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Relatos Ardientes

La dueña del balneario me esperaba cada enero

4.3(3)

Cada primer día de enero, sin excepción, yo aparecía en la recepción del balneario con mi bolsa de viaje y la misma expresión de quien llega a un sitio que ya siente propio. Era una costumbre heredada de la familia de un viejo amigo, Rodrigo, cuya hermana me había invitado años atrás a pasar la primera semana del año entre aguas termales y cenas tranquilas. La costumbre sobrevivió a la amistad, y ahora era solo mía.

La recepcionista, Pilar, me reconocía antes de que yo dijera mi nombre.

—Señor Marcos, bienvenido. Le aviso a la directora.

—Gracias, Pilar. Como siempre, eres la mejor.

—Falta nos hace algo de alegría por aquí —dijo guiñando un ojo hacia el pasillo de oficinas.

Entonces apareció Lucía. Caminaba con ese aplomo que tienen las mujeres que saben exactamente el efecto que producen. Cuarenta y cinco años, delgada, con curvas marcadas bajo una blusa color marfil y el pelo castaño a la altura de los hombros. Sus ojos avellana me encontraron antes de que yo pudiera disimular que la estaba mirando.

—Marcos, qué gusto verte. Gracias por seguir viniendo —dijo dándome dos besos que duraron medio segundo más de lo profesional.

—El gusto es mío, Lucía. Cada año estás más guapa, y no lo digo por cumplir.

Ella sonrió con la boca cerrada, como conteniendo algo. Me acompañó a la habitación de siempre, la catorce, al fondo del pasillo. Antes de irse, apoyó la mano en el marco de la puerta y bajó la voz.

—Quiero que sepas algo. Me separé en septiembre. Llevamos meses sin convivir. Mi hijo está con mi madre mientras resolvemos el papeleo.

—No tenía ni idea. Lo siento.

—No lo sientas. Era necesario. Solo quería que lo supieras.

Me dio otro beso en la mejilla, más lento que los anteriores, y se fue.

***

Esa noche, después de la cena de bienvenida con los demás huéspedes, Lucía me interceptó junto a la puerta del comedor. Llevaba un vestido color crema que le hacía juego con los ojos y que se ajustaba en la cintura como si hubiera sido cortado para ella. Me costó mantenerle la mirada sin desviarme hacia el escote que se le insinuaba bajo la tela, o hacia el culo redondo que el corte marcaba sin disimulo.

—¿Aceptarías tomar una copa conmigo esta noche? —preguntó sin rodeos.

—Con mucho gusto. Dime dónde y cuándo.

—En el apartamento treinta y tres del bloque lateral. Las llaves están en tu mesilla. A las once. Discreción absoluta.

Subí a la habitación y, efectivamente, había un juego de llaves sobre la mesa junto a una nota impresa: «Llevo el cava. Si necesitas algo más, el frigorífico está surtido. No hay nadie en ese portal.»

Discreción absoluta. Releí la frase tres veces. Mi imaginación hizo el resto, y la polla se me puso dura solo de pensar en lo que aquella frase significaba: que iba a follármela, que ella lo sabía, y que había preparado el sitio para que gimiera todo lo que quisiera sin que nadie la escuchara.

Me cambié de ropa, me puse unos mocasines oscuros, un pantalón de vestir y un jersey de cuello alto. A las once en punto abrí la puerta del apartamento. La calefacción estaba alta, las luces bajas, y sobre la mesa del salón había dos copas y una botella sin abrir.

Lucía llegó media hora después. Escuché la puerta y luego sus tacones sobre el parquet. Apareció en el umbral del salón con una sonrisa enorme y una blusa negra que dejaba entrever el encaje del sujetador y la sombra de unos pezones que se marcaban duros contra la tela.

—Sabía que vendrías —dijo.

—No me lo habría perdido.

Sirvió el cava, puso música desde su teléfono y apagó la luz del techo. La pantalla del televisor encendido proyectaba una claridad azulada sobre su cara. Nos miramos en silencio. Ella se apoyó en la pared, cerró los ojos y sonrió.

No hicieron falta más palabras. Crucé los dos metros que nos separaban, pasé las manos por su cintura y acerqué mi boca a la suya. Ella rodeó mi cuello con los brazos y nos besamos como si lleváramos años esperando ese momento. Porque así era.

—¿Me deseas? —susurró contra mi cuello.

—Desde el primer día que te conocí. Se me pone dura cada vez que te veo cruzar la recepción.

—Te confieso algo. Muchas veces, cuando estaba con mi ex, pensaba en ti mientras me metía los dedos. Siempre me gustaste, pero nunca me atreví.

Le mordí el labio inferior y le metí la lengua hasta el fondo. Ella soltó un gemido ronco y me buscó el bulto del pantalón con la mano, apretándomelo por encima de la tela. La polla se me endureció del todo en su palma, y ella sonrió al notarlo.

—Joder, qué bien empezamos —murmuró.

La levanté en brazos y la llevé al dormitorio. La luz era apenas un hilo dorado que salía de la lámpara de la mesilla. La dejé sobre la cama y me detuve un segundo.

—Lucía, necesito que estés segura de esto.

Ella se tomó unos segundos. Me miró a los ojos sin parpadear, y con una lentitud calculada empezó a desabrocharse la blusa botón a botón.

—Estoy completamente segura. No me hagas esperar más. Quiero que me folles hasta que no pueda caminar mañana.

Me arrodillé al borde de la cama y le terminé de abrir la blusa. Debajo llevaba un sujetador de encaje negro que le levantaba las tetas hasta ofrecerlas. Le desabroché el cierre delantero y las liberé con las dos manos. Eran firmes, con pezones oscuros y erectos, y me metí uno en la boca mientras con los dedos le pellizcaba el otro. Lucía echó la cabeza hacia atrás y arqueó la espalda contra mi cara.

—Chúpamelas, joder, chúpamelas fuerte.

Le mordisqueé el pezón, tirando ligeramente hacia arriba con los dientes, y ella soltó un gemido gutural. Bajé la boca por su vientre, le desabroché la falda y se la tiré al suelo junto con las medias. Se quedó solo con un tanga negro que ya tenía una mancha oscura de humedad en el centro. Le enganché el elástico con los dientes y se lo bajé despacio, sin dejar de mirarla a los ojos.

El coño de Lucía estaba depilado, brillante, empapado. Le abrí los muslos con las dos manos y le pasé la lengua de abajo arriba, de un solo lametón largo que le arrancó un grito ahogado. Me lancé de lleno: le chupé los labios, le clavé la lengua en la entrada, le rodeé el clítoris con círculos lentos y después le metí dos dedos, curvándolos hacia dentro. Ella empezó a mover las caderas contra mi cara, agarrándome del pelo, apretándome contra ella.

—Sigue, sigue, sigue, no pares que me corro.

Le chupé el clítoris con succión constante mientras le metía y sacaba los dedos a ritmo firme, y a los pocos segundos se le tensaron los muslos alrededor de mi cabeza, se le cerró todo el vientre y soltó un grito largo mientras se corría en mi boca, empapándome la barbilla de flujo caliente.

Todavía temblando, me tiró del pelo hacia arriba.

—Ven aquí. Ahora yo.

Me arrancó el jersey y me bajó el pantalón y los calzoncillos de un tirón. Cuando se topó con mi polla la sujetó con las dos manos, la miró un instante con la boca abierta y se lanzó a mamarla sin preámbulos. Me la metió entera hasta el fondo, y noté la garganta abriéndose alrededor del glande. Sacó la lengua, me lamió los huevos, me chupó el tronco de abajo arriba y volvió a tragarla, esta vez marcando un ritmo constante que me hizo agarrarme al cabecero de la cama.

—Joder, Lucía, así, mámamela así, no pares.

Ella respondía con gemidos ahogados que vibraban en mi polla. Cuando sentí que estaba a punto de correrme, la aparté con suavidad, la tumbé de espaldas y me coloqué entre sus piernas abiertas. Le froté el glande contra el clítoris, arriba y abajo, mojándome bien, y de una sola embestida se la metí hasta el fondo. Lucía soltó un gemido largo y me clavó las uñas en los hombros.

—Ay, madre mía, qué bien la metes.

Empecé a follármela despacio, hasta el fondo, sacándola casi entera y volviéndola a meter. Ella me rodeó la cintura con las piernas y me mordió el cuello. Fui acelerando, marcando el ritmo con las caderas, hasta que la cama entera crujía y las tetas le rebotaban con cada embestida. Le agarré una pierna y se la eché sobre mi hombro para entrar aún más profundo, y ella empezó a gritar sin ningún pudor.

—Más fuerte, más fuerte, rómpeme el coño.

La follé con toda la rabia acumulada de años de mirarla en la recepción sin poder tocarla, embistiéndola con fuerza, sintiendo cómo su coño se apretaba alrededor de mi polla. Cuando noté que se iba a correr otra vez, le pasé el pulgar por el clítoris y le presioné en círculos. Lucía explotó debajo de mí, arqueando la espalda, gritando mi nombre, contrayéndose alrededor de mi verga con espasmos que casi me hacen correrme dentro.

Aguanté. La giré boca abajo, la levanté de las caderas y se la metí a cuatro patas. Desde ese ángulo veía cómo mi polla entraba y salía brillante de sus fluidos, cómo se le movía el culo con cada embestida. Le di una nalgada, y ella soltó una carcajada gutural.

—Otra. Dame otra.

Le di dos más, una en cada nalga, y siguió gimiendo pidiendo más. La follé así hasta que sentí el orgasmo subiendo desde los huevos. Le anuncié que me iba a correr y ella se giró de golpe, se puso de rodillas frente a mí, abrió la boca y sacó la lengua. Me corrí en chorros gruesos sobre su lengua, sus labios, la cara y las tetas, y ella se lo tragó todo relamiéndose y limpiándose el resto con los dedos para chupárselos después uno a uno.

—Llevaba años imaginándome esto —dijo entre risas, tumbándose sobre mi pecho.

—Y esto es solo el principio.

***

Esa fue la primera de muchas noches. Durante el año y medio que duró su separación nos buscamos como dos personas que descubren tarde lo que siempre estuvo ahí. Nos encontrábamos en su apartamento, en mi habitación, y más de una vez en la lavandería del balneario, sobre la mesa de planchar, con la puerta cerrada con llave y el corazón a mil. Allí la había follado con la falda subida hasta la cintura y las bragas colgando de un tobillo, tapándole la boca con la mano para que las camareras del turno de tarde no la oyeran gritar cuando se corría.

Lucía tenía un apetito feroz. Le gustaba que la tomara por sorpresa, que le besara el cuello mientras revisaba papeles en su oficina, que la acorralara contra la encimera de la cocina y le metiera la mano por dentro del pantalón hasta encontrarle el coño ya mojado. Y yo aprendí a leer cada uno de sus gestos: la forma en que se mordía el labio cuando quería que se la metiera, cómo inclinaba la cabeza para ofrecerme el cuello, el temblor en sus muslos cuando se acercaba al orgasmo, el gruñido bajo que soltaba cuando le tiraba del pelo mientras se la clavaba por detrás.

Cuando volvió con su marido, me lo dijo con la misma franqueza con que me había confesado su deseo aquella primera noche.

—Voy a recomponer la familia. Mis hijos necesitan a su padre. Pero necesito que me prometas que siempre vas a estar.

—No lo dudes.

—Antes de él solo tuve un novio que ni me tocaba. Ahora que sé lo que es que me follen bien, no pienso renunciar. Es más, creo que me pone cachonda saber que es un secreto, que cuando él me toque yo voy a estar pensando en tu polla.

Y así seguimos. Cada enero en el balneario, y tres o cuatro veces más al año cuando las ferias de turismo nos daban la excusa perfecta.

***

Aquel enero la recogí en la salida del recinto ferial. Estaba espectacular con un vestido azul oscuro que marcaba cada curva de su cuerpo. Nos besamos en las mejillas delante de la gente y reservé el beso de verdad para después.

La llevé a cenar a un restaurante libanés en el barrio de Salamanca. Ella adoraba esa cocina desde que había estudiado en Londres y descubierto los restaurantes árabes cerca de su residencia. Pidió para los dos con la seguridad de quien conoce cada plato de la carta.

Durante la cena, mi teléfono sonó. Era Nerea, otra mujer con la que mantenía una relación intermitente desde hacía años. Me disculpé, salí a la calle y atendí la llamada.

—Estaré en la feria tres días, del jueves al sábado —me dijo—. Vengo con Adrián, pero ya sabes cómo son estas cenas de empresa. Puedo escaparme.

—Hablamos el jueves entonces.

—Hecho. Cuídate, guapo.

Volví a la mesa. Lucía me miraba con esa media sonrisa que significa que sabe más de lo que dice. No preguntó nada. Nunca preguntaba.

Cenamos sin prisa, hablando de todo y de nada, y cuando salimos al frío de la noche le pasé el brazo por la cintura.

—¿Te apetece un poco de calor? —dije.

—Pensé que no lo ibas a proponer nunca.

Conduje hasta mi apartamento en lugar de ir al hotel. Llegábamos antes y teníamos toda la noche por delante. Ella entró al baño mientras yo servía dos copas de licor. Cuando salió, se quedó de pie en el umbral de la habitación, descalza, con el vestido todavía puesto pero el pelo suelto cayéndole sobre los hombros.

—Cada año espero estas fechas —dijo—. No solo por la feria. Por esto. Por ser libre unas horas contigo.

Me acerqué despacio. Le bajé la cremallera del vestido mientras le besaba el cuello. La tela cayó al suelo y debajo llevaba un conjunto de encaje negro que me obligó a contener la respiración: un sujetador que le empujaba las tetas hacia arriba, un tanga minúsculo y un liguero fino con medias oscuras. La empujé con suavidad contra la pared y la besé con fuerza, sintiendo cómo su espalda se arqueaba contra mis manos.

Le metí la mano entre los muslos y le aparté el tanga a un lado. Su coño ya estaba empapado, resbaladizo, y le colé dos dedos hasta el fondo sin ninguna dificultad. Ella gimió contra mi boca y empezó a cabalgarme la mano moviendo las caderas.

—Ya estoy chorreando por ti, tócame, no pares.

La giré de frente al espejo del armario. Quería que se viera, que viera lo que yo veía: una mujer impresionante, con la piel erizada, los labios entreabiertos y los pezones asomando por encima del sujetador. Le levanté una pierna y la apoyó en la cómoda para abrirse. Le bajé el tanga hasta los tobillos, me abrí el pantalón y le froté la polla entre las nalgas antes de encontrarle la entrada.

La penetré así, de pie, mirando nuestro reflejo. Se la metí despacio la primera vez, para que sintiera cada centímetro entrar. Ella dejó escapar un gemido largo que vibró contra la pared, y sus ojos se cerraron en el espejo.

—Ábrelos —le ordené—. Mira cómo te la meto.

Abrió los ojos y nos miramos en el reflejo mientras la follaba de pie. Le agarré las tetas por encima del sujetador, le pellizqué los pezones y aceleré el ritmo. Cada embestida hacía golpear mi vientre contra sus nalgas con un ruido húmedo. Ella se apoyó con las dos manos en el espejo y empezó a echarme el culo contra la polla, buscando que se la metiera más fuerte.

—Así, dámela toda, no me tengas piedad.

Sus fluidos le resbalaban por los muslos empapándole las medias cuando la llevé a la cama. Allí cambiamos de ritmo. Primero de lado, yo detrás de ella, acariciándole los pechos mientras me movía despacio. Le mordí el hombro, le busqué el clítoris con los dedos y se lo froté al mismo tiempo que la embestía. Ella se retorció, buscándome la boca por encima del hombro para besarme.

—Me vas a matar —jadeó—. Me vas a matar de placer.

Después la puse boca arriba, con su pierna derecha sobre mi hombro, lo que me permitía entrar profundo y verle la cara mientras se acercaba al orgasmo. Con la otra pierna abierta hacia el lado, quedaba completamente expuesta, y yo aprovechaba cada embestida para llegar al fondo. Le chupé el pulgar y luego se lo bajé al clítoris para frotárselo mientras la follaba.

Sus manos apretaron mis antebrazos con fuerza, el cuerpo entero se le tensó y soltó un grito que probablemente atravesó las paredes. Sentí cómo su coño se cerraba en espasmos alrededor de mi polla, apretándola de una forma que me obligó a parar un segundo para no correrme.

—Todavía no —le susurré—. Aún no he terminado contigo.

La puse a cuatro patas al borde de la cama y me quedé de pie detrás de ella. Le agarré las dos nalgas, se las separé y le clavé la polla de golpe. Ella soltó un gemido gutural, casi animal. La follé así con fuerza, tirándole del pelo, marcándole el ritmo con las manos en las caderas. Le pasé el pulgar mojado en su propio flujo por el ano, presionándolo apenas, y ella empujó el culo hacia atrás pidiendo más.

Cuando ya no pude más, la giré boca arriba, me la puse encima y ella empezó a cabalgarme mirándome a los ojos, con las manos apoyadas en mi pecho. Sus tetas bajaban y subían delante de mi cara, y yo le agarré las caderas para marcarle el ritmo. Cuando sentí el orgasmo subiendo, le pedí que se apartara y ella se corrió otra vez sobre mi vientre justo antes de bajarse. Se me arrodilló al lado, me tomó la polla con la boca y me terminó a golpe de mano y lengua. Me corrí en su boca en varias descargas, y ella me lo tragó todo sin perder una gota, mirándome desde abajo.

Me dejé caer sobre las almohadas. Ella subió, me besó, y cerró los brazos alrededor de mi cuello. Nos quedamos así, sin hablar, mientras nuestras respiraciones volvían a la normalidad.

***

A la mañana siguiente la desperté temprano. La encontré durmiendo boca abajo, con el culo apenas cubierto por la sábana, y no pude resistirme. Le besé la nuca, le bajé la mano por la espalda y le acaricié entre las nalgas hasta encontrarle el coño otra vez húmedo. Ella se despertó gimiendo y abriendo las piernas antes de terminar de abrir los ojos.

La follé con calma, como a ella le gustaba al amanecer, sin prisas, sintiendo cada centímetro de su piel contra la mía. Primero por detrás, tumbados los dos de lado, con mis dedos jugando en su clítoris. Después boca arriba, con las piernas cruzadas en mi espalda, meciéndonos despacio hasta que se corrió con un gemido largo y suave que sonó a súplica agradecida. Me corrí dentro de ella esta vez, hasta el fondo, y nos quedamos abrazados unos minutos antes de arrastrarnos juntos a la ducha, donde volví a metérsela contra los azulejos hasta que se le doblaron las rodillas.

Después la llevé al hotel para que se cambiara antes de volver a la feria.

—Te espero a las seis y media —dijo al bajarse del coche—. Suite quinientos doce. Las llaves estarán en recepción.

Pasé el día trabajando, pero mi cabeza estaba en otra parte. A la hora acordada me presenté en el hotel. La recepcionista me sonrió con complicidad profesional.

—Suba, la señora lo espera.

Subí en el ascensor, caminé hasta el final del pasillo y, antes de que pudiera llamar, la puerta se entreabrió. La habitación estaba en penumbra. Lucía me tomó de la mano y me guió hasta el sofá.

—Hoy mando yo —susurró—. Tú solo relájate.

Me empujó sobre los cojines, me abrió el pantalón con una destreza que me dejó sin aliento y se arrodilló entre mis piernas. Me sacó la polla, ya semierecta, y la miró unos segundos como quien contempla un plato favorito antes de empezar. Después me la metió en la boca despacio, envolviéndomela con una lentitud deliberada, húmeda y caliente, mientras sus ojos me miraban desde abajo con una intensidad que casi me hace terminar en el acto.

—Te voy a hacer gozar como nunca —dijo separándose un segundo, con un hilo de saliva colgándole del labio—. Tenemos toda la noche.

Y volvió a mamármela. Me la tragó hasta la base, me lamió los huevos uno por uno, se los metió en la boca y los chupó con succión suave mientras me masturbaba con la mano. Después subió otra vez y me la clavó en la garganta, empapándola de saliva, dejándome un rastro brillante desde el glande hasta los testículos. Sacó la lengua y me la pasó por el frenillo con círculos lentos que me tensaron los muslos.

—Joder, así, no pares.

Llevaba un conjunto de lencería burdeos —corsé, ligueros, medias— y unas botas altas de tacón que no le había visto antes. Cuando terminó de comerme la polla lo justo para tenerme al borde, se puso de pie, se quitó las bragas y se montó sobre mí en el sofá. Se guio la polla con la mano y se sentó de golpe, hasta abajo. Los dos gemimos a la vez.

Empezó a moverse con un ritmo lento, subiendo y bajando, contrayendo el coño alrededor de mí cada vez que llegaba al fondo. Le desabroché el corsé por delante y le liberé las tetas para tenerlas justo delante de la cara. Se las chupé mientras ella aceleraba, cabalgándome cada vez más fuerte, apoyando las manos en el respaldo del sofá para tomar impulso.

—Estás tan dura, joder, la siento hasta el fondo.

La agarré del culo con las dos manos y la ayudé a moverse, embistiéndola desde abajo. Ella empezó a gemir cada vez más alto, hasta que se corrió temblando sobre mí, apretándome tanto que casi me arrastra con ella. Pero aguanté.

Nos trasladamos a la cama. La puse a cuatro patas, con la cabeza contra la almohada y el culo levantado, y le pasé la lengua por todo el coño de atrás hacia delante, lento, comiéndomela mientras ella se retorcía. Después me la clavé por detrás, agarrándola de las caderas, y la follé hasta que la sentí correrse una vez más, con la cara enterrada en la almohada para amortiguar los gritos.

Cambiamos de posición como si quisiéramos agotar todas las formas de estar juntos antes de que amaneciera. Ella encima mirando hacia mis pies. Yo tumbado y ella sentada de espaldas, cabalgándome mientras se acariciaba las tetas. De cucharita, con una pierna suya sobre mi cadera. Contra el cabecero, con ella de rodillas apoyada en la pared. Cuando por fin no pude más, ella me hizo tumbarme boca arriba, se la metió una última vez, me cabalgó rápido y, cuando le pedí que me dejara correrme, se bajó, me la sacó y me la volvió a meter en la boca justo a tiempo para tragarse la corrida entera.

—Ahora sí —jadeó tumbándose a mi lado—. Ahora podemos dormir un rato.

A las siete de la mañana la llevé al aeropuerto. En el coche, con el pelo todavía húmedo de la ducha compartida, me tomó la mano y la apretó sin decir nada.

—Nos vemos en el balneario antes de carnavales —dije.

—Reserva del trece al dieciocho. Yo me encargo de todo lo demás.

Se bajó del coche, se alisó el abrigo, y desapareció por la puerta de embarques con la misma elegancia con la que hacía todo. Yo me quedé un momento con el motor encendido, sonriendo como un idiota, pensando que de todas las costumbres que había heredado a lo largo de mi vida, esta era sin duda la mejor.

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Comentarios(10)

VeronicaLP

Que historia tan bien contada, me enganche desde el primer parrafo!!!

Fabricio_mx

Cinco años encontrandose cada enero... quiero saber todo lo que paso en ese tiempo. Por favor una segunda parte!

Rocio45

El ambiente de balneario en pleno enero le da un morbo increible al relato. Muy bien logrado.

NicoleLima37

¿Y ella nunca tuvo miedo de que la descubrieran? Eso es lo que mas me intriga. Esperando la continuacion con ansias

lagarto46

tremendo!!! quiero mas

DulceJulieta

Se hizo muy corto, quede con ganas de mas. Ese detalle de reservar siempre la misma habitacion es muy cinematografico, me encanto

Marcos_BA

Lo que mas me gusto es la complicidad sin que nadie sospechara. Ese silencio tiene mas calor que muchos otros relatos que lei aca

xicohot1976

Me recordo a unas vacaciones que tube en la costa hace años jajaja. Ciertas maduras tienen ese magnetismo especial. Muy buen relato!

CarlosDeNoche

buenisimo el planteo, original y bien narrado. Sigan escribiendo asi!

SilvinaK

Cinco años sin que nadie sospechara... eso dice mucho de los dos. Ojalá haya una segunda parte con mas detalles!

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