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Relatos Ardientes

La actriz madura que me eligió tras meter tres goles

Para muchos no soy más que un futbolista que apenas supera la mediocridad. Debuté a los veinte en un equipo que pelea siempre la tabla baja, donde durante casi tres temporadas fui un suplente decente, alguien que entraba en el segundo tiempo cuando el partido ya estaba decidido. Hace año y medio me vendieron a un club de la B con la advertencia de que si no aceptaba, no volvería a pisar una cancha hasta que venciera mi contrato. Acepté.

Mi nombre es Lucas. No diré mi apellido por motivos obvios. Cuando ya pensaba en colgar los botines, la suerte empezó a inclinarse hacia mi lado. En la segunda división fui el máximo asistente del equipo y metí más goles que nunca. En cualquier otro momento de mi carrera eso me habría servido para fichar por algún club europeo, pero solo alcanzó para que un equipo de primera división se interesara en mí. No uno de los grandes, aunque su hinchada jure que sí.

Llegué en el último mercado de pases. En el primer partido di una asistencia de pura suerte: cabeceé queriendo meter el gol y el balón salió desviado, pareciendo un pase milimétrico al pie de un compañero que la metió de zurda. En el segundo fui un fantasma. En el tercero perdimos dos a cero y la crítica empezó a caer. Algunos decían que mi fichaje era el ejemplo perfecto de la decadencia del club; otros me defendían recordando aquella asistencia inicial.

¿Por qué les cuento todo esto? Para que entiendan que estar en boca de la gente, sea para bien o para mal, dispara tu popularidad. Mis seguidores en redes crecieron como espuma. De ser un don nadie pasé a tener una base sólida, y como buen pibe de barrio decidí aprovecharlo. Mandaba mensajes a todo lo que se moviera. Las modelos no me respondían, pero las chicas del barrio sí, y a más de una convencí de subir conmigo a mi departamento de Palermo para no contestarles más al día siguiente.

Así pasaron las semanas. Diez partidos, dos asistencias más, un contragolpe que terminó costándonos el empate. Un domingo me amaban, el siguiente me odiaban. Los pseudoperiodistas me catalogaban de «irregular», y gracias a esa irregularidad mi nombre seguía circulando.

Hasta que una noticia desplazó mis titulares. Una actriz famosa a nivel mundial, una mujer madura de unos sesenta años espectacularmente conservada, había aterrizado en Buenos Aires para investigar un papel. Pelo platinado, piel impecable, el porte de las divas del cine clásico. Se llamaba Olivia Bell. En una entrevista declaró que era hincha de mi club desde hacía años y que iría al estadio el domingo siguiente.

El destino quiso que ese domingo yo metiera tres goles. Dos fueron golazos de verdad; el tercero, un rebote afortunado. Las portadas se llenaron de mi cara y de la suya alentando desde la platea VIP. Las redes ardían. Pensé que, si esto no era una señal, no sé qué lo sería.

Le mandé un mensaje por la red social. No esperaba respuesta, igual que con cualquier otra. Pero a las pocas horas vi su nombre iluminado en mi bandeja.

—Hola, Olivia. Soy Lucas, el pibe que metió los tres goles del domingo. Vi que estuviste en la cancha. No es algo de todos los días que una mujer como vos se siente entre la hinchada.

—Vaya, vaya. El chico del momento —respondió, y por la forma en que escribía cada palabra imaginé el acento gringo que arrastraría—. Sí, estuve ahí. Fue una actuación interesante.

—Me alegra que te dieras el gustito. ¿O viniste de turista, onda zoológico?

—¿Zoológico? Por favor. Pero corres rápido, eso te lo concedo. Es tierno que pensaras en escribirme. ¿Te lo dijo tu agente?

—No tengo agente. Tengo cabeza propia. Y pensé que era una boludez no saludarte. Sos la única gringa que se animó a la cueva.

Tardó un par de minutos en contestar. Después llegó la línea que terminó de envalentonarme.

—Bien. Tienes mi atención. Por exactamente cinco minutos más. ¿Qué quieres?

—Quiero invitarte a cenar. Mañana. Yo elijo el lugar. Comés como una reina y después decidís si mi mundo es tan lejano como parece.

—Yo elijo el lugar. Y vos me pasás a buscar. Nueve en punto. No me hagas esperar. No espero a nadie.

Al día siguiente presumí en el vestuario que sacaría a cenar a la rubiecita esa. Algunos no me creían, otros me restaban importancia. Me daba igual. Pasé por una tienda y me compré el saco más caro que encontré, una camisa de seda y una corbata que el vendedor juraba italiana. Después por una perfumería de las que te miran feo si entrás en zapatillas. Me bañé dos veces. Salí en mi auto convencido de que esa noche se me torcía la vida para siempre.

El hotel donde se alojaba era una de esas torres de cristal de Puerto Madero, con un portero que parecía guardaespaldas y un lobby que olía a dinero recién contado. Estacioné junto a un Bentley y sentí una punzada en el estómago. Le di mi nombre al portero, que me midió como si fuera el repartidor del delivery. Un minuto después, ella bajó.

Las fotos no le hacían justicia. Llevaba un vestido negro que se le pegaba al cuerpo como una segunda piel, escote audaz, piel sin una sola arruga visible. El pelo recogido hacia atrás dejaba al descubierto un cuello largo y unos aros de diamantes que valían más que mi auto. No sonrió. Me midió con unos ojos azules que parecían calcular mi precio de mercado.

—Puntual. Me sorprende —dijo, con ese acento de Hollywood que sonaba a doblaje.

—A los pibes de barrio nos enseñan a llegar a tiempo, Olivia. O te cagan a trompadas o te quedás sin laburo.

Soltó una risa breve, controlada.

—Vamos. Tu coche espera.

El viaje fue incómodo al principio. Yo, con las manos sudando sobre el volante; ella, mirando por la ventana como si estuviera de safari. La llevé a un bodegón de Palermo, mi terreno. Luz tenue, mesas de madera, olor a ajo y a carne a la plancha. El dueño, un gordo italiano que me conocía de la tele, casi se infarta cuando me vio entrar con esa mujer del brazo.

—Don Lucas, qué placer —dijo, y miró a Olivia como si viera una aparición.

—Una mesa en la esquina, Tito. La más privada.

Nos sentamos. El vino tinto y el rumor de la gente charlando me devolvieron la confianza.

—¿Y? ¿Qué te parece? —le pregunté, ya más suelto.

—Acogedor —respondió, probando el vino—. No es lo que esperaba.

—¿Qué esperabas? ¿Caviar y música clásica? Esto es comida de verdad. Te llena el estómago, no el ego.

Me miró por encima de la copa.

—Hablás mucho para alguien que vive corriendo detrás de una pelota.

—Y vos callás un montón para alguien que vive de hablar.

Por un instante hubo un silencio que no era incómodo. Era como si nos midiéramos a ver quién se quedaba sin aliento primero.

—Bien, pibe. Te ganaste mi atención —admitió—. Contame. ¿De dónde salís? ¿Cómo termina alguien como vos siendo, bueno, vos?

Y ahí se rompió el hielo. Le hablé del barrio, de la canchita de tierra, de mis viejos, del miedo a volver a ser un nadie. No me puse sentimental, se lo conté como si estuviera en el vestuario. Y ella escuchó. De verdad escuchó. En algún momento me hizo una pregunta que me descolocó.

—¿Te asusta que esto se termine y vuelvas a ser el chico del barrio?

—Me asusta más no haberlo intentado nunca, flaca.

Asintió despacio. Y por primera vez en la noche sonrió de verdad. Una sonrisa cansada, sabia, de alguien que había visto demasiado y, de pronto, encontraba algo nuevo que mirar. La cena siguió y la tensión se transformó en otra cosa. Cada vez que nuestros dedos se rozaban al alcanzar la sal, una corriente me recorría la columna.

Pagué la cuenta, una pequeñez para ella, una fortuna para mí. El silencio del regreso pesaba distinto. Llegamos al hotel y el portero salió a abrirle la puerta. Ella no se movió. Se giró hacia mí, su cara a centímetros de la mía. El perfume caro que yo me había puesto se mezclaba con el suyo, jazmín y poder.

—Subí, Lucas —susurró—. O te vas a arrepentir toda la vida de haberte portado bien.

Se bajó del auto sin esperar respuesta. Apagué el motor sabiendo que no había marcha atrás.

***

El ascensor era una caja de cristal que subía silenciosa por el centro del edificio. La ciudad se transformaba en un mar de luces a mis pies. La puerta se abrió directamente a su suite, sin pasillo. Un loft inmenso, techos altísimos, ventanales que daban al Río de la Plata y obras de arte que valían más que mi contrato anual.

—Bienvenido a la jaula de oro —dijo, dejando los zapatos en medio de la sala y caminando descalza hasta una barra de cristal—. ¿Whisky? ¿O preferís algo más simple?

—Lo que tomes vos.

Sirvió dos copas con un hielo cada una y un líquido dorado que olía a humo y a dinero. Nuestros dedos se rozaron al pasarme la mía. Esta vez ninguno lo ignoró.

—Brindemos —dijo, levantando la copa—. Por los pibes de barrio que no saben cuándo rendirse.

—Y por las divas que no saben cómo relajarse.

Se rio, esta vez con sinceridad.

—Se te nota tensa, Olivia. En la mandíbula, en la forma en que te movés. Como si esperaras un ataque en cualquier momento.

La sonrisa se le borró. Se recostó en la barra, mirándome.

—Tengo a media prensa esperando que cometa un error. Ex maridos persiguiendo mi dinero. Directores que piensan que ya estoy vieja. La tensión es mi estado natural. Es lo que me mantiene viva.

—Eso no es vivir, Olivia. Es sobrevivir.

Se quedó en silencio, girando el líquido de la copa. Me miró distinto. Ya no como al pibe futbolista, ni como al trofeo de una noche. Me miraba a mí.

—¿Y vos qué sabés de vivir, pibe? —susurró, y ya no era un desafío, era una pregunta real.

—Sé que después de un mal partido lo único que querés es un abrazo de alguien que no te juzgue por el número de la camiseta. Que la popularidad es como el alcohol: te pone eufórico un rato y después te deja la peor resaca. Y que a veces solo querés que alguien mire más allá del gol y vea al tipo que lo pateó.

La distancia entre nosotros se había vuelto inexistente. Dejó la copa en la barra con un golpe seco. Su mano subió y me tocó la cara. Sus dedos eran frágiles y firmes a la vez.

—No debería hacer esto —murmuró, más para ella que para mí.

—Y si no lo hacés, te vas a arrepentir —le respondí, repitiendo sus palabras de hacía una hora.

Me besó. No fue tierno. Fue un beso hambriento, urgente. Sus labios suaves se movieron con una experiencia que me desarmó. La besé de vuelta con toda la frustración acumulada, con toda la rabia y la fascinación. Sabía a whisky y a victoria.

—Hijo de puta —murmuró contra mis labios cuando nos separamos.

—Sí —respondí, antes de besarla otra vez.

Sin decir más, me tomó de la mano y me guio hasta su dormitorio. Una cama enorme con sábanas de seda blanca, casi un altar. Se detuvo frente a mí, se giró, y la cremallera del vestido sonó como un siseo metálico en el silencio. La tela cayó a sus pies. Quedó frente a mí solo en una tanga de encaje negro y los aros de diamantes brillando bajo la luz tenue. Su cuerpo era una declaración: pechos firmes, vientre plano, piel bronceada que clamaba por ser tocada.

—¿Qué esperás, pibe? ¿Una invitación por escrito?

La alcé en brazos como si no pesara nada y la deposité sobre la cama. Soltó una risa contenida, mezcla de sorpresa y excitación. Me arranqué la camisa, los pantalones, la corbata, todo con una urgencia que no me reconocía. Me quedé en bóxer y me posé sobre ella.

Empecé por el cuello, mordisqueando esa piel que olía a jazmín caro. Ella arqueó la espalda y un gemido bajo escapó de su garganta. No era el gemido fingido de las películas; era un sonido animal. Bajé hasta sus pechos, tomé un pezón en la boca y lo chupé con fuerza mientras mi mano se ocupaba del otro. Sus dedos se enredaron en mi pelo, presionándome contra ella, pidiendo más sin palabras.

—Sí… así… —balbuceó.

Bajé más, besando el vientre plano, mi lengua trazando el ombligo. Con los dientes le arranqué la tanga y la lancé a un lado. La vi entera, expuesta, abierta. La visión más excitante de mi vida. Me arrodillé entre sus piernas y hundí la cara en ella. Mi lengua encontró el clítoris hinchado y empezó a moverse en círculos lentos. Ella ahogó un grito. Sus piernas se cerraron alrededor de mi cabeza, sus talones se clavaron en mi espalda.

—¡Carajo, Lucas! ¡No pares!

Sus gemidos eran ya incontrolables, una letanía de palabrotas en dos idiomas. Introduje un dedo, después dos, encontrando ese punto áspero en su interior que la hizo estremecerse. Sentí cómo sus músculos se contraían.

—¡Ahora! ¡Quiero que me cojas ahora!

Subí sobre ella. Sin ceremonia, la penetré de una sola embestida, hasta el fondo. Lanzó un gemido largo, gutural, mezcla de placer y alivio. Me quedé quieto un segundo, sintiéndola pulsar alrededor de mí. Después empecé a moverme. Lento, profundo. Sus piernas se enroscaron en mi cintura, empujándome más adentro. Nuestros cuerpos chocaban con un sonido húmedo que llenaba la habitación.

—¡Más fuerte! —me suplicó, arañándome la espalda.

Aceleré. La di vuelta. La agarré de las caderas, le levanté el culo del colchón y la penetré desde atrás con una fuerza que ni yo me esperaba. Sus pechos rebotaban con cada embestida. Su mano bajó hasta el clítoris, frotándose mientras yo la cogía sin piedad.

—¡Sí! ¡Me voy… me voy a venir!

Sentí cómo se apretaba alrededor de mí, una serie de espasmos incontrolables. Un grito ronco escapó de sus labios mientras su cuerpo se sacudía en un orgasmo que parecía no terminar. La mantuve en esa posición hasta el último temblor. Después me retiré. La di vuelta. Estaba pálida, los ojos cerrados, el pecho subiendo y bajando agitado. Me subí sobre su torso, las rodillas a ambos lados de su costado. Tomé mi verga todavía dura y empecé a masturbarme sobre sus pechos perfectos, mirándola a la cara. Ella abrió los ojos, vio lo que hacía y una sonrisa pícara y satisfecha se le dibujó en los labios.

—Vení, pibe. Quiero verlo.

Con un gruñido llegué al límite. Un chorro caliente cayó sobre sus pechos, su cuello, su clavícula. Me vacié sobre ella, marcándola. Caí a su lado sin aliento.

Nos quedamos en silencio, escuchando nuestra propia respiración. Después de un momento se giró hacia mí, se limpió con una esquina de la sábana y me dio un beso lento, distinto. Un beso de complicidad.

—No está mal para un pibe de barrio —susurró contra mis labios.

—Y vos no estás mal para una estrella de cine —respondí, sabiendo que nada volvería a ser igual.

***

La luz de la mañana me despertó. No la luz cruda de mi departamento, sino una filtrada por ventanales gigantes, elegante. A mi lado la cama estaba vacía, pero todavía tibia. El aire olía a ella, a su perfume mezclado con el sexo de la noche anterior. Me sentí un rey por un segundo. Me levanté dolorido y satisfecho. Sobre la barra de cristal había una nota en una tarjeta del hotel, escrita con una caligrafía impecable.

Tuve que irme. Una llamada de trabajo. Gracias por la velada. O.

Sonreí. Era fría, distante, exactamente como ella. Pero para mí era un trofeo. Me vestí con la ropa de la noche anterior, ahora arrugada y manchada de vino. No me importó. Me sentía invencible. El pibe del barrio que se había acostado con una diosa.

El viaje de vuelta a casa fue un sueño. No pensaba en el entrenamiento ni en el próximo partido. Pensaba en su piel, en sus gemidos, en la forma en que me había mirado mientras me corría sobre ella. Era un secreto poderoso, un arma que solo yo conocía.

Llegué a mi piso, que de pronto me pareció pequeño y ordinario. Saqué el celular y, con los dedos todavía temblando por el recuerdo, le escribí.

—Buen día, estrella. Espero que el trabajo no sea tan aburrido como para hacerte olvidar la noche. Cuando quieras repetir, avisame. El pibe de barrio sigue disponible.

Le di a enviar. Esperé. Diez minutos. Media hora. Una hora. Nada. Las dos tildes azules quedaron ahí, inmóviles. Tal vez está ocupada, me dije. Me fui a entrenar. En la cancha me movía con una confianza nueva. Regateaba a dos, a tres. La pelota parecía una extensión de mi pie.

Después del entrenamiento volví a mirar el teléfono. Nada. Ya no era una simple ausencia, era un silencio deliberado. Le mandé otro mensaje, intentando sonar casual, restándole importancia a la noche. Tampoco lo leyó. Empecé a buscar su nombre en redes y entonces lo vi.

EXCLUSIVA: Olivia Bell, tras una breve estancia en Argentina para investigar un papel, partió esta mañana hacia Los Ángeles. La estrella no quiso hacer declaraciones.

«Investigar un papel.» La frase me golpeó en el estómago como una piña. No era una estrella de cine. Era una turista de emociones. Y yo había sido la atracción del día.

Pasaron días. Una semana. Un mes. Mis mensajes quedaron ahí, sin leer, sin respuesta. Su perfil se llenó de fotos en rodajes y alfombras rojas, sin un solo rastro de su paso por Buenos Aires. Como si nunca hubiera existido, como si esa noche hubiera sido un sueño increíblemente vívido.

La vida siguió. Mi rendimiento en la cancha se disparó. Ya no era el jugador irregular: era una promesa firme, una estrella en ascenso. Mejor contrato, más fama, más mujeres a mi alrededor. Modelos, actrices locales. Ninguna era ella. Ninguna me desafiaba, ninguna me hacía sentir tan vivo y tan insignificante al mismo tiempo.

A veces, en las noches solas, miraba el teléfono y reabría aquella conversación. Veía mis mensajes tontos, mi intento patético de mantener vivo algo que para mí había sido un terremoto y para ella, apenas, una escapada antes de tomar el avión de vuelta.

Nunca más supe de Olivia Bell. Pero no la olvidé. Se volvió mi leyenda personal, el capítulo secreto de mi biografía. La diva madura de Hollywood que bajó del cielo para pasar una noche con el pibe de barrio y subió de nuevo, dejándome con el sabor de su piel y el silencio de su ausencia. Para siempre.

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Comentarios (7)

SantiG92

Tremendo relato, se me paso volando. Sigue subiendo!!!

PatricioB

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de mas. Muy buen ritmo el de este

LuchoVieja

jajaja "arrepentirme toda la vida de haberme portado bien"... esa frase no me la olvido mas

MarcoRivera

Como termino esa noche? jaja, me imagino pero quiero leerlo

Clau_Tucuman

Excelente!! que bueno que encontre este sitio

NocheDeVinos

Las maduras tienen algo especial que las jovenes todavia no entienden. Este relato lo capta muy bien, muy bueno

FernandoNqn

Tres goles y encima eso... el hombre tiene mas suerte que yo jajaja, increible

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