El día que mi vecino maduro tocó mi puerta
Llevaba tres meses casada cuando todo cambió, y todo cambió por un viejo al que mi marido odiaba.
Me llamo Carla, tengo veintiún años y, vista desde fuera, mi vida era un catálogo de aciertos. Casada con Sergio, arquitecto, treinta y dos años, casa nueva en un barrio tranquilo, estudios de derecho a punto de terminar. Todo cuadraba. Todo era correcto. Y eso, justamente, era el problema.
Sergio era un hombre bueno. Demasiado bueno. Me trataba como si pudiera romperme entre las manos. En la cama era atento, medido, respetuoso. Apagaba la luz. Pedía permiso. Decía «te amo» después, siempre después, nunca durante. Para cualquier otra chica habría sido el marido perfecto. Para mí era una jaula sin barrotes, abierta de par en par, donde el aire estaba tan limpio que se me había olvidado cómo respirar de verdad.
Don Hugo vivía en la casa pegada a la nuestra. Tendría unos cincuenta y ocho años, tal vez sesenta. Pelo cano, barba de tres días siempre, manos grandes y un cuerpo que todavía conservaba la dureza del que ha trabajado físicamente toda la vida. Hablaba poco. Cuando estaba en su jardín, en short y camiseta sin mangas, miraba hacia nuestra casa sin disimular nada.
—Ese tipo te come con los ojos —decía Sergio, cerrando las cortinas con rabia—. No me gusta nada.
Yo le sonreía y le servía un café. No le decía la verdad. La verdad era que esa mirada del viejo, descarada y sin pedir perdón, llevaba semanas metiéndose por debajo de mi piel. Sergio me miraba como se mira a una novia. Don Hugo me miraba como se mira a una mujer.
***
El miércoles que todo se rompió hacía un calor de derretirse. Sergio andaba en obra hasta tarde. Yo daba vueltas por la casa con un short minúsculo y un top sin mangas, descalza, abriendo ventanas que no servían de nada porque no corría una pizca de aire. Me había puesto un sostén de media copa, de esos finitos que casi no se notan. Sabía perfectamente lo que llevaba puesto. Una parte de mí, la que nunca había sacado a la luz, sabía perfectamente para quién.
El timbre sonó cerca de las cuatro de la tarde.
Cuando abrí la puerta, ahí estaba él. Don Hugo, en su jardín de siempre, ahora del lado de adentro de mi casa. Olía a tabaco rubio, a colonia barata y a algo más que no supe nombrar entonces y que ahora sé que era simplemente apetito.
—Disculpa la molestia, vecina —dijo, y la voz le salió grave, con un peso que me llegó al estómago—. Se me acabó el azúcar y la tienda está cerrada. ¿Tendrás un poco?
No me miraba a los ojos. Me miraba el escote, los hombros desnudos, el contorno del sostén bajo la tela del top. Lo hacía despacio, como quien mide algo que ya tiene decidido comprar.
—Pasa —le dije.
No tendría que haberlo dejado pasar. Lo supe al instante, cuando cerré la puerta y oí mis propios pasos detrás de los suyos camino de la cocina. El aire de la casa cambió, como si alguien hubiera bajado la temperatura y subido la presión al mismo tiempo.
Saqué el azúcar de la alacena y lo puse sobre la encimera. Cuando me giré, lo tenía pegado. No lo había oído acercarse. Sus dos manos cayeron a los lados de mi cintura, apoyadas en el mármol, encerrándome sin tocarme.
—Tienes una casa preciosa —murmuró.
No miraba la casa.
—Don Hugo —dije con la voz fina—, mi marido no está.
Lo dije como si fuera una advertencia. Sonó como una invitación. Él lo entendió perfectamente.
—Ya lo sé —contestó—. Te ves demasiado linda para estar sola y aburrida.
Levantó una mano. Despacio, con esa lentitud con la que se acerca un animal viejo y paciente. Me apartó un mechón de pelo del hombro. Sus dedos eran ásperos, callosos, calientes. Rozaron la piel de mi cuello el tiempo justo para que se me pusieran de gallina los brazos enteros.
Esto no se hace. Esto no se puede hacer.
Cerré los ojos.
—Me gusta cómo tiemblas —dijo, y tenía la boca pegada a mi oreja.
***
El primer beso no fue beso. Fue una mordida. Una boca de hombre que llevaba semanas mirándome desde el otro lado de la barda y que ahora cobraba intereses. Me agarró de la cintura con una fuerza que Sergio no había usado nunca conmigo, ni la primera noche ni en ninguna después, y me levantó sobre la encimera como si yo no pesara nada.
Mis piernas se abrieron solas. Mis manos le buscaron el cuello, los hombros, la nuca. Le metí los dedos entre el pelo gris y tiré. Don Hugo se rio bajito, sin separarse de mi boca.
—Arriba —ordenó.
No fue una pregunta.
Subimos las escaleras sin soltarnos. Él me iba quitando ropa por el camino. El top en el descansillo. El sostén dos peldaños después. El short ya en el pasillo, tirado de cualquier manera. Cuando llegamos al dormitorio yo iba en bragas y él todavía vestido. Eso me prendió de una manera que no supe explicar. Estar casi desnuda mientras un hombre completamente vestido me empujaba contra la cama del matrimonio era exactamente lo que llevaba meses, sin saberlo, queriendo.
—Quítate eso también —dijo, señalando mis bragas con la barbilla—. Y ponte algo. Lo que llevabas el día que te casaste. Quiero verte así.
Era una orden absurda. Una orden enferma. La obedecí sin pensar. Saqué del armario el conjunto blanco de encaje que había estrenado mi noche de bodas y me lo puse delante de él, sin pedirle que se diera la vuelta, sin taparme. Sergio, en cuatro meses, no me había visto cambiarme nunca con la luz encendida. Don Hugo me miraba ponerme las medias como quien ve un espectáculo que ha pagado caro.
Cuando terminé, me quedé parada al pie de la cama. La foto del día de mi boda estaba en la mesita de noche, dentro de mi campo visual. Sergio sonriendo, yo sonriendo, los dos vestidos de blanco. Don Hugo siguió mi mirada, vio la foto y volvió a mirarme. Sonrió.
—Ven —dijo, y se sentó al borde del colchón.
***
Lo que pasó después no se parece a nada que yo conociera. Sergio hacía el amor. Don Hugo cogía. Y descubrí, esa tarde, que yo no quería que me hicieran el amor. Yo quería exactamente lo otro.
Le bajé el pantalón de un tirón. Me arrodillé entre sus piernas, sobre la alfombra, todavía con el conjunto blanco puesto, y le tomé la verga con las dos manos. Era grande. Más grande que la de Sergio, más gruesa, más pesada. Le pasé la lengua de abajo arriba, me la metí en la boca todo lo que pude, y Don Hugo me agarró del pelo con las dos manos y me marcó el ritmo. Yo nunca le había hecho eso a Sergio. Sergio creía que esas cosas no eran para mí. Sergio se equivocaba.
—Ven aquí —me dijo después de un rato, y me tiró boca arriba sobre la cama.
Me arrancó las bragas. No las bajó: las arrancó. Me separó las piernas con las rodillas, se metió entre mis muslos y me puso la boca abajo. No conocía esa palabra todavía pero ahora la conozco: voracidad. Don Hugo me comió como si llevara meses esperando ese plato. Me hizo terminar a los dos minutos, agarrada a las sábanas, con la boca abierta y los ojos cerrados. Me hizo terminar otra vez antes de levantarse.
—Ponte de rodillas —ordenó—. La cara contra la almohada.
Obedecí.
Sentí su mano. Me separó. Me pasó dos dedos por toda la entrepierna, recogiendo lo que él mismo había dejado húmedo, y me los pasó más arriba, donde Sergio nunca había llegado, donde yo había decidido que nadie llegaría nunca. Don Hugo no preguntó. Empezó a meterme un dedo, despacio, mientras me agarraba la cadera con la otra mano.
—Tranquila —dijo, con esa voz grave—. Despacio.
Yo no estaba tranquila. Yo estaba pidiéndole con el cuerpo entero que no parara. Cuando me metió el segundo dedo cerré los ojos y dije la palabra que nunca le había dicho a nadie, ni a Sergio en confidencia.
—Sí.
***
Me la metió por ahí. Por el sitio que mi marido creía intacto y suyo. La fue empujando de a poco, con saliva, con paciencia, con la calma del que tiene experiencia y sabe que no hay prisa porque nadie le va a arrebatar lo que ya tiene ganado. Solté un sonido sordo cuando entró la cabeza. Otro cuando se metió la mitad. Y un grito ahogado contra la almohada cuando, después de varios minutos de empujes pequeños, sentí finalmente sus testículos pesados golpearme las nalgas.
Estaba toda. Don Hugo entero dentro de mí.
Empezó a moverse. No con cuidado. Con propiedad. Como quien usa algo que ya considera suyo. Yo me apoyé en los codos, levanté el culo todo lo que pude y empecé a moverme contra él, marcándole el ritmo, pidiéndole más. Sergio me había dicho mil veces que yo no era «de esas». Don Hugo, sin conocerme de nada, había sabido en cinco minutos exactamente qué era yo.
Y entonces lo oímos.
—Carla.
La voz de Sergio. En la puerta del dormitorio.
No supe cuánto tiempo llevaba ahí. No supe cuánto había visto. Don Hugo no se detuvo. Yo no le pedí que se detuviera. Giré la cara hacia mi marido, lo miré a los ojos, y sin perder el ritmo, sin bajar el culo, le sostuve la mirada mientras el vecino al que él odiaba seguía cogiéndome por donde a él nunca le había dejado.
Sergio no dijo nada. Tampoco se fue. Se quedó parado en el marco, mirando, con las llaves todavía en la mano.
Don Hugo terminó dentro de mí. Lo sentí caliente, pesado, abundante. Yo terminé al mismo tiempo, con un temblor que me empezó en las piernas y me subió hasta el cuello. Cuando salió de mí, despacio, me derrumbé sobre la cama deshecha, sin taparme, todavía con el conjunto de encaje blanco puesto pero corrido por todas partes.
Sergio seguía en la puerta.
—Buenas tardes, vecino —le dijo Don Hugo, subiéndose el pantalón sin ninguna prisa.
***
Esperé a que Sergio gritara. A que llamara a la policía. A que me pegara, a que me echara de la casa, a que rompiera la foto de la mesita de noche. No hizo ninguna de esas cosas. Se quedó callado mientras Don Hugo bajaba las escaleras silbando bajito, agarró del piso la taza de azúcar que se había olvidado, abrió la puerta y se fue como si nada hubiera pasado.
Mi marido entró al dormitorio. Cerró la puerta. Se sentó en el borde de la cama, donde minutos antes había estado el otro, y se quedó mirándome largo rato sin decir una palabra. Tenía los ojos brillantes. Y una cosa más, abajo, que no le había visto nunca tan dura.
Esa noche Sergio me cogió como nunca antes. Mientras lo hacía, me pidió que le contara. Todo. Sin saltarme nada. Le conté.
Don Hugo volvió al día siguiente. Y al otro. Y al otro. A veces Sergio estaba en casa, a veces no. Con el tiempo dejó de importar. Mi marido descubrió esa tarde de miércoles que había una versión de mí que él nunca había sabido despertar, y que otro hombre, en una cocina, con un pretexto de azúcar, había sacado a la luz en menos de diez minutos. Aprendió a vivir con eso. Más que vivir, aprendió a desearlo.
Unos meses después llevó a casa a tres compañeros de la oficina. Pero esa, esa ya es otra historia.