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Relatos Ardientes

El vecino mayor que mi esposo no soportaba

Me llamo Camila, tengo veintidós años y llevo siete meses casada. A los ojos del barrio tengo la vida perfecta: marido bueno, casa nueva, estudios de derecho a mitad de carrera. Lo que nadie sabe es que la perfección, cuando es demasiada, también aburre.

Lucas es ingeniero civil, atractivo, ordenado y tan correcto que a veces lo miro mientras duerme y me pregunto si alguna vez ha tenido un mal pensamiento. Me trata como a una pieza de museo. Siempre fue así, desde que éramos novios. Decente, paciente, predecible.

A mí me excitan las cosas que no se planean. Las que aparecen de repente y te empujan al borde. Lucas no sabe ni dónde queda ese borde.

Nos mudamos hace tres meses a un barrio tranquilo, de esos donde las cortinas se mueven cuando uno saca la basura. Vecinos que saludan demasiado y vecinos que no saludan nada. Mi marido se llevaba bien con casi todos, menos con uno. Don Ramiro, el que vivía pegado a nuestra casa, separados apenas por un muro bajo y un limonero seco.

—Ese tipo te mira demasiado —me decía Lucas cada vez que el viejo aparecía en su jardín—. No me gusta nada cómo te mira.

Yo le sonreía y cambiaba de tema, pero Lucas tenía razón. Don Ramiro me miraba. Tendría unos cincuenta y ocho años, ancho de hombros, mal afeitado, con manos grandes de hombre que ha hecho cosas con las manos toda la vida. Llevaba camisas abiertas dos botones de más y olía siempre a tabaco y a colonia barata.

La primera vez que coincidimos en la entrada, sus ojos me recorrieron sin disimulo, de las sandalias a la boca. Sentí algo que no me atreví a nombrar. Lucas me abrazaba como si yo fuera de cristal. Don Ramiro me miraba como si quisiera romperme. Y aunque su pinta no me gustaba, la mirada empezó a interesarme más de lo que debería.

***

Aquella tarde de miércoles hacía un calor imposible. Lucas estaba en obra hasta tarde. Yo paseaba descalza por la casa con una falda demasiado corta y una blusa blanca de tirantes finos sin nada debajo. No tenía a nadie a quien provocar, salvo a mí misma. O eso me dije.

A las cuatro sonó el timbre.

Abrí sin pensar y ahí estaba él. Don Ramiro, en mi puerta, con una taza vacía en la mano y los ojos clavados en mis pezones, que se marcaban claros bajo la tela. Tardó dos segundos en mirarme a la cara. Dos segundos eternos.

—Disculpa la molestia, Camila —dijo con esa voz baja, despacio, como si saboreara mi nombre—. Se me acabó el azúcar y la tienda cierra a las cinco. ¿Tienes un poco para prestarme?

Pude haberle dicho que esperara en la puerta. Pude haber dicho mil cosas. En lugar de eso me hice a un lado.

—Pasa. Está en la cocina.

Cerré la puerta detrás de él y me arrepentí en el mismo instante en que la cerradura hizo clic.

***

La cocina parecía más chica con él dentro. Caminé hacia la alacena tratando de mantener la espalda recta, sintiendo cada paso suyo detrás del mío. Cuando me estiré para alcanzar el frasco del estante alto, oí su respiración demasiado cerca.

—Tienes una casa preciosa —dijo, pero no estaba mirando los muebles.

Bajé el frasco y me giré para entregárselo. Quedamos a un palmo de distancia. Olía a tabaco, a madera, a hombre que pasa horas al sol. Mi pecho subía y bajaba sin que pudiera controlarlo. Apoyé la espalda contra la encimera, no porque quisiera huir, sino porque las piernas me empezaban a fallar.

Él dejó la taza sobre la mesa, sin apartar los ojos de los míos, y apoyó las dos manos a cada lado de mi cintura, sobre la encimera. Me había acorralado sin tocarme. Era lo más cerca que había estado un hombre que no fuera Lucas en mucho tiempo.

—Don Ramiro —murmuré con la voz quebrada—. Mi marido no está.

Lo dije como advertencia, pero los dos sabíamos que era otra cosa. Era una invitación.

—Lo sé, hermosa —contestó él, bajando aún más la voz—. Lo vi salir esta mañana. Y te ves demasiado linda para estar aquí sola.

Levantó una mano y, con una lentitud que me pareció cruel, me apartó un mechón de pelo del hombro. Sus dedos eran ásperos, callosos, y me rozaron el cuello apenas un instante. Fue como si me hubieran pasado un cable por dentro. Cerré los ojos sin querer.

Él lo notó. Sonrió.

—Me encanta cómo tiemblas.

Acercó la boca a mi oreja, no me besó todavía, solo me rozó la piel con los labios secos. Sentí su aliento, su barba mal afeitada arañándome, y entonces ya fue tarde. Yo había decidido sin decidir nada.

***

El primer beso no fue beso. Fue mordida, hambre, prisa contenida durante semanas. Sus manos me agarraron la cintura como si yo fuera suya desde siempre y me subieron sobre la encimera. La taza del azúcar quedó olvidada al lado del fregadero.

—Subamos —dijo, y no fue pregunta.

Subimos por la escalera entre besos torpes. Para cuando llegamos al dormitorio yo casi no llevaba ropa: él me la había ido sacando escalón a escalón, dejando la falda en uno, la blusa en otro, la ropa interior colgando del pasamanos. La foto de nuestro casamiento estaba sobre la cómoda, frente a la cama. Lucas y yo sonriendo, jóvenes, prolijos. Una versión de mí que ya no existía.

Don Ramiro miró la foto, después me miró a mí, y esa mezcla de cosas le encendió los ojos.

—Quiero verte con lo que tenías puesto el día que te casaste —dijo, señalando el armario—. Póntelo para mí.

Tendría que haberme dado vergüenza. Tendría que haberle dicho que se fuera. En cambio caminé hasta el armario, saqué del estante el conjunto de encaje blanco que había comprado para mi noche de bodas y, sin esconder nada, me lo puse delante de él, mirándolo a los ojos. Me cambié con la calma de una mujer que sabe que está siendo deseada como nunca antes.

Lucas jamás me había mirado así.

Cuando ajusté la última cinta, Don Ramiro tragó saliva.

—Ven aquí.

Caminé descalza hasta la cama, donde él ya se había sentado al borde, y me dejé tocar. Sus manos no eran suaves. Eran lentas, seguras, de hombre que ha desnudado a muchas mujeres y no tiene apuro. Me recorrió cada centímetro de piel como si estuviera reconociendo terreno propio. La nuca. El interior del codo. La parte de atrás de las rodillas. Lugares que Lucas ni se acordaba de que existían.

***

No sé en qué momento dejé de pensar en mi marido. Solo sé que cuando bajé las manos y rocé por encima del pantalón lo que me esperaba ahí debajo, supe que no iba a salir de ese cuarto siendo la misma. Don Ramiro separó las piernas, me miró con una sonrisa lenta y me dejó hacer.

Le bajé el pantalón. Me arrodillé en la alfombra entre sus piernas. Sin pensarlo, sin pudor, le pasé la lengua entera, despacio, de abajo hacia arriba. Le metí la punta en la boca y empecé a chupar como nunca le había hecho a Lucas. A Lucas nunca, ni una sola vez. Con Don Ramiro, en cambio, no había nada que no fuera capaz de hacer.

Él me agarró del pelo, no tirando, solo guiándome. Yo cerraba los ojos. Quería que durara.

—Eres una niña mala, Camila —murmuró, y esa frase me empapó por dentro.

Me hizo levantarme y me empujó con suavidad hasta tirarme sobre la cama. Después se subió sobre mí, pero al revés, y bajó la cabeza entre mis piernas. Lo que vino fue otra cosa. Algo que yo no sabía que existía. Lengua, dedos, paciencia, pequeñas pausas calculadas. Don Ramiro no me lamía: me leía. Sabía exactamente cuándo apurar y cuándo soltar. Me corrí dos veces antes de poder decir nada coherente, agarrada del cubrecama, mordiéndome el dorso de la mano para no gritar.

***

Cuando ya casi no podía respirar me puso boca abajo. Me levantó las caderas con una mano grande y me dejó así, en cuatro, con las rodillas separadas y la cara contra la almohada. Yo sabía lo que venía y le ofrecí el cuerpo sin reservas. Una esposa decente no hace eso. A esa altura de la tarde a mí ya no me importaba ser decente.

Entró despacio, primero un poco, después más, dándome tiempo. Dejé escapar un quejido contra la almohada cuando lo sentí completo. Era más de lo que estaba acostumbrada. Mucho más. Pero quería todo.

Empezó a moverse con un ritmo que no admitía réplica. Yo le iba al encuentro, golpeándome contra él, sintiendo sus manos firmes en mis caderas. Era el polvo de mi vida y los dos lo sabíamos.

Y entonces oí la puerta de la calle.

***

Lucas subía por las escaleras llamándome. Don Ramiro frenó por una décima de segundo, lo justo para mirarme. Yo no le pedí que parara. Al contrario: empujé las caderas hacia atrás. Le dije sin palabras que siguiera. Él entendió.

La puerta del cuarto se abrió.

Lucas se quedó parado en el umbral. Tenía el portafolio todavía en la mano. La cara se le fue blanqueando despacio. Yo no me bajé. No me cubrí. No dije nada. Mantuve los ojos clavados en los suyos mientras Don Ramiro seguía moviéndose detrás de mí, sin disimulo, marcando territorio en el cuerpo de su esposa.

Me corrí mirándolo. Y él me miraba a mí.

Don Ramiro terminó dentro de mí con un gruñido bajo, agarrándome las caderas con fuerza, y solo entonces se apartó. Se sentó al borde de la cama, transpirado, sin apuro, como un hombre que está en su casa.

Lucas no se movió de la puerta.

***

Esperaba un grito. Una pelea. Una maleta al día siguiente. No vino nada de eso.

Lucas bajó al salón y se sirvió un whisky. Don Ramiro se vistió tranquilo y se fue por la puerta principal, asintiéndole a mi marido al pasar como si fueran viejos conocidos. Yo me quedé en la cama, en ropa interior de novia, esperando.

Cuando Lucas subió, no me dijo nada de lo que yo esperaba. Se sentó en el borde, me miró largo, y al final me preguntó, con una voz que no le conocía:

—¿Te gustó?

Asentí, despacio. No iba a empezar a mentir justo ahora.

Él tragó saliva. Se le escapó un suspiro raro, y yo entendí, en ese segundo, algo que él no se había animado a decirme nunca. Mi marido bueno, correcto, predecible, no estaba enojado.

Estaba duro.

A partir de esa tarde Don Ramiro empezó a entrar cuando quería. A veces Lucas no estaba. Otras veces sí. Otras veces, los miércoles, mi marido se sentaba en el sillón del dormitorio y miraba.

Pero esa parte ya es otra historia.

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Comentarios (7)

CarlosRD2

Excelente!! me atrape desde el primer parrafo, muy buen relato

lectora_mistica

Necesito la segunda parte ya, no puede quedarse asi!!

Valentina_Sur

Me recordo a algo que me conto una amiga hace años jeje, la tension esta muy bien lograda

Dante_cba

Y el marido no sospechaba nada? eso es lo que mas me intriga. Muy bueno

Pablito32

La excusa torpe pero la mirada no lo era... ahi esta todo jajaja. Seguí así!

NocheDePlata

Con razon el marido no lo soportaba je je. Me gusto mucho, espero continuacion

Ruben

Muy bien narrado, se siente la tension desde el primer momento. Me gusto como describis esa sensacion de aburrimiento y como el timbre lo cambia todo. Espero que haya mas entregas, tiene mucho potencial!

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