Aguanté con la cara en la sábana y los dedos clavados en el colchón mientras Mateo entraba despacio al principio y luego cada vez con más fuerza. Aguanté cuando me agarró del pelo y me echó la cabeza hacia atrás. Aguanté cuando me dijo que me iba a llenar y cumplió. Y aguanté, sobre todo, las ganas de llorar que me vinieron después, sin previo aviso, mientras él se desplomaba a mi lado riéndose y me decía que respirara hondo.
***
Llegué a casa pasadas las once. Carla estaba en la cama, leyendo. Levantó la vista cuando entré y me sonrió.
—¿Qué tal el gimnasio?
—Bien —dije, y me metí en la ducha enseguida.
Bajo el agua caliente intenté pensar con claridad. Sé perfectamente que lo que hago está mal. Sé que si Carla se entera, la pierdo. Sé que merece a alguien que esté entero con ella, no a un tío que vuelve a casa oliendo a otro y se inventa rutinas de pesas que nunca hizo. Sé todo eso. Lo repito por dentro como un padrenuestro.
Y aun así, mientras me secaba el pelo, ya estaba pensando en cuándo podría volver a ver a Mateo.
Esa es la parte que no entiendo de mí mismo. La parte que escribo aquí porque no la puedo decir en voz alta. Quiero a Carla. Quiero que esto funcione. Quiero ser el tío que ella se merece. Pero hay algo dentro que se mueve por su cuenta, que no respeta promesas ni planes ni proyectos de azulejos de baño, y que se despierta cada vez que el móvil vibra a una hora rara.
No sé cuánto tiempo más voy a poder sostener esta doble vida. Lo único que sé, con la misma certeza con la que sé mi nombre, es que esta noche me dormiré abrazado a Carla y mañana, en cuanto salga de casa, miraré el móvil esperando un mensaje de Mateo. Y cuando llegue, contestaré que sí.