El director del nocturno me eligió a mis treinta y dos
A los treinta y dos años decidí terminar el bachillerato. No fue una decisión heroica ni un acto de redención. Fue, simplemente, que mi marido se había ido seis meses antes, que la casa se sentía demasiado grande y que me sobraba el tiempo para llenar formularios. El instituto nocturno Las Acacias funcionaba en el viejo edificio del colegio del barrio, ese que durante el día albergaba adolescentes con uniformes apretados y, al caer la tarde, abría sus puertas a oficinistas, madres con hijos crecidos y rezagadas como yo, que arrastrábamos planes postergados.
El director, don Aurelio, llevaba más de treinta años al frente del instituto. Lo decía cualquiera del barrio: viudo desde hacía una década, presumido, con trajes oscuros de buena tela y un Chevrolet del año estacionado siempre en el mismo lugar. Pasaba los sesenta y cinco con la dignidad de quien sabe que tiene plata, autoridad y una mirada que se permitía descansar más de lo prudente sobre las alumnas que le interesaban.
A mí me eligió desde el primer mes.
Lo entendí porque cada vez que me cruzaba con él en los pasillos, sentía sus ojos detenidos en mi cintura, en la falda gris del uniforme adulto que el instituto exigía, en cómo la blusa blanca se ajustaba sobre el pecho. No era el único que miraba —en un aula donde la mitad somos mujeres entrando a los treinta, las miradas son otra cosa, son más hambrientas—, pero la suya tenía un peso distinto. Era la mirada de quien calcula.
—¿Cómo va su segunda juventud, señora Salazar? —me preguntó una tarde, deteniéndome a mitad del corredor.
—Mejor de lo que esperaba, don Aurelio.
—Eso se nota.
Y se quedó allí, paladeando la frase, sin hacer el menor esfuerzo por disimular hacia dónde miraba. Pasé a su lado y, sin querer, dejé que mi codo le rozara el saco. Sentí cómo se quedaba quieto. Sentí su respiración corta. Y entendí, en ese instante, que faltaba poco para que algo pasara.
La idea del concurso la tuvo a finales de febrero. Reina del Instituto Nocturno Las Acacias, decían los volantes que aparecieron pegados en cada pared, en cada cartelera, hasta en la puerta del baño. Una elección abierta a todas las alumnas, con corona, banda y la promesa de representar al instituto en los actos del año. Hasta había un viático de gastos que el director administraba personalmente.
—Es una bobada —me dijo Cecilia, mi compañera de banco, una contadora que había abandonado la facultad años atrás y ahora la retomaba—. Un concurso de belleza en un colegio para gente grande. ¿En qué piensa ese viejo?
Yo sí sabía en qué pensaba. Y, contra todo lo que me decía la cabeza, me inscribí.
***
Llegué a la oficina del director un miércoles, pasadas las clases. Las luces del instituto ya estaban casi todas apagadas y los pasillos olían a desinfectante barato. Toqué dos veces. Don Aurelio abrió con una sonrisa que no me sorprendió.
—Pase, Renata. La estaba esperando.
Sobre el escritorio había un formulario de inscripción ya preparado. Me indicó la silla con un gesto, pero después corrigió y me señaló el costado del escritorio, el lado donde tendría que inclinarme para escribir. Dejé la cartera. Me incliné. Sentí que él no se movía.
—Llene esto, por favor.
Me incliné un poco más de lo necesario. Sabía que la falda se me subía. Sabía que él miraba. No me apuré. Tampoco me bajé el dobladillo. Llené el formulario con calma, una letra detrás de otra, mientras escuchaba cómo se acomodaba detrás de mí, cómo respiraba más hondo, cómo cambiaba el peso de un pie al otro.
—Ya están inscritas muchas chicas, ¿don Aurelio? —pregunté sin levantar la vista.
—Treinta y cuatro.
—Vaya competencia.
Apoyó las dos manos en el escritorio, una a cada lado de las mías. Su pecho casi me rozaba la espalda.
—La competencia se gana con méritos, señora Salazar. Y los méritos se demuestran fuera del aula.
Me giré despacio hasta quedar frente a él, todavía apoyada en el borde del escritorio. Lo miré desde abajo. Sonreí.
—¿Y cómo se demuestran, don Aurelio?
—Eso depende de cuánto desee usted la corona.
—La quiero.
—¿Cuánto?
Me lo pensé tres segundos. No los tres segundos que necesitaba para decidir, porque la decisión ya estaba tomada antes de cruzar la puerta de su oficina. Eran los tres segundos que tardé en darme cuenta de que llevaba meses imaginando exactamente esta escena.
—Lo que haga falta.
***
Don Aurelio cerró la puerta con llave. Bajó la persiana. Se aflojó la corbata sin dejar de mirarme. Yo seguía apoyada en el borde del escritorio, las piernas levemente cruzadas, la blusa con dos botones más abiertos de lo que admitía el reglamento del instituto.
—Párese.
Lo obedecí. Me planté frente a él con los brazos a los costados.
—Quítese la blusa.
—¿Así, sin más?
—Así, sin más.
Empecé por el botón de arriba. Lo dejé hablar mientras desabotonaba.
—Una mujer como usted no debería estar terminando el bachillerato a los treinta y dos. Una mujer como usted debería estar descansando en alguna parte donde alguien le pague todo. ¿Por qué está aquí?
—Porque me gusta terminar lo que empiezo, don Aurelio.
—Y a mí me gusta empezar lo que otros dejaron a medias.
La blusa cayó sobre el respaldo de la silla. El sostén era negro, con encaje en el borde superior. Lo había elegido esa mañana sabiendo perfectamente lo que iba a pasar al final del día.
—La falda.
Bajé el cierre lateral. Dejé que la falda se deslizara por las caderas hasta el suelo. Me quedé en sostén y bombacha negra a juego, y supe por la cara de don Aurelio que llevaba años, quizá décadas, esperando un momento como ese.
—Acérquese.
Me acerqué hasta sentir el bulto de su pantalón contra mi vientre. Era un hombre alto, más alto de lo que aparentaba con el saco. Me agarró por la cintura con las dos manos, y aquellas manos, que yo había imaginado torpes, me apretaron con la firmeza de alguien que no estaba jugando.
Me besó. Con la lengua, despacio, como quien lleva años de paciencia y por fin se da el gusto. Yo respondí con la misma lentitud. No le iba a regalar prisa, todavía no. Él me apretó más fuerte, me arrastró un paso contra el escritorio y me dejó sentir lo duro que estaba debajo del pantalón. Yo le pasé las uñas por la nuca, le abrí mejor la boca, le chupé la lengua con una voracidad que le arrancó un gemido bajo.
—Así me gusta —murmuró, con la voz ya áspera—. Que no se haga la delicada conmigo.
Me mordió el labio inferior, apenas, y después me bajó el sostén por los hombros. Los tirantes cayeron, uno y luego el otro, y el encaje quedó enredado un segundo en mis brazos antes de resbalar. Me tomó un pecho con la mano entera, lo pesó, lo apretó, me pasó el pulgar por el pezón hasta endurecerlo del todo. Yo solté un suspiro que se convirtió en un jadeo cuando me lamió la punta, húmeda, lenta, sin apuro por llegar a nada más.
—Tiene unos pechos hermosos, Renata.
—Y usted habla demasiado —le devolví, aunque la voz ya me salía rota.
—Todavía no he empezado.
Me levantó apenas por la cintura y me sentó en el borde del escritorio. El metal de la carpeta me rozó la espalda. Él se metió entre mis piernas y me hizo abrirlas con las rodillas, separándomelas más, hasta dejarme expuesta frente a él. Sus dedos buscaron la orilla de la bombacha y la corrieron a un costado con una paciencia casi insolente. El aire me pegó de golpe en el sexo húmedo.
—Mírela cómo está.
—¿Cómo estoy?
—Empapada.
Un sonido se me escapó de la garganta antes de que pudiera contenerlo. Don Aurelio sonrió. Era la sonrisa de un hombre que acababa de confirmar lo que siempre había sospechado.
—Sabía que era usted de las mías, Renata.
Metió un dedo. Después dos. Los movía despacio, abriéndome desde adentro con una calma sucia que me hacía apretar los muslos contra sus costados y, al mismo tiempo, empujarlos para abrirme más. Me frotó el clítoris con el pulpejo del dedo libre, sin miramientos, y sentí la electricidad subir por la columna. Me arqueé sobre el escritorio cuando me apartó la bombacha lo suficiente para bajármela del todo y dejarme desnuda de cintura para abajo, con el sexo brillándole bajo la lámpara de la oficina.
Se inclinó. Me chupó el pezón con una calma que me erizaba la piel hasta la nuca, alternando lengua y dientes suaves, mientras sus dedos seguían entrando y saliendo de mí con un ruido húmedo que nos llenaba la oficina. Yo le agarré el pelo, lo apreté, y él se rio contra mi piel.
—Don Aurelio —murmuré.
—Aurelio. Cuando estamos en esta oficina, soy Aurelio.
—Aurelio.
—Eso.
Me hizo levantar con una palmada en la cadera y me llevó al sillón de cuero del fondo, ese sillón que las alumnas miraban de reojo cada vez que entraban a su oficina. Se sentó y se abrió el pantalón lo justo para sacar la verga, gruesa, venosa, ya dura y pesada. Yo me arrodillé entre sus piernas y le bajé el cierre con las dos manos, despacio, mirándolo desde abajo. Lo tomé por la base, sentí el calor de su piel, el pulso firme en la mano, y me lo metí en la boca como si fuera la primera vez que probaba a alguien.
Era grande. Demasiado para una boca distraída. Lo chupé desde la punta, pasando la lengua por el borde húmedo, y él soltó un gruñido que me hizo sonreír alrededor de la polla. Lo metí más adentro, hasta que la garganta me protestó, y entonces me marcó el ritmo con la mano en la nuca, empujándome apenas, sin violencia pero sin suavidad. Yo le clavé las uñas en el muslo, le lamí los huevos, volví a subir, y el sonido que hacía cuando me sentía llegar hasta el fondo era un sonido obsceno, de hombre viejo y satisfecho, completamente roto por el deseo.
—Así, Renata. Así. No afloje.
Le chupé la punta hasta dejarla mojada, brillante de saliva y de mi propia respiración caliente. Él me agarró la cara con la mano libre, me sostuvo la mandíbula, y me miró como si fuera a comérsela. Yo seguí, sin apartarme, hasta que me pidió un respiro con la voz más grave que le había escuchado.
—Levántese —dijo, después de varios minutos.
Me levantó de los hombros, me dio vuelta y me apoyó las manos sobre el respaldo del sillón. Me besó la espalda, la base de la columna, las nalgas. Luego me abrió mejor las piernas con las rodillas y metió dos dedos en mi coño para asegurarse de que seguía lista. Salí temblando cuando me apartó el último resto de bombacha y me dejó desnuda, abierta, con el culo inclinado hacia él y el sexo palpitándome por la espera.
Entonces sentí cómo se acomodaba detrás de mí, cómo se guiaba con la mano, cómo apoyaba la cabeza de la polla en la entrada y me rozaba apenas una vez, de arriba abajo, empapándome más. Yo gemí, desesperada por que entrara. Y entró.
Entró de un solo empuje que me dejó sin aire, lento al principio por lo apretada que estaba, profundo después, hasta golpearme adentro con un peso caliente que me hizo cerrarle los dedos al respaldo del sillón. El sonido de su carne contra la mía fue inmediato, húmedo, brutal, y me arrancó una queja que se convirtió en un jadeo largo.
—Aurelio —jadeé, agarrada del respaldo.
—Quieta. No se me mueva.
Me sostuvo así, hundido hasta el fondo, durante segundos que se hicieron largos. Después empezó a moverse. Despacio al principio, saliendo apenas para volver a entrar con un golpe seco que me sacudía las caderas. Luego más fuerte, más hondo, con la fuerza de alguien que llevaba meses esperando ese momento exacto, en esa oficina exacta, con esa mujer exacta. Cada embestida me hacía rebotar contra el cuero del sillón, y él metía la mano entre mis piernas para frotarme el clítoris al mismo tiempo, obligándome a sentirlo por dentro y por fuera, llenándome completa. Yo gemía con la cara hundida en el respaldo, las tetas colgando, el coño chorreando sobre su mano, sobre el cuero, sobre sus dedos.
—Eso —me dijo entre dientes—. Así me sirve usted.
—Más —pedí, sin reconocerme la voz.
Me agarró las caderas y me las levantó un poco para cambiar el ángulo. La verga entró todavía más adentro, rozándome un lugar que me hizo ver blanco un segundo. Sentí el golpe en el vientre, en las ingles, en la respiración. Él me castigaba y me celebraba a la vez, metiéndomela con una precisión sucia, arrancándome gemidos cada vez más altos hasta que ya no me importó que lo oyera todo el edificio vacío.
—¿La quiere, Renata? —me preguntó al oído, sudando sobre mi espalda—. Dígame si la quiere.
—Sí.
—¿Qué quiere?
—La corona —dije, entrecortada, con la cara ardiéndome—. Y quiero que me siga follando.
Lo escuché reír, un sonido ronco, satisfecho. Me dio una nalgada que me hizo estremecer y siguió metiéndomela, cada vez más rápido, hasta que el escritorio vibró detrás de mí y el cuero del sillón empezó a quejarse bajo nuestros cuerpos. Yo ya estaba al borde, apretando el coño en torno a él sin querer, temblando de piernas y de manos.
—Corrase —ordenó.
No hacía falta que me lo ordenara. El primer espasmo me arrancó un grito ahogado, el segundo me dobló sobre el sillón. Sentí cómo se me contraía todo por dentro, cómo el orgasmo me subía en oleadas cortas y calientes que me mojaban todavía más, mientras Aurelio seguía bombeando adentro, sosteniéndome, llevándome hasta el último temblor. Cuando terminé de venirme, él todavía estaba duro, respirando como un animal detrás de mí.
Me dio la vuelta sin sacarse la polla, me levantó una pierna y volvió a empujar. Ahora me la metía de frente, de pie, con una de mis piernas alzada sobre el borde del sillón y el vestido del instituto arrugado en el piso. Me besó con violencia, lengua con lengua, y me tomó por la cintura para clavarse más profundo, hasta hacerme apretar los dientes de puro exceso. Yo le mordí la boca, le rasgué el cuello con las uñas, y él me respondió con una sonrisa torcida y una estocada más.
—Puta hermosa —me dijo, sin dejar de mover la cadera.
La palabra me golpeó entre las piernas como un elogio. Sentí el calor subir otra vez, lento pero firme, y le rodeé la cintura con ambas piernas para no perderlo. Él siguió, cada vez más desordenado, hasta que la respiración se le quebró y me hundió la polla una última vez, durísima, pegada a mí.
Lo sentí tensarse. Lo sentí apretar los dientes. Y entonces vino dentro de mí con una corrida larga, espesa, caliente, que me llenó hasta el fondo y me hizo temblar de arriba abajo. Se quedó quieto unos segundos, descargándose todavía, con la frente apoyada en mi hombro y la mano cerrada en mi cadera, mientras el semen me latía adentro y me chorreaba apenas cuando volvió a separarse.
Cuando salí del instituto eran cerca de las nueve de la noche. El sereno me saludó como si nada. Caminé hasta el auto con las piernas todavía temblándome y una sonrisa que no se me iba.
Al día siguiente, don Aurelio me llamó por el altavoz al final de la última clase.
—Señora Salazar, preséntese a la dirección.
Cecilia me miró con cara de querer preguntar. Le devolví la mirada con un gesto que decía «después».
Cuando entré a la oficina, Aurelio estaba parado, con un sobre cerrado entre las manos.
—Renata, hay un paso más.
—¿Un paso más?
—La Junta Directiva del instituto. Doce miembros. Todos hombres. Casi todos de mi edad. Quieren conocerla antes de votar la candidatura.
Lo miré sin entender. O entendiendo demasiado.
—¿Y eso significa…?
—Significa lo que usted quiera que signifique. Si quiere la corona, los conoce. Si no, sigue siendo una alumna más del nocturno.
Me quedé callada. Pensé en Cecilia, que iba a preguntar al día siguiente. Pensé en mi marido, que llevaba seis años sin tocarme como me había tocado este viejo en quince minutos. Pensé en los doce hombres de la Junta. Pensé que, si decía que no, iba a pasar el resto de mi vida preguntándome qué hubiera pasado.
—¿Cuándo?
—Pasado mañana. Sala de juntas. Ocho de la noche.
—Ahí estaré.
Aurelio me sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario.
—Pórtese a la altura, Renata. Confían en mi criterio.
Salí de la oficina y, por primera vez en mucho tiempo, sentí que la corona era lo de menos. Lo que importaba era lo que estaba a punto de empezar. Y que yo, a los treinta y dos, ya no era la mujer que había entrado al instituto en marzo.