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Relatos Ardientes

La enfermera madura del turno de las tres

El turno de noche en el hospital de Las Lomas siempre era el más muerto. Después de las dos de la madrugada, los pasillos se vaciaban, las luces fluorescentes zumbaban sobre la sala de espera desierta y el único ruido era el del aire acondicionado y los pasos ocasionales del celador. A Carolina le gustaba así. Llevaba veintidós años de enfermera y, después de criar a dos hijas sola, había aprendido a disfrutar del silencio.

A sus cincuenta años conservaba ese tipo de cuerpo que los hombres de cualquier edad miraban dos veces. Tetas grandes que la bata blanca apenas disimulaba, caderas anchas, un culo todavía firme y unos labios pintados siempre con el mismo rojo discreto. Hacía tiempo que había dejado de avergonzarse por cómo la observaban. Al contrario: lo usaba cuando le convenía y lo ignoraba cuando no.

Aquella noche había sido tranquila. Una mujer con migraña, un anciano confundido al que su hijo recogió antes de la una, dos vecinos con un corte tonto. Nada más. Carolina se había servido un café del termo y se había sentado a leer en la sala de enfermería cuando la puerta automática zumbó.

Se asomó. Era un chico joven, alto, con un casco de moto bajo el brazo y la mano envuelta en un trapo manchado de sangre. Vestía la chaqueta naranja de una empresa de comida a domicilio y, por la cara que traía, llevaba un buen rato aguantando el dolor.

—Pasa —le dijo Carolina abriéndole la puerta de la consulta—. Siéntate ahí. Déjame ver eso.

El chico obedeció sin hablar. Olía a gasolina y a sudor frío. Cuando le quitó el trapo, ella vio un corte limpio en la base del pulgar, no muy profundo pero feo. Sangre fresca aún rezumaba del borde.

—¿Cómo te has hecho esto?

—Una caja con cristal dentro. El cliente no avisó —respondió él en voz baja—. Me llamo Mateo.

—Carolina. Tranquilo, esto se cura en quince minutos.

Mateo tenía esa cara que ella había aprendido a reconocer enseguida: veintipocos años, mandíbula firme, pestañas largas, esa especie de timidez de alguien que aún no termina de creerse atractivo. Llevaba una camiseta gris bajo la chaqueta y, cuando se la subió hasta el codo para que ella le limpiara el brazo, Carolina se fijó en los antebrazos: marcados, venosos, con esa fuerza serena de los chicos que se ganan la vida cargando cosas.

Le aplicó suero, desinfectó, le habló sin mirarlo demasiado para no quedarse mirándolo. Cuando le pasó el algodón con yodo, sintió el pequeño temblor del músculo bajo sus dedos. Lo miró por primera vez a los ojos.

Mateo apartó la vista enseguida.

Vaya. Lo he pillado mirándome.

Carolina sonrió por dentro. Sabía perfectamente lo que llevaba bajo la bata: un sujetador de encaje negro que se había puesto esa misma tarde sin ningún motivo concreto. A veces la vida era así.

—Aprieta aquí mientras preparo los puntos —le dijo, y se giró hacia el armario de material.

Sintió la mirada de él en la espalda. Se inclinó un poco más de la cuenta para coger las pinzas del estante bajo. La bata se le tensó sobre las caderas. Cuando se incorporó y se giró, lo cazó otra vez. Esta vez Mateo no apartó la vista tan rápido.

—¿Te pongo nervioso? —preguntó ella sin sonrisa, en tono profesional.

—Un poco —admitió él, y se le escapó una pequeña risa.

—Es la aguja, supongo —dijo Carolina mientras le ponía la anestesia local—. A todo el mundo le da impresión.

—Sí. La aguja.

Le dio tres puntos limpios, rápidos. Mateo no se quejó. Tenía las piernas un poco abiertas en la silla, las manos apoyadas en los muslos, y cuando ella se inclinó sobre la herida pudo sentir su respiración cerca del cuello. El chico olía a calle, a cuero del casco y a algo más cálido debajo.

Cuando terminó, Carolina se quitó los guantes y se apoyó en la camilla. El reloj de pared marcaba las tres y diez. El pasillo, fuera, seguía en silencio absoluto.

—Listo. Te firmo el parte y, si necesitas baja por hoy, también.

—No, no la necesito. Si paro hoy, mañana no como.

Carolina lo miró un instante más de lo necesario.

—¿Cuántos años tienes, Mateo?

—Veintitrés.

—Veintitrés —repitió ella, como si la cifra le hiciera gracia—. Podría ser tu madre, ¿lo sabes?

—Podría —dijo él, y esta vez la miró de verdad. Sin apartar los ojos.

Hubo un silencio largo, ese silencio que decide cosas. Carolina escuchaba su propia respiración. Sabía perfectamente lo que pasaría si no se levantaba ya y le entregaba el parte. Sabía perfectamente lo que pasaría si se quedaba callada un segundo más.

Se quedó callada.

—Espera aquí —dijo en voz baja.

Salió de la consulta, recorrió el pasillo, asomó la cabeza por la sala de enfermería. Su compañera del turno, Mariela, dormía en la silla con la tablet sobre el pecho. El celador estaba al otro extremo del edificio. Volvió, cerró la puerta de la consulta tres con el pestillo de dentro y bajó la persiana de la ventanita que daba al pasillo.

Mateo seguía sentado, con la mano vendada y los ojos fijos en ella.

—Si quieres irte, abro la puerta y no ha pasado nada —dijo Carolina, apoyada contra el marco—. Tú decides.

—No quiero irme.

Ella avanzó dos pasos, despacio. Le puso la mano sana en el muslo, justo encima de la rodilla, y subió. El chico tragó saliva.

—¿Has estado con una mujer de mi edad?

—No.

—Pues hoy sí.

***

Carolina se desabrochó la bata botón a botón. No tenía prisa. Quería que él lo viera. Cuando la dejó caer sobre el respaldo de la silla apareció el sujetador de encaje negro, lleno hasta los bordes, y unos pantalones blancos de uniforme que le marcaban la cadera. Mateo respiraba más rápido. Sin decir nada, ella se acercó y le pasó la mano por la nuca.

—Ven aquí.

El chico se levantó de la silla. Carolina le quitó la chaqueta naranja con cuidado de no rozarle la mano vendada, le sacó la camiseta gris y se quedó un momento mirándolo. El cuerpo era exactamente como lo había imaginado: hombros marcados de cargar bolsas, vientre plano, una pelusilla oscura que bajaba por el centro hasta perderse bajo la cinturilla del pantalón.

Le besó. Mateo besaba con la torpeza ansiosa de alguien que aún no tiene mucha práctica pero que ha pensado en eso durante todo el último año. Carolina le marcó el ritmo, le mordió el labio, le pasó la lengua despacio. Le agarró la mandíbula con las dos manos hasta que él dejó de tener prisa.

—Así —murmuró—. Despacio.

Le bajó la cremallera del pantalón. Mateo cerró los ojos cuando ella le metió la mano dentro de la ropa interior. Lo encontró duro, caliente, listo. No era enorme pero era ancho y firme, y al rozarlo con los dedos él soltó un gruñido bajo que a Carolina le encantó.

Se arrodilló sobre la moqueta vieja del hospital y le bajó el pantalón hasta los tobillos. Sin avisar, se la metió en la boca. Mateo soltó el aire de golpe y se agarró al borde de la camilla.

—Joder…

Ella sabía hacerlo. Sabía cuándo apretar los labios, cuándo dejar que la saliva escurriera, cuándo pasar la lengua por debajo del glande. Subía y bajaba con un ritmo lento, mirándolo desde abajo, viendo cómo el chico apretaba la mandíbula para no hacer ruido. Cada vez que Mateo se acercaba demasiado, ella lo soltaba y le besaba la cadera. Le iba a sacar el orgasmo donde ella quisiera, no donde él quisiera.

Después de un par de minutos así, se levantó. Le dio un beso largo en la boca, dejándole el sabor de su propio cuerpo, y le dijo al oído:

—Quítame el sujetador.

Mateo lo intentó con los dedos torpes, todavía nervioso, hasta que el corchete cedió. El sujetador cayó al suelo. Las tetas de Carolina se soltaron pesadas, llenas, con los pezones grandes y oscuros ya endurecidos. Él se las quedó mirando como un niño al que acaban de regalarle algo que ni se atrevía a pedir.

—Tócalas. No tengas miedo.

El chico las cogió con las dos manos. Las apretó con cuidado, después con más fuerza. Bajó la cabeza y le chupó un pezón. Carolina suspiró, le hundió los dedos en el pelo y lo dejó que se entretuviera ahí todo el tiempo que quisiera. Cuando Mateo le pasó la lengua entre los dos pechos y se los apretó uno contra otro, ella sintió el primer tirón de verdad entre las piernas.

—Ahora tú a mí —dijo, y se sentó en la camilla.

Se bajó los pantalones blancos, las bragas a juego con el sujetador, y se abrió de piernas. Mateo se quedó un instante mirándola. Carolina le tomó la nuca con suavidad y lo guió hacia abajo.

—Despacio. Con la lengua plana, ¿sí?

El chico aprendió rápido. Pasó la lengua de abajo arriba, despacio, una vez, dos veces. Carolina se mordió el dorso de la mano para no hacer ruido. La tercera vez él encontró el sitio que tenía que encontrar y empezó a moverse en círculos pequeños. Ella le fue marcando con la presión de los dedos en el pelo: aquí, así, no tan rápido. Mateo iba aprendiendo. Iba aprendiendo bien.

Cuando notó que se le subía el placer demasiado, le tiró del pelo hacia arriba.

—Para. Para o me corro y te quiero dentro.

***

Mateo se incorporó. Tenía la barbilla brillante. Carolina se levantó de la camilla, abrió un cajón del escritorio donde guardaba la bolsita con los pequeños botes de su perfume y, escondido detrás, sacó un preservativo. Le sonrió.

—Una nunca sabe.

Se lo puso ella misma, lentamente, mirándolo a los ojos. Después se giró, apoyó las manos en la camilla y arqueó la espalda.

—Así. Despacio al principio.

Mateo se colocó detrás. Le agarró la cadera con la mano sana, apoyó la vendada en su espalda baja, y entró. Carolina cerró los ojos y soltó un gemido bajo, gutural. Hacía mucho que un hombre no la llenaba así. El chico empezó a moverse, primero con cuidado, pero ella le pidió más, y más, hasta que Mateo perdió la timidez y empezó a embestir con todo lo que tenía. La camilla crujía. Las tetas de ella se balanceaban con cada golpe.

—Eso es… así, así, no pares —jadeaba Carolina, sujetándose al borde de la camilla.

El sonido húmedo de los cuerpos chocando llenaba la consulta cerrada. Por un segundo Carolina pensó en el pasillo, en la persiana bajada, en Mariela durmiendo a treinta metros. Le dio igual.

—Más fuerte. Más fuerte, Mateo.

El chico le dio más fuerte. Le agarró el pelo recogido en la coleta y tiró un poco. Le mordió el cuello. Carolina sintió cómo el orgasmo le subía de las piernas, le inundaba el vientre, le explotaba en la cara. Se mordió el antebrazo para no gritar mientras todo su cuerpo se contraía alrededor de él. Mateo la siguió un momento después, agarrándola por la cintura, vaciándose con un gruñido ahogado contra su nuca.

Se quedaron así unos segundos, sin moverse, oyendo solo sus propias respiraciones.

***

Carolina se vistió primero. Le pasó una toalla del armario, le ayudó a recolocarse el vendaje que se había aflojado, le abrochó la chaqueta naranja como si fuera una madre vistiendo a su hijo para el colegio. Mateo la miraba todavía aturdido, con los ojos brillantes.

—¿Esto pasa mucho? —preguntó él al fin.

—Casi nunca.

Le firmó el parte de asistencia. Le anotó cuándo tenía que volver para retirarle los puntos, dentro de diez días. Le pasó el papel y, antes de soltarlo, lo retuvo un segundo entre los dedos.

—Cuando vengas a quitártelos, pide turno de noche. Conmigo.

Mateo asintió sin hablar. Se puso el casco bajo el brazo y abrió la puerta. Antes de salir, se giró:

—Gracias, Carolina.

—De nada.

El pasillo seguía vacío. Sus pasos se perdieron hacia la salida automática. Carolina volvió a abrir la persiana de la ventanita, se sentó en la silla y respiró hondo. La consulta olía a desinfectante, a sudor y, débilmente, a ella misma. Se llevó los dedos a los labios y notó que aún le temblaba un poco la pierna izquierda.

Diez días. Volvería. Ese tipo de chicos siempre volvía.

Fuera, el cielo empezaba a aclarar sobre los tejados del barrio. Mariela seguía dormida en la sala de enfermería. El turno de noche, otra vez, había sido de los buenos.

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Comentarios (7)

Tomas72

Buenisimo!!! de los mejores de la categoria, sigan viniendo relatos asi

NicoRdz22

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber como termino todo esto jajaja

LucianoR7

Me encanto como fue creciendo la tension al principio. Las maduras siempre saben lo que hacen, tremendo

Fabio_Cba

jaja la sonrisa que no era profesional... ese detalle me mato. Muy bien escrito, sigue asi!

Dom55

Corto pero muy intenso. Deja con ganas de mas. Felicitaciones

Vanina_SF

Me recordo a cierta enfermera de un sanatorio donde trabaje... no voy a contar mas jajaja. Excelente relato!

LoboNorte_77

Ahora entiendo por que la gente va tanto al hospital 😂 Muy buen relato, esperando el proximo

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