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Relatos Ardientes

La dueña del balneario me esperaba cada enero

Cada primer día de enero, sin excepción, yo aparecía en la recepción del balneario con mi bolsa de viaje y la misma expresión de quien llega a un sitio que ya siente propio. Era una costumbre heredada de la familia de un viejo amigo, Rodrigo, cuya hermana me había invitado años atrás a pasar la primera semana del año entre aguas termales y cenas tranquilas. La costumbre sobrevivió a la amistad, y ahora era solo mía.

La recepcionista, Pilar, me reconocía antes de que yo dijera mi nombre.

—Señor Marcos, bienvenido. Le aviso a la directora.

—Gracias, Pilar. Como siempre, eres la mejor.

—Falta nos hace algo de alegría por aquí —dijo guiñando un ojo hacia el pasillo de oficinas.

Entonces apareció Lucía. Caminaba con ese aplomo que tienen las mujeres que saben exactamente el efecto que producen. Cuarenta y cinco años, delgada, con curvas marcadas bajo una blusa color marfil y el pelo castaño a la altura de los hombros. Sus ojos avellana me encontraron antes de que yo pudiera disimular que la estaba mirando.

—Marcos, qué gusto verte. Gracias por seguir viniendo —dijo dándome dos besos que duraron medio segundo más de lo profesional.

—El gusto es mío, Lucía. Cada año estás más guapa, y no lo digo por cumplir.

Ella sonrió con la boca cerrada, como conteniendo algo. Me acompañó a la habitación de siempre, la catorce, al fondo del pasillo. Antes de irse, apoyó la mano en el marco de la puerta y bajó la voz.

—Quiero que sepas algo. Me separé en septiembre. Llevamos meses sin convivir. Mi hijo está con mi madre mientras resolvemos el papeleo.

—No tenía ni idea. Lo siento.

—No lo sientas. Era necesario. Solo quería que lo supieras.

Me dio otro beso en la mejilla, más lento que los anteriores, y se fue.

***

Esa noche, después de la cena de bienvenida con los demás huéspedes, Lucía me interceptó junto a la puerta del comedor. Llevaba un vestido color crema que le hacía juego con los ojos y que se ajustaba en la cintura como si hubiera sido cortado para ella. Me costó mantenerle la mirada sin desviarme.

—¿Aceptarías tomar una copa conmigo esta noche? —preguntó sin rodeos.

—Con mucho gusto. Dime dónde y cuándo.

—En el apartamento treinta y tres del bloque lateral. Las llaves están en tu mesilla. A las once. Discreción absoluta.

Subí a la habitación y, efectivamente, había un juego de llaves sobre la mesa junto a una nota impresa: «Llevo el cava. Si necesitas algo más, el frigorífico está surtido. No hay nadie en ese portal.»

Discreción absoluta. Releí la frase tres veces. Mi imaginación hizo el resto.

Me cambié de ropa, me puse unos mocasines oscuros, un pantalón de vestir y un jersey de cuello alto. A las once en punto abrí la puerta del apartamento. La calefacción estaba alta, las luces bajas, y sobre la mesa del salón había dos copas y una botella sin abrir.

Lucía llegó media hora después. Escuché la puerta y luego sus tacones sobre el parquet. Apareció en el umbral del salón con una sonrisa enorme y una blusa negra que dejaba entrever el encaje del sujetador.

—Sabía que vendrías —dijo.

—No me lo habría perdido.

Sirvió el cava, puso música desde su teléfono y apagó la luz del techo. La pantalla del televisor encendido proyectaba una claridad azulada sobre su cara. Nos miramos en silencio. Ella se apoyó en la pared, cerró los ojos y sonrió.

No hicieron falta más palabras. Crucé los dos metros que nos separaban, pasé las manos por su cintura y acerqué mi boca a la suya. Ella rodeó mi cuello con los brazos y nos besamos como si lleváramos años esperando ese momento. Porque así era.

—¿Me deseas? —susurró contra mi cuello.

—Desde el primer día que te conocí.

—Te confieso algo. Muchas veces, cuando estaba con mi ex, pensaba en ti. Siempre me gustaste, pero nunca me atreví.

La levanté en brazos y la llevé al dormitorio. La luz era apenas un hilo dorado que salía de la lámpara de la mesilla. La dejé sobre la cama y me detuve un segundo.

—Lucía, necesito que estés segura de esto.

Ella se tomó unos segundos. Me miró a los ojos sin parpadear.

—Estoy completamente segura. No me hagas esperar más.

***

Esa fue la primera de muchas noches. Durante el año y medio que duró su separación nos buscamos como dos personas que descubren tarde lo que siempre estuvo ahí. Nos encontrábamos en su apartamento, en mi habitación, y más de una vez en la lavandería del balneario, sobre la mesa de planchar, con la puerta cerrada con llave y el corazón a mil.

Lucía tenía un apetito feroz. Le gustaba que la tomara por sorpresa, que le besara el cuello mientras revisaba papeles en su oficina, que la acorralara contra la encimera de la cocina. Y yo aprendí a leer cada uno de sus gestos: la forma en que se mordía el labio cuando quería algo, cómo inclinaba la cabeza para ofrecerme el cuello, el temblor en sus muslos cuando se acercaba al orgasmo.

Cuando volvió con su marido, me lo dijo con la misma franqueza con que me había confesado su deseo aquella primera noche.

—Voy a recomponer la familia. Mis hijos necesitan a su padre. Pero necesito que me prometas que siempre vas a estar.

—No lo dudes.

—Antes de él solo tuve un novio que ni me tocaba. Ahora que sé lo que puedo sentir, no pienso renunciar. Es más, creo que me excita saber que es un secreto.

Y así seguimos. Cada enero en el balneario, y tres o cuatro veces más al año cuando las ferias de turismo nos daban la excusa perfecta.

***

Aquel enero la recogí en la salida del recinto ferial. Estaba espectacular con un vestido azul oscuro que marcaba cada curva de su cuerpo. Nos besamos en las mejillas delante de la gente y reservé el beso de verdad para después.

La llevé a cenar a un restaurante libanés en el barrio de Salamanca. Ella adoraba esa cocina desde que había estudiado en Londres y descubierto los restaurantes árabes cerca de su residencia. Pidió para los dos con la seguridad de quien conoce cada plato de la carta.

Durante la cena, mi teléfono sonó. Era Nerea, otra mujer con la que mantenía una relación intermitente desde hacía años. Me disculpé, salí a la calle y atendí la llamada.

—Estaré en la feria tres días, del jueves al sábado —me dijo—. Vengo con Adrián, pero ya sabes cómo son estas cenas de empresa. Puedo escaparme.

—Hablamos el jueves entonces.

—Hecho. Cuídate, guapo.

Volví a la mesa. Lucía me miraba con esa media sonrisa que significa que sabe más de lo que dice. No preguntó nada. Nunca preguntaba.

Cenamos sin prisa, hablando de todo y de nada, y cuando salimos al frío de la noche le pasé el brazo por la cintura.

—¿Te apetece un poco de calor? —dije.

—Pensé que no lo ibas a proponer nunca.

Conduje hasta mi apartamento en lugar de ir al hotel. Llegábamos antes y teníamos toda la noche por delante. Ella entró al baño mientras yo servía dos copas de licor. Cuando salió, se quedó de pie en el umbral de la habitación, descalza, con el vestido todavía puesto pero el pelo suelto cayéndole sobre los hombros.

—Cada año espero estas fechas —dijo—. No solo por la feria. Por esto. Por ser libre unas horas contigo.

Me acerqué despacio. Le bajé la cremallera del vestido mientras le besaba el cuello. La tela cayó al suelo y debajo llevaba un conjunto de encaje negro que me obligó a contener la respiración. La empujé con suavidad contra la pared y la besé con fuerza, sintiendo cómo su espalda se arqueaba contra mis manos.

La giré de frente al espejo del armario. Quería que se viera, que viera lo que yo veía: una mujer impresionante, con la piel erizada y los labios entreabiertos. La penetré así, de pie, mirando nuestro reflejo, y ella dejó escapar un gemido largo que vibró contra la pared.

Sus fluidos le resbalaban por los muslos cuando la llevé a la cama. Allí cambiamos de ritmo. Primero de lado, yo detrás de ella, acariciándole los pechos mientras me movía despacio. Después boca arriba, con su pierna derecha sobre mi hombro, lo que me permitía entrar profundo y verle la cara mientras se acercaba al orgasmo. Sus manos apretaron mis antebrazos con fuerza, el cuerpo entero se le tensó y soltó un grito que probablemente atravesó las paredes.

Me dejé caer sobre ella. Abrió los ojos, me besó, y cerró los brazos alrededor de mi cuello. Nos quedamos así, sin hablar, mientras nuestras respiraciones volvían a la normalidad.

***

A la mañana siguiente la desperté temprano. Le hice el amor con calma, como a ella le gustaba al amanecer, sin prisas, sintiendo cada centímetro de su piel contra la mía. Después la llevé al hotel para que se cambiara antes de volver a la feria.

—Te espero a las seis y media —dijo al bajarse del coche—. Suite quinientos doce. Las llaves estarán en recepción.

Pasé el día trabajando, pero mi cabeza estaba en otra parte. A la hora acordada me presenté en el hotel. La recepcionista me sonrió con complicidad profesional.

—Suba, la señora lo espera.

Subí en el ascensor, caminé hasta el final del pasillo y, antes de que pudiera llamar, la puerta se entreabrió. La habitación estaba en penumbra. Lucía me tomó de la mano y me guió hasta el sofá.

—Hoy mando yo —susurró—. Tú solo relájate.

Me empujó sobre los cojines, me abrió el pantalón con una destreza que me dejó sin aliento y se arrodilló entre mis piernas. Su boca me envolvió con una lentitud deliberada, húmeda y caliente, mientras sus ojos me miraban desde abajo con una intensidad que casi me hace terminar en el acto.

—Te voy a hacer gozar como nunca —dijo separándose un segundo—. Tenemos toda la noche.

Llevaba un conjunto de lencería burdeos y unas botas altas que no le había visto antes. Se montó sobre mí en el sofá, moviéndose con un ritmo lento que fue acelerando hasta que los dos perdimos el control. Después seguimos en la cama, cambiando de posición como si quisiéramos agotar todas las formas de estar juntos antes de que amaneciera.

A las siete de la mañana la llevé al aeropuerto. En el coche, con el pelo todavía húmedo de la ducha compartida, me tomó la mano y la apretó sin decir nada.

—Nos vemos en el balneario antes de carnavales —dije.

—Reserva del trece al dieciocho. Yo me encargo de todo lo demás.

Se bajó del coche, se alisó el abrigo, y desapareció por la puerta de embarques con la misma elegancia con la que hacía todo. Yo me quedé un momento con el motor encendido, sonriendo como un idiota, pensando que de todas las costumbres que había heredado a lo largo de mi vida, esta era sin duda la mejor.

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