El verano en que Lucía descubrió a las mujeres
Lucía acababa de terminar su primer año en la universidad cuando el verano empezó a desordenarle la cabeza. Había aprobado todas las asignaturas, las fiestas de los pueblos arrancaban una tras otra, y por dentro algo se le movía sin pedir permiso.
Todo había comenzado meses atrás, en una tarde aburrida de domingo. Estaba con sus amigas en el sofá del piso de Sara y alguien propuso un juego de prendas. La rueda paró: una de ellas tenía que besarla en la boca. Las dos fingieron asco. Sara incluso protestó, riéndose. Pero el beso ocurrió. Tres segundos, quizá cuatro. Cuando se separaron, Lucía soltó una carcajada demasiado fuerte y cambió de tema.
Esa noche se encerró en su habitación, se quitó la ropa despacio y se masturbó pensando en la boca de Sara. No solía hacerlo casi nunca. Esa vez se corrió tan fuerte que tuvo que morder la almohada. Durante varios días después, cuando sus amigas la saludaban con dos besos, ella daba los suyos rápidos, casi huyendo.
Lucía no era virgen con hombres. Había estado un par de meses con un chico de la facultad y se habían acostado tres o cuatro veces. Nada del otro mundo. Nunca había considerado el sexo como algo importante en su vida. Hasta el beso de Sara.
Pensó mucho en bajar a un pub de ambiente. No quería decirle nada a sus amigas: las conocía, no la dejarían en paz. Terminados los exámenes, decidió que iría sola un viernes cualquiera.
Esa tarde se duchó largo rato. Se lavó el pelo rubio, que llevaba hasta media espalda. Se puso un tanga blanco que era apenas un hilo y una tela de cinco centímetros entre las nalgas. Encima, un vestido de punto fino que se le ajustaba al cuerpo sin apretarlo. Lucía era delgada, con dos pechos pequeños pero firmes, las nalgas redondas y duras, y un mechón rubio en el pubis. Frente al espejo se sintió guapa por primera vez en mucho tiempo.
Salió de casa hacia las diez. El pub que eligió tenía luz baja, música tranquila y una decoración de terciopelo que la calmó. Pidió un refresco, se apoyó en una esquina y se dedicó a mirar. Había chicas de su edad y mujeres bastante mayores. Algunas se besaban sin disimulo. A Lucía le ardían las mejillas y no apartaba los ojos.
Estaba a medio refresco cuando alguien le dio un golpecito en el hombro.
—Hombre, Lucía. Cuánto tiempo. Desde el instituto que no nos veíamos.
Era una mujer morena, con el pelo muy corto y una sonrisa pequeña. Lucía la reconoció enseguida y sintió cómo le ardía la cara.
—¿Carolina? —preguntó—. ¿Mi profesora de matemáticas?
—Tu exprofesora —corrigió—. Hace dos años que ya no me pagas la nómina.
Lucía la abrazó sin pensar. Le dio dos besos y Carolina pidió una copa al barman y se quedó a su lado. Llevaba una camisa negra abierta hasta el tercer botón. Olía a un perfume oscuro, de los que se quedan en la ropa.
—Me sorprende verte aquí, y sin tus amigas —dijo Carolina.
—La verdad, no sé qué responderte. He venido sola para no tener que dar explicaciones de por qué estoy en este tipo de sitio.
—¿Y por qué estás en este tipo de sitio?
Lucía se rió, mirando su vaso.
—Por un beso en un juego empecé a sentir cosas que no sabía que estaban ahí.
Carolina la miró fijamente durante un par de segundos. Después se inclinó hacia su oído.
—Vente conmigo al baño y salimos de dudas.
Lucía no dijo nada. Le tendió la mano y se dejó llevar. Cuando se quiso dar cuenta, las dos estaban encerradas en uno de los cubículos del baño, con el pestillo cerrado y la música amortiguada al otro lado de la puerta.
Carolina la giró, la puso de cara a la puerta, y le subió el vestido despacio hasta liberarle el culo. Le bajó el tanga, lo dejó sobre la cisterna y se arrodilló detrás de ella. Le besó la parte interior de los muslos. Le acarició las nalgas con los pulgares. Subió la lengua despacio, demasiado despacio, hasta tocarle el ano con la punta. Lucía soltó un gemido que escondió contra la madera de la puerta.
Carolina se levantó, le mordió el lóbulo y le susurró:
—Mira lo mojada que estás.
Le pasó la mano entre las piernas y empezó a acariciarle el sexo con dos dedos. Movimientos pequeños, circulares, exactos. Lucía se mordió el labio para no gritar. La otra mano de Carolina le había encontrado un pecho por debajo del vestido. Se corrió en pocos minutos, apretando los muslos contra la mano de su exprofesora.
Cuando salieron del baño, Carolina le devolvió el tanga doblado, como si fuera una propina. Estuvieron en otros dos pubs. Se besaron en la puerta de cada uno. Intercambiaron teléfonos prometiendo repetir.
Lucía volvió a casa a las siete de la mañana.
***
A las once, sus amigas la llamaron para ir a la playa. Fue con ellas y se pasó casi todo el día durmiendo sobre la toalla. Al volver, decidió subir andando hasta su piso para espabilarse. En el segundo descansillo, una mujer estaba metiendo cajas en el piso que llevaba dos años vacío.
Lucía la saludó. La mujer le respondió con un movimiento mínimo de la cabeza. Era alta, de pelo blanco cortado a la altura de la mandíbula, con la piel muy clara y los ojos de un gris que parecía hielo. Una mujer fría. Atractiva de una manera que le costaba mirar.
Subió a su casa y se metió bajo el agua. Sus padres se habían ido a la casa del pueblo y volverían el lunes. Sola en la ducha se masturbó con la mano izquierda apoyada en la pared. Pensó en Sara. Pensó en Carolina. Y, sin entender por qué, terminó pensando en aquella vecina nueva, en el frío de su mirada. Se corrió de rodillas en el plato, jadeando contra el azulejo.
Esa noche se vistió para ir a las fiestas de un pueblo cercano. Al salir del portal levantó los ojos y vio a la nueva vecina asomada a la ventana del segundo. Se le erizó la nuca. Sintió un latido entre las piernas distinto a todos los anteriores.
***
Pasaron unos días sin novedades. Carolina y ella se mandaron mensajes. Una tarde aburrida, Lucía se descargó una aplicación para conocer chicas. No esperaba demasiado: pensaba ojear algunos perfiles y nada más. Le hablaron varias mujeres en pocas horas. Una de ellas tenía la foto borrosa, casi en negro. Le decía cosas precisas, secas, hermosas. Lucía empezó a contestarle en mitad de una película y, cuando se quiso dar cuenta, llevaban dos horas escribiéndose.
La mujer le dijo que tenía sesenta años. Le dijo que era dominante. Le dijo que sabía lo que Lucía buscaba mejor que ella misma. Y le dijo, por último, su distancia: un metro.
Un metro.
Lucía se sentó muy recta en la cama. Pidió una ubicación más concreta. Cuando le llegó, soltó el móvil sobre la colcha. Era el segundo. Era ella.
Esa noche apenas durmió.
Pasaron casi dos semanas hablando. Helga —ese era su nombre— escribía como una mujer que no necesitaba nada de nadie. Le hacía preguntas sin disimulo. Le mandaba órdenes pequeñas: que se durmiera desnuda, que no se tocase ese día, que se mirara en el espejo durante un minuto antes de acostarse. Lucía obedecía. Cada vez que obedecía, el cuerpo le respondía con un golpe seco entre los muslos.
El viernes, Helga le escribió:
—Vente a casa. Cuando entres, te desnudas en el recibidor. Cuando me veas, te arrodillas. Cuando me acerque, me besas los pies.
Lucía estuvo a punto de mandarla a paseo. Pero lo único que escribió fue:
—Sí.
—Y bajas desnuda. Tienes los rellanos vacíos hasta septiembre.
—No me lo creo ni yo.
—Lo vas a hacer. Y cuando te vayas de mi casa, lo harás diciendo «gracias, Ama».
Tenía razón. La planta estaba sola: los vecinos se habían ido al pueblo, igual que sus padres. Lucía se quitó la ropa en el recibidor, abrió la puerta de su piso y bajó las escaleras descalza, con el corazón golpeándole las costillas. Tocó el timbre del segundo dos veces, con el nudillo.
La puerta se abrió. Lucía no levantó la mirada. Avanzó dos pasos, se arrodilló sobre el felpudo y, cuando vio aparecer en su ángulo de visión los pies descalzos de Helga, se inclinó y les besó el empeine. Primero el derecho. Luego el izquierdo.
—Buena chica.
Helga le puso un collar de cuero al cuello y enganchó la correa. La hizo recorrer toda la casa a cuatro patas. Por el pasillo. Por la cocina. Por el dormitorio. Cuando Lucía sintió que las rodillas no le respondían, Helga le ordenó subir al borde de la cama y poner el culo en pompa.
Lucía obedeció. Pensó que ya nada de su antigua vida la representaba.
Sintió el aire moverse antes que la fusta. Helga le dio diez azotes en cada nalga, contándolos en voz alta. Después le tapó los ojos con un antifaz, le puso tapones en los oídos y le ató las muñecas a la espalda con una cuerda fina. Lucía, atravesada por el silencio, se orinó sin querer, un chorrito caliente bajándole por el muslo. Lloró debajo del antifaz, no de pena, sino de algo que no sabía nombrar.
Helga cogió un bote de lubricante, le mojó largamente el ano, y luego entró ella, despacio, con un consolador grueso atado a la cintura. Lucía nunca había hecho aquello. Helga la mantuvo quieta tres minutos antes de empezar a moverse. La fue follando lento. La masturbó al mismo tiempo con la mano derecha. Lucía gritó debajo del antifaz cuando se corrió, y siguió gritando un poco más cuando Helga no paró.
Al acabar, Helga le quitó el antifaz, los tapones, las cuerdas. La cargó en brazos hasta la ducha. Le lavó el pelo. La besó en la frente. Le hizo el amor con la lengua, despacio, hasta que Lucía se corrió otras dos veces apoyada contra los azulejos.
Cuando Lucía volvió a su piso, todavía desnuda, todavía con las piernas temblando, dijo en voz baja, sin sarcasmo, en el rellano del segundo:
—Gracias, Ama.
***
A partir de aquella noche, la aplicación se le llenó de mensajes. Lucía respondía pocos. Una mañana, ojeando, se quedó con una foto: una mujer morena, de unos cuarenta y tantos, ojos color miel, sonrisa pequeña. Decía vivir cerca. Empezaron a hablar y la mujer escribía con una elegancia que Lucía no recordaba en nadie de la app. Estuvieron dos horas. Cuando intercambiaron foto de cara, Lucía se quedó mirando la pantalla más tiempo del que era razonable.
Era Marina. La madre de su amiga Inés. La había visto cien veces en la cocina de aquella casa.
Quedaron a tomar un café el sábado siguiente, en una cafetería del centro a la que ninguna de las dos solía ir. Las dos tenían las manos quietas sobre la mesa. Marina rompió el silencio.
—Si quieres, lo dejamos aquí.
—No quiero —dijo Lucía.
Marina sonrió. Le contó que llevaba tiempo sintiendo cosas con mujeres jóvenes. Le confesó, también, que le gustaría que su marido participase. Lucía sintió un nudo y un calor a la vez.
—Con una condición —dijo.
—La que sea.
—Que me cuidéis. Si me cuidáis, sí.
Marina le tocó la mano por encima de la mesa.
—La primera vez, sólo nosotras dos. Te lo prometo.
Salieron del café y caminaron hasta el aparcamiento. Marina condujo con la izquierda en el volante y la derecha sobre el muslo de Lucía. La fue subiendo. Lucía se levantó la falda hasta media cintura, se quitó la braguita y se la puso a Marina en la mano.
Llegaron a la casa que Lucía había pisado cien veces, pero entraron por una puerta nueva. En el ascensor se besaron como si llevaran meses esperando. Marina le mordió el cuello, le abrió la cremallera del vestido. Cuando entraron al dormitorio, ya las dos venían medio desnudas. Se tumbaron y se lamieron despacio, milímetro a milímetro, hasta que Lucía no aguantó más y enterró la cara entre los muslos de Marina.
Le hacía el amor con la lengua, jurándose en silencio que aquella era una de las cosas más hermosas que había probado, cuando dos manos grandes la cogieron por las caderas. Lucía giró la cabeza. Andrés, el marido de Marina, estaba detrás de ella, desnudo, sereno. La penetró por delante, despacio, mientras ella seguía con la lengua entre las piernas de Marina. Lucía gimió contra el sexo de Marina y eso fue lo que llevó a Marina a su primer orgasmo.
Andrés salió, se untó con lubricante, y entró por detrás casi del mismo modo: muy lento al principio. Lucía estaba abierta, derretida, blanda. No sintió dolor. Sintió un golpe profundo y nuevo, y dejó de pensar en cualquier cosa. Andrés acabó dentro de ella, sujetándole las caderas con firmeza. Marina, con la mano en su nuca, le pidió que la siguiera lamiendo. Lucía se corrió por tercera vez aquella tarde, con la cara empapada y la respiración rota.
Las tres respiraciones se fueron apagando juntas.
Después se ducharon los tres en silencio. Después durmieron juntos en aquella cama enorme. Lucía despertó en mitad de la noche con la mano de Marina en su pecho y los pies de Andrés tocando los suyos.
Aquel verano, Lucía dejó de mentirse. Quedaba con Helga los viernes, cuando podía. Cenaba con Carolina los miércoles, cuando le apetecía. Y los sábados, alguna vez, iba a casa de Marina y Andrés. Más adelante empezaría a acompañarlos a clubes liberales, a aprender cosas que ni siquiera había imaginado en aquel sofá donde Sara le había rozado la boca. Pero esa, ya, es otra historia.