Lo que mi suegra descubrió en la piscina esa noche
El verano que cumplí treinta y nueve años cayó en una de esas semanas de julio en las que el aire no se mueve ni de noche. Habíamos celebrado mi cumpleaños en casa con un grupo grande: amigos míos de toda la vida y unos cuantos de mi pareja. Risas, una mesa que terminó manchada de vino, una piscina hinchable para los chicos y conversaciones que se alargaron hasta que el cielo empezó a clarear por el este.
Cerca de las dos de la madrugada quedábamos los últimos cuatro despiertos. Carolina, mi novia, propuso pasar por casa de sus padres a devolver unos utensilios que su madre había prestado para la barbacoa. Su hermano Esteban venía con nosotros, y mi hijo Bruno dormía profundamente en el asiento trasero del coche, con la cabeza ladeada contra el cinturón.
—Cinco minutos —dijo Carolina—. Dejamos esto y nos vamos.
Aparcamos frente a la casa. Es una casa de pueblo con patio interior, una piscina pequeña al fondo y un seto que tapa la vista de los vecinos. Desde la calle no se veía luz en ninguna ventana, así que dedujimos que sus padres ya estaban acostados. Carolina y Esteban entraron con las cosas, en silencio, y subieron a darles las buenas noches a los suegros. Yo me quedé fuera, junto al coche, comprobando si Bruno seguía dormido. Lo estaba.
Volví al patio y me apoyé en la pared. La piscina, alumbrada apenas por una bombilla amarilla del porche, parecía un espejo negro. El agua estaba inmóvil. Era esa hora en la que un baño no parece una decisión, sino una consecuencia natural del calor.
***
No sé en qué momento decidí desnudarme. Recuerdo que lo hice rápido, casi sin pensarlo, dejando la ropa apilada en una silla de plástico. Me metí en el agua sin hacer ruido y me dejé flotar boca arriba mirando un pedazo de cielo entre los tejados. La sensación de estar desnudo en una piscina ajena, con todos durmiendo y nadie esperando nada de mí, era una libertad pequeña pero real. Bastó eso para que se me olvidara dónde estaba.
Llevaría unos cinco minutos cuando escuché la puerta de la cocina abriéndose. Mierda. La cocina daba directamente al patio. Vi una silueta que avanzaba sin prisa hacia donde yo estaba. Era mi suegra. Beatriz.
Lo primero que pensé fue en la ropa, que estaba lejos. Lo segundo, que la luz era poca pero no nula. Y lo tercero, que algo en aquella situación, en lugar de avergonzarme del todo, me empezaba a calentar de una manera que no esperaba.
Me deslicé hacia el bordillo más cercano, intentando que el agua me cubriera al menos hasta la cintura. Beatriz se acercó hasta el borde con esa naturalidad de quien está en su casa y no quiere despertar a nadie.
—Hombre, mi yerno —dijo en voz baja—. Buenas. ¿Qué tal el bañito? Veo que te has quedado solo, como yo. Mi marido se ha dormido en el sofá y se ha subido sin avisarme.
—Está estupenda el agua —respondí, intentando no sonar tan nervioso como estaba—. Pensábamos que ya no había nadie despierto en la cocina, no se veía luz. Carolina y Esteban han subido a daros las buenas noches. Como Bruno duerme, me he metido un momento.
—Qué envidia me das —dijo, abanicándose con la mano—. No tengo el bañador a mano y, si entro otra vez en casa, ya no salgo.
La conocía solo de los dos años que llevaba con su hija. Beatriz tenía cincuenta y seis años, pelo largo recogido en un moño flojo, alguna cana en las sienes, una complexión fuerte y la piel morena del verano. Algo rellenita, con pecho generoso y cintura ancha. La camiseta de andar por casa se le ajustaba al cuerpo y se notaba que tampoco llevaba sujetador. Yo tenía treinta y nueve, pelo corto, complexión normal y una excitación creciente que me obligaba a disimular debajo del agua.
—No te quedes ahí parada —me oí decir, sorprendiéndome a mí mismo—. Si te apetece, métete sin más. No me voy a fijar.
Soltó una risa contenida.
—Anda, anda, mira el cumpleañero —dijo—. Lo que has bebido te ha dado valor. ¿Te crees que voy a quitarme la ropa delante de mi yerno y meterme en la piscina como si nada? No estoy yo ya para esos paseos.
—Es como mejor se está —insistí, dándome la vuelta para mirar hacia la valla y dejarle alguna posibilidad de escapar de la conversación.
—Para otro día —contestó—. Ahora ayúdame con una cosa, anda, que ya que estás dentro me ahorras el trabajo.
Abrió un armario pequeño de obra que había junto a la ducha y sacó dos botes de un litro y unas cuantas pastillas. Me las acercó al borde sin mirar mucho.
—Da una vuelta a la piscina con el bote, dejando caer el líquido en la pared. Las pastillas las pones en esas dos boyas y otra en el filtro. Cuando termines, vas al cuadro de luces, le das al botón rojo y arranca la depuradora. ¿Se entiende?
—Perfectamente.
—Y dúchate después con jabón —añadió—. El cloro te va a dejar la piel hecha un asco. Tienes la ducha ahí mismo.
Destapé el primer bote y empecé a moverme por el borde, derramando el líquido a medida que avanzaba. Mi error fue no pensar que, al alejarme de mi rincón, me iba acercando a la zona donde la luz del porche caía con más fuerza. Cuando vacié el bote a la mitad de la piscina y me incliné un poco, escuché un chasquido de lengua a mis espaldas.
—Pero, hombre —dijo Beatriz, con una mezcla de reproche y diversión en la voz—. Que te estoy viendo el culo, criatura. ¿Pero estás desnudo? Anda que…
Me quedé inmóvil, con el bote en la mano y el cuerpo medio fuera del agua.
—Lo siento —dije—. Pensé que no había nadie. Me metí sin pensar.
—Si a mí no me importa —contestó—. Pero como aparezca mi hija ahora mismo, a ti te ahorca y a mí me mata por no avisarla. Termina rápido, anda.
Solté otra risa de circunstancia y seguí dando la vuelta. Mientras dejaba el bote vacío en el suelo y cogía el segundo, su mirada me alcanzó de frente. Aunque el agua me cubría hasta la mitad del muslo, no había forma de disimular del todo. Lo vio. Vi cómo lo veía. Y vi que, contra todo pronóstico, no apartó los ojos rápido.
—Me acabas de enseñar mucho más de lo que esperaba ver esta noche —dijo. Su voz no estaba enfadada. Estaba… distinta—. Te has venido arriba.
—Perdona, de verdad. La luz, el agua, no he calculado.
—No, si calcular has calculado mal —dijo, y se rio bajito—. Voy a por una toalla, que como te quedes así te coge un frío que no te imaginas.
Se metió en la cocina. Yo me apuré con el resto del cloro, las pastillas y el cuadro de la depuradora. Pulsé el botón rojo. La depuradora arrancó con un zumbido grave y, a los pocos segundos, saltó. Volví a darle. Volvió a saltar. Salí del agua, todavía desnudo, y me fui derecho a la ducha, intentando concentrarme en el cloro y no en lo que acababa de pasar.
Beatriz volvió con una toalla doblada en el brazo. Yo estaba enjabonado de pies a cabeza, dándole la espalda a propósito.
—Te dejo la toalla aquí —dijo—. Tu chica baja en cinco minutos.
—Vale, gracias. Por cierto, la depuradora se me ha saltado dos veces.
—Eso no es nada nuevo —contestó—. La cambiamos en otoño y a veces hace de las suyas. Mañana la miramos.
Me di la vuelta para alcanzar la toalla. Para entonces ya me daba lo mismo. O me lo quería convencer a mí mismo de que me daba lo mismo. Me crucé con su mirada, esta vez sin agua de por medio, sin sombra que tapara nada. Beatriz no parpadeó. Bajó los ojos un instante hacia mi entrepierna y los volvió a subir despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
—Al final me va a dar igual verte desnudo —dijo, mientras me alargaba la toalla—. Pensé que eras vergonzoso, pero ya veo que conmigo no demasiado. Y, oye, no es por ofender a mi hija, pero ese cuerpo no se queda en cualquier parte.
—Beatriz…
—Buenas noches, yerno —cortó—. Ya hablaremos otro día con calma. Lo de la depuradora y… lo otro.
Se metió en la cocina y cerró la puerta despacio. Yo me quedé un momento bajo el agua tibia de la ducha, con la toalla a medio anudar y el corazón a una velocidad que no recordaba desde hacía años. Me sequé deprisa, me vestí y comprobé a Bruno por enésima vez. Seguía dormido como un tronco.
***
—¡Cariño! —dijo Carolina detrás de mí, apareciendo en el patio—. ¿Qué tal el baño?
—Espectacular —contesté, pasándole un brazo por la cintura—. Como nuevo.
—Son casi las tres —dijo, mirando el reloj—. Pablo y Sofía me han llamado. Estaban tomando la última en casa del hermano de Sofía y proponen seguir un rato más en la nuestra. ¿Qué hacemos? Como Bruno duerme, mejor en casa que aquí, ¿no?
Pablo y Sofía son dos amigos que no viven en el pueblo. Habían venido al cumpleaños y se quedaban una noche en casa del hermano de ella, a cinco minutos andando.
—Diles que se vengan —respondí—. La última y a la cama.
Nos besamos en la oscuridad del patio. La mano de Carolina bajó por encima del pantalón y sentí cómo la curiosidad se le adelantaba a las palabras.
—Estás raro —murmuró—. ¿Pasó algo en mi piscina?
—Nada —dije—. Cuando lleguen te cuento.
Acostamos a Bruno en su cuna, en nuestra casa. Carolina se puso un pijama corto, pantaloncito y camiseta sin sujetador, y se le notaba todo. Llegó Pablo, treinta y tres años, moreno con el pelo rizado y la espalda ancha, ya bastante perjudicado por la noche. Detrás llegó Sofía, veintisiete años, rubia con curvas y un escote que se miraba a sí misma cuando bebía. Servimos cuatro copas y nos sentamos en el sofá del salón.
Pablo, que era el más entonado de los cuatro, empezó con sus tonterías habituales.
—¿Tienes un pijama de mujer que me dejes? —le preguntó a Carolina—. Voy a cambiarme, que tengo la ropa pegada al cuerpo. A ver si me río un rato.
—Te dejo uno mío de pantalón corto —contestó ella, riendo—. Y una camiseta vieja de Diego. A ver qué tal te queda.
Cuando volvió, Pablo se había puesto el pantaloncito de Carolina, que le quedaba ridículamente apretado, y se paseaba por el salón haciendo pasarela. Las chicas se reían a carcajadas. Yo no podía concentrarme. La cabeza se me iba a Beatriz, al borde de la piscina, a esa frase final.
—Cuenta, cuenta —dijo Sofía, al verme distraído—. Que tienes cara de cómplice de algo.
—Le ha pasado algo en la piscina de mi madre —dijo Carolina, mirándome con una sonrisa que me cazó—. Mi madre algo me ha soltado al despedirme, pero no me ha querido contar.
No me quedó otra. Lo conté. Conté lo del baño, el bote del cloro, la vuelta a la piscina, la depuradora, la ducha, la frase final. Lo conté con más calma de la que sentía. Pablo se reía a carcajada limpia. Sofía me miraba sin parpadear, mordiéndose la sonrisa por dentro.
—Joder —dijo Pablo—. Vaya estrenazo de cumpleaños. Que te ha visto entero, a estas alturas. Y tú, ahí, en plan modelito.
—Mi madre no sabe lo que ha visto —dijo Carolina—. Mejor dicho, mi madre no se cree lo que ha visto. No le he sacado más, así que ya lo hablaré con ella mañana.
—¿Y a ti te molesta? —pregunté, mirándola directamente.
—Me molestaría si me hubieras escondido algo —respondió, sin pestañear—. No me molesta que mi madre te haya visto. Es raro lo que voy a decir. Pero me ha excitado un poco oírlo.
Pablo, en su línea, decidió que aquello no podía quedar así. Me agarró del brazo.
—Vamos a la cocina —dijo—. Hay que ver si lo que ha visto tu suegra es para tanto o ha exagerado.
Me dejé llevar. En la cocina, Pablo se bajó el pantaloncito de Carolina sin dramatismos y me miró esperando que yo hiciera lo mismo. Lo hice, casi por inercia. Me había hecho a la idea de que esa noche el pudor se había quedado en otra parte.
—Hostia —dijo, mirándome—. Vale, no exageraba.
Las chicas aparecieron en el marco de la puerta como dos jueces que llegaban a deliberar. Sofía soltó una carcajada corta.
—Amor —le dijo a Pablo—, si la tiene más grande que tú. Pero a mí no me importa.
Carolina se acercó a mí despacio. Me apartó la mano del muslo, se inclinó y me besó con una calma que no tenía nada de inocente. La mano le bajó sin rodeos y se quedó ahí, agarrándome con suavidad mientras los otros dos miraban como si no terminaran de creerse dónde estaban.
—La verdad —dijo Carolina, mirándome a los ojos—, es que lo último que me imaginaba esta noche era que mi madre te viera desnudo. Y menos así. Así que igual… ya que estamos… tampoco descarto que vuelva a ocurrir. Estando yo delante, claro.
No supe qué responder. Solo asentí. Pablo levantó su copa hacia el techo, Sofía le pellizcó el muslo a Carolina, y la noche se fue convirtiendo en otra cosa. Otra que ya no cabe en este relato.
Pero esa primera mirada de Beatriz, esa que duró un segundo de más en el borde de la piscina, fue la que abrió todo. Y a esa mirada vamos a tener que volver.