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Relatos Ardientes

La noche con otra mujer que canceló mi boda

Me faltaban unos días para cumplir veinticuatro años cuando salí en el primer viaje grande de mi carrera. No quería ir, pero rechazarlo habría sido apagar la carrera antes siquiera de encenderla.

La razón principal por la que no quería viajar era la boda. Me faltaban menos de seis semanas para casarme y la lista de pendientes seguía creciendo: el catering sin confirmar, el vestido pidiendo una segunda prueba, los músicos esperando el anticipo. Mateo, mi prometido, me había acompañado al taxi esa mañana con una sonrisa cansada y me había repetido que no me preocupara, que él se ocupaba de todo. Le creí.

Me llamo Lucía Vargas. Trabajaba en una consultora pequeña, llevaba la vida ordenada por un manual y tenía una idea clarísima de cómo iba a ser el resto. Soy alta y delgada, mido un metro sesenta y siete y peso cincuenta y seis kilos. El pelo lo tenía largo y muy oscuro, los ojos verdes. Mis piernas siempre fueron lo primero que la gente miraba; las usaba a mi favor sin pensarlo demasiado.

El viaje en sí no salió ni bien ni mal. La presentación cumplió, el cliente firmó algo que más adelante no terminaría de cumplir, y yo pasé tres días entre reuniones en una ciudad que no me dijo nada. El problema empezó al volver.

Mi vuelo de conexión se canceló. Una tormenta sobre el Atlántico había desordenado el calendario de medio aeropuerto, y los pasajeros del mundo parecían haber caído en Santiago al mismo tiempo. No había vuelos hasta el día siguiente, ni habitaciones libres en ningún hotel cerca de la terminal. Lo confirmé llamando a cinco lugares distintos.

El aeropuerto se transformó en un campo de refugiados con corbatas. Familias dormidas sobre maletas, ejecutivos discutiendo con el personal de mostrador, niños llorando en cualquier esquina. Caminé sin rumbo durante una hora hasta que terminé en un bar pequeño al final de la última terminal, casi vacío en comparación con el resto.

Casi vacío, pero todas las mesas ocupadas por grupos de hombres ruidosos. Suspiré y me di vuelta para irme cuando una voz grave, suave, me detuvo desde una mesa para dos.

—Si quieres, puedes sentarte conmigo.

Me giré. La mujer que me hablaba era pelirroja, de unos treinta y pocos, con una sonrisa que parecía saber algo que yo todavía no. Tenía un libro cerrado sobre la mesa y una botella de vino blanco a medio terminar.

Me dejé caer en la silla con un suspiro de gratitud que sonó más íntimo de lo que pretendía.

—Gracias. De verdad. No sabes lo que es esto allá afuera.

—Imagino. Soy Mariana. Mariana Solís.

—Lucía Vargas.

Hizo una seña a la camarera y pidió otra copa. Cuando me la sirvió, no me preguntó si quería; simplemente la llenó hasta arriba. Brindamos por nada en particular y bebimos en silencio durante un rato.

Mariana resultó ser abogada. Trabajaba en un estudio grande, llevaba causas que no podía nombrar y viajaba al menos una vez por mes. Le conté de mi consultora, de mi proyecto, del viaje, y al final, sin saber muy bien por qué, le conté de la boda. Le mostré la foto del vestido en el teléfono. Le hablé de Mateo y de la luna de miel ya pagada.

Ella escuchó. Asintió en los lugares correctos. Sonrió cuando correspondía. Pero hubo un momento en que dijo, sin que nadie se lo preguntara:

—¿Estás segura?

La pregunta me cayó como una piedra dentro del estómago.

—Por supuesto —dije, demasiado rápido.

Mariana sonrió con la mitad de la boca y rellenó las copas.

Cuando terminamos la segunda botella, ya no sentía las manos. Dejé unos billetes sobre la mesa, intenté levantarme y casi me fui de cara contra el respaldo.

—Voy a buscar algún rincón en la sala de embarque —dije, pronunciando con el cuidado de quien sabe que está borracho.

—No te vas a ningún lado así. —Mariana levantó una tarjeta plástica de habitación—. Tengo un cuarto reservado. Hay otra cama. No vas a pasar la noche tirada en el suelo.

Dudé. Sabía que debía decir que no. Una desconocida en una ciudad ajena, una habitación de hotel, un vino blanco que ya me estaba pasando factura. Pero la idea de la alfombra del aeropuerto me daba más miedo que ella, y asentí.

—Gracias. En serio.

***

El hotel estaba a tres cuadras. Caminamos con su brazo bajo el mío. En el ascensor me apoyé contra ella sin pensarlo y sentí el perfume de su pelo contra la mejilla; algo dulce, con fondo de cuero. Cerré los ojos.

Cuando llegamos a la habitación, lo primero que hice fue correr al baño. Apenas alcancé a arrodillarme frente al inodoro antes de devolverlo todo: el vino, la cena, el café del mediodía. Tosí, escupí, lloré un poco de pura vergüenza.

Cuando levanté la cabeza, Mariana estaba apoyada contra el marco de la puerta, mirándome con una sonrisa que no supe leer.

—Perdón —murmuré—. No estoy acostumbrada a beber tanto.

—Ya me di cuenta. ¿Estás mejor?

—Creo que sí.

—Bien. Ahora a la ducha.

Se acercó, me ayudó a levantarme y, sin que me diera tiempo a protestar, empezó a desabrocharme la camisa. Me quedé quieta. Dejé que me sacara la ropa pieza por pieza: los zapatos, el pantalón, la ropa interior. No sentí pudor. Sentí una entrega rara, como si mi cuerpo hubiera entendido algo antes que mi cabeza.

Me metió en la bañera y abrió el grifo. El chorro cayó helado, me arrancó un grito y un escalofrío que me sacudió de pies a cabeza. Intenté apartarme, pero la mano de Mariana se cerró firme alrededor de mi muñeca y me mantuvo bajo el agua. Me obligó a quedarme hasta que dejé de temblar. Hasta que el alcohol me empezó a abandonar.

Después cerró el grifo y me envolvió en una toalla blanca y enorme. Me secó la espalda con una fuerza casi maternal, frotándome los brazos, las piernas, la nuca. Cuando estuve seca, aunque todavía con frío, me llevó a la cama y me metió bajo las sábanas. Me quedé dormida casi al instante, escuchando cómo el agua de la ducha volvía a correr.

***

Me despertó el peso de su cuerpo sobre el colchón.

Mariana se había metido en mi cama. Lo entendí cuando sentí su mano deslizarse despacio entre mis piernas, primero por encima de las sábanas y después debajo. Quise apartarla, pero el alcohol todavía me pesaba en los brazos y la sensación, contra todo pronóstico, no era desagradable.

—Mariana —murmuré.

—Shhh.

Su mano siguió subiendo. Me besó el cuello, después el hombro. Mi cuerpo respondió antes que mi cabeza: un calor que empezaba en el vientre y se extendía hacia las piernas, una respiración que de pronto se aceleró sin permiso.

—No deberíamos —dije, débilmente.

—No, no deberías —contestó ella, y siguió.

Apartó las sábanas con un movimiento limpio. Me indicó que me arrodillara, que abriera las piernas, que pusiera las manos detrás de la nuca. Cuando dudé, su mano me tocó la mejilla con una caricia que era a la vez advertencia y promesa.

Me arrodillé. Cerré los ojos. Ella me masturbó despacio, mirándome la cara mientras yo intentaba sostener el equilibrio con las rodillas separadas y las manos detrás del cuello. Llegué al primer orgasmo en silencio, mordiéndome el labio para no darle el gusto. Lo conseguí con esfuerzo.

—Buena chica —dijo, y la palabra se me clavó en algún lugar nuevo.

La noche se hizo larga. Me besó como si tuviera tiempo de sobra, me acarició los pechos hasta que se me endurecieron sin que yo decidiera nada, me masturbó otra vez, ahora más despacio, hasta que ya no pude callarme. Le rogué, en algún momento, que parara. No me hizo caso.

Cuando intenté apartarme con un poco de fuerza, me dio vuelta sobre su regazo y me dio dos azotes secos, sonoros. Después tres más. Sollocé con la cara hundida en la sábana, no por dolor, sino por una mezcla de humillación y ganas que no sabía dónde meter.

Después me puso boca arriba y bajó. Su lengua empezó por la cara interna de los muslos y subió con una paciencia que casi me hizo gritar antes de tiempo. Cuando llegó al centro, gemí sin disimulo. Me llevó al orgasmo tres veces más, una detrás de otra, hasta que me quedé sin fuerzas para sostener nada y caí en un sueño espeso, sin sueños.

Cuando desperté, ella ya no estaba.

Sobre la mesita de noche había una tarjeta del hotel, una botella pequeña de agua y, debajo de la botella, una tarjeta personal con su nombre y una dirección en Buenos Aires. Nada más.

***

Me duché. Me vestí. Tomé el vuelo de la mañana con los lentes oscuros puestos y la sensación de que caminaba dentro de un cuerpo que ya no era del todo mío.

A los tres días, cancelé la boda. Le devolví el anillo a Mateo en silencio, sentada en la cocina de su madre, sin poder explicarle nada que sonara verdadero. Él lloró. Yo no. Eso fue lo peor.

A la semana me echaron del trabajo después de una pelea a gritos con mi jefe por un comentario que en otro momento habría tragado sin chistar. Salí del edificio con la caja de mis cosas bajo el brazo y la tarjeta de Mariana en el bolsillo del abrigo.

Dos días después, llegó un sobre. Un pasaje a Buenos Aires y una hoja con la misma dirección, escrita esta vez a mano. Sin remitente.

Le devolví las llaves del apartamento a la dueña. Le dije que se quedara con todo lo que había dentro: los muebles, la ropa, las cajas que nunca había terminado de desempacar. Cerré las cuentas del banco. Vendí el coche en una tarde por la mitad de lo que valía.

Llegué a Buenos Aires un diez de enero, un día caluroso, pegajoso, con el aire pesado contra la piel. Llevaba puesta una camiseta corta, unos pantalones cortos vaqueros y unas sandalias gastadas. En la mano, una mochila pequeña con dos mudas y un cepillo de dientes.

Tomé un taxi hasta la dirección. Era una casa baja en Palermo, de fachada gris y persianas verdes. Mariana abrió la puerta antes de que tocara el timbre, como si me hubiera estado mirando llegar desde la ventana.

Sonrió cuando me vio y se hizo a un lado para dejarme pasar. Negué con la cabeza.

—Antes quiero que me prometas algo.

—¿Qué?

Respiré hondo. Lo había ensayado tantas veces durante el vuelo que ya casi sonaba a verso aprendido.

—Cuando te canses de mí, vas a venderme a otra mujer. Quiero seguir siendo de quien me compre.

Mariana se rió. Una risa baja, contenida, que terminó en una sonrisa larga.

—¿Eso es todo, Lucía? —preguntó—. Por supuesto. Voy a hacer una subasta como corresponde. Y voy a brindar con champaña mientras te miro irte con la que mejor pague.

Asentí. Bajé la mochila. Crucé el umbral.

Y así empezó mi vida nueva, en una casa que no era mía, con una mujer que ya nunca iba a parecerse a ninguna otra.

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Comentarios (7)

Nati_Rosario

Dios mio, que arranque!!! Me atrapó desde la primera línea y ya no pude soltar el teléfono.

Fran_ba

Necesito la segunda parte ya por favor. No puede quedar asi!

CristinaLM

Me recordó a cuando me quede varada en un aeropuerto hace unos años. La mia no terminó igual jaja pero algo de esa tension si hubo. Muy buena historia.

Lola_del_norte

Al final canceló la boda de verdad?? quiero saber como siguio todo esto

Paty_nocturna

Increible como engancha desde el principio. Muy buena narradora.

DiegoRosario

genail!!!

Mrafael

Este tipo de historias que te cambian la vida en un momento son las mas interesantes de leer. Muy bien narrado, con suspenso justo. Segui escribiendo.

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