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Relatos Ardientes

La pareja del spa que despertó algo entre nosotros

Mi nombre es Andrés y aún recuerdo aquella semana de junio como si hubiese sido el verano pasado y no hace más de una década. Llevaba un año saliendo con Lucía, mi novia desde la facultad, y los dos teníamos veinte años recién cumplidos. Estudiábamos carreras distintas, pero compartíamos amigos y unas ganas urgentes de descansar que se nos habían acumulado durante meses de exámenes.

Mi madre, que trabajaba en una sucursal bancaria, había conseguido una semana en un complejo con spa en la costa a precio simbólico. Cuando me lo dijo, casi me echo a llorar. Lucía y yo necesitábamos dormir, comer despacio y, sobre todo, recuperar el tiempo de cama que el segundo cuatrimestre nos había robado.

Yo era un chico del montón. Estatura media, cuerpo medio, todo medio. Solía ligar más por la verborrea que por el físico. Lucía, en cambio, tenía el cuerpo de una mujer hecha y derecha. Pechos grandes, redondos, con areolas pálidas y un pezón pequeño que se le ponía duro al menor roce. Cuando empezamos a salir, ella nunca había estado con nadie. Yo apenas con un par. Tardamos cuatro meses en hacer el amor, y cuando empezamos, lo hacíamos siempre igual: misionero, ella encima alguna vez, mucha lengua antes para que llegara, porque le costaba con la penetración. Tradicionales hasta el aburrimiento.

El día de la salida pasé a buscarla a las seis de la mañana. Bajó con un vestido corto de tirantes, chanclas blancas y el pelo recogido en una coleta. Sin sujetador. Pude verlo en el segundo en que se inclinó para meter la maleta en el maletero, y se me cortó la respiración. Tenía las uñas pintadas de rojo y un brillo en los labios que no le había visto nunca.

—¿Listo, capitán? —me preguntó dándome un beso de los lentos.

—Listo —contesté, ya con un problema en el pantalón.

Lucía se durmió a los veinte minutos. Yo conducía y de reojo veía cómo el vestido se le iba subiendo con cada cambio de postura. La tela no era amiga de aquellos pechos. En un par de tramos de autovía noté miradas en los retrovisores de los camiones que adelantábamos. Que miren, pensé. Es mía y duerme tranquila.

Cuando se me encendió la reserva paré en una gasolinera de carretera secundaria. Salió un hombre de unos sesenta años, en mono azul, con un trapo manchado en la mano. Me preguntó cuánto echaba y le dije que llenara. Lucía seguía dormida con el brazo por encima de la cabeza. El vestido se le había trepado hasta medio muslo, y el tanga blanco le marcaba todo lo que había debajo.

El hombre se acercó al parabrisas con una esponja y empezó a limpiarlo con una calma sospechosa. Tardaba el doble de lo normal y miraba hacia dentro del coche con descaro. Yo sentí dos cosas al mismo tiempo: el primer impulso de bajarme y mandarlo al carajo, y un calor extraño en el bajo vientre que no entendía. Por debajo del mono se le notaba el bulto. Aquello debería haberme asqueado y, sin embargo, me empalmé.

Pagué dentro. El tipo, al darme el ticket, me soltó una bordería sobre que necesitaba energía para «esa hembra» y se rio mientras se agarraba la entrepierna. Salí cabreado y avergonzado a partes iguales. Cuando arranqué, Lucía abrió los ojos.

—¿Pasa algo, mi amor?

—Nada, un viejo verde —murmuré, y le di un beso en la sien para zanjarlo.

***

El complejo era una pasada. Pinos a la entrada, recepción de mármol, un olor a cítricos que te tranquilizaba al respirar. Subimos a la habitación, vaciamos las maletas y Lucía sacó los bikinis. Uno me llamó la atención de inmediato: dos triángulos minúsculos, blancos, con la lazada en el cuello.

—¿Y eso, traviesa? —le pregunté.

—Cállate, tonto. Me lo compré con Sofía y ella me convenció. No es para la piscina, es para ti, en privado.

Sofía era su hermana, menos curvilínea pero mucho más lanzada. Lucía guardó la prenda y se puso uno blanco normal, con un pareo a juego. Bajamos a la piscina antes de comer. La media de edad rondaba los cincuenta y los sesenta. Éramos, sin duda, los más jóvenes de todo el recinto.

Pillamos dos hamacas a media distancia de la barra. Cuando Lucía se quitó el pareo, sentí cómo varias cabezas giraban con disimulo. Ella se hizo la dormida bajo las gafas de sol, pero a mí no me engañaba: estaba disfrutando de la atención. A su lado, una mujer de unos sesenta años tomaba el sol en topless. Morena, baja, curvilínea, con el pecho redondo y un pezón oscuro que pedía a gritos un mordisco. Su marido, calvo, barrigón y de manos grandes, le untaba crema con una paciencia conyugal de muchos años.

Me acerqué a la barra a pedir dos zumos. El hombre llegó detrás de mí.

—Ricardo —me tendió la mano con una sonrisa franca—. Mi mujer se llama Carmen.

—Andrés. La mía, Lucía.

—Sois muy jóvenes para estar aquí, ¿no?

—Mi madre nos regaló la estancia. Veníamos reventados de la facultad.

—Pues nosotros venimos dos veces al año. El spa es una maravilla. A Carmen le encanta bajar a la cala en invierno y tumbarse desnuda al sol —dijo con esa media sonrisa de quien presume sin presumir—. Lo que no hizo de joven, lo quiere todo ahora.

Cuando volví a las hamacas con los zumos, Lucía probó el suyo y arrugó la nariz.

—Andrés, esto lleva alcohol.

—¿En serio? Pensé que era el de la pulserita. Lo siento, cariño.

—Tranquilo —se rio—. Veremos cómo termina.

***

Pasamos la tarde con Ricardo y Carmen. Hablamos de tonterías, de viajes, de la diferencia entre los veranos de antes y los de ahora. Yo tuve que ir tres veces más a la barra, y cada vez Lucía estaba más risueña. En una de esas idas, al volver con las bebidas, vi a Ricardo recorriéndole los pechos a mi novia con una mirada que no se molestaba en disimular. Volvió a pasarme aquello del coche: enfado y calor mezclados, pero esta vez con menos enfado. Está mirando lo mejor de la piscina, pensé. Es lo normal.

Carmen, mientras tanto, se había acomodado contra Ricardo y una de sus tetas oscuras le quedó aplastada contra el costado del marido. La otra colgaba libre, con el pezón duro por la brisa. Cuando nuestras miradas se cruzaron, ella se movió un milímetro para que se viera mejor. Yo aparté los ojos demasiado tarde.

—Cariño, nos han invitado a cenar con ellos —me dijo Lucía—. Hay una fiesta en la piscina con música en directo.

—Por mí, perfecto.

***

Al subir a la habitación, Lucía estaba a medio camino entre achispada y desatada. Apenas cerré la puerta, me colgó del cuello y me besó como si llevara meses sin verme. Le desaté la parte de arriba del bikini en dos tirones. Aquellos pechos cayeron contra mi pecho y la levanté en brazos hasta la cama.

—Dios, qué calor tengo —jadeó.

Le quité el bikini de abajo y la encontré empapada. Empecé despacio con la lengua, como siempre, pero esta vez ella me agarró el pelo y me marcó el ritmo. Se corrió en menos de cinco minutos, con un grito ahogado que nunca le había escuchado. Cuando me incorporé, ya me estaba bajando el bañador y se metió mi polla en la boca con una avidez nueva.

—Métemela ya —me pidió—. Fuerte.

La puse boca arriba y entré de un solo golpe. Estaba tan lubricada que casi resbalé hasta el fondo. Empecé a moverme y, a los pocos minutos, ella me frenó con la mano apoyada en mi pecho.

—Espera. No te corras todavía.

—¿Qué pasa?

Sonrió con los labios brillantes.

—¿Te han gustado las tetas de Carmen? Te he visto.

—Más las tuyas. Pero sí.

—A mí también me gustan. Me imagino a Ricardo chupándolas mientras a ti te las chupa Carmen.

Aquella frase, dicha con la lengua medio trabada por el vino, me hizo perder el control. Me dio la vuelta, se sentó encima y empezó a cabalgarme despacio, mordiéndose el labio inferior cada vez que bajaba. Me corrí dentro de ella con un gemido ronco que rebotó en las paredes. Nunca había tenido un orgasmo así.

***

Para la cena, Lucía se puso un vestido negro de tirantes finos, sujetador sin tirantes y un tanga de hilo. Yo, lino y camisa blanca. Bajamos al comedor y allí estaban Carmen y Ricardo. Ella, con una falda blanca y un top sin sujetador, los pezones marcándose por debajo de la tela. Él se dio cuenta de que yo me había dado cuenta y me guiñó un ojo.

La cena fue larga, alegre, con vino bueno. Ricardo se ocupaba de que la copa de Lucía no quedara nunca vacía y le contaba batallas que la hacían reír con la cabeza echada hacia atrás. Yo, frente a Carmen, intentaba no quedarme mirando aquellos hombros morenos y la forma en que el top se le movía cuando respiraba.

—Mañana os llevamos a una cala que conocemos —propuso Carmen al postre—. Veinte minutos en coche. Tranquila, sin chiringuito ni gente.

—Hecho —dijo Lucía antes de que yo abriera la boca.

***

Después fuimos a la pista de baile. Estaba medio vacía, pero pusieron una bachata y Ricardo le tendió la mano a Lucía. Vi cómo le pegaba la cadera, cómo le ponía la mano justo en la línea donde la espalda deja de ser espalda. Para lo grueso que era, se movía bien. Lucía se dejó llevar con una sonrisa que no le había visto antes.

Carmen se acercó por detrás y me cogió del brazo.

—¿Bailas, jovencito?

—No sé bailar.

—Yo te llevo.

Pegó su cuerpo al mío con una naturalidad que me desarmó. Olía a coco y a algo más caro, más oscuro. Sus tetas, que esa tarde había visto al sol, ahora se me aplastaban contra el pecho. La tela fina del pantalón no me dio ninguna oportunidad: a los treinta segundos estaba duro contra su muslo y ella se rio al notarlo.

—Tranquilo, cielo. Es un cumplido.

—Perdona, no quería…

—A mi edad, una agradece estas cosas. Pasa rápido.

De reojo veía a Lucía con Ricardo. Los dos hablaban en voz baja, con la frente casi pegada. Algo está pasando aquí, pensé. Y no sé si quiero que pare.

***

A la una nos retiramos. En la habitación, Lucía se desnudó delante del espejo sin ningún pudor, cosa nueva en ella. La luz de la mesilla le marcó los muslos y vi el brillo entre sus piernas. Estaba empapada otra vez.

—Ricardo baila bien —dije, intentando que no sonara a lo que sonaba.

—Carmen también, ¿verdad? Te he visto la cara —me contestó con esa risa de borrachina suave.

—Ricardo se ha empalmado contigo —solté.

—Lo sé. Lo he notado. Se le marcaba todo. Y no es pequeña.

Me quedé sin palabras. Me empalmé otra vez, con una violencia rara, y me eché sobre ella. Entré sin esfuerzo, hasta el fondo. Ella gritó y me clavó las uñas en la espalda. En cinco embestidas se corrió. Yo seguí, cada vez más fuerte, hasta que sentí el aviso.

—¿Dónde quieres que me corra? —pregunté con la voz ronca.

—En la boca —contestó sin dudar.

Salí de ella, me arrimé a su cara y ella misma se cogió mi polla y se la metió hasta el fondo. No dejó escapar una gota. Mientras me lamía limpio, yo miraba al techo pensando que aquella era nuestra novia ya tradicional, la del misionero y la lengua, y al mismo tiempo era otra mujer entera que no sabíamos que estaba ahí.

Me tumbé a su lado. Ella respiraba despacio, con la mano en mi muslo.

—Mañana, en la cala —murmuró—, ponme tú la crema. Pero delante de ellos.

No contesté. Cerré los ojos y supe, sin querer saberlo todavía, que aquella semana iba a cambiar lo que Lucía y yo éramos.

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Comentarios (7)

CarinaR

me encanto!!! de los mejores que lei en mucho tiempo, en serio

Lucas_cba

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de mas... demasiado bueno

NocheLectora22

Tremendo relato, me recordo a unas vacaciones en un resort hace años. A veces los viajes te sorprenden jajaja. Muy bien contado.

Sarita_V

Como hace para escribir tan bien? Se siente todo muy real, sin exagerar nada

DiegoNocturno

El ritmo esta muy logrado, no se hace largo para nada. Mas de esto por favor!

RominaGde

Genial!!! Justo lo que necesitaba leer esta noche

andrespaz22

jajaja el detalle de la bachata estuvo mortal, no me lo esperaba. Sigue escribiendo!

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