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Relatos Ardientes

La dueña madura del refugio nos esperaba con su hija

La ruta de tierra había desaparecido bajo el barro hacía más de una hora. Tomás y yo ajustábamos las correas de las mochilas con manos heladas mientras el viento del oeste empujaba la lluvia en cortinas oblicuas. Veníamos caminando desde el paso fronterizo y la idea era llegar al pueblo antes del anochecer, pero la tormenta se nos había venido encima sin aviso, como pasa siempre en la cordillera.

—Ahí —gritó Tomás, señalando con el bastón.

A unos quinientos metros, entre los pastizales bajos, brillaba la luz amarilla de una ventana. Una construcción de adobe con techo de chapa, rodeada de un corral de piedra y dos llamas que rumiaban indiferentes al diluvio. No era un hostal ni un puesto de gendarmería, pero era refugio.

Llegamos a la puerta empapados, con los borceguíes pesados de barro. Golpeé la madera tres veces. Adentro se escuchó una silla arrastrarse, después pasos lentos, y al final el chirrido del cerrojo.

La mujer que abrió tenía unos sesenta y pocos años, el pelo gris atado en un rodete flojo y los ojos oscuros de alguien que ha visto muchas tormentas pasar. Llevaba un vestido largo de paño marrón y un chal cruzado sobre los hombros. No parecía sorprendida.

—Buenas —dijo, mirándonos de arriba abajo—. ¿Vienen del paso?

—Sí, doña. Nos agarró la lluvia mal —contesté, y noté que mi voz salía rota por el frío—. ¿Tendrá un lugar donde pasar la noche? Pagamos lo que pida.

Detrás de ella, en la penumbra de la cocina, otra figura se movió. Una mujer más joven, no más de cuarenta, con el pelo negro suelto y un delantal manchado de harina sobre una blusa ajustada. Apoyó las manos en el respaldo de una silla y nos miró sin pudor.

—Pasen —dijo la mayor, haciéndose a un lado—. Pero antes de que se acomoden, hablamos del precio.

Adentro olía a leña, a quinoa hervida y a humedad de paredes viejas. La cocina hacía las veces de comedor, salón y antesala. La mujer mayor —doña Hilda, supe después— me señaló dos sillas junto al fogón.

—Tengo un cuarto al fondo, con dos catres —explicó, secándose las manos en el delantal—. Por la noche, con cena y desayuno, son ochenta pesos cada uno.

Tomás y yo asentimos sin pensarlo. Estaba por sacar la billetera cuando ella levantó la mano.

—Ahora —siguió, mirándonos sin parpadear—, si quieren algo más que un techo, hablamos otro precio. Mi hija Camila y yo cobramos doscientos cada uno. Cama, comida, y nosotras dos hasta que amanezca. Adelantado.

Tomás se quedó con la boca medio abierta. Yo sentí cómo se me subía el calor a la cara, mezclado con el alcohol que todavía me quedaba del termo de la tarde. Camila, en el fondo, se mordió el labio inferior y no apartó la vista. Esto no era un refugio común. Tenía esa cosa que tienen algunas mujeres del campo: un cuerpo que no necesita producirse, que se nota debajo de la ropa más simple.

—Doscientos cada uno —repitió doña Hilda, paciente.

Saqué los billetes y los puse sobre la mesa. Tomás hizo lo mismo. Doña Hilda los contó con los dedos manchados de harina y los guardó en un frasco de vidrio que tenía sobre la repisa, junto al azúcar.

—Coman primero —dijo, sirviendo dos platos hondos de sopa—. Después no van a tener apetito.

Camila se rió bajito.

La sopa estaba caliente y espesa, con trozos de cordero y zapallo. Tomás comía rápido, sin levantar la vista. Yo no podía dejar de mirar a Camila. Estaba sentada frente a mí, con los codos sobre la mesa y la blusa abierta lo justo para que el escote dejara ver el nacimiento de las tetas. Cada vez que se inclinaba para servirme más caldo, la tela se separaba un poco más y le veía el pezón oscuro asomando por debajo del algodón.

Doña Hilda no jugaba al disimulo. Se sentó al lado de Tomás, le pasó la mano por el muslo por encima del pantalón, se la fue subiendo despacio hasta apretarle el bulto y le dijo, sin mirarlo:

—Comé tranquilo, mijo. Después te la voy a mamar despacito para que se te ponga bien dura. La noche es larga.

Tomás se atragantó. Yo intenté no reírme mientras sentía cómo la mía se hinchaba dentro del pantalón embarrado.

Cuando los platos estuvieron vacíos, doña Hilda apagó dos de las velas y dejó solo la lámpara de kerosene encendida. Camila se levantó, agarró la lámpara y nos hizo un gesto con la cabeza.

—Por acá.

El cuarto era pequeño y honesto. Dos catres pegados a las paredes, una mesa con una jarra de agua, un crucifijo sobre la puerta. Camila dejó la lámpara sobre la mesa y, sin ceremonia, se sacó el delantal. Después se desabotonó la blusa de a poco, mirándome, hasta que las tetas le cayeron pesadas y libres, con los pezones grandes, marrones, ya duros por el frío del cuarto.

—Pagaron —dijo simplemente—. Se sacan la ropa. Toda.

Tomás obedeció primero. Yo me demoré un segundo, viendo cómo Camila se bajaba la pollera y aparecían unas piernas firmes, anchas, de mujer que camina cerro todos los días. Tenía el vello del pubis oscuro, tupido, sin recortar, cubriéndole el coño hasta la ingle. Me gustó. No era una mujer del centro, depilada y olorosa a crema. Era otra cosa. Cuando se abrió apenas de piernas, alcancé a ver el brillo húmedo entre los labios gruesos.

Doña Hilda entró detrás, ya con el vestido en la mano. El cuerpo de la mujer mayor era pesado en los lugares correctos: tetas grandes y caídas con los pezones anchos como monedas, caderas anchas, el vientre con una pequeña curva de quien ha parido más de una vez, y entre los muslos gruesos un coño de pelo canoso, ya abultado y separado por el uso. No se avergonzaba. Caminó hasta el catre y se sentó con las piernas bien separadas, mostrándolo entero, esperando.

—Tomás —dijo—, vení para acá. Arrodillate.

Mi amigo cruzó el cuarto y se arrodilló entre sus rodillas. Doña Hilda lo agarró del pelo con una mano y le bajó la cabeza hasta el medio de sus piernas, apretándoselo contra el coño.

—Sacá la lengua, mijo. Empezá por acá, en el botoncito. Chupalo despacio, en círculos. Eso, así. Aprendé, que las mujeres maduras tenemos paciencia, pero no tanta. Metémela adentro. La lengua bien profunda. Sentí cómo estoy. Vas a probar a qué gusta una vieja mojada.

Se oía el ruido húmedo de la boca de Tomás trabajando entre sus muslos, y los suspiros de doña Hilda, que le hundía la cara con las dos manos ahora y le movía la cabeza como quería. Mi amigo tenía la nariz enterrada en el pelo canoso del pubis y no paraba de tragar.

Camila ya me había empujado contra el otro catre. Se subió encima de mí a horcajadas y me besó con la boca abierta, con sabor a la sopa de cordero, metiéndome la lengua hasta el fondo. Sentí su mano buscando mi entrepierna y, cuando me abrió la bragueta y me sacó la verga afuera, soltó una risita ronca.

—Mirá lo que tenemos acá —dijo contra mi oído mientras me la agarraba entera con la mano, apretándome desde la base—. Tenés una linda polla, gringo. Gruesa. Te la voy a hacer pasar lindo. Primero te la chupo, después me la clavás bien adentro.

Se corrió hacia atrás en el catre, se acomodó entre mis piernas, y me la metió en la boca de una sola pasada, hasta la raíz. Sentí el fondo de su garganta apretarme la punta y me arqueé sin querer. Camila mamaba con hambre, subiendo y bajando la cabeza, sacándomela para lamerme los huevos y volviéndola a tragar entera. Con la mano me apretaba el tronco al ritmo de la boca, y con la otra se acariciaba el coño abierto entre las piernas. Cuando levantaba la vista para mirarme, tenía los labios brillosos de saliva y una hebra colgando del mentón.

—Está bien dura —murmuró, sacándomela un momento—. Bien lista para meterse.

Yo había estado con mujeres antes, en hostales de mochilero, en fiestas universitarias, en algún departamento de alguna estudiante de intercambio. Nunca con alguien como Camila. Ella no esperaba que la dirigiera. Me tomó la mano y la apoyó sobre una de las tetas, apretándomela contra la carne. Después me la pasó por el costado, por la cadera, y me hundió dos dedos míos de golpe en su propio coño, enseñándome lo empapada que estaba.

—Sentís cómo chorrea —dijo, cerrando los ojos—. Metela ya. Metémela hasta el fondo.

Se subió de nuevo a horcajadas, me agarró la verga con la mano, se la pasó por los labios del coño para embarrarme la punta y se dejó caer despacio. Sentí cómo se iba tragando cada centímetro, apretándome con una carnosidad tibia y elástica que no me esperaba. Cuando llegó al fondo, apoyó las dos manos en mi pecho y empezó a moverse. Camila cabalgaba con los ojos a medio cerrar, el pelo cayéndole sobre la cara, las tetas rebotándole a cada empuje. Cada vez que subía, me la sacaba casi entera, y cuando bajaba, se sentaba a fondo y hacía un movimiento circular con la pelvis, como amasándome adentro.

—Así, gringo, así —jadeaba—. Dejate coger. Sentí cómo te aprieto. ¿Te gusta cómo te lo hago? Decime que te gusta.

—Me gusta —le contesté, agarrándole las nalgas con las dos manos, ayudándola a moverse.

Cada tanto giraba la cabeza para mirar a su madre. Lo hacía sin vergüenza, como si fuera la cosa más natural del mundo. Del otro catre llegaba la voz grave de doña Hilda dándole instrucciones a Tomás, y los gemidos contenidos de mi amigo. Después, el ruido inconfundible de un cuerpo entrando en otro, chapaleado, húmedo, y el chirrido del catre viejo. La vieja lo había puesto boca arriba y se le había sentado encima, y ahora la escuchaba insultarlo bajito mientras se lo cabalgaba.

—Mamá te oye —le dije a Camila.

Ella se rió y me clavó las uñas en el hombro, moviéndose más rápido.

—Mamá no se escandaliza por tan poco —contestó—. Mamá está gozando igual que yo. Escuchala. Está haciendo cagar a tu amigo, la muy puta.

Camila se inclinó hacia adelante hasta que las tetas me quedaron colgando delante de la cara, y me metió un pezón en la boca. Yo se lo chupé fuerte, mordiéndoselo apenas, mientras ella seguía moviendo el culo arriba y abajo. Sentí que estaba cerca. Traté de aguantarla apretándole las caderas para frenarla, pero ella me miró con una sonrisa torcida y aceleró.

—No, no me la saques —jadeé—. Me voy a correr.

—Corrémela adentro, boludo —me dijo al oído—. Corrémela toda adentro, no seas mezquino. Después me sale sola.

Me clavó el coño hasta el fondo, se apretó bien, y sentí cómo se me iba todo en chorros calientes contra las paredes de ella. Camila gimió largo, se quedó quieta, y me apretó unas cuantas veces más con los músculos internos, ordeñándome hasta la última gota. Cuando se levantó, la vi bajar la mano y meterse dos dedos para sacarse un poco de mi semen. Se los llevó a la boca y los chupó, mirándome.

La noche se hizo larga, como había prometido doña Hilda. Cambiamos de catre dos veces. Yo terminé entre las piernas de la mujer mayor, con la cara enterrada primero en ese coño de pelo canoso y espeso, aprendiendo a lamérselo como me iba indicando. Doña Hilda me agarraba del pelo igual que había agarrado a Tomás y me guiaba sin pudor.

—Más arriba, mijo. Ahí. Con la punta de la lengua nomás. Metémela adentro ahora, bien profundo. Chupame las babas, que estoy chorreando por vos. Eso, así, aprendé.

Cuando me hizo subir y me le acomodé encima, sentí cómo me agarraba la verga con una fuerza que no esperaba en alguien de su edad. Me la apuntó ella misma contra la entrada del coño y me empujó las nalgas para adentro de una.

—Métemela toda de una vez —jadeó—. No tengas miedo, que no se rompe. Vieja, pero apretada. Sentí. Sentí cómo te chupa.

Tenía razón. El coño de la vieja era otra cosa. Más blando por fuera, pero adentro me apretaba con anillos de músculo que iban y venían, como si me estuviera tragando. Empecé a moverme despacio, pero doña Hilda me clavó las manos callosas en el culo y me marcó otro ritmo, más profundo, más lento, entero.

—Así, gringo. Sin apuro. Metela hasta los huevos. Bien pegado. Que sientas el hueso mío contra el tuyo. Vos tenés ganas de aprender —me dijo al oído, mientras yo iba y venía entre sus muslos gruesos—. Te conviene estar con una mujer que ya sabe. Que te enseñe a coger a las jóvenes después. Mirá a mi hija con tu amigo. Es porque yo le enseñé.

No supe qué contestar. Le besé el cuello, salado, le mordí el lóbulo de la oreja, y la dejé hacer. En un momento me pidió que me la sacara y me hizo dar la vuelta. Se puso ella arriba, con las piernas dobladas a los costados de mi cintura, y empezó a rebotar sobre mi verga con las tetas grandes cayéndosele sobre el pecho. Yo se las agarraba con las dos manos y le apretaba los pezones entre los dedos.

Tomás, mientras tanto, estaba tirado de espaldas sobre el otro catre con Camila encima. Ella le cabalgaba con la boca abierta, las tetas rebotándole sin sostén, una mano sobre el vientre del muchacho para mantener el equilibrio y la otra estirada hacia atrás, agarrándole los huevos. De vez en cuando giraba la cara hacia donde estábamos nosotros y le decía algo a su madre en un dialecto que no entendí. Doña Hilda le respondía riéndose entre dientes, sin dejar de moverse encima de mí, y las dos se cruzaban miradas que parecían de complicidad vieja, de un juego que ya habían jugado muchas veces.

En algún momento, cerca de las dos de la mañana, perdí la cuenta de las posiciones. Recuerdo a Camila sentada en el borde del catre con los pies en el suelo, con la boca abierta chupándomela a mí mientras Tomás la penetraba de atrás, agarrándole la cintura y clavándosela hasta el fondo con embestidas que la hacían tragarse mi verga más profundo cada vez. Camila se apoyaba con una mano en mi muslo y con la otra se abría el culo para que Tomás la viera bien mientras se la cogía.

—Cambien —ordenó doña Hilda desde el otro catre, riéndose—. Que la pobre no puede con las dos cosas a la vez.

Recuerdo entonces a doña Hilda inclinada sobre la mesa, con las manos apoyadas en el tablero, el culo grande y blanco levantado, las piernas separadas y el coño abierto brillando entre los muslos. Yo detrás, entrando despacio porque me había pedido que lo hiciera así, sin apuro. Le agarraba las caderas anchas con las dos manos y me hundía hasta que mis huevos le golpeaban el clítoris. Cada vez que la penetraba entera, ella gruñía largo y se apretaba contra mí.

—Las maduras no necesitamos prisa —me dijo, mirándome por encima del hombro—. Necesitamos que ustedes los jóvenes nos aprendan. Después se acuerdan toda la vida. Dame en el culo, mijo. Escupime primero y mandámela en el culo, despacio. Que hace mucho que no me lo ponen.

Le escupí en el ojete arrugado, le pasé el pulgar para embarrárselo bien, y le puse la punta de la verga contra el orificio. Empujé despacio, como ella me había pedido, y sentí cómo el anillo cedía de a poco y me iba tragando. Doña Hilda soltó un jadeo largo, apretó las manos contra la mesa y se abrió más las nalgas ella misma para ayudarme.

—Así, gringo, así, entera. Cogeme el culo despacito. Ay, hijo de puta, cómo la tenés.

Cuando le llegué al fondo me quedé quieto, respirando contra su espalda, y después empecé a moverme apenas, en embestidas cortas. Camila y Tomás se habían frenado del otro lado, mirándonos, y sentí que Camila se metía la mano entre las piernas mientras nos observaba. Terminé adentro del culo de doña Hilda de golpe, sin poder aguantar más, y me quedé un momento abrazado a su espalda ancha, con la verga todavía enterrada, sintiendo cómo respiraba y cómo me apretaba adentro con los últimos espasmos. Olía a lana mojada y a algo dulce, como hierbas secas.

Camila apareció con un paño tibio que había mojado en la palangana. Limpió a su madre con una naturalidad que me desarmó, pasándole el trapo entre las nalgas y entre los muslos sin drama. Después me lo pasó a mí, me limpió la verga blanda, y sin decir nada me la volvió a meter un segundo en la boca, como para dejarla lista para después.

—Tomen agua —ordenó doña Hilda, recuperando la voz de dueña de casa—. Y descansen un rato. Después seguimos.

Tomás me miró con cara de no creer nada de lo que estaba pasando. Yo me encogí de hombros.

Y seguimos, claro. Antes de que aclarara todavía hubo otra vuelta, más corta, más lenta, con los cuatro mezclados en el mismo catre. Yo terminé mamándole las tetas a Camila mientras doña Hilda me hacía una paja con las dos manos, y Tomás se corría en la boca de la vieja, que después escupió a un costado y se rió como si le hubieran contado un chiste.

Para cuando empezó a clarear, la lluvia había aflojado a un goteo fino. Estábamos los cuatro en los dos catres pegados, las piernas mezcladas, el aire del cuarto pesado, con olor a semen, a coño, a sudor y a kerosene. Doña Hilda se levantó primero, se puso una bata sobre el cuerpo todavía desnudo y abrió la ventana para dejar entrar el aire frío de la madrugada.

—El desayuno está incluido —anunció, como si nada—. Hay mate cocido, pan y queso. En media hora.

Camila se desperezó al lado mío y me besó el hombro. Después se levantó también y siguió a su madre hasta la cocina. Las escuché hablar bajito, riéndose, mientras avivaban el fuego.

Tomás se sentó en el borde del catre, mirándose las manos.

—¿Vos crees que esto pasa seguido? —me preguntó.

—No tengo idea —le dije—. Pero la próxima tormenta no me agarra de sorpresa.

Nos vestimos en silencio. La ropa estaba seca, bien doblada sobre una silla. Alguien la había puesto cerca del fogón mientras nosotros dormíamos.

En la cocina, doña Hilda me sirvió el mate cocido en una taza de metal abollado. Camila cortó el queso en lonjas finas. Comimos sin hablar mucho, mirando por la ventana cómo la luz iba ganándole a la tormenta del valle.

Cuando nos colgamos las mochilas y abrimos la puerta, doña Hilda nos siguió hasta el umbral. Tenía el chal otra vez sobre los hombros y los ojos un poco más cansados que la noche anterior, pero la misma calma.

—Si vuelven por acá —dijo, sin sonreír del todo—, ya saben el precio.

Camila apareció detrás suyo, le pasó un brazo por la cintura, y nos miró con una expresión que era mitad despedida y mitad invitación.

Tomás y yo bajamos por el sendero embarrado en silencio durante un buen rato. El sol apenas empezaba a calentar las piedras. En algún momento, antes de llegar al cruce con la ruta vieja, mi amigo dijo en voz baja:

—Mejor no le contamos a nadie.

Asentí. Pero los dos sabíamos que íbamos a contarlo, tarde o temprano. Solo que esa mañana, todavía con el olor de doña Hilda y de Camila en la ropa, no había forma de poner la noche en palabras.

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Comentarios(9)

SoloCamping22

Que relato!!! me dejo sin palabras, ojalá existieran mas refugios asi jaja

rodrigo_pam

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber todo lo que paso esa noche

viajera_sinretorno

Me encanto la ambientacion, el fuego, el frio afuera... se siente muy real. Muy bien contado

Coco_Viajero

jajaja el titulo ya lo dice todo, que noche la de esos tipos

LectorNocturno7

Doña Hilda suena increible. Esas mujeres que te miran y ya sabes que sos bienvenido... tremendo relato

SebaMdq

Me recordo a una escapada a la sierra con unos amigos hace años, aunque la nuestra fue mucho menos interesante que esta jajaja

Marquitos_92

Excelente!!! segui publicando por favor, uno de los mejores que lei aca

RosaM_Cba

La tension del inicio esta muy bien lograda. Esa mirada de arriba abajo lo dice todo sin necesidad de mas

Carlos_BA

Muy bueno, me lo lei todo de un tiron. Esperando el proximo

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