La madura que aprendió a correrse en Málaga
La primera señal no fue un mensaje en el teléfono ni un nombre extraño en la agenda. Fue un perfume. Rodrigo llegó aquella noche con el traje impecable, el pelo en su sitio y esa sonrisa de hombre que cree que el mundo le pertenece. Me besó en la mejilla, rápido, sin mirarme. Yo, sin pensarlo, me acerqué a su cuello. El olor de su colonia estaba ahí, el mismo de siempre. Pero debajo había otro: más dulce, más joven, insolente como una visita que no pide permiso.
Esa noche no dije nada. Esperé en la cocina con un vaso de agua a medio beber, mirando las baldosas, mientras la sangre me hervía por dentro.
—¿Todo bien en el trabajo? —pregunté cuando subió.
—Perfecto —respondió sin soltar el cinturón—. Una reunión larga, pero productiva.
Mentira. Me lo supe en ese instante con la certeza fría de quien lleva veintisiete años leyendo a alguien.
***
Me lo confesó tres semanas después. Una chica de veintitrés años del departamento de marketing. Rodrigo dijo que había sido un error, una locura, que no significaba nada. Yo lo escuché con la misma cara que pongo cuando me hablan de reformas en el garaje comunitario: atenta, asintiendo, sin interrumpir. Después le pedí terapia de pareja y él dijo que sí.
El psicólogo nos recibía los miércoles en su consulta del centro de Las Rozas. Un hombre tranquilo, con barba gris y un cuaderno de tapas negras donde lo anotaba todo. Nos hizo preguntas que yo nunca me había formulado: «¿Cuándo fue la última vez que se sintió vista por su marido?», «¿Qué espera usted de esta relación en los próximos cinco años?». Preguntas que no quería responder en voz alta porque implicaban admitir que llevaba años siendo el mobiliario de mi propio matrimonio.
Salvamos el vínculo, como dicen. Pero la confianza tardó en volver. Y en la cama, más. Rodrigo me buscaba una vez cada tres semanas, siempre igual: cinco minutos de manoseo torpe, se subía encima, se corría, apagaba la luz. Yo me quedaba con el coño empapado y la rabia mordiéndome por dentro, terminando yo sola con la mano bajo las bragas mientras él roncaba.
***
Laura y Sofía me llevaban meses dando la lata. Cuarentonas, solteras por elección, compañeras de gimnasio con más criterio que la mayoría de los casados que yo conocía. Laura con su mantra de que no le rendía cuentas a nadie; Sofía convencida de que el matrimonio era una institución que le quedaba grande a casi todo el mundo.
—Cristina, o te vienes a Málaga con nosotras o te secuestramos —dijo Laura en el vestuario del gimnasio.
Al principio me excusé como siempre. La casa. Las niñas. El trabajo de Rodrigo. Andrea, la mayor, se había ido a Valencia con un periodista llamado Damián; Irene, la pequeña, estaba terminando un máster en nutrición y apenas aparecía por casa. Excusas, todas. Una tarde, mientras tendía la colada de Rodrigo en el tendedero, miré el cielo gris de octubre y me pregunté cuándo había dejado de ser yo el centro de mi propia vida. Abrí el chat grupal y escribí:
—Me apunto. Reservad para tres.
Compré dos bañadores nuevos y un vestido largo que llevaba tiempo mirando en el escaparate. Mi peluquera me aclaró el tinte un par de tonos. Rodrigo me acompañó al aeropuerto y me dio un beso tibio en los labios, el primero en semanas.
—Pásatelo bien —dijo. Y sonó a verdad.
***
El hotel era pequeño, blanco, a cuatro calles de la playa. Balcones de hierro, sábanas que olían a lavanda, una terraza desde la que el Mediterráneo parecía esperarnos. Pasamos los dos primeros días sin horario: desayuno tarde, playa, vermú, siesta, paseo nocturno. Fui olvidándome de las facturas, de las conversaciones de barrio, de la cara de Rodrigo mirando el teléfono. Málaga tenía ese efecto: te recordaba que existías.
La tercera noche acabamos en un bar del centro histórico, techos altos, paredes encaladas, el aire cargado de música y risas. Sofía pidió tres copas de albariño antes de que nos sentáramos.
—Esta noche no volvemos antes de las dos —anunció.
El camarero era joven. Alto, pelo castaño algo despeinado, con esa manera de moverse entre las mesas que tienen los que llevan años en el oficio. Nos tomó nota con una sonrisa ladeada que subía automáticamente el importe de la propina.
—¿Una copa más, señoras?
—Señoras lo será tu madre —le cortó Sofía con el vaso en la mano—. Vuelves a decirme eso y te enseño lo que vale un peine.
—Mis disculpas —dijo él sin perder la sonrisa—. Damas, entonces.
Sofía me guiñó el ojo cuando él se fue.
—Le gustas. Míralo.
—Tiene veinte años.
—Veintitantos como mínimo. Y está como un tren. Ese te folla hasta dejarte sin apellidos.
—Sofía, por Dios.
—¿Qué? Se te nota en la cara que hace meses que no te comen el coño en condiciones.
No contesté. Pero miré. Y era cierto. Se notaba el bulto marcado bajo los vaqueros cuando se agachaba a recoger vasos, y las manos, esas manos grandes con dedos largos, me hicieron apretar los muslos bajo la mesa.
Me levanté a pagar en la barra y él apareció para atender la caja. Al darme el cambio noté algo rígido en la palma. Monedas. Y debajo, un trozo de papel doblado.
—Es para ti —dijo en voz baja.
Lo desplegué en el bolso, ya sentada. Decía: «Me llamo Mateo. Si quieres, mañana estoy en La Bocana». Un número de teléfono debajo.
No dormí muy bien esa noche. No por culpa suya, sino por culpa mía. Me metí la mano bajo el camisón pensando en él, en su boca, en su polla que imaginaba dura y gruesa, y me corrí mordiendo la almohada para que Sofía y Laura, en la cama de al lado, no me escucharan.
***
La Bocana era un chiringuito sin pretensiones a pie de playa, bien decorado, lleno de gente menor de treinta. Cuando llegamos las tres, quise darme la vuelta. ¿Qué hacía yo ahí? Sofía me tomó del brazo antes de que pudiera escapar.
—Ya que has elegido el sitio, tú pides la primera ronda. Y si alguien te saca a bailar, dices que sí.
—No he venido a ligar.
—¿Quién habla de ligar? —dijo Laura—. Solo de follar.
—Laura.
—¿Qué? Es lo que hace falta. Que alguien te suelte los cables. Rodrigo lleva años sin tocarte el clítoris y lo sabes.
Mateo estaba con un grupo de amigos en una mesa cerca de la pista. Camisa de manga corta, vaqueros, piel tostada. Cuando nuestras miradas se cruzaron, levantó el vaso despacio, como un saludo. Sentí algo en el pecho —y más abajo, entre las piernas— que hacía años que no reconocía.
—Ya te ha visto —susurró Sofía.
—Ya lo sé.
—¿Y?
—Y tengo cincuenta y cuatro años.
—Y un coño que funciona perfectamente —respondió Laura—. Deja de inventarte excusas.
El DJ subió el volumen. Sofía y Laura me arrastraron a la pista. El ritmo, el aire salado, la sensación de no tener que rendir cuentas a nadie: todo invitaba a moverme. Noté una mano en el hombro.
—¿Te importa si me quedo?
Era Mateo. Se había acercado despacio, sin atropellar el espacio.
—No bailo bien —advertí.
—Yo tampoco. No estamos en un concurso.
Bailamos torpemente al principio, como dos personas que están aprendiendo el idioma del otro. Sus manos encontraron mis caderas con cuidado, acercándome sin apretar. El espacio entre los dos se fue cerrando solo, como cuando el agua encuentra el camino sin que nadie se lo indique. En un giro sentí su polla apretada contra mi culo, dura, marcándose a través del vaquero, y me quedé quieta un segundo, con el aire cortado.
—Perdona —murmuró contra mi oreja—. No lo puedo evitar contigo pegada.
—No te disculpes —dije yo, y me apreté un poco más contra él a propósito.
—¿Cuánto hace que no bailas así? —preguntó.
—¿Así cómo?
—Sin pensar en lo que te espera en casa.
Me reí, porque había dado en el clavo.
—Mucho tiempo.
—Se nota —dijo, sin juzgarme—. Te mueves como si llevaras años lejos de ti misma.
Pasamos el resto de la noche entre preguntas y respuestas, yo con un mojito en la mano, él con una cerveza fría. En algún momento le conté que mi marido estaba en Madrid, que las cosas no estaban bien, que había venido precisamente para no pensar. Mateo me escuchó sin el gesto de incomodidad que tienen los hombres cuando una mujer les cuenta algo real.
—¿Y qué te gustaría sentir esta noche? —preguntó cuando el bar empezaba a vaciarse.
La pregunta no era barata. Era genuina.
—Disponible —respondí—. Y follada. Follada bien, como hace años que no me follan.
Se le oscurecieron los ojos. Se acercó a mi oído.
—Eso te lo puedo arreglar.
***
Caminamos por el puerto. El olor a mar se mezclaba con el sonido del agua contra los muelles y el murmullo de la gente que salía de los bares. Hablamos poco. A veces el silencio es la conversación más honesta.
Fue entonces cuando se detuvo.
—¿Puedo preguntarte algo raro?
—Adelante.
—¿Eres la madre de Andrea Cortés?
La sangre tardó dos segundos en volver a circular.
—Soy Cristina Cortés Vidal. Andrea es mi hija mayor. ¿Por qué?
—Porque fui su novio casi un año.
El mundo se detuvo. Sentí que el suelo bajo mis pies no era del todo firme. Mateo era el chico que Andrea había dejado, el que a veces aparecía en conversaciones de mesa como «ese chico tan majo con quien salía».
—¿Y qué pasó entre vosotros?
—Ella me fue infiel.
Lo dijo sin dramatismo, con la serenidad de quien ya ha digerido el dolor.
—Mi hija te fue infiel —repetí lentamente, como si la frase necesitara tiempo para aterrizar—. Y ahora estoy aquí contigo sin saberlo.
—Y tú me gustaste antes de saber que eras su madre —dijo con una sonrisa que llevaba la ironía y el humor perfectamente mezclados—. La vida tiene una forma peculiar de organizarse.
Silencio. Las olas. La brisa moviendo la falda de mi vestido. Debería haber dado media vuelta. Debería haberme ido al hotel, meterme en la cama con Sofía y Laura, olvidar. En vez de eso pensé: mi hija le puso los cuernos a este chico. Mi marido me los puso a mí. Y este cuerpo que llevo aguantando veintisiete años me está pidiendo a gritos que me lo folle.
Entonces Mateo se inclinó y me besó: despacio, firme, sin pedir permiso pero sin arrebato. Un beso que no preguntaba sino que afirmaba. Me metió la lengua sin timidez, me mordió el labio inferior, y sentí un calor subiéndome desde el vientre hasta la nuca, y otro bajando hasta empaparme las bragas.
No me alejé.
***
Su piso estaba en el barrio del Palo, cuarto piso sin ascensor, con una ventana que daba al Mediterráneo. Un estudio pequeño: sofá cama, mesa con libros apilados, una cocina de rincón. Lo que me detuvo fue esa ventana: la madera blanca, gastada por la sal, abierta a un balcón de hierro desde el que el mar se veía moverse en la oscuridad como algo vivo.
—Si cambias de opinión, te llamo un taxi —dijo antes de cerrar la puerta.
—¿Y si no la cambio?
Sus ojos, de ese azul que en la oscuridad parecía gris, se fijaron en los míos.
—Entonces te voy a follar como llevas años esperando que te follen.
Cerré la puerta yo misma.
Se me tiró encima contra la pared del recibidor. Me besó la boca, el cuello, la clavícula, mientras sus manos me bajaban la cremallera del vestido con una calma que contrastaba con la urgencia de sus labios. El vestido cayó al suelo. Me quedé en sujetador y bragas de encaje negro, con el corazón golpeándome contra las costillas como si tuviera veinte años.
—Joder —dijo él, retrocediendo un paso para mirarme entera—. Estás para comerte.
—No digas eso si no lo piensas.
—Lo pienso. Mírame la polla. Mírala.
Bajé los ojos. El bulto del vaquero era imposible de ignorar. Alargué la mano y le apreté por encima de la tela: dura, gruesa, palpitando bajo mis dedos. Se le escapó un gemido bajo.
Le desabroché el cinturón. Le bajé los vaqueros y los calzoncillos de un tirón. Su polla saltó fuera, más grande de lo que había imaginado —y había imaginado bastante—: gruesa, recta, con la cabeza roja y brillante ya de precorrida. La agarré con la mano. No me llegaban los dedos a rodearla del todo.
—Dios mío —murmuré.
—¿Te gusta?
—Es enorme.
Me arrodillé sin pensarlo. Le lamí la punta despacio, saboreando la sal de la piel, y me la metí en la boca centímetro a centímetro. Le llegué hasta la mitad y sentí que me atragantaba. Saqué, respiré, y volví a hundirme más. Mateo apoyó la mano en la pared y me miró desde arriba con los ojos entornados.
—Así, joder, así.
Le chupé la polla con hambre, con la baba corriéndome por la barbilla, mirándolo a los ojos mientras se la metía y se la sacaba. Le pasé la lengua por el tronco, le lamí los huevos, se los besé uno a uno mientras le hacía una paja lenta con la mano. Él me apretaba el pelo con los dedos, sin forzarme, pero temblando.
—Para —dijo cuando sentí que empezaba a hincharse más—. Para o me corro en tu boca ahora mismo, y no quiero eso todavía.
Me levantó por los codos. Me llevó a la cama a empujones, entre besos, arrancándome el sujetador por el camino. Cuando caí de espaldas sobre el colchón, me arrancó las bragas de un tirón. Las bragas negras, empapadas, quedaron colgando de su mano un segundo antes de que las tirara al suelo.
—Estás chorreando —dijo, mirándome el coño abierto—. Mira cómo estás.
Me abrió las piernas de par en par y se echó boca abajo entre ellas. La primera lamida me arrancó un gemido tan largo que me tapé la boca. Su lengua encontró el clítoris con una precisión que Rodrigo nunca había tenido: círculos lentos, presión constante, alternando con chupetones suaves que me hacían levantar las caderas de la cama. Me metió dos dedos, gruesos, y los curvó hacia arriba, buscando ese punto que hacía años que nadie tocaba.
—Ay, Dios, ay Dios —jadeé—. Ahí, ahí no pares.
Aceleró la lengua. Los dedos entrando y saliendo, húmedos, obscenos, haciendo un ruido líquido que me daba más morbo del que quería admitir. Me apreté los pechos yo misma, me pellizqué los pezones, y me corrí gritándole el nombre, con las piernas cerrándose alrededor de su cabeza y las manos aferradas a las sábanas. Un orgasmo largo, que me sacudió entera, que me dejó temblando y con el coño palpitando descontrolado.
—¿Bien? —preguntó, subiendo a besarme con la barbilla brillante de mi propio flujo.
Su sabor en mi boca —salado, mío— me encendió de nuevo. Lo besé con hambre, chupándole la lengua, saboreándome. Le empujé el hombro y lo puse boca arriba.
—Ahora te toca a ti.
Bajé por su cuerpo, le mordí la tetilla, le lamí el vientre, y volví a tener su polla en la boca. Esta vez sin piedad. Me la metí hasta el fondo, hasta que la garganta se me contrajo, y aguanté un segundo antes de sacarla con un hilo de saliva. Le hice una mamada larga, ruidosa, cerrando los labios apretados alrededor del tronco mientras subía y bajaba. Le lamí los huevos y se los chupé uno dentro de la boca. Él tenía las dos manos en mi pelo y gemía con la cabeza echada hacia atrás.
—Ven aquí —dijo con la voz ronca—. Móntate encima. Quiero verte.
Me subí encima. Me agarré la polla y me la coloqué en la entrada. Estaba tan mojada que la cabeza resbaló dentro sola. Me dejé caer despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me abría, cómo me llenaba entera. Cuando toqué su pelvis con mi culo tuve que quedarme quieta.
—Joder —jadeé—. Es que no me cabes.
—Sí que te cabo. Mira. Ya está toda dentro.
—Es que me llenas todo.
Empecé a moverme. Arriba y abajo, despacio al principio, cabalgándolo con las manos apoyadas en su pecho. Él se me quedó mirando las tetas botando, la mandíbula apretada, aguantando. Aceleré. Le monté más fuerte, más rápido, sintiendo cómo su polla me tocaba en un sitio que nunca me habían tocado, un sitio que me hacía apretar los dientes y morderme el labio.
—Así, guarra, así —gimió—. Móntame esa polla. Que no se te olvide en la vida.
El dirty talk me puso a cien. Me incliné hacia adelante y le pegué las tetas en la cara. Se las comió: me chupó los pezones alternándolos, me los mordió con cuidado, me lamió el escote. Sus manos me agarraron el culo y empezó a embestirme desde abajo, subiendo las caderas con fuerza contra mí, follándome desde abajo mientras yo caía sobre él.
Me corrí otra vez. Fuerte. Con espasmos que me hicieron cerrarme en torno a su polla y arañarle el pecho sin querer.
—Aguanta —le pedí cuando pude respirar—. Todavía no.
—No aguanto mucho más.
—Ponme a cuatro patas.
Me sacó, me giró, me colocó boca abajo con el culo levantado. Sentí su mano en la nuca empujándome contra la almohada, la otra abriéndome las nalgas. Me metió la polla de una embestida larga y lenta que me arrancó un gemido animal, y ahí empezó a follarme en serio. Fuerte. Sin freno. Golpe tras golpe contra el culo, los huevos rebotándome en el clítoris, sus manos apretándome las caderas para embestirme más profundo.
—Toma, toma coño casada, toma polla —jadeaba detrás de mí—. Mira cómo te la traga tu coño de mujer casada.
—Sigue, sigue, no pares, joder no pares.
Me follaba con una furia contenida que no era rabia, era ganas, ganas puras. Me metió un dedo en la boca y me lo hizo chupar. Después me lo bajó por la espalda, mojado de saliva, y me apretó el ojete del culo mientras seguía embistiéndome. La sensación doble —la polla dentro, el dedo apretando por fuera— me hizo temblar entera.
—Voy otra vez —le avisé con la voz rota contra la almohada—. Otra vez, otra vez.
—Córrete. Córrete en mi polla.
Me corrí gritando, mordiendo la funda, con todo el cuerpo temblando. Él siguió embistiendo unos segundos más y de pronto se paró, me agarró las caderas con las dos manos y se hundió hasta el fondo, apretado contra mí. Sentí la polla hincharse dentro y después el chorro caliente inundándome por dentro, largo, espeso, corrida tras corrida mientras él gemía un «joder, joder, joder» ronco pegado a mi espalda.
Se dejó caer encima de mí. Los dos sudados, jadeando. Su polla seguía dentro, todavía dura, y sentí cómo su semen empezaba a escurrirse por mis muslos cuando por fin se salió.
Nos quedamos inmóviles un momento, recuperando el aliento. La ventana estaba entornada y entraba el ruido del mar.
—Nunca me había corrido tantas veces seguidas —dije cuando pude hablar—. Ni siquiera sabía que podía.
—Pues empezamos bien.
—¿Cómo que empezamos?
—La noche es larga.
Mateo sonrió y se levantó al baño. Cuando volvió con una toalla húmeda me limpió los muslos él mismo, despacio, con un cariño que no me esperaba después de la brutalidad de hacía cinco minutos. Se tumbó a mi lado y me abrazó. Sentí su polla, todavía semierecta, pegada a mi cadera. Me dormí antes de que pudiera pensar en nada.
Me desperté a las cuatro de la madrugada con su boca en mi cuello y sus dedos hurgándome entre las piernas. Me la metió por detrás, mientras yo estaba de lado, sin apenas despertarme del todo, follándome despacio, con el brazo alrededor de mí y la mano cerrada sobre una teta. Me corrí otra vez, dormida a medias, gimiendo bajito contra la almohada, y él se corrió detrás con dos embestidas hondas y calladas. Nos volvimos a dormir pegados, pegajosos, sin decir nada.
***
A la mañana siguiente el sol se colaba por la ventana. Mateo dormía boca abajo. Fui al baño, me refresqué —tenía el coño hinchado, sensible, con las marcas de sus dedos en las caderas— y preparé café descalza en ropa interior. Cuando apareció en la cocina con los ojos entrecerrados, me abrazó por detrás. Sentí su polla otra vez, dura contra mi culo a través de los calzoncillos.
—Qué bien huele esto.
—¿El café o yo?
—Los dos.
Me subió las bragas por encima de las nalgas y me metió una mano por delante, buscándome. Encontró el clítoris al primer intento y empezó a frotarme mientras me mordía el cuello.
—Otra vez no, que no puedo —le rogué riéndome.
—Una más. Rápido.
Me bajó las bragas hasta los muslos, me inclinó sobre la encimera, se sacó la polla y me la metió por detrás de pie, en la cocina, con la luz de la mañana entrando por la ventana. Me la clavó despacio, con cuidado, hasta el fondo, y me folló apoyada en el mármol mientras me frotaba el clítoris con dos dedos. Me corrí en dos minutos, mordiendo el filo de la barra, y él se corrió fuera esta vez, en mi espalda, largos hilos calientes que me chorrearon hasta el culo.
—Buenos días —dijo, riéndose, mientras me limpiaba con un trapo de cocina—. Ahora sí, café.
Desayunamos en la pequeña barra de la cocina. A la luz del día, el estudio era más luminoso de lo que parecía de noche. Estanterías llenas de libros de política, un mapa del mundo clavado en la pared. Le pregunté por los libros.
—Estoy terminando Relaciones Internacionales —dijo—. Me quedan dos asignaturas y el trabajo final.
—No te lo esperaba.
—¿Por qué? ¿Crees que los camareros no leen?
—No —me apresuré a rectificar—. Es que pareces mayor de lo que indica tu edad. Más asentado.
—He trabajado desde los diecisiete. Eso envejece bien si tienes suerte.
Me contó que había hecho de todo: mozo de almacén, animador infantil, camarero en Ibiza y en la Costa del Sol. Ahorraba en verano para pagar la carrera en invierno. Opositar a la Unión Europea era su plan a largo plazo. Estudiaba inglés y francés por las noches.
Mateo era como una caja de bombones: cada capa escondía algo inesperado. El camarero de ojos azules resultaba ser una persona con más capas de las que aparentaba.
Me fui cuando llegó el taxi. Sin promesas, sin conversaciones densas. Le di un beso en la mejilla.
—Ha sido muy bueno —dije.
—Para mí también.
***
En la playa, Sofía y Laura me esperaban en las toallas. Me tumbé entre las dos, agotada.
—No contestabas los mensajes —dijo Sofía.
—Estaba ocupada.
—¿Ocupada cómo?
—Descubriendo los orgasmos múltiples.
Las dos se rieron tan fuerte que la familia de al lado nos miró con reproche.
—Cuenta, cuenta —susurró Laura—. Con detalles.
—La tiene grande, ¿verdad? —soltó Sofía—. Se le notaba en el pantalón.
—Como no la tenía Rodrigo ni de recién casado.
—Ay, Dios.
—Me ha hecho correrme cinco veces. Cinco. Con la boca, montada encima, a cuatro patas, en la cocina esta mañana. Cinco.
—Bienvenida al mundo de los vivos, guapa —dijo Laura, y me pasó la crema solar.
Les conté casi todo. Casi: me callé lo de la hija. No porque me avergonzara, sino porque aún no sabía qué hacer con esa información.
—Si el cuerpo te pide volver a verlo, llámalo —dijo Sofía—. Es mejor hacer las cosas que martirizarse por no haberlas hecho.
Dejé pasar un día. Finalmente escribí:
—Soy Cristina. ¿Sigues libre mañana para comer?
—Para ti sí.
***
Quedamos cerca del mercado central. Llegó puntual, con pantalones de lino y una camisa azul que le hacía los ojos más claros. Fuimos a un bar de tapas de esos con las mesas pegadas y la carta escrita en pizarra. Boquerones, gambas al ajillo, una ensalada de tomate que sabía a verano. Hablamos sin parar: de la vida, del trabajo, del mar, de lo que una quiere cuando ya no le importa tanto lo que se supone que debe querer.
A las cinco estábamos subiendo las escaleras de su piso.
Esa tarde fue diferente a la primera noche. Más tranquila, más segura de lo que hacía. Me desnudé sin apresuramiento, dejando la ropa doblada sobre la silla. Él me miró desnuda desde la cama, con la polla ya asomada por el elástico de los calzoncillos, y no me dio ningún tipo de vergüenza. Al contrario: caminé hacia él sabiendo lo que quería y sabiendo cómo pedirlo.
—Túmbate —le dije.
Le bajé los calzoncillos. Me la metí en la boca sin preliminares, hasta el fondo, y le hice una mamada larga y lenta, con la mano apretándole los huevos suavemente. Le lamí de arriba abajo, le pasé la lengua por el frenillo hasta que se le puso los ojos en blanco. Cuando me pareció que estaba a punto de correrse, subí a besarlo.
—Cómeme —le pedí—. Como el otro día.
Me senté sobre su cara. Él me agarró los muslos y me acercó el coño a su boca. Empezó a comerme sin freno: lengua entera contra el clítoris, dedos entrando y saliendo, chupetones que me hacían levantar las caderas por instinto. Me apoyé en el cabecero con las dos manos y me froté contra su cara sin vergüenza, moviéndome como necesitaba. Le empapé la barbilla, la nariz, el cuello. Me corrí sobre su boca temblando, y él siguió lamiéndome despacio hasta que le tiré del pelo porque no aguantaba más.
—Ven —dije bajándome—. Ponme a cuatro patas.
Cuando me puse a cuatro patas en la cama y lo miré por encima del hombro, vi que no necesitaba más explicaciones.
—Así —dije—. Y sin condón. Quiero sentirte todo.
—¿Segura?
—Segura. Tomo la pastilla desde los treinta.
Se colocó detrás. Me agarró por las caderas y entró esta vez a pelo, despacio, dejando que mi cuerpo se adaptara antes de moverse. Lo sentí completamente, sin intermediarios, cada detalle: la piel caliente, las venas, el latido de su polla dentro de mí. Cuando llegó al fondo se quedó quieto un momento.
—Joder qué gusto sin goma.
—Fóllame —le pedí—. Fóllame despacio.
Empezó a moverse. Salidas largas, entradas lentas, sacándomela casi entera y volviendo a hundírmela hasta el fondo. El placer fue creciendo con cada embestida, construido sin prisa, ladrillo a ladrillo. Me aferré a las sábanas. Él se inclinó sobre mi espalda y me pasó la mano por el vientre hasta el clítoris. Me lo frotó al mismo ritmo que me follaba.
—Dime que te gusta —murmuró contra mi oreja.
—Me encanta. Me encanta tu polla.
—Dime que te la meta más fuerte.
—Métemela más fuerte. Rómpeme.
Aceleró. Las embestidas se volvieron secas, brutales, la piel chocando con la piel en un sonido húmedo y obsceno que llenó el estudio. Me agarró del pelo, no fuerte, lo justo para tirar de mí hacia atrás y cambiar el ángulo. Sentí la polla entrando desde otro sitio y grité contra la almohada.
—Ahí, ahí, así, así.
Me corrí dos veces antes de que él terminara. La primera con espasmos cortos que me hicieron cerrar los ojos con fuerza; la segunda, larga, poderosa, un orgasmo de piernas temblando y coño palpitando descontrolado alrededor de su polla.
—Voy a correrme —dijo con la voz apretada—. ¿Dónde?
—Dentro. Dentro, dentro.
Cuando lo hizo lo sentí vaciarse dentro de mí con un gruñido que me recorrió entera. Me apretó las caderas con las dos manos y empujó hasta el fondo, aguantando ahí, echando chorros calientes que sentí subir hasta la boca del útero. Se quedó dentro medio minuto largo, temblando encima de mí, y solo después se retiró despacio. Sentí el semen escurrirse de mí, caliente, corriendo por el interior del muslo.
Caí sobre la cama con los brazos y las piernas flojos.
—Qué bien —murmuré contra la almohada.
—¿Sí?
—Mucho.
Se tumbó a mi lado y me pasó un dedo por la espalda sudada. Me dio la vuelta despacio y me besó la boca, largo, lento, con el sabor del sexo entre los dos.
—Cristina.
—¿Qué.
—Todavía se te levanta la polla mirándome, ¿verdad?
—Todavía.
—Enséñamela otra vez.
Me arrodillé entre sus piernas. Se la agarré, blanda pero no del todo, todavía sucia de nosotros dos, y me la metí en la boca. Le hice una mamada limpiándosela con la lengua, chupándole hasta la última gota que le quedaba mientras subía a hincharse de nuevo dentro de mi boca. Le miré desde abajo, con la polla clavada en la garganta, y vi que abría los ojos con esa mezcla de sorpresa y ganas.
—Otra vez —dijo—. No te vas todavía.
—Una más.
Esta vez me montó encima. Boca arriba yo, él encima, con las piernas por encima de sus hombros, follándome doblada, hondo, con su cuerpo aplastando el mío. Me miró a los ojos todo el rato, sin apartar la mirada, y me la metió hasta un sitio donde nadie había llegado antes. Me tapé la cara con las manos porque no aguantaba tanta intensidad y me las apartó.
—Mírame. Mírame mientras te corres.
Le obedecí. Me corrí mirándole los ojos, con la boca abierta y sin sonido, con el cuerpo entero paralizado en un espasmo que pareció durar minutos. Él aguantó tres embestidas más y se corrió otra vez dentro, con la frente pegada a mi frente y los dientes apretados.
Nos duchamos juntos. Bajo el agua caliente me lavó la espalda, me enjabonó los pechos, me pasó los dedos entre las piernas para limpiarme con un cuidado que me hizo sentir cosas que no venían al caso. Me acompañó a la puerta del taxi.
—Me gustaría volverte a ver —dijo.
—A mí también me ha gustado verte. Pero creo que es mejor dejar el recuerdo donde está. Los recuerdos bonitos duran más cuando no se insiste en ellos.
Le di un último beso. El taxi arrancó y me quedé mirando la calle por la ventanilla hasta que el edificio de fachada amarilla desapareció.
***
Regresé a Madrid. Las semanas siguieron su ritmo. Andrea llamó desde Valencia para decir que ella y Damián se instalaban juntos. Irene empezó a hacer prácticas en una clínica del centro. Rodrigo me propuso un viaje por Andalucía a finales de agosto, los dos solos, como hacíamos antes de que las hipotecas y las niñas nos fueran comiendo el tiempo. Acepté.
Fue mejor de lo que esperaba. Rodrigo estaba distinto: más presente, más atento, como si la terapia y el susto le hubieran devuelto algo que yo creía perdido. La última noche, en un hotel frente al mar en Almería, me puse la camisola que llevaba sin estrenar desde hacía meses. Me tumbé en la cama y le agarré la mano, se la puse entre las piernas, sin hablar. Él se sorprendió pero entendió. Aquella noche follamos por primera vez en años de verdad: le pedí que me comiera el coño, cosa que llevaba década sin hacer, y él obedeció torpemente pero con ganas. Le enseñé cómo, con la mano, marcándole el ritmo. Me corrí un par de veces, cosa que no recordaba haber conseguido con él en años. Después me monté encima y le follé yo, moviéndome como había aprendido a moverme, mirándole a los ojos. Él se corrió mirándome, sorprendido, casi asustado de lo que estaba pasando entre nosotros. No supe si agradecérselo a Rodrigo o a Mateo, que sin saberlo me había recordado cómo funcionaba mi propio cuerpo.
En octubre me matriculé en un curso de cosmetología. Algo que siempre había querido hacer y que nunca había hecho porque siempre había algo más urgente: las niñas, la casa, el trabajo de Rodrigo, la vida entera que había construido para otros.
***
Cerca de Navidad, mientras repasaba apuntes de biología cutánea, llegó un mensaje:
«Llevo dos meses en Madrid. Me gustaría verte, aunque entenderé cualquier respuesta. Mateo.»
Sonreí. No respondí de inmediato. Pero tampoco borré el mensaje.
Aquella semana en Málaga había sido muchas cosas a la vez: una traición, una liberación, una pregunta sin respuesta, una respuesta sin pregunta. No sabía si volvería a ver a Mateo. Lo que sí sabía era que ya no era la misma mujer que había subido las escaleras de aquel edificio de fachada amarilla creyendo que el deseo era un museo al que hacía años que no entraba.
Fui al baño, me miré en el espejo y por primera vez en mucho tiempo, me gusté.