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Relatos Ardientes

La madura que aprendió a correrse en Málaga

La primera señal no fue un mensaje en el teléfono ni un nombre extraño en la agenda. Fue un perfume. Rodrigo llegó aquella noche con el traje impecable, el pelo en su sitio y esa sonrisa de hombre que cree que el mundo le pertenece. Me besó en la mejilla, rápido, sin mirarme. Yo, sin pensarlo, me acerqué a su cuello. El olor de su colonia estaba ahí, el mismo de siempre. Pero debajo había otro: más dulce, más joven, insolente como una visita que no pide permiso.

Esa noche no dije nada. Esperé en la cocina con un vaso de agua a medio beber, mirando las baldosas, mientras la sangre me hervía por dentro.

—¿Todo bien en el trabajo? —pregunté cuando subió.

—Perfecto —respondió sin soltar el cinturón—. Una reunión larga, pero productiva.

Mentira. Me lo supe en ese instante con la certeza fría de quien lleva veintisiete años leyendo a alguien.

***

Me lo confesó tres semanas después. Una chica de veintitrés años del departamento de marketing. Rodrigo dijo que había sido un error, una locura, que no significaba nada. Yo lo escuché con la misma cara que pongo cuando me hablan de reformas en el garaje comunitario: atenta, asintiendo, sin interrumpir. Después le pedí terapia de pareja y él dijo que sí.

El psicólogo nos recibía los miércoles en su consulta del centro de Las Rozas. Un hombre tranquilo, con barba gris y un cuaderno de tapas negras donde lo anotaba todo. Nos hizo preguntas que yo nunca me había formulado: «¿Cuándo fue la última vez que se sintió vista por su marido?», «¿Qué espera usted de esta relación en los próximos cinco años?». Preguntas que no quería responder en voz alta porque implicaban admitir que llevaba años siendo el mobiliario de mi propio matrimonio.

Salvamos el vínculo, como dicen. Pero la confianza tardó en volver. Y en la cama, más.

***

Laura y Sofía me llevaban meses dando la lata. Cuarentonas, solteras por elección, compañeras de gimnasio con más criterio que la mayoría de los casados que yo conocía. Laura con su mantra de que no le rendía cuentas a nadie; Sofía convencida de que el matrimonio era una institución que le quedaba grande a casi todo el mundo.

—Cristina, o te vienes a Málaga con nosotras o te secuestramos —dijo Laura en el vestuario del gimnasio.

Al principio me excusé como siempre. La casa. Las niñas. El trabajo de Rodrigo. Andrea, la mayor, se había ido a Valencia con un periodista llamado Damián; Irene, la pequeña, estaba terminando un máster en nutrición y apenas aparecía por casa. Excusas, todas. Una tarde, mientras tendía la colada de Rodrigo en el tendedero, miré el cielo gris de octubre y me pregunté cuándo había dejado de ser yo el centro de mi propia vida. Abrí el chat grupal y escribí:

—Me apunto. Reservad para tres.

Compré dos bañadores nuevos y un vestido largo que llevaba tiempo mirando en el escaparate. Mi peluquera me aclaró el tinte un par de tonos. Rodrigo me acompañó al aeropuerto y me dio un beso tibio en los labios, el primero en semanas.

—Pásatelo bien —dijo. Y sonó a verdad.

***

El hotel era pequeño, blanco, a cuatro calles de la playa. Balcones de hierro, sábanas que olían a lavanda, una terraza desde la que el Mediterráneo parecía esperarnos. Pasamos los dos primeros días sin horario: desayuno tarde, playa, vermú, siesta, paseo nocturno. Fui olvidándome de las facturas, de las conversaciones de barrio, de la cara de Rodrigo mirando el teléfono. Málaga tenía ese efecto: te recordaba que existías.

La tercera noche acabamos en un bar del centro histórico, techos altos, paredes encaladas, el aire cargado de música y risas. Sofía pidió tres copas de albariño antes de que nos sentáramos.

—Esta noche no volvemos antes de las dos —anunció.

El camarero era joven. Alto, pelo castaño algo despeinado, con esa manera de moverse entre las mesas que tienen los que llevan años en el oficio. Nos tomó nota con una sonrisa ladeada que subía automáticamente el importe de la propina.

—¿Una copa más, señoras?

—Señoras lo será tu madre —le cortó Sofía con el vaso en la mano—. Vuelves a decirme eso y te enseño lo que vale un peine.

—Mis disculpas —dijo él sin perder la sonrisa—. Damas, entonces.

Sofía me guiñó el ojo cuando él se fue.

—Le gustas. Míralo.

—Tiene veinte años.

—Veintitantos como mínimo. Y está como un tren.

No contesté. Pero miré. Y era cierto.

Me levanté a pagar en la barra y él apareció para atender la caja. Al darme el cambio noté algo rígido en la palma. Monedas. Y debajo, un trozo de papel doblado.

—Es para ti —dijo en voz baja.

Lo desplegué en el bolso, ya sentada. Decía: «Me llamo Mateo. Si quieres, mañana estoy en La Bocana». Un número de teléfono debajo.

No dormí muy bien esa noche. No por culpa suya, sino por culpa mía.

***

La Bocana era un chiringuito sin pretensiones a pie de playa, bien decorado, lleno de gente menor de treinta. Cuando llegamos las tres, quise darme la vuelta. ¿Qué hacía yo ahí? Sofía me tomó del brazo antes de que pudiera escapar.

—Ya que has elegido el sitio, tú pides la primera ronda. Y si alguien te saca a bailar, dices que sí.

—No he venido a ligar.

—¿Quién habla de ligar? —dijo Laura—. Solo de bailar.

Mateo estaba con un grupo de amigos en una mesa cerca de la pista. Camisa de manga corta, vaqueros, piel tostada. Cuando nuestras miradas se cruzaron, levantó el vaso despacio, como un saludo. Sentí algo en el pecho que hacía años que no reconocía.

—Ya te ha visto —susurró Sofía.

—Ya lo sé.

—¿Y?

—Y tengo cincuenta y cuatro años.

—Y un cuerpo que funciona perfectamente —respondió Laura—. Deja de inventarte excusas.

El DJ subió el volumen. Sofía y Laura me arrastraron a la pista. El ritmo, el aire salado, la sensación de no tener que rendir cuentas a nadie: todo invitaba a moverme. Noté una mano en el hombro.

—¿Te importa si me quedo?

Era Mateo. Se había acercado despacio, sin atropellar el espacio.

—No bailo bien —advertí.

—Yo tampoco. No estamos en un concurso.

Bailamos torpemente al principio, como dos personas que están aprendiendo el idioma del otro. Sus manos encontraron mis caderas con cuidado, acercándome sin apretar. El espacio entre los dos se fue cerrando solo, como cuando el agua encuentra el camino sin que nadie se lo indique.

—¿Cuánto hace que no bailas así? —preguntó.

—¿Así cómo?

—Sin pensar en lo que te espera en casa.

Me reí, porque había dado en el clavo.

—Mucho tiempo.

—Se nota —dijo, sin juzgarme—. Te mueves como si llevaras años lejos de ti misma.

Pasamos el resto de la noche entre preguntas y respuestas, yo con un mojito en la mano, él con una cerveza fría. En algún momento le conté que mi marido estaba en Madrid, que las cosas no estaban bien, que había venido precisamente para no pensar. Mateo me escuchó sin el gesto de incomodidad que tienen los hombres cuando una mujer les cuenta algo real.

—¿Y qué te gustaría sentir esta noche? —preguntó cuando el bar empezaba a vaciarse.

La pregunta no era barata. Era genuina.

—Disponible —respondí.

***

Caminamos por el puerto. El olor a mar se mezclaba con el sonido del agua contra los muelles y el murmullo de la gente que salía de los bares. Hablamos poco. A veces el silencio es la conversación más honesta.

Fue entonces cuando se detuvo.

—¿Puedo preguntarte algo raro?

—Adelante.

—¿Eres la madre de Andrea Cortés?

La sangre tardó dos segundos en volver a circular.

—Soy Cristina Cortés Vidal. Andrea es mi hija mayor. ¿Por qué?

—Porque fui su novio casi un año.

El mundo se detuvo. Sentí que el suelo bajo mis pies no era del todo firme. Mateo era el chico que Andrea había dejado, el que a veces aparecía en conversaciones de mesa como «ese chico tan majo con quien salía».

—¿Y qué pasó entre vosotros?

—Ella me fue infiel.

Lo dijo sin dramatismo, con la serenidad de quien ya ha digerido el dolor.

—Mi hija te fue infiel —repetí lentamente, como si la frase necesitara tiempo para aterrizar—. Y ahora estoy aquí contigo sin saberlo.

—Y tú me gustaste antes de saber que eras su madre —dijo con una sonrisa que llevaba la ironía y el humor perfectamente mezclados—. La vida tiene una forma peculiar de organizarse.

Silencio. Las olas. La brisa moviendo la falda de mi vestido. Entonces Mateo se inclinó y me besó: despacio, firme, sin pedir permiso pero sin arrebato. Un beso que no preguntaba sino que afirmaba. Sentí un calor subiéndome desde el vientre hasta la nuca.

No me alejé.

***

Su piso estaba en el barrio del Palo, cuarto piso sin ascensor, con una ventana que daba al Mediterráneo. Un estudio pequeño: sofá cama, mesa con libros apilados, una cocina de rincón. Lo que me detuvo fue esa ventana: la madera blanca, gastada por la sal, abierta a un balcón de hierro desde el que el mar se veía moverse en la oscuridad como algo vivo.

—Si cambias de opinión, te llamo un taxi —dijo antes de cerrar la puerta.

—¿Y si no la cambio?

Sus ojos, de ese azul que en la oscuridad parecía gris, se fijaron en los míos.

—Entonces harías algo que llevas tiempo negándote a ti misma.

Cerré la puerta.

Me besó en el cuello, despacio, recorriendo la piel como quien tiene toda la noche y no piensa malgastarla. Sus manos soltaron la cremallera del vestido sin prisa. Yo le quité la camisa. Debajo había un pecho moreno, firme, con vello oscuro. Lo recorrí con los dedos antes de pensar en lo que estaba haciendo.

—¿Cuánto hace que no te tocan así? —susurró contra mi oído.

—Demasiado.

Llegamos a la cama con la ropa tirada por el camino. Me miró entera antes de acercarse: el encaje del sujetador, la curva de mis caderas, la piel que ya no era la de los treinta pero que seguía siendo mía. No vi en su cara el gesto condescendiente del que hace un favor. Vi deseo de verdad, el que no sabe fingirse.

Empezó por el cuello, bajó despacio por el escote hasta llegar a mis pechos. Los besó, los succionó con paciencia, sin apresurarse. Sentí calor entre las piernas antes de que me tocara ahí. Cuando su boca llegó a mi vientre y siguió bajando, mis caderas se movieron solas, anticipando. Su lengua encontró el clítoris con una precisión que no esperaba, con un ritmo constante que fue construyendo tensión durante minutos.

Me corrí con los dedos aferrados a las sábanas y un gemido que no me había escuchado en años.

—¿Bien? —preguntó subiéndose a besarme.

Su sabor en mi boca me encendió de nuevo. Lo puse boca arriba, lo miré antes de bajar. Era grande, ya sin paciencia. Lo besé, lo tomé en la boca, escuché cómo su respiración cambiaba con cada movimiento. Después me monté encima y lo dejé entrar despacio, centímetro a centímetro, hasta que no quedó espacio entre los dos.

Me moví. Él se agarró a mis caderas. Encontramos el ritmo pronto, ese que no se busca sino que aparece solo cuando los cuerpos se entienden. Me corrí dos veces más antes de que él terminara con las manos apretadas en mi cintura y un gemido largo que llenó la habitación pequeña.

Nos quedamos inmóviles un momento, recuperando el aliento. La ventana estaba entornada y entraba el ruido del mar.

—Nunca me había corrido tantas veces seguidas —dije cuando pude hablar—. Ni siquiera sabía que podía.

Mateo sonrió y se levantó al baño. Cuando volvió se tumbó a mi lado y me abrazó. Me dormí antes de que pudiera pensar en nada.

***

A la mañana siguiente el sol se colaba por la ventana. Mateo dormía boca abajo. Fui al baño, me refresqué y preparé café descalza en ropa interior. Cuando apareció en la cocina con los ojos entrecerrados, me abrazó por detrás.

—Qué bien huele esto.

—¿El café o yo?

—Los dos.

Desayunamos en la pequeña barra de la cocina. A la luz del día, el estudio era más luminoso de lo que parecía de noche. Estanterías llenas de libros de política, un mapa del mundo clavado en la pared. Le pregunté por los libros.

—Estoy terminando Relaciones Internacionales —dijo—. Me quedan dos asignaturas y el trabajo final.

—No te lo esperaba.

—¿Por qué? ¿Crees que los camareros no leen?

—No —me apresuré a rectificar—. Es que pareces mayor de lo que indica tu edad. Más asentado.

—He trabajado desde los diecisiete. Eso envejece bien si tienes suerte.

Me contó que había hecho de todo: mozo de almacén, animador infantil, camarero en Ibiza y en la Costa del Sol. Ahorraba en verano para pagar la carrera en invierno. Opositar a la Unión Europea era su plan a largo plazo. Estudiaba inglés y francés por las noches.

Mateo era como una caja de bombones: cada capa escondía algo inesperado. El camarero de ojos azules resultaba ser una persona con más capas de las que aparentaba.

Me fui cuando llegó el taxi. Sin promesas, sin conversaciones densas. Le di un beso en la mejilla.

—Ha sido muy bueno —dije.

—Para mí también.

***

En la playa, Sofía y Laura me esperaban en las toallas. Me tumbé entre las dos, agotada.

—No contestabas los mensajes —dijo Sofía.

—Estaba ocupada.

—¿Ocupada cómo?

—Descubriendo los orgasmos múltiples.

Las dos se rieron tan fuerte que la familia de al lado nos miró con reproche. Les conté casi todo. Casi: me callé lo de la hija. No porque me avergonzara, sino porque aún no sabía qué hacer con esa información.

—Si el cuerpo te pide volver a verlo, llámalo —dijo Sofía—. Es mejor hacer las cosas que martirizarse por no haberlas hecho.

Dejé pasar un día. Finalmente escribí:

—Soy Cristina. ¿Sigues libre mañana para comer?

—Para ti sí.

***

Quedamos cerca del mercado central. Llegó puntual, con pantalones de lino y una camisa azul que le hacía los ojos más claros. Fuimos a un bar de tapas de esos con las mesas pegadas y la carta escrita en pizarra. Boquerones, gambas al ajillo, una ensalada de tomate que sabía a verano. Hablamos sin parar: de la vida, del trabajo, del mar, de lo que una quiere cuando ya no le importa tanto lo que se supone que debe querer.

A las cinco estábamos subiendo las escaleras de su piso.

Esa tarde fue diferente a la primera noche. Más tranquila, más segura de lo que hacía. Me desnudé sin apresuramiento. Cuando me puse a cuatro patas en la cama y lo miré por encima del hombro, vi que no necesitaba más explicaciones.

—Así —dije.

Se colocó detrás. Me agarró por las caderas y entró esta vez sin condón, despacio, dejando que mi cuerpo se adaptara antes de moverse. Lo sentí completamente, sin intermediarios, cada detalle. El placer fue creciendo con cada embestida, construido sin prisa, ladrillo a ladrillo. Me aferré a las sábanas y me dejé llevar.

Me corrí dos veces antes de que él terminara. Cuando lo hizo lo sentí vaciarse dentro de mí con un gruñido que me recorrió entera. Caí sobre la cama con los brazos y las piernas flojos.

—Qué bien —murmuré contra la almohada.

—¿Sí?

—Mucho.

Nos duchamos juntos. Me acompañó a la puerta del taxi.

—Me gustaría volverte a ver —dijo.

—A mí también me ha gustado verte. Pero creo que es mejor dejar el recuerdo donde está. Los recuerdos bonitos duran más cuando no se insiste en ellos.

Le di un último beso. El taxi arrancó y me quedé mirando la calle por la ventanilla hasta que el edificio de fachada amarilla desapareció.

***

Regresé a Madrid. Las semanas siguieron su ritmo. Andrea llamó desde Valencia para decir que ella y Damián se instalaban juntos. Irene empezó a hacer prácticas en una clínica del centro. Rodrigo me propuso un viaje por Andalucía a finales de agosto, los dos solos, como hacíamos antes de que las hipotecas y las niñas nos fueran comiendo el tiempo. Acepté.

Fue mejor de lo que esperaba. Rodrigo estaba distinto: más presente, más atento, como si la terapia y el susto le hubieran devuelto algo que yo creía perdido. La última noche, en un hotel frente al mar en Almería, me puse la camisola que llevaba sin estrenar desde hacía meses. Nos acostamos. Fue suave, sin estridencias, gustoso. Me corrí un par de veces, cosa que no recordaba haber conseguido con él en años. No supe si agradecérselo a Rodrigo o a Mateo, que sin saberlo me había recordado cómo funcionaba mi propio cuerpo.

En octubre me matriculé en un curso de cosmetología. Algo que siempre había querido hacer y que nunca había hecho porque siempre había algo más urgente: las niñas, la casa, el trabajo de Rodrigo, la vida entera que había construido para otros.

***

Cerca de Navidad, mientras repasaba apuntes de biología cutánea, llegó un mensaje:

«Llevo dos meses en Madrid. Me gustaría verte, aunque entenderé cualquier respuesta. Mateo.»

Sonreí. No respondí de inmediato. Pero tampoco borré el mensaje.

Aquella semana en Málaga había sido muchas cosas a la vez: una traición, una liberación, una pregunta sin respuesta, una respuesta sin pregunta. No sabía si volvería a ver a Mateo. Lo que sí sabía era que ya no era la misma mujer que había subido las escaleras de aquel edificio de fachada amarilla creyendo que el deseo era un museo al que hacía años que no entraba.

Fui al baño, me miré en el espejo y por primera vez en mucho tiempo, me gusté.

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Comentarios (9)

Nocturna44

Que relato tan bueno... me dejo sin palabras. Sigue escribiendo así!

JorgeDelSur

Necesito la segunda parte ya, me quede con ganas de mas jeje

LuciaMar85

Me recordo a unas vacaciones que tuve hace unos años, esa sensacion de encontrarte con alguien que no esperabas para nada. Lo capturas perfecto

SebaMdz

increible!!!

un_lector_curioso

Y cómo termina la historia con Mateo? Espero que haya una segunda parte, quede enganchado

diana_78

Qué manera tan bonita de contar esto. Sin ser burdo se siente todo. Bravo!

CarmenViajera

jaja uno va de vacaciones sin buscar nada y mira lo que pasa jejeje. Muy buen relato

guillermo2024

Uno de los mejores relatos de esta categoría que lei en mucho tiempo. Saludos desde México

RobertoGDL

El comienzo te atrapa de entrada, esos primeros párrafos tienen algo especial. Buen trabajo, esperando mas

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