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Relatos Ardientes

Mi hijastra esperó a que su padre saliera de viaje

Tengo cuarenta y un años y siempre supe que casarme con un hombre quince años mayor venía con un paquete completo. Roberto era ejecutivo de una multinacional farmacéutica, viajaba más de lo que dormía en casa y arrastraba dos hijos de su matrimonio anterior: un varón ya independiente y Antonella, la menor, de diecinueve.

De Antonella supe poco hasta que su madre la mandó a vivir con nosotros. La encontró en su cuarto con dos chicos, según me contó Roberto en voz baja una noche. «Que la corrija tu padre», fue todo lo que dijo la mujer cuando la dejó en nuestra puerta con dos maletas y los ojos llenos de rabia. Pero Roberto viajaba, así que la responsabilidad cayó sobre mí.

Conviene que cuente cómo soy. No por vanidad, sino porque importa para entender lo que pasó después. Tengo el pelo castaño con reflejos miel, los ojos color avellana y un cuerpo que cuido con disciplina: dos horas diarias en el gimnasio, comida sin grasas, agua. Tengo curvas, una cintura estrecha y unos pechos que nunca fueron grandes pero que se sostienen solos. Cuando salgo, los hombres y las mujeres me miran. Eso me gusta. Nunca lo había usado para nada que no fuera vanidad.

Antonella era distinta a mí en todo. Pelo color chocolate hasta media espalda, piel apenas bronceada, unos pechos enormes que parecían pesarle el cuerpo y unas caderas que llenaban cualquier vaquero. Cuando llegó pensé que íbamos a chocar. Me equivoqué. En menos de una semana ya nos pasábamos las tardes en la cocina, ella sentada en la encimera con una taza de café, contándome cosas que jamás se atrevería a contarle a su padre.

Una de esas tardes me confesó, sin pestañear, que le gustaban tanto los hombres como las mujeres. Que si tenía que elegir, prefería las mujeres. «Una mujer sabe dónde tocar —me dijo, mirándome por encima del borde de la taza—. Es como si jugara con su propio cuerpo». Yo me reí, le serví más café y cambié de tema. Pero esa noche, en la cama, no pude dormir.

***

Tres meses después de su llegada, Antonella le pidió a Roberto permiso para invitar a una amiga el fin de semana. La idea era que se quedara a dormir. Roberto, que casi nunca alza la voz, esa vez sí la levantó.

—Mi casa no va a ser escenario de tus porquerías —dijo con la maleta a medio armar en la cama—. Estás castigada. Te quedas en tu cuarto el fin de semana entero.

—Papá, por favor…

—Que se haga cargo Renata. Yo viajo el viernes.

Antonella lloró, pataleó, juró que su amiga era «una niña vainilla» que ni siquiera sabía lo que ella hacía a puertas cerradas. Nada le sirvió. El viernes a las seis de la mañana Roberto cerró la puerta con su maleta y nos quedamos las dos solas en una casa de cuatrocientos metros cuadrados, con tres pisos y un silencio que pesaba.

La encerré en su habitación más por cumplir que por convicción. Le dije que el almuerzo se lo subía yo, que no quería oírla quejarse y que el sábado pensaríamos qué hacer con la cena. Ella me miró desde la cama sin contestar.

***

A media tarde la oí llorar. No fingido, no de berrinche. Llanto de verdad, de los que salen cuando una se cree que nadie escucha. Aguanté media hora y al final preparé una bandeja con un sándwich de pavo y un jugo de naranja recién exprimido y subí.

Toqué la puerta dos veces. No contestó. Entré igual.

Antonella estaba tumbada de costado encima del edredón, despeinada, con un top turquesa que no le tapaba ni la mitad de la espalda y una braga del mismo color que se le hundía entre las nalgas. Cuando me vio, se incorporó muy despacio, sin hacer el menor gesto por taparse.

—¿Vienes a comprobar que no esté haciendo porquerías? —dijo con la voz pastosa de tanto llorar.

—Te traje la cena.

Dejé la bandeja en la mesita, le acomodé la almohada por puro reflejo y me di la vuelta para salir.

—No te vayas.

Me detuve en el umbral. Ella se sentó en el borde de la cama con las rodillas juntas, mirándose las manos.

—Por favor.

Cerré la puerta y me senté en el sillón de cuero que estaba enfrente. No era la primera vez en mi vida que veía a una mujer en ropa interior. Había compartido vestuarios, probadores, viajes con amigas. Pero ahí, en ese cuarto, con la luz de la lámpara cayéndole sobre los pechos, sentí algo que no supe nombrar.

Antonella me hablaba de la pelea con su padre, de la madre que no la quería en su casa, de la amiga que ya no le iba a contestar más. Yo asentía, decía las cosas que se dicen, pero no la escuchaba. Le miraba el cuello, los hombros, la forma en que el top se le levantaba cuando respiraba hondo. Debí mirarla demasiado, porque de pronto se calló.

—¿Te gusta lo que ves? —me preguntó.

No supe qué contestar. Ella se levantó, cruzó los dos pasos que nos separaban y se sentó a mi lado en el sillón.

—¿Me puedes abrazar? —dijo, y le tembló la voz—. Estoy muy sola.

Yo llevaba un vestido largo de tirantes finos, sin sostén porque no había salido de casa. La rodeé con un brazo, ella apoyó la cabeza en mi hombro y, cuando se acomodó, una de sus manos quedó justo debajo de mi pecho. Mis pezones se endurecieron al instante. Lo notó. Estoy segura de que lo notó, porque sentí cómo sonreía contra mi cuello.

—Renata —murmuró—, ¿podemos jugar a algo que me calma?

—¿A qué?

—A que tú eres mi mamá y yo soy una bebé.

Lo dijo como si me hubiera pedido un vaso de agua. Y a mí se me nubló todo. Hubo un instante en que pude haber dicho que no, que era ridículo, que me iba. No lo dije. Algo entre mis piernas latió con tanta fuerza que tuve miedo de que se oyera.

—Está bien —contesté.

***

Antonella se deslizó del sillón a mi regazo con una facilidad que delataba que ya lo había hecho antes con alguien. Se acomodó como una niña, con la cabeza pegada a mi pecho, y subió la mirada con los ojos muy abiertos.

—Mami —dijo con esa voz fingida, fina, sin el menor pudor—, ¿me das tetita?

No esperó respuesta. Bajó el tirante de mi vestido con dos dedos, descubrió mi pecho derecho y se lo metió entero en la boca. Lo chupó al principio con suavidad, con la lengua envolviendo el pezón, y enseguida con más fuerza, como si de verdad esperara sacar algo de ahí. Yo apreté los puños contra el respaldo del sillón. No quise gemir. Gemí igual.

Ella sonrió alrededor de mi pezón sin soltarlo. Con la mano libre me bajó el otro tirante y empezó a amasarme el otro pecho con una técnica que no se aprende en un día. Pellizcaba, soltaba, giraba, volvía. Yo dejé caer la cabeza hacia atrás, cerré los ojos y le pasé los dedos por el pelo, como si de verdad la estuviera amamantando.

De pronto se separó. Tenía los labios brillantes y la respiración entrecortada.

—¿Has estado alguna vez con una mujer? —me preguntó, abandonando del todo la voz de niña.

—No.

Quise cubrirme. Me agarró las muñecas y me las apartó con firmeza. Después se acercó muy despacio, hasta que su nariz tocó la mía, y me besó. No fue un beso de tanteo. Fue un beso adulto, con la lengua adentro, exigente, que me obligó a abrir la boca y a contestarle. Sus manos me recorrieron las costillas, los costados de los pechos, la curva de la cintura. Las mías, sin que yo se lo ordenara, ya estaban en su espalda, debajo del top.

—Vamos a la cama —me dijo al oído.

***

Me levantó del sillón tirándome de la mano y me llevó al pie de la cama. Ahí me terminó de quitar el vestido. No quedó nada encima de mí, salvo una tanga negra que ya estaba húmeda. Antonella se separó un paso para mirarme entera, dio una vuelta a mi alrededor y se detuvo a mis espaldas, pegando la boca a mi nuca.

—Llevo meses imaginándome esto —murmuró—. Comerte las tetas. Comerte el culo. Hacerte gritar en la casa de mi papá.

Cada palabra me apretaba algo por dentro. Se puso frente a mí otra vez, deslizó dos dedos por debajo de la tanga y los hundió entre mis labios sin avisar. Yo solté un grito que ella misma me ahogó con otro beso.

Le quité el top de un tirón. Sus pechos cayeron pesados, llenos, con los pezones tan duros como los míos. Le hundí la cara entre los dos, los lamí, los chupé, los apreté con las dos manos. Era tanta carne que parecía no acabarse nunca. Ella se rió bajito y me empujó hacia atrás, sobre la cama.

Quedé boca arriba. Antonella se subió encima, a horcajadas, y empezó a bajar besando todo lo que encontraba: el cuello, el hueco de la clavícula, el centro del pecho, el ombligo. Cuando llegó a mi tanga, la mordió por el borde y la fue bajando despacio, sin usar las manos, sin dejar de mirarme.

—Abre las piernas, mami —dijo.

Las abrí. Su lengua empezó por los lados, por la parte interna de los muslos, sin tocar el centro. Yo intenté cerrarlas y ella me las separó con las dos manos, firme, casi violenta. Cuando por fin me lamió, lo hizo de abajo hacia arriba, una sola pasada lenta, y yo arqueé la espalda como si me hubieran dado corriente.

Después no paró. Me chupó, me lamió, me mordisqueó, jugó con mi clítoris hasta que dejé de saber dónde tenía las manos. Llegué con un grito que se debió oír en la calle. No me dio tiempo de recuperarme. Se subió hasta mi cara con la barbilla brillante.

—Lámeme —ordenó.

Le pasé la lengua por el mentón, por los labios, por las mejillas. Reconocí mi propio sabor y eso, en lugar de darme vergüenza, me encendió otra vez. Ella se rió contra mi boca.

—Ahora vas tú —dijo, y se sentó sobre mi cara sin pedir permiso.

***

Olía distinto a mí. Más dulce, más espeso. Saqué la lengua sin saber muy bien qué hacer y dejé que su cuerpo me guiara. Ella se movía despacio al principio, marcando el ritmo, y enseguida se inclinó hacia adelante para sostenerse del cabezal. Yo le pasaba las manos por las nalgas, le clavaba las uñas, la atraía contra mi boca. Le metí dos dedos. Después tres. Sus muslos me apretaron las orejas y soltó un gemido largo, ronco, de mujer que sabe lo que está sintiendo.

La hice acabar dos veces así. Cuando se bajó, se dejó caer a mi lado en el colchón, sudada, jadeando, con una sonrisa que no había visto antes en esa cara.

—A partir de ahora —dijo cuando recuperó el aliento— no voy a traer a nadie a esta casa.

—¿No?

—No me hace falta. Mi padre va a ser cornudo. Y tú vas a ser la puta que me coma todos los días.

Lo dijo sin reírse. Me giré sobre el costado para mirarla. Tenía el pelo pegado a la frente, el rímel corrido y los pechos todavía agitados.

—¿Y si tu padre vuelve antes? —le pregunté en voz baja.

—Cuando vuelva, vas a ser mía igual. Vas a venir aquí cada vez que él te folle, sin lavarte, para que yo te limpie. Para que entiendas, después de cada vez con él, lo que es una verdadera cogida.

Cerré los ojos. No quise contestar. Pero asentí.

—Dilo.

—Sí —dije.

—¿Sí qué?

—Sí, voy a ser tuya.

Me besó el hombro y se acomodó contra mi pecho como una nena. La rodeé con el brazo. Afuera empezaba a oscurecer y yo, con cuarenta y un años, casada, con una vida entera resuelta, supe que de ahí no iba a salir intacta.

Roberto vuelve el lunes. Antonella me acaba de mandar un mensaje desde su cuarto: «mami, ven». Ya estoy subiendo.

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Comentarios (8)

Camila95

excelente!!! quede enganchada desde la primera linea

LuciaV22

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber como siguio todo entre ellas

SilviaCba33

Me encanto como fue creciendo la tension sin apurarse. Muy bien contado, se siente real

Clara_nocturna

me pregunto si el marido se entero despues jaja, ese detalle me dejo intrigada

fan_relatos22

increible!!! uno de los mejores que lei por aca

Alicia_G

Me recordo a una situacion parecida que vivi hace años, estas historias te hacen ver que no sos la unica. Gracias por animarte a escribirlo

Pato_nocturno

la descripcion del top turquesa me pinto todo en la mente desde el principio. Muy bien escrito, sin ser burdo

Mili_CF

Se hizo cortisimo!!! queremos mas :)

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