Mi hermana me esperó arrodillada esa tarde
Mariana me esperaba en el living con unas calzas negras que parecían pintadas sobre la piel. Un top del mismo color le levantaba el pecho de manera deliberada. Yo llegaba con la ropa del trabajo todavía encima y un bolso al hombro para el club.
—No vienes vestido para entrenar, hermano. ¿Así piensas ir?
—Me cambio en el gimnasio —dije, soltando el bolso junto al sofá.
—Cámbiate aquí. Quiero verte hacerlo.
La relación con mi hermana había llegado a un lugar que ninguno de los dos había imaginado dos años atrás. Cogíamos por la mañana, con la excusa de pasar a buscarme antes del entrenamiento. Cogíamos por la noche, sin necesidad de inventar nada. Y cuando estaba Lucía, también, pero entonces ya no hacía falta el pretexto. Nunca había tenido tanto sexo en mi vida y nunca había dormido mejor.
Lo prohibido había dejado de ser un sabor para volverse otra cosa. Una manera de mirarnos sin necesidad de hablar. Una complicidad de la que solo nosotros teníamos la llave. Dos almas con el mismo pulso, eso éramos. Lo entendí ahí, parado frente a ella, mientras me decía con los ojos lo que aún no se había animado a pedir en voz alta.
Empecé a desvestirme sin apuro. La camisa primero. Luego los pantalones. Cada prenda fue cayendo al piso como una declaración. Este cuerpo es tuyo, haz con él lo que quieras. Cuando quedé desnudo, mi miembro colgaba flácido, todavía replegado en la piel que lo cubría, esperando.
Mariana se acercó. Sus pechos rozaron los míos antes de que ella se arrodillara frente a mí. Me miró desde abajo, con esa mezcla de descaro y ternura que solo tenía conmigo, y abrió la boca. Sentí su humedad envolverme antes de poder reaccionar. La lengua le giraba en círculos en la base, despacio, paciente. La sangre me empezó a hervir con cada caricia.
Cuando se apartó, la saliva le caía por el mentón hasta los muslos. Mi miembro apuntaba ahora hacia ella, duro, brillante.
—Así estás más lindo —dijo con una sonrisa torcida.
—Eres una hermosura. Lo que hubiera dado, de joven, porque me esperaras así cuando volvía a casa.
—Lo hubieras pedido. Yo me metía cosas en la boca imaginando que eran tuyas.
—¿Solo en la boca?
—En todos lados. Quería demostrarte que estaba dispuesta a cualquier cosa.
—Cuántos años perdimos.
—Demasiados. Después llegó Lucía y ella se encargó de hacer de ti. Al principio no sabía que yo fantaseaba contigo. Cuando se lo conté, no se enojó. Se propuso conquistarte y volver para contarme cada detalle.
—Quiero que me la chupes y me la sacudas mientras me lo cuentas. Quiero acabar en tu boca.
—La primera vez que cogieron fue aquí, en mi casa. Al día siguiente, Lucía vino a buscarme y me pidió que repitiéramos todo lo que tú le habías hecho a ella.
—Puta —murmuré, con el cuello arqueado hacia atrás.
—Esa tarde gocé como nunca. No teníamos juguetes, así que ella agarró el mango del cepillo del pelo y me lo metió de a poco.
Me hablaba mientras me sacudía con la mano izquierda y me lamía el glande con la punta de la lengua. Ya me había dejado al descubierto del todo, y cada gota de saliva la repartía con los dedos como si me pintara. Lo que más me prendía no era ni siquiera lo que decía: era saber que cada gesto suyo perseguía un único objetivo, hacerme acabar.
—Después me comió. Yo terminé enseguida, no aguanté nada. Ella, en cambio, había aguantado mucho más cuando tú le hiciste lo mismo. Mientras me lamía, me acariciaba el clítoris con el pulgar. Me dijo que tú no le hacías eso, pero que ella te iba a enseñar. Quedé empapada, como ahora —se rio—. Eso no cambió.
Empezó a sacudirme más fuerte, apretándome el tronco entero. Sentí que mi cuerpo daba un tirón involuntario. No quería terminar tan rápido, pero ella sabía exactamente cómo demorarme y a la vez cómo encenderme.
—Espera, Andresito, todavía no acabes. Falta lo mejor —dijo, y bajó el ritmo.
—No me hagas esto.
—Lucía agarró el cepillo, me lo pasó por el sexo despacio y después se lo metió en la boca. Saboreó como si estuviera comiendo algo dulce. Me dijo que se lo metía para tenerme entera dentro suyo. Después empezó a cogerme con el mango imitando el modo en que tú se la metías a ella. Yo me frotaba el clítoris como una loca. El placer era enorme, pero el morbo de imaginar lo que hacían ustedes dos lo era más.
Detuvo el relato y volvió a chuparme. La pausa cortó mi inminente final, pero no lo evitó. Sus cabezadas eran cada vez más rápidas. Se atragantaba y seguía. Le caía la baba por el mentón y seguía. Cuando me sentía a punto de explotar, paró. Mi miembro quedó suspendido, tieso, con esos sacudones involuntarios que aparecen justo antes del derrame. Hice un esfuerzo enorme por no terminar.
—Yo estaba como tú ahora cuando Lucía se metió un dedo en la boca y empezó a jugarme con el ano. Nunca me lo habían tocado. Apreté instintivamente. Ella me dijo: «Tu hermano me hizo esto y acabé como nunca». Me metió el dedo de a poco. Desde ese día, cada vez que estoy por terminar, busco algo que se me meta atrás.
Mientras decía la última frase, me lamió rápido en el frenillo y me apretó el tronco. Algo se rompió por dentro. Sentí que la presión se trasladaba hacia arriba en oleadas. Acabé con tanta fuerza que los primeros chorros me cayeron sobre el pecho y la mejilla. Después se metió todo lo que quedaba en la boca y tragó. Se incorporó, recorrió con la lengua mi pecho y me giró la cara para limpiarme la mejilla.
—Soy tu puta, hermanito.
Me besó. Sentí mi propio sabor en su boca y me entregué al beso sin resistencia.
—Eres mi puta y quiero que también seas mi pareja —le dije, todavía con la respiración entrecortada—. Quiero que vivamos juntos. Lucía nos puede visitar cuando quiera. No es que no la quiera, pero lo nuestro es otra cosa.
—Lucía podría vivir con nosotros también. Una pareja de tres. Una trieja.
—Habría que comprar una cama más grande.
—Y un sillón más grande, y una ducha más grande —se rio.
—Y nos pasaríamos cogiendo todo el día por toda la casa.
—¿La llamamos ahora? Debe estar en casa.
—Antes veamos qué está haciendo. No la asustemos. Se lo planteamos en la cena.
—Perfecto. Voy por la computadora.
***
Abrimos la aplicación de las cámaras. Primero el living de mi casa: vacío. Después la habitación. Nos quedamos los dos paralizados frente a la pantalla. Lucía estaba en nuestra cama, con las piernas abiertas, mientras otra mujer le comía el sexo.
—¿Quién es? —Sentí que la voz no me salía—. ¿Me está engañando?
—Es Daniela. La profe de yoga del club. Hija de puta, lo terminó haciendo.
Miré a Mariana. Algo en su tono me dijo que no era la primera vez que pensaba en eso.
—Te cuento. Daniela se nos acercó hace unos meses en el vestuario con una excusa boba. Nos preguntó si estábamos juntas. Le aclaramos que somos amigas y cuñadas. Ella estaba muerta de miedo de animarse a estar con una mujer y quería consejos.
—¿Estuvieron las dos con ella?
—No. Le dijimos que entre nosotras alguna vez nos habíamos ayudado a gozar y que había estado bien, nada más. Hizo más preguntas otros días, pero queríamos seguir yendo a ese gimnasio sin enredos. Nos prometimos no tocarla. Por eso me sorprende tanto como a ti.
—No puedo creerlo.
—¿No es lógico? Tú bajaste el sexo con ella. Yo también. No le quedó otra que buscar en otro lado.
Tenía razón. Yo no podía reclamarle nada. El primero que la había engañado había sido yo, y encima con su mejor amiga, que además era mi hermana, el amor más antiguo que ella conocía. La miré a Mariana en la pantalla, todavía con el calor del orgasmo en el cuerpo, y entendí que no me quedaban argumentos.
Las miramos un rato largo. Vimos cómo Daniela subía el cuerpo y se acomodaba sobre la cara de Lucía, y cómo Lucía la sostenía por las caderas con esa fuerza que yo conocía de memoria. Nos calentamos los dos otra vez. Cogí a mi hermana ahí mismo, en su sillón. Ella terminó tres veces. Yo terminé una más, esta vez dentro de su culo, mirando todavía la pantalla con el rabillo del ojo.
***
Esa noche nos juntamos los tres a cenar en mi casa. Lucía había puesto la mesa con velas, sin saber que el plan ya estaba armado. Mariana abrió el fuego.
—Lucía, tenemos algo que proponerte. Andrés y yo.
—Uy. Qué seria te pusiste, cuñada.
—Es que es importante.
—Amor, tú eres mi mujer y estamos casados —le dije—. Mariana es mi hermana y siempre lo va a ser. Los tres sabemos en qué triángulo vivimos hace meses.
—Lo que queremos decirte —siguió Mariana— es que nos mudemos los tres. Que vivamos juntos, como una pareja de tres. Una trieja.
—Sí. Acepto. Aunque podrían haberse arrodillado y traer tres alianzas.
Los tres nos largamos a reír. Lucía es así, fogosa y descarada hasta para responder a una propuesta de convivencia inédita. Cuando se le pasó la risa, levantó la copa.
—Vamos a tener que mudarnos. La ropa de Mariana no va a entrar nunca en nuestro armario. Y necesitamos otro baño. Si te quejabas de mí, no sabes lo que es tu hermana.
—Además… —empezó Mariana.
—Además, tenemos que hablar de Daniela —solté yo.
El cubierto de Lucía se quedó en el aire. Pestañeó dos veces.
—¿Cómo?
—Te vimos esta tarde por las cámaras de la habitación.
—¿Toda la escena?
—Toda. Por eso aceleramos esto.
Se quedó muda. No podía negarlo, ni inventar una historia. Mariana había estado en cada paso del coqueteo en el vestuario, hasta que ellas dos decidieron no avanzar. Ahora la mesa entera se balanceaba en ese silencio.
—Si vamos a ser una trieja, hay cosas que vamos a tener que ordenar —dijo Mariana, sin levantar la voz—. Cuando venga Daniela, queremos saberlo. Y tú vas a ser la encargada de explicarle qué casa es esta.
—Amo esta familia nueva —contestó Lucía, y nos llenó las copas hasta el borde.