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Relatos Ardientes

Llegué sin avisar y vi algo que tardé años en entender

Una de las historias que escribí hace un tiempo y que más respuesta generó fue sobre Sandra, la mejor amiga de mi mamá. Durante semanas recibí mensajes preguntando por ella, por las dos juntas, por cómo era la relación entre ellas. Así que decidí escribir esto.

Si esperan un relato explícito donde las dos terminan enredadas en la cama, lamentablemente los voy a decepcionar. Lo que les voy a contar es real, y es mucho más sutil que todo eso. Son tres escenas que viví de adolescente y que, en el momento en que las viví, no interpreté de ninguna manera particular. Hoy, con veintidós años encima, es imposible recordarlas sin pensar que algo más había ahí, aunque nunca lo pueda confirmar del todo.

Son tres momentos inconexos, separados en el tiempo, cada uno con su propia textura. Solos no significan nada. Juntos cuentan otra historia.

***

La primera vez fue un martes de octubre. El profesor de historia faltó y nos soltaron una hora antes de lo habitual. Caminé las cuadras de siempre desde el colegio, sola, con los auriculares puestos y sin avisar que llegaba temprano.

La puerta de casa cedió con su crujido de siempre. El living estaba vacío y en silencio, pero desde el fondo del pasillo llegó un olor que reconocí de inmediato: aceite de almendras. Dulce, cálido, de esos que te ubican en un lugar específico antes de que sepas exactamente dónde estás.

Me fui acercando por el pasillo. La puerta del cuarto de mis viejos estaba entreabierta, como tenía por costumbre estar cuando no había nadie más en casa. Me asomé sin pensar, por pura inercia.

Ahí estaban las dos.

Sandra estaba acostada boca abajo sobre la cama matrimonial, con los brazos cruzados debajo de la cabeza. Solo llevaba un corpiño de encaje negro, desabrochado en la espalda, los tirantes caídos hacia los costados del colchón. Sus pechos, grandes, se aplastaban contra el colchón y desbordaban un poco hacia afuera. Tenía los ojos cerrados y la expresión completamente relajada, como si estuviera descansando en la playa.

Mamá estaba sentada a su lado sobre la cama, arrodillada sobre sus propios talones. Le daba un masaje lento en los hombros y en la espalda. Sus manos brillaban con el aceite y se deslizaban con calma por la piel de Sandra, los pulgares hundidos en la musculatura del cuello, abriendo y soltando la tensión de a poco.

—Ay, Flor... ahí, justo ahí —murmuró Sandra, la voz pastosa y relajada.

Mamá se rio bajito. Se inclinó hacia adelante para abarcar más espalda y con ese movimiento su blusa se abrió levemente, dejando ver el borde del corpiño rojo que llevaba puesto. Los rulos le caían sobre la cara y los apartaba con el antebrazo sin dejar de masajear.

Fue entonces cuando las dos me vieron.

—¡Caro! ¿Qué hacés acá? —exclamó mamá, pero sin moverse rápido, sin sobresaltarse. Solo sonrió, como si la hubieran pescado haciendo algo menor.

Sandra levantó apenas la cabeza. Las mejillas le estaban coloradas y el pelo le caía revuelto sobre la almohada.

—Hola, linda... ¿ya volviste? —dijo, con esa voz suave que tenía cuando estaba completamente relajada.

Me encogí de hombros, todavía con la mochila colgando.

—Faltó el profe.

—Sandra tenía la espalda hecha un nudo —explicó mamá con naturalidad, sin dejar de pasar las manos sobre la piel de su amiga—. Le estoy dando un masaje. ¿Querés merendar? Preparo algo y merendamos las tres.

No me pareció raro. Eran amigas desde siempre, desde antes de que yo naciera. Mamá siempre le había dado masajes a Sandra cuando venía contracturada, y Sandra le devolvía el favor. Las había visto mil veces en corpiño o en toalla después de la pileta. Era parte de la confianza que tenían, esa comodidad de mujeres que se conocen hace veinte años y que no necesitan privacidad la una con la otra.

Pero ahora, escribiendo esto desde mi departamento, recuerdo detalles que en ese entonces pasé completamente por alto.

La forma en que los pulgares de mamá se demoraban en la curva donde la espalda de Sandra se juntaba con la cintura. No era la presión breve y técnica de alguien haciendo un favor. Era otra cosa: lenta, casi contemplativa.

El suspiro que soltó Sandra cuando mamá encontró el punto exacto. Más largo de lo que una contractura necesita. Con algo adentro que no era solo alivio físico.

La sonrisa de mamá cuando Sandra murmuró su nombre.

Dije «ok, me cambio y bajo» y cerré la puerta con cuidado, como si no quisiera interrumpir algo que todavía no tenía nombre. Desde el pasillo escuché que las dos se reían otra vez, más bajito, como compartiendo una broma que yo no estaba en condiciones de entender.

Y tal vez era cierto. Tal vez no lo estaba.

***

La segunda escena fue un viernes de invierno. Papá estaba de viaje por trabajo y mi hermana Magui se había quedado a dormir en lo de una compañera del colegio. Mamá invitó a Sandra a ver películas, como hacían de vez en cuando cuando tenían la casa para ellas.

Yo me sumé al principio, tirada en el sillón grande con una frazada, pero a la media hora de la segunda película ya se me cerraban los ojos. Era una de esas románticas lentas que a ellas les encantaban y a mí me producían un sueño imposible de pelear.

—Me voy a dormir —dije bostezando.

Mamá me dio un beso en la frente. Sandra me revolvió el pelo desde el otro extremo del sillón.

—Descansá, preciosa.

Subí a mi cuarto, me puse el pijama y me dormí casi enseguida.

Me desperté alrededor de las tres de la mañana con ganas de ir al baño. La casa estaba en silencio, pero desde la planta baja llegaba una luz tenue: la tele encendida, con la pantalla en menú. Pensé que se habían olvidado de apagarla. Bajé las escaleras descalza, sin encender ninguna luz para no hacer ruido.

Y ahí estaban las dos. Dormidas en el sillón grande, tapadas con la misma frazada de polar que yo había estado usando.

Estaban abrazadas.

Sandra de costado, de espaldas al respaldo del sillón, las piernas recogidas hacia adentro. Mamá acomodada justo detrás, en cucharita perfecta: el brazo rodeando la cintura de Sandra por debajo de la frazada, la cabeza descansando contra su nuca. El pelo castaño de Sandra se mezclaba con los rulos de mamá como si hubieran dormido así toda la vida.

No pensé nada raro. Hacía un frío serio, eran las mejores amigas del mundo, era completamente lógico que se hubieran acurrucado juntas. De chica yo misma me había dormido abrazada a mamá muchas veces en ese mismo sofá.

Me quedé un momento mirándolas desde abajo de la escalera. La frazada se había corrido un poco en el hombro de Sandra y dejaba ver el bretel del corpiño que todavía llevaba puesto. Mamá tenía la mano abierta sobre la panza de su amiga, los dedos completamente relajados, como si ese fuera el lugar más natural del mundo donde poner la mano.

Subí, hice pis y volví a mi cama sin hacerle más vuelta.

***

La tercera vez fue otra tarde de semana, otro día que el colegio terminó antes de lo previsto. Caminé las cuadras de siempre con los auriculares puestos, pensando en otra cosa.

Entré a casa y desde el pasillo llegó una música suave, de esas que mamá ponía cuando tenía el humor tranquilo. Asomé la cabeza al living.

Mamá estaba semi recostada en el sillón grande, la espalda apoyada contra un extremo del apoyabrazos, las piernas estiradas a lo largo del sofá. Llevaba una remera suelta de algodón y shorts de casa. Tenía los pies descalzos, los ojos entrecerrados. Sandra estaba sentada en el otro extremo, de costado con las piernas cruzadas, y sostenía los pies de mamá en su regazo.

Le estaba haciendo un masaje.

Siempre supe que mamá tenía pies lindos. Ese día, con la luz de la tarde entrando oblicua por la ventana grande, me parecieron particularmente hermosos: el arco pronunciado se marcaba nítidamente cuando Sandra los sostenía, las uñas estaban pintadas de un rojo intenso casi lacado, y la piel brillaba ligeramente por el aceite que ya le había aplicado.

Sandra trabajaba despacio y con una concentración que yo leí, en su momento, como mera destreza. Los pulgares presionaban el centro de la planta, se deslizaban hacia el talón, volvían. Los dedos se separaban uno por uno, con delicadeza. Subía lentamente por el tobillo, hacía círculos, bajaba otra vez. Era metódica y al mismo tiempo no lo era del todo: tenía la mirada fija en lo que hacía, con esa sonrisa baja que Sandra ponía cuando estaba en su salsa, cuando hacía algo que le gustaba hacer.

Mamá soltaba un sonido corto cada vez que los pulgares de Sandra encontraban el punto exacto del arco. Corto, bajito, entre suspiro y algo más.

—Ay, Sandra... ahí, así —murmuró, y su voz sonaba más grave, más destensada de lo habitual.

Sandra no respondió con palabras. Solo sonrió un poco más, mordiéndose apenas el labio inferior mientras los pulgares seguían trazando el arco. Había algo en esa sonrisa que hoy reconozco perfectamente: era lenta, cómplice, con un brillo travieso que no era el de alguien haciendo un favor a una amiga.

Mamá soltó otro sonido, más largo esta vez, casi un suspiro completo.

—Dios, Sandra... no pares —murmuró, acomodándose mejor en el apoyabrazos, entregada.

Fue exactamente en ese momento que abrió los ojos y me vio en la entrada del living.

—¡Caro! —exclamó, pero sin sobresaltarse, sin sacar los pies del regazo de Sandra.

Sandra levantó la vista sin apurarse. Siguió masajeando con la misma calma de antes.

—Hola, preciosa —dijo—. Tu mamá pasó el día entero caminando con sandalias nuevas. Tiene los pies destruidos. Le estoy dando una mano.

La explicación tenía todo el sentido del mundo para mí en ese momento. Mamá siempre volvía destrozada de las salidas largas, siempre se quejaba de las sandalias nuevas. No había nada que interpretar.

—¿Preparo café? —ofrecí, todavía con la mochila en el hombro.

—Sí, amor, por favor —respondió mamá, cerrando los ojos de nuevo cuando Sandra retomó el masaje—. Y un vaso de agua fría también, si podés.

Subí a la cocina y empecé a preparar todo. Desde ahí seguía llegando, claramente, el sonido de los suspiros bajitos de mamá y la risa suave de Sandra.

Hoy, cuando recuerdo esa escena, no puedo verla de otra manera. A mí también me encanta que me masajeen los pies. Y casi siempre termino con un calor que empieza en los tobillos y sube lentamente por las pantorrillas, se instala en el vientre, no se va fácil. Ver cómo Sandra sostenía los pies de mamá con esa dedicación, esa lentitud deliberada, esa sonrisa que no era del todo inocente... es imposible leerlo hoy como algo neutral.

Ese masaje no parecía solo un masaje. Y mamá, con esa forma de soltarse, de entregarse sin ninguna reserva a esas manos, tampoco parecía recibirlo como uno.

Las dos sabían algo que yo tardé años en entender. Y tal vez era suficiente que lo supieran solo ellas.

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Comentarios (8)

SofiRios22

Que relato tan hermoso!!! Espero la segunda parte con ansias

Clarita_M

Me quede pensando un buen rato despues de leerlo. A mi me paso algo parecido de chica y recien de grande entendi ciertas cosas jajaja, me identifique totalmente

RositaK

increible como esta narrado, se siente tan real

LectorK88

La parte del principio me mato. Que imagen tan perfecta para abrir un relato asi, uno queda enganchado desde el primer parrafo

ViviR88

Hay segunda parte? Quiero saber como termino todo esto, no puedo quedarme con las ganas!!!

MartinBaires

Muy buen relato, se hizo cortisimo. Queria seguir leyendo

PatriRosa

Genial!!! Sigan publicando cosas asi por favor

NocheLectora22

Se nota que tiene mucho sentimiento detras, no es solo un relato mas. Gracias por compartirlo

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