La doctora me sometió y se lo conté a mi marido
Llevaba tres días sin poder ir bien al baño y la molestia en el bajo vientre se había vuelto insoportable. Andrés me miraba con esa cara de perro fiel que ponía cuando se preocupaba, y se ofreció a acompañarme a urgencias. Le dije que no. Que era cosa de mujeres y que no hacía falta que se metiera. Lo dejé en el sofá con su partido y salí a la calle.
La verdad es que no quería que él entrara conmigo a ningún sitio. No por pudor — entre nosotros eso se había gastado hacía años — sino porque quería estar sola. Quería un rato lejos de la rutina, del mismo sofá, de la misma manta, de la misma forma de mirarme.
Busqué en internet una clínica privada cerca de casa. La primera que apareció tenía buenas reseñas y una doctora con un nombre que me sonó elegante: doctora Cervantes. Pinché en su perfil y me quedé mirando la foto más rato del que debía.
Tenía los hombros anchos. Las manos largas. Una sonrisa controlada, casi profesional, que no terminaba de encajar con el escote de la blusa. Algo en ella me pareció raro y, al mismo tiempo, me dieron ganas de averiguar qué era.
Pedí cita para esa misma tarde.
Cuando llegué, la recepcionista me pidió cuatrocientos veinte euros antes incluso de saludarme. Casi me da algo. Pero asentí, firmé el papel y me dejé llevar a una sala fría con un biombo, una camilla y un perchero de madera.
—Quítese la falda y la ropa interior —me dijo la chica de bata blanca antes de salir—. La doctora vendrá enseguida.
Me senté en la camilla, con la bata de papel sobre los muslos, escuchando los tacones que se acercaban por el pasillo.
La doctora Cervantes entró sin tocar.
Era todavía más alta de lo que parecía en la foto. Llevaba una bata blanca abierta sobre una camisa de seda y un pantalón de pinzas. Tenía el pelo recogido en un moño bajo y unos pendientes pequeños que le rozaban el cuello cada vez que giraba la cabeza. Olía a un perfume denso, ligeramente amaderado, que no supe reconocer.
—¿Camila? —preguntó sin levantar la vista del informe.
—Sí.
—Cuénteme.
Le expliqué los síntomas con más detalle del necesario. Ella escuchaba con la cabeza ligeramente inclinada, sin tomar notas, mirándome directamente a los ojos. Me ponía nerviosa esa atención. Me hacía sentir como si todo lo que dijese tuviera un significado oculto que ella entendía mejor que yo.
—Túmbese —me dijo.
Me tumbé. La bata de papel se me subió un poco por los muslos y no hice nada para bajarla. Ella tampoco apartó la mirada. Se puso unos guantes de látex con un movimiento limpio, casi coreografiado, y se inclinó sobre mí.
Me palpó el vientre con dedos firmes. Encontró el punto donde más me dolía y se detuvo allí, presionando suavemente.
—Está muy tensa —dijo—. ¿Duerme bien?
—No mucho.
—¿Está estresada?
—Siempre.
Sonrió por primera vez. Una sonrisa breve, sin enseñar los dientes.
—Eso explica muchas cosas.
Me dejó tumbada cinco minutos largos, mirando el techo, mientras ella escribía algo en el ordenador. La oía teclear despacio. Después se levantó, vino hacia la camilla y me tendió la mano para ayudarme a sentarme.
—La factura está abajo —dijo—. Cuatrocientos veinte euros. Si necesita pagar a plazos, podemos hablarlo en recepción.
Y ahí fue cuando lo decidí.
La miré a los ojos y dejé caer mi mano sobre la suya, sin soltarla cuando ella intentó retirarla.
—Doctora —le dije—, no tengo cuatrocientos veinte euros.
Ella me miró sin parpadear.
—Entonces tendrá que ir al banco.
—No tengo cuatrocientos veinte euros en el banco tampoco.
Hubo un silencio. Largo. Más largo del que cabía en una consulta médica.
—Señora, esto no es un mercado.
—Lo sé.
—Salga, por favor.
No me moví. Mantuve su mano entre las mías y la miré como mira una mujer cuando está dispuesta a perder algo.
—Perdone —le dije—. Es que es usted muy distinta a las demás mujeres con las que he estado. Y nunca he conocido a nadie como usted.
Ella se quedó muy quieta. Y entonces vi cómo su mirada cambiaba. Como si por primera vez en toda la consulta dejase de ser doctora y empezase a ser otra cosa.
—¿Qué quiere decir con «como yo»?
Bajé la voz.
—Lo sabe perfectamente.
Dio un paso atrás. Por un segundo pensé que iba a llamar a recepción, a la policía, a quien fuese, y que iba a salir de allí escoltada y humillada. Pero no lo hizo. Cerró la puerta con llave. Lo oí. El clic de la cerradura sonó más fuerte que cualquier otra cosa en la habitación.
Volvió hacia mí. Me agarró la barbilla con dos dedos y me obligó a mirarla.
—Si me equivoco con lo que estoy entendiendo, dígamelo ahora.
—No se equivoca.
—Y sabe lo que va a pasar si no me equivoco.
—Sí.
—Repítalo.
Tragué saliva.
—Sí, doctora.
—No me llame doctora. Aquí no soy doctora.
—¿Cómo la llamo?
—Llámeme señora.
Y lo dije sin dudar.
—Sí, señora.
Me empujó contra la pared. No fue brusca, fue precisa. Como si supiera exactamente con cuánta fuerza apretar para que yo no opusiera resistencia. La bata de papel se me rasgó en el costado. Sentí el azulejo frío en la espalda y la mano de ella en el cuello.
—Aquí dentro yo decido —dijo—. ¿Está claro?
—Sí, señora.
Me besó entonces. No fue un beso suave. Fue una orden. Me mordió el labio inferior hasta hacerme jadear, me sujetó la nuca con la mano libre y no me soltó hasta que me quedé sin aire.
Cuando se apartó, le miré a la entrepierna casi sin querer. Y vi lo que había sospechado. Una hinchazón dura, vertical, evidente bajo la tela del pantalón.
Sonreí.
—Sabía que tenía algo distinto —susurré.
Ella me agarró del pelo y me obligó a arrodillarme.
—No hable. Solo obedezca.
Me puso de rodillas frente a ella y le bajé el pantalón sin que tuviera que pedírmelo. Lo que apareció bajo la tela era exactamente lo que había imaginado: una verga gruesa, recta, perfectamente erecta, con la piel tirante y la punta brillante. No tenía nada de delicado. Era una verga de hombre y, sin embargo, pertenecía a una mujer que yo había deseado desde el primer segundo en que la vi.
Me la metió en la boca sin avisar. Sin permiso. Hasta el fondo, con la mano todavía firme en mi pelo, marcándome el ritmo. Yo me agarré a sus muslos, aguanté como pude las arcadas y me dejé usar.
—Más despacio se atragantará —dijo— y no quiero que se atragante todavía.
Aflojó. Me dejó respirar. Me obligó a mirarla mientras le chupaba la punta. Le brillaban los ojos como a alguien que lleva años conteniéndose y por fin se permite no contenerse.
Me levantó del suelo sujetándome la nuca y me llevó a la camilla. Me dobló sobre ella, con la cara contra la sábana de papel y el culo en el aire. Me dio un cachete. Luego otro. La piel me ardió.
—Esto es lo que va a pasar —me explicó, como si todavía estuviera dictando un diagnóstico—. Le voy a meter la verga por detrás. Va a aguantar. Va a estar callada. Y cuando termine, se va a ir de aquí dándome las gracias. ¿Está claro?
—Sí, señora.
—No la oigo.
—¡Sí, señora! —repetí, más alto.
Sentí cómo me separaba con dos dedos. Cómo me preparaba sin demasiada paciencia, con un gel frío que sacó de un cajón. Y luego, cómo entraba.
La primera embestida me dejó sin aire. Me clavé las uñas en la sábana, mordí el papel, traté de no gritar. Ella entró hasta el fondo, se quedó allí un segundo larguísimo y luego empezó a moverse despacio, midiendo cada empuje, escuchando cómo respiraba yo.
—Aguante —me dijo al oído—. Aguante. Es lo único que tiene que hacer.
Y aguanté. Aguanté el ardor, aguanté el peso de su cuerpo encima del mío, aguanté la voz que me llamaba zorra entre dientes y perra y niña tonta que se mete donde no la llaman. Aguanté incluso cuando empezó a apretarme el cuello con la mano, cuando me sujetó las muñecas detrás de la espalda, cuando me empujó la cabeza contra el papel hasta que dejé de ver bien.
Y entonces empecé a disfrutarlo.
No fue como ningún encuentro que hubiese tenido antes. No había ternura, no había juego, no había negociación. Había un cuerpo encima del mío que decidía y un cuerpo debajo que solo podía aceptar. Y descubrí, mientras me corría con la cara hundida en el papel y las manos atadas detrás, que llevaba toda mi vida queriendo saber cómo se sentía esto.
Ella se corrió dentro de mí sin avisar. Soltó un gruñido bajo, ronco, como de animal que termina de cazar. Me apretó el cuello una última vez y se quedó quieta, respirando contra mi nuca, durante lo que me parecieron horas.
Cuando se retiró, me sentí vacía. Vacía de un modo que no había sentido antes.
Me ayudó a levantarme. Me ofreció una toalla. Me miró con la misma cara profesional con la que me había recibido, como si lo que acababa de pasar no hubiera pasado, y me dijo:
—La consulta está pagada. No vuelva.
No le contesté. Me vestí en silencio, con las piernas temblando, y salí del edificio sin mirar a la recepcionista.
***
Cuando entré en casa, Andrés estaba en el sofá, con el portátil en las rodillas y una taza de té al lado.
—¿Qué tal, cariño? —preguntó sin levantar la vista.
—Bien.
—¿Qué te dijo?
Me senté a su lado. Le quité el portátil con suavidad. Le pasé la mano por el muslo, por encima del pantalón, hasta notar que se ponía duro.
—Me dijo que estoy demasiado tensa —le susurré al oído—. Y me hizo una exploración un poco rara.
—¿Rara cómo?
Cerré los ojos. Improvisé.
—Me tumbó en la camilla. Me palpó el vientre. Y luego me dijo que tenía que aprender a relajarme. Que tenía que dejar que alguien tomase el control por mí, aunque solo fuera un rato. Y se puso unos guantes y me metió los dedos.
Andrés se quedó muy quieto. Le notaba el aliento corto en el cuello.
—¿Te metió los dedos?
—Me los metió por detrás. Despacio, primero. Luego con más fuerza. Y mientras me los metía, me decía cosas. Me decía que esto era lo que necesitaba. Que dejara de pelear contra mí misma. Y yo… yo me corrí, Andrés. Me corrí sobre los dedos de una desconocida, en una camilla de exploración.
Él tenía la verga durísima debajo del pantalón. La notaba latir contra mi muslo. Sabía perfectamente lo que estaba haciendo. Le estaba contando la verdad disfrazada de fantasía. Lo único que no le contaba era el detalle pequeño, el detalle que cambiaba todo: que la doctora no tenía dedos, tenía verga.
Si tú supieras, Andrés. Si tú supieras.
—Joder, Camila… —susurró él, y me besó el cuello, y me apretó contra el sofá con una urgencia que no me había mostrado en meses.
Le dejé hacer. Lo dejé creer que era una fantasía mía. Lo dejé excitarse con una versión limpia de lo que había pasado y disfruté secretamente del único lujo que me podía permitir en aquel matrimonio: el de saber algo que él no sabía.
Cuando terminamos, me quedé tumbada en el sofá, mirando el techo, con el cuerpo todavía dolorido por dentro. Andrés me abrazó por detrás y me dijo lo de siempre. Que me quería. Que era la mejor mujer del mundo. Que tenía mucha suerte de tenerme.
Cerré los ojos.
—Yo también te quiero —le dije.
Y pensé en la doctora. En sus hombros anchos. En sus manos largas. En la cerradura cerrándose detrás de nosotras. Y supe que iba a volver. Que iba a buscar otra excusa. Que iba a inventarme otro dolor.
Andrés se durmió con la cabeza en mi pecho.
Yo no me dormí en toda la noche.