Investigué las muertes del Sena y caí en su trampa
Llegué a París con un encargo que sonaba simple en el avión y se volvió otra cosa apenas pisé el aeropuerto. Mi revista de Medellín me había mandado a cubrir las muertes que llevaban semanas en los titulares europeos: cuatro hombres con apellidos que pesaban, encontrados en suites de hoteles caros, todos con el mismo patrón. Cuerpos desnudos, restos de noches que se les habían ido de las manos, paro cardíaco y un olor en las habitaciones que la prensa no se atrevía a describir.
Tenía treinta y un años, un matrimonio en pausa que ya ni rabia me daba y un deseo que se me había vuelto un zumbido constante. Hacía meses que nadie me tocaba con ganas de verdad.
Me instalé en un hotel pequeño cerca del Marais, abrí la laptop con una copa de vino tinto y empecé a leer los expedientes que me había pasado un contacto de la embajada colombiana. Fue ahí que entró el primer mensaje al teléfono, número desconocido.
—El secreto está en la sombra del puente. Vení sola esta noche. No confíes en nadie que no te muestre la marca de la viuda.
Lo leí tres veces. Después salí a fumar a la ventana y entendí que no iba a poder dormir.
***
Crucé el Pont des Arts al día siguiente, al atardecer. El Sena venía revuelto, gris, con las luces de los edificios temblándole encima. Sobre la baranda, un hombre alto, traje gris oscuro, esperaba sin mirar a nadie. Cuarenta y pico, ojos de un gris claro que cuando se posaron en mí me hicieron sentir desnuda con la gabardina puesta.
—Señorita Mendoza —dijo en español, con una cadencia rara, como aprendido en Buenos Aires—. Soy Antoine Lefèvre, Brigade Criminelle. Necesitamos hablar.
—¿Cómo sé que es usted?
Se subió la manga del saco. En la cara interna del antebrazo, un tatuaje pequeño: una araña dentro de un círculo. La marca que el mensaje había mencionado.
—Esto que está investigando no es un asesino en serie —siguió—. Es un ritual. Una mujer los seduce, los lleva al borde del placer y, cuando se vienen, algo se les rompe por dentro. Algo que la autopsia no detecta.
Sentí un latido sucio entre las piernas. Antoine bajó la mirada hasta mi escote y volvió a subirla sin pudor.
—Hay un departamento donde podemos hablar sin que nos escuchen las paredes —dijo—. ¿Viene?
***
El departamento estaba en la Île de la Cité, con la ventana mirando al agua. Apenas cerró la puerta, me empujó contra la pared con una fuerza medida, como si llevara semanas calculando ese gesto. No me besó enseguida. Me miró un segundo, esperando que lo parara. Cuando no lo paré, me besó como si quisiera dejarme algo adentro de la boca.
Le bajé el cierre del pantalón con manos que no me reconocían. Tenía la verga gruesa, dura, palpitando contra mi mano antes de que terminara de sacarla.
—Cogeme ya —le dije al oído—. No me hagas esperar más.
Me subió la falda hasta la cintura, me arrancó las bragas de un tirón seco y me la metió de un solo empujón. Yo estaba empapada desde el momento en que me había mostrado el tatuaje. Me cogió contra la pared con embestidas largas, agarrándome las tetas por encima de la blusa, mordiéndome el cuello despacio. Me corrí rápido, demasiado rápido, apretándolo con todo lo que tenía. Él aguantó un poco más y se vino adentro, llenándome de un calor espeso que me empezó a chorrear por los muslos.
Después, los dos sentados en el sofá, con las copas en la mano y la ropa a medio acomodar, me contó el resto.
—Los cuatro muertos pertenecían a una sociedad. La llaman Le Cercle des Ombres. Hombres con poder y aburrimiento. Organizan fiestas privadas, sexo sin reglas, drogas, lo que quieras. En el centro de cada fiesta aparece una mujer que nadie conoce de antes. La llaman La Veuve d'Argent. Elige a su víctima, lo seduce, lo coge hasta dejarlo sin aire. Y en el momento exacto del orgasmo final, le mete algo en el cuerpo. Un veneno que se activa con la adrenalina del clímax. Para cuando colapsa, el químico ya se disolvió.
—¿Y por qué los mata?
—Porque alguien se lo paga. Cada uno de los cuatro estaba a punto de exponer al Cercle. La Viuda los limpia.
Lo miré. La verga le seguía marcada bajo el pantalón sin cerrar.
—Quiero entrar a una de esas fiestas —dije.
—Eso es un suicidio.
—Por eso te necesito a vos.
Esa noche volvió a cogerme tres veces. Una en la ducha, con el agua tibia bajándonos por la cara. Otra contra el cristal de la ventana, con todo París de fondo y mis tetas aplastadas contra el vidrio. La última en la cama, ya entrado el amanecer, despacio, como si estuviera tratando de aprender el mapa de mi cuerpo a oscuras.
***
Los días siguientes se confundieron entre archivos y sábanas. Antoine me fue mostrando piezas: registros de las suites, listas de invitados a eventos privados, declaraciones de empleados que habían visto a una mujer con un vestido plateado entrando en cada uno de los hoteles donde aparecieron los cuerpos. Yo iba pegando todo en un corcho del departamento como si fuera mi pizarra de redacción.
Y cogíamos. Cogíamos en la cocina antes del café, con él detrás mío y mi cara contra la madera. Cogíamos en el pasillo apenas volvíamos de la calle, sin sacarme la gabardina. Una tarde le chupé la verga arrodillada en el living, mirándolo a los ojos mientras él me agarraba el pelo y me decía cosas en francés que entendía sin entender. Tragué todo. Después me quedé contra su pierna, sin aire, sintiendo cómo me latía la concha por la simple memoria del peso de su verga en la garganta.
Era la primera vez en años que no pensaba en mi marido ni una sola vez al día.
***
La invitación llegó por una contacta que tenía en la embajada. Un palacete del siglo dieciocho, cerca del Palais Royal. Vestido negro de regla, llegada antes de las once. Fui sola. El vestido me marcaba todo: las tetas que llenan cualquier cosa que me ponga, la cintura, las caderas, ese culo que en Medellín ya me había buscado problemas más de una vez.
Adentro, la luz era ámbar y baja. Olía a perfume caro, a cuero, a algo más que no supe nombrar. En el salón principal, parejas y tríos se tocaban a la vista de todos, sin urgencia. Una rubia arrodillada chupándole la verga a un tipo mientras otro la cogía por detrás. Una mujer mayor sentada en un sillón, mirando, con una copa en la mano, como en un teatro.
Me acerqué a la barra y pedí un vino. No alcancé a darle el primer trago.
—Sos nueva —dijo una voz a mi izquierda. Acento chileno, traje impecable, calva limpia, mirada que ya estaba dentro de mi escote—. Me llamo Eduardo, vengo desde Santiago. ¿Te muestro?
Me llevó a una sala adyacente. Más cuerpos, más sonidos, menos luz. Me metió la mano bajo el vestido sin preguntar y se rió cuando encontró que no llevaba bragas y que estaba mojada.
—Vení —dijo—. Sentate en mi cara.
Me senté sobre una otomana de terciopelo y él se acomodó en el suelo. Me levantó el vestido y empezó a comerme la concha con una paciencia que no esperaba. Le agarré la cabeza con las dos manos y me moví contra su boca.
—Más fuerte —le pedí—. Chupame el clítoris bien.
Obedeció hasta que me corrí, mojándole la cara entera. Después me arrodillé yo, le bajé el pantalón y me la tragué hasta el fondo, mirándolo, dejando que se me cayera la saliva sobre el mentón. Eduardo me cogió la cabeza con las dos manos y se vino en mi boca. Tragué todo.
Cuando me limpié con el dorso de la mano y me incorporé, la vi.
***
Estaba en el marco de la puerta. Un metro setenta y pico, pelo negro hasta los hombros con algunos mechones plateados, vestido de un gris metálico que parecía agua, ojos color ámbar que ya me estaban evaluando. La reconocí antes de que abriera la boca. Llevaba una pulsera con la misma araña.
—Solène —dijo, ofreciéndome la mano—. Me dijeron que la nueva era una periodista de Colombia. Tenemos cosas para hablar.
Me llevó a una habitación más íntima, paredes con espejos, cortinas color vino. Cerró con llave. Se quedó mirándome un segundo y después se acercó como si fuera a contarme un secreto al oído. Lo que hizo fue besarme.
Tenía la boca caliente, los labios llenos, y un perfume con pimienta que se me quedó pegado por días. Me bajó el vestido hasta la cintura y me chupó las tetas mordiéndome los pezones, tirando de ellos hasta que me arqueé.
—Tenés tetas para una semana entera —me susurró en español, también con un acento raro, como Antoine—. Abrí las piernas para mí.
Me senté en el borde de una chaise longue. Solène se arrodilló y me comió la concha con una técnica que me hizo apretar los dientes. Sabía exactamente dónde poner la lengua. Me metió dos dedos y los curvó para tocarme un punto que mi marido nunca había encontrado. Me corrí dos veces seguidas, agarrándole el pelo, gritando algo que no llegué a entender.
Después me tocó a mí. Me la subí encima, le froté la concha contra la cara, le metí los dedos hasta sentir que me apretaba toda. Ella se reía entre gemidos.
—Sos una zorra peligrosa —le dije.
—Mirá quién habla —me contestó.
Y me siguió diciendo cosas mientras la cogía con los dedos. Cosas que entre verdades y mentiras me iban dando información: la planta amazónica de la que extraía el veneno, el frasco diminuto que llevaba siempre en el dije del cuello, el orgasmo final como gatillo, la lista de nombres que el Cercle ya quería borrar. Yo estaba en esa lista desde la mañana.
Cuando me lo dijo no se detuvo. Siguió moviendo los dedos dentro de mí, sosteniéndome la mirada. Me lo estaba contando porque ya había decidido algo, y yo todavía no sabía qué.
***
La puerta se abrió de un golpe. Antoine. Me había seguido al palacete con un equipo afuera. Miró a Solène, miró cómo estábamos, y la verga se le marcó debajo del pantalón antes de que terminara de cerrar la puerta detrás de él.
No se dijo nada. Solène se levantó, le puso la mano en el pecho, lo miró a los ojos. Antoine puso la suya sobre el dije del cuello de ella. El frasco. Lo arrancó de un tirón y lo metió en el bolsillo. Después se sacó la corbata.
—Si vamos a hacer esto —dijo él—, lo hacemos sin trampas.
Estuvimos las dos horas siguientes en esa habitación. Antoine cogiéndola a Solène por detrás mientras ella seguía con la cara entre mis piernas. Yo besándola a ella mientras él me cogía a mí, los tres buscándonos en los espejos. Solène y yo frotándonos las conchas una contra la otra, despacio primero y después no tan despacio. Antoine cogiéndome el culo con paciencia, lubricando con saliva, esperando hasta que yo dije que sí. Solène mirando, masturbándose, después uniéndose con la lengua. Cuando él se vino, lo hizo en la boca de Solène, que después me dio el beso más sucio y más largo que me dieron en la vida.
Cuando salió el sol y los tres estábamos sin aire sobre las sábanas arrugadas, Antoine se levantó, se vistió y dijo lo que tenía que decir.
—Tengo el frasco. Tengo a tres del Cercle esperando una reunión que no va a pasar. En quince minutos entra mi gente. Vos —miró a Solène— tenés diez para decidir.
***
Solène me miró a mí. Después miró el techo. Se rió bajito.
—Decile al Cercle que ya pagué mis cuentas —dijo—. Y a vos —me miró otra vez— te debo un orgasmo más.
Se vistió en silencio, abrió la ventana y salió por los techos con una agilidad que no parecía humana. Para cuando entró el equipo de Antoine, ya no había nadie que pudieran detener excepto a los tres miembros del Cercle que ella misma había marcado en el reverso de mi mano con un lápiz labial, esa noche, mientras yo creía que me estaba acariciando.
***
Volví a Medellín dos semanas después con la nota completa, las fotos que pude tomar y el final que necesitaba mi revista. La historia salió en tapa, se reprodujo en medios europeos, me llamaron para televisión. De lo otro, de las noches del Marais y del palacete y de las dos horas en la habitación de los espejos, no escribí nada.
El matrimonio que me esperaba en casa se terminó de apagar a la semana. Lo de mi marido no fue por celos: él no llegó a saber nada. Fue porque al volver yo ya no era la misma mujer que había viajado.
De vez en cuando, en las noches frías en las que me toco pensando en Antoine, en Solène, en las manos de Eduardo, en todas las cosas que aprendí en pocos días, me llega un mensaje desde un número que no se repite nunca.
—La sombra del Sena te espera. Vení sola. Tu concha y la mía todavía tienen una cuenta abierta.
Lo leo siempre tres veces, como el primero. Todavía no fui. Todavía.