Los amigos de mi hijo se quedaron a dormir esa noche
Mi marido se fue a Madrid el lunes a una conferencia de tres días. Me llamó esa noche para decirme que volvía al día siguiente al mediodía. Le contesté que aquí todo estaba bien, que Iván había invitado a unos amigos a casa para celebrar el final de los exámenes y que no se preocupara por nada. Le mentí dos veces en la misma frase: aquí no estaba todo bien y «unos amigos» eran tres.
Tomás, Javier y Sergio llegaron sobre las ocho con bolsas de cerveza, dos botellas de vodka y la promesa, según mi hijo, de no quedarse hasta tarde. Yo bajé al salón a saludar pensando en subir enseguida con un libro. No subí.
Me había arreglado más de la cuenta. Me daba vergüenza reconocerlo, pero llevaba un vestido negro de tirantes finos que no estrenaba desde hacía meses. Sin sujetador, porque el corte no admitía uno. Andrés ni siquiera lo había visto nunca. Me lo había comprado para mí, para sentir que todavía estaba viva a los cuarenta y seis, y aquella noche me pareció que tenía sentido ponérmelo.
—Beatriz, no me digas que te subes —dijo Tomás cuando me vio coger las llaves de la habitación—. Quédate al menos a la primera copa. Iván nos ha jurado que cocinas mejor que cualquier restaurante.
Iván se rió desde el sofá y me hizo sitio. Me senté entre Tomás y Javier, porque era el único hueco. Sergio, el más callado de los tres, se acomodó en el sillón de enfrente y me miraba de una manera distinta a los demás, sin hablar mucho.
La primera botella de vino la abrí yo. La segunda la abrieron ellos. A la tercera ya estábamos hablando de cosas que normalmente no se hablan delante del hijo: relaciones, decepciones, qué hace una mujer cuando lleva veinte años casada y no sabe si volver a sentirse joven. No conté nada de mí, pero me oí decir frases que sí decían cosas.
—Iván nos ha repetido mil veces que su madre está buenísima —soltó Javier de golpe, riéndose, mirando a mi hijo—. Pero pensaba que exageraba.
—Por favor, dejad de decir tonterías —contesté, intentando que no se me notara que las mejillas me ardían.
—No es ninguna tontería —añadió Tomás, más serio, más bajo—. Ese vestido no es justo. Ningún hombre puede mantener una conversación normal contigo así.
Iván puso los ojos en blanco y se levantó al baño. Mientras estuvo fuera, Sergio cruzó la mirada conmigo desde el sillón y no la apartó. No dijo nada. No necesitaba decirlo.
Hubo más copas. Hubo chupitos de tequila que yo había prometido no aceptar. A las doce y media Iván empezó a cabecear. A la una nos anunció con la lengua espesa que se subía a dormir, que mañana seguía la fiesta. Ni siquiera me dio un beso. Subió las escaleras tambaleándose y cerró la puerta de su habitación de un golpe que sonó más fuerte de lo que era.
Y nos quedamos los cuatro.
El silencio fue distinto desde el primer segundo. Tomás, sentado a mi izquierda, dejó la copa en la mesa baja sin dejar de mirarme. Javier, a mi derecha, ya tenía el brazo en el respaldo del sofá, detrás de mi espalda. Sergio se levantó del sillón y se sentó en la mesa baja, justo enfrente, con las rodillas casi tocando las mías.
—Beatriz —dijo Tomás—. Tienes que decirnos ahora si quieres que nos vayamos.
No respondí. Bajé la vista al suelo. Sentí cómo la mano de Javier bajaba del respaldo a mi hombro desnudo y se quedaba ahí, sin moverse, esperando algo de mí.
—Si dices que sí, llamamos un taxi y mañana ninguno se acuerda —siguió Tomás—. Pero si te quedas callada un segundo más, vamos a entender lo que pasa.
Tragué saliva. Llevaba meses pensando en no estar tan sola. Llevaba años sin sentir una mano en el hombro que quisiera quedarse ahí. No dije que se fueran. Cerré los ojos y dejé que el segundo pasara.
—Sube —dijo Sergio en voz baja, hablando por primera vez en horas—. Sube tú primero y nosotros vamos detrás. Iván duerme con auriculares.
Subí las escaleras descalza, con las sandalias en la mano, sintiendo a los tres detrás de mí en silencio. Pasamos por delante de la puerta cerrada de mi hijo sin mirarla. Entré en mi dormitorio —el dormitorio donde dormía con Andrés desde hacía veinte años— y me giré hacia ellos.
Tomás cerró la puerta sin hacer ruido. Pasó el pestillo.
—No sé cómo se hace esto —susurré, como si me estuviera disculpando.
—No tienes que hacer nada —contestó Javier, acercándose—. Quédate quieta y deja que aprendamos los tres.
Me besó primero él. Un beso largo, sin prisa, mientras Tomás me bajaba el cierre del vestido por la espalda. La tela cayó al suelo y yo me quedé en braguitas en medio de mi propio dormitorio, con los pechos al aire por primera vez frente a alguien que no fuera mi marido en veinte años. Sergio soltó una respiración honda al verme, como si le hubiera costado.
—Joder, Beatriz —dijo, y por cómo lo dijo entendí que no era una frase preparada.
***
No voy a recordarlo en orden. La memoria de aquella noche viene en pedazos, no en escenas.
Recuerdo a Tomás besándome el cuello mientras Javier me bajaba las braguitas hasta los tobillos y me ayudaba a salir de ellas como si fuera una niña. Recuerdo a Sergio sentado en el borde de la cama, todavía vestido, mirando, esperando su turno con una paciencia que me ponía más nerviosa que las manos de los otros dos.
Recuerdo la lengua de Javier entre mis piernas en mi propia cama matrimonial. Recuerdo agarrar el pelo corto de Tomás mientras me chupaba un pezón con una concentración que Andrés no había tenido nunca. Recuerdo abrir los ojos en algún momento y ver el techo —ese techo que me sabía de memoria, con la grieta diminuta sobre la lámpara— y pensar, con una claridad que no encajaba con el resto de la noche, que después de esto ya no habría manera de volver atrás.
Recuerdo a Sergio diciéndome al oído que llevaba meses imaginándose entrar en esa habitación, que la primera vez que vino a casa de Iván yo abrí la puerta con un albornoz blanco y él se masturbó esa noche pensando en mí. Me lo dijo mientras me penetraba despacio, mirándome a los ojos, sin sonreír, como si fuera una confesión más que una guarrería.
Recuerdo gemir contra una almohada para que no se oyera al otro lado del pasillo. Recuerdo a Tomás tapándome la boca con la mano cuando empecé a gritar y susurrándome que si no podía estar callada nos iban a descubrir y que entonces nada de aquello tendría arreglo. Recuerdo morderle la palma y que él se rió bajito.
Recuerdo, en algún momento, los tres a la vez. Las manos de Sergio en mis caderas desde atrás, la boca de Javier en la mía, los dedos de Tomás en el clítoris. Recuerdo correrme y tener que enterrar la cara en la sábana porque el grito no me cabía dentro.
Y recuerdo, después, los tres respirando a mi alrededor, el ventilador del techo girando despacio, y a Sergio acariciándome la espalda con la yema de los dedos como si me conociera de toda la vida.
Me quedé dormida así, con uno a cada lado y el tercero en el sofá del dormitorio, con la sensación de que mi cuerpo no me pertenecía y el alivio raro de que por fin alguien lo hubiera notado.
***
El amanecer llegó demasiado pronto. Abrí los ojos a las siete y media con la cabeza pesada y el corazón disparado. Tomás dormía pegado a mi izquierda, con el brazo cruzado sobre mi pecho. Javier no estaba —debía haberse marchado durante la madrugada—. Sergio dormía en el sofá del dormitorio, vestido a medias.
Por un segundo pensé que lo había soñado todo. Luego me moví un centímetro y mi cuerpo me devolvió la verdad: dolor sordo en las caderas, sensibilidad excesiva en los pezones, una humedad que no era mía sola. Y el olor. El olor era lo que menos podía negar.
Me levanté con cuidado. Tomás se removió pero no abrió los ojos. Cogí el albornoz del baño, me cubrí, y me quedé un rato apoyada en el lavabo, mirándome al espejo. Tenía dos marcas rojas en el cuello, una más oscura justo encima de la clavícula. Los labios hinchados. Una expresión que no reconocí: ni la de la madre que llevaba diez años siendo, ni la de la esposa que había sido durante veinte. Otra cara.
Me duché durante mucho tiempo. Dejé que el agua caliente me bajara por la espalda y me pregunté, sin encontrar respuesta, qué iba a hacer cuando Andrés llegara a las dos de la tarde, me besara en la mejilla y me preguntara si todo había ido bien con el chaval y los amigos.
Cuando salí del baño, los dos ya se habían ido. Habían hecho la cama. Habían dejado las copas lavadas en el escurridor de la cocina. Sobre la mesa de la entrada había una nota escrita a mano, sin firma:
Gracias por anoche. No tienes que arrepentirte de nada. Si algún día quieres repetir, ya sabes.
Doblé la nota en cuatro y la guardé en el cajón donde tenía las facturas viejas. Luego me senté en el sofá del salón —ese sofá— y me quedé mirando la cortina hasta que oí a Iván bajar las escaleras quejándose de la resaca.
—Mamá, ¿qué hora es? —preguntó frotándose los ojos—. Los tíos se han ido sin despedirse, qué cabrones.
Le sonreí desde el sofá y le dije que les preparaba el desayuno. Saqué los cereales, calenté la leche, le serví un zumo. Mi hijo masticaba en la isla de la cocina sin mirarme demasiado y yo estaba al otro lado, en bata corta, con el cuerpo todavía latiéndome por dentro y un cosquilleo absurdo que me subía cada vez que pensaba en el sofá donde estaba sentada veinte minutos antes.
—Mamá, tienes una marca en el cuello —dijo Iván de pronto, señalándome con la cuchara—. ¿Te ha picado algo?
Me llevé la mano al cuello sin pensarlo.
—Sí, cariño, un mosquito o algo así. Iba a ponerme un pañuelo.
Iván se encogió de hombros y siguió comiendo. No supe nunca si me había creído.
***
Andrés volvió a las dos y diez. Le preparé un café, le pregunté por la conferencia, le ofrecí el último tupper de lentejas. Esa noche me hizo el amor con la rutina mecánica de siempre, los siete minutos justos, y yo cerré los ojos y pensé en la mano de Sergio sobre mi espalda diciéndome cosas al oído. Me corrí más rápido que en años. Andrés se quedó dormido satisfecho, creyendo que algo había cambiado en él.
Algo había cambiado, pero no en él.
Al día siguiente, mientras tendía la ropa en la terraza, me llegó un mensaje al móvil desde un número desconocido. Era Tomás. Una sola línea:
«Cuando se vuelva a ir, avísanos.»
Me quedé mirando la pantalla mucho rato. Sabía exactamente lo que tenía que hacer: borrar el mensaje, bloquear el número, fingir que no había pasado nada. Lo sabía con la misma claridad con la que había visto la grieta del techo aquella noche.
Le contesté con un emoji. Una llama pequeña.
Y guardé el teléfono en el bolsillo del delantal sabiendo, muy en el fondo, que la próxima vez que Andrés se subiera a un avión yo iba a abrir la puerta de mi casa otra vez sin pensármelo dos veces.