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Relatos Ardientes

El paciente que me tuvo caliente todo el turno

Me llamo Adriana y tengo cincuenta y dos años. Soy enfermera desde antes de que muchas de mis compañeras hubieran nacido, y en la clínica donde trabajo me dicen «la mami» porque, además de ser la más veterana, soy la que tranquiliza a las novatas cuando un paciente difícil les hace pasar un mal rato.

Físicamente no me ha tratado mal el tiempo. Soy morena, de pelo rizado que llevo siempre recogido durante el turno. No soy alta, pero tengo unas caderas anchas y un trasero que todavía me hace recibir alguna mirada cuando paseo por el barrio. Mis pechos, después de dos partos y de los años, se mantienen firmes — un milagro que agradezco cada vez que me miro al espejo.

Soy madre de dos hijos: el mayor está en la universidad, la pequeña en el último curso del instituto. He enviudado dos veces. La primera con apenas treinta años, la segunda hace cuatro. Después del último, dejé de buscar. No por luto, sino por cansancio. Me he convertido en una experta en mí misma. Conozco mi cuerpo mejor que cualquier hombre que haya pasado por mi cama, y eso, a veces, basta. A veces.

Esta historia empieza el primer día que volví de mis vacaciones de verano. Dos semanas en la costa, sola, leyendo novelas en la playa y tomando vino tinto en la terraza del hotel. Volví descansada, con la piel dorada y con esa sensación de que el otoño podía ser cualquier cosa.

El primer día me asignaron a Mateo. Tenía treinta y ocho años, rubio, ancho de hombros, con una mirada azul que parecía leerte por dentro antes de que abrieras la boca. Estaba en tratamiento por una lesión en la columna que arrastraba desde hacía meses, y tenía sesiones programadas tres veces por semana durante un mes y medio.

Me gusta hablar con mis pacientes mientras trabajo. Es una manera de observarlos sin que se den cuenta, de leer sus reacciones, de adelantarme a un dolor o a una molestia. Mateo era hablador. Me contó que regentaba una cafetería en el barrio donde yo viví cuando mis hijos eran pequeños, y que entre los postres tenía dos especialidades dominicanas — yo nací en República Dominicana — que le había enseñado una expareja. Le tomé cariño desde el segundo día. Era educado, sonriente, y tenía esa forma de mirar a los ojos cuando hablaba que ya no se ve mucho.

Pero no me miraba solo a los ojos.

A la tercera sesión empecé a notarlo. Cuando me agachaba para ajustar la camilla, sentía sus ojos en mi escote. Cuando le daba la espalda para preparar el equipo, sus ojos bajaban a mis caderas. Lo hacía con discreción, con respeto, sin un solo comentario fuera de lugar. Pero las mujeres sabemos cuándo un hombre nos mira así. Lo sabemos siempre.

—Adriana, ese tío te está poniendo bien colorada —me dijo Lorena en el vestuario.

—¿Quién? —fingí no saber.

—El rubio de la diecisiete. No te quita ojo.

Las chicas se reían y yo me reía con ellas, pero por dentro algo se había encendido. Hacía mucho tiempo que un hombre no me miraba así. Demasiado. Me sentí joven otra vez, ridículamente joven, como si tuviera veinticinco años y un chico me hubiera invitado a salir.

Una tarde me incliné más de la cuenta sobre la camilla. Era verano, hacía calor, y debajo de la camisola del uniforme no llevaba sujetador. Cuando levanté la cabeza, lo pillé. Sus ojos estaban dentro de mi escote, mirándome los pechos sin disimulo. Se dio cuenta de que yo lo había visto y desvió la mirada al techo con las orejas rojas.

En ese instante me molestó. Pensé en quejarme, en pedir el cambio. Pero a los dos minutos, mientras le ponía el aparato de electroterapia, me di cuenta de que no me había molestado en realidad. Me había halagado. Un hombre catorce años más joven que yo me había mirado como si fuera la última mujer del mundo, y eso, a mi edad, en mi situación, era una droga.

Decidí jugar.

Los siguientes días empecé a inclinarme un poco más, a desabrocharme un botón de más cuando hacía calor, a agacharme delante de él para alcanzar algo del cajón inferior. Lo hacía con naturalidad, sin que pareciera intencional. Y él miraba. Lo sabía aunque no lo viera. Sentía sus ojos en la nuca, en la espalda, en los muslos cuando caminaba hacia la ventana.

***

Aquel viernes el aire acondicionado de la clínica se estropeó.

Era principios de septiembre y todavía hacía un calor de muerte. Las paredes sudaban, los pacientes resoplaban, las enfermeras nos abanicábamos con cartones del archivo. Yo había tenido a Mateo en la primera sesión de la mañana, y entre el calor, mi juego y el hecho de que él entró con una camiseta blanca pegada al pecho, salí de aquella sesión con una calentura que ni yo recordaba.

A la hora de comer, estaba ardiendo. No era hambre, era otra cosa. Era un tirón en el bajo vientre que me bajaba por los muslos cada vez que me sentaba. Era una humedad en la ropa interior que me molestaba al caminar. Era ese pulso entre las piernas que solo conocemos cuando hace mucho que no recibimos.

La sala de descanso estaba vacía. Mis compañeras habían bajado a la cafetería. Yo me había quedado con la excusa de unos informes, pero los informes eran lo de menos. Me metí en el baño, eché el pestillo y respiré hondo.

Me desabroché tres botones de la camisola. Mis pechos, sin sujetador, salieron al aire del extractor. Los pezones se me marcaron al instante, duros como guijarros. Me los apreté con las dos manos, y la sensación me arrancó un suspiro que tuve que ahogar contra el cuello.

Me senté en el inodoro con el pantalón del uniforme y el tanga bajados a los tobillos. Abrí las piernas todo lo que pude. Pasé los dedos muy despacio por el vello fino que me crece sobre el sexo, y luego más abajo, separando los labios, encontrándome empapada. Llevaba toda la mañana así sin saberlo.

Empecé con el clítoris. Círculos lentos, como me gusta a mí, ni demasiado fuertes ni demasiado rápidos. Cerré los ojos y dejé que la imagen de Mateo entrara en mi cabeza. No la del paciente educado, sino la del hombre que me miraba el escote con la boca entreabierta. Imaginé sus manos donde estaban las mías. Imaginé su boca en mis pezones.

Aceleré el ritmo. Metí dos dedos. Sentí cómo me apretaba alrededor de ellos. Estaba a punto. Mordía el labio inferior con tanta fuerza que pensé que iba a sangrar. No podía hacer ruido, no podía gemir, no podía…

—¿Adriana? ¿Estás ahí?

La voz de Patricia, una de las nuevas, me cortó como un cuchillo.

—¡Ya voy! —grité, intentando que la voz me saliera normal—. ¡Cinco minutos!

—Es que tengo una incidencia con el de la doce.

Maldije por dentro. Maldije a Patricia, a la doce, al aire acondicionado roto y a mi propia falta de oportunidad. Me limpié con papel, me subí el tanga, abroché los botones a toda prisa y me lavé las manos con jabón para borrar el olor.

Cuando salí del baño tenía las mejillas encendidas y los ojos brillantes. Patricia me miró raro.

—Adriana, ¿tú estás bien? Te veo rara.

—Es este puñetero calor, hija. Me tiene frita.

Si solo supieras.

***

Lo peor fue lo que vino después.

La interrupción no había calmado nada. Al contrario. Era como cuando se sirve una bebida fría y alguien la tira al suelo antes del primer trago: la sed se vuelve insoportable. Pasé las dos horas siguientes con cada paso, cada roce de la tela del pantalón contra el muslo, cada vez que me sentaba, recordándome que estaba a medias.

A las cinco terminé el turno. Me cambié de ropa con la cabeza puesta en una sola cosa. No llamé a mis hijos, no compré nada para la cena, no contesté el mensaje de mi cuñada. Cogí el coche y conduje los doce minutos que me separaban de mi casa con el corazón a cien.

Mi hijo estaba en la facultad. Mi hija había ido a casa de una amiga a estudiar. La casa estaba vacía. Tiré el bolso en el sofá del salón sin frenar y subí las escaleras de dos en dos.

En mi habitación, me desnudé delante del espejo de cuerpo entero que tengo junto al armario. Lentamente, prenda a prenda. Quería verme. La camisola del uniforme, el pantalón blanco, el tanga azul oscuro empapado, las medias finas que llevo siempre durante el turno. Todo al suelo.

Y allí estaba yo, una mujer de cincuenta y dos años de pie ante su propio reflejo. Las caderas anchas, los pechos pesados, el vientre con la pequeña curva que dejan los partos, los muslos firmes. No era la mujer que había sido a los treinta. Era otra cosa, otra clase de mujer, una que conoce su cuerpo como un mapa que ha recorrido a pie y en coche y de noche.

Me toqué el pecho. Primero con una mano, despacio. Luego con las dos. Amasé mis pezones con las puntas de los dedos hasta que un gemido me asomó a los labios. No tuve que ahogarlo. Estaba sola.

Me tumbé en la cama de matrimonio que hace cuatro años que ocupo sola. Abrí las piernas. Me toqué.

Esta vez sí.

Empecé despacio, recorriéndome con un dedo de arriba abajo, sintiendo cómo la humedad volvía a mí más rápido que en el baño de la clínica. Me toqué el clítoris en círculos, exactamente como me gusta, y dejé que los gemidos salieran. Eran roncos, graves, casi de animal. Me sorprendí a mí misma.

Volvió Mateo a mi cabeza. Pero ahora no era el paciente, ni el hombre del escote, sino una versión completa, inventada, suya y mía. Lo imaginé encima, lo imaginé debajo, lo imaginé apretándome contra la pared del baño donde me había interrumpido Patricia.

Metí dos dedos. Luego tres. Mi otra mano subió a mi pecho derecho y me pellizcó el pezón con una fuerza que me arqueó la espalda. Una corriente eléctrica me bajó desde el cuello hasta las rodillas.

Me di la vuelta. Boca abajo, con la cara hundida en la almohada y el culo en el aire, seguí tocándome con una mano metida bajo la cadera. Era la postura que más me gustaba con mi último marido. La postura en la que las cosas se ponen en su sitio.

Sentía cómo el orgasmo subía. No era como en el baño, donde había ido pillado, robado, a contrarreloj. Este venía limpio, ancho, profundo. Mis muslos empezaron a temblar. Mis dedos resbalaban dentro y fuera. La almohada amortiguaba unos gemidos que ya no me importaba que escuchara la vecina, ni el repartidor, ni nadie.

Llegó.

Me sacudió de golpe, en oleadas que me dejaron las piernas convulsionando contra la colcha. Sentí cómo me contraía alrededor de mis propios dedos, una y otra vez. Sentí cómo me derramaba sobre la mano, sobre la sábana. Hundí la cara en la almohada y mordí la tela. Me quedé así un minuto entero, temblando, con el culo todavía levantado, sin atreverme a moverme por miedo a romper algo.

Cuando por fin caí de costado, exhausta, con el pelo pegado a la frente y las piernas pegajosas, me eché a reír sola. Hacía demasiado tiempo que no me reía así.

***

Y entonces escuché la puerta de abajo.

—¡Mamá! ¿Estás en casa?

La voz de mi hijo subió desde el recibidor. Había vuelto antes de la facultad. Me incorporé de golpe, mareada, con las piernas todavía sin firmeza.

—¡Estoy arriba, cariño! ¡Bajo en cinco minutos!

Me levanté como pude, recogí la ropa del suelo, me puse una bata fina y me metí en el baño. Bajo el chorro caliente de la ducha pensé en muchas cosas. Pensé en Mateo, que el lunes volvía a tener sesión conmigo. Pensé en si esto seguiría siendo un juego o si iba a saltar la línea que llevaba veintiocho años sin saltar. Pensé en que tenía un hijo de veinte abajo, en la cocina, abriendo la nevera, y que la vida era una cosa rara.

Pensé que tal vez había llegado el momento de aceptar que la enfermera más veterana de la clínica, la mami de la panda, la dos veces viuda, la experta en sí misma, todavía tenía sed.

Y que el lunes empezaba una semana nueva.

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Comentarios (7)

Pablillo_R

jajaja tremendo!!! de lo mejor que lei en mucho tiempo, sigue escribiendo

MarianoVQ

Por favor la segunda parte!! quede con ganas de mas, ese final me dejo pensando toda la noche

Alicia_G

Me recordo algo que me paso hace tiempo... se siente tan real. Muy bueno

LectorNocturno_BA

Y despues que paso?? nos dejaste justo en lo mejor jaja, esperando ansioso la continuacion!

gatita1028

increible relato, muy bien escrito

luci_87

Buenisimo!! me atrape de principio a fin sin darme cuenta. Espero el proximo

Daewin

la tension que se construye a lo largo del relato es lo que mas me gusto. Muy bien logrado

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