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Relatos Ardientes

La fotógrafa me invitó a su villa y perdí el control

Llegué al extremo sur de la playa cuando el cielo ya se había tragado los últimos restos de luz. Había quedado con Amara junto al árbol donde nos conocimos dos noches atrás, pero el lugar estaba vacío. Sentí un vacío helado en el pecho, la certeza de que todo había sido un espejismo.

Giré en todas direcciones. El paseo marítimo se había vaciado. Me maldije por haber perdido el tiempo con Aurelia; verme con Amara valía más que los trescientos euros que me habían pagado. Corrí hacia la orilla recordando que ella solía bajar cada noche a lavarse. Entonces la distinguí, sentada en la arena con su vestido blanco brillando en la oscuridad.

—¡Amara! —grité mientras corría.

—¡Sergio! —Se puso de pie y vino a mi encuentro. Me abrazó con fuerza—. Pensé que no vendrías.

—Y yo pensé que no volvería a verte. —La apreté contra mi pecho—. No sabes lo que me alegra encontrarte aquí.

Le conté lo de la clienta y saqué los billetes del día.

—Mira. Ha sido un día increíble.

—Me alegra, te lo mereces. Yo solo vendí cuatro pulseras.

—Oye. —Le tomé las manos—. No es que me haya ido bien a mí. Nos ha ido bien a los dos. He vendido muchas fotos tuyas y este dinero es de los dos.

—Pero yo no he hecho nada.

—Tendrías que haber visto cómo miraban tus fotos. Decían que eras preciosa, pero que lo que más les impactaba era lo que transmitías con la mirada.

Me abrazó con fuerza para esconder las lágrimas. Nos quedamos así un rato largo, refugiados el uno en el otro.

Al mirarnos, nuestros labios temblaban. Nos besamos con desesperación, buscando en el otro la certeza de sabernos juntos.

—¿Te bañaste ya? Necesito quitarme el sudor de encima.

—Aún no. Te estaba esperando.

A pesar de su timidez, Amara sentía que conmigo todo era distinto. Dio un paso atrás, desató su vestido y dejó que la tela resbalara hasta la arena. Me sonrió con timidez.

—Así no tienes que mirarme a través de la cámara.

Mientras caminaba hacia el agua, le miré las nalgas sin disimular. Su sensualidad era innata, sin esfuerzo. Verla lavarse fue un espectáculo: se aseó con calma bajo la luna, sabiendo que yo estaba ahí para cuidarla. El brillo de su piel parecía de otro planeta cuando volvió caminando hacia mí.

Me desnudé frente a ella. Al bajarme el bóxer, sonreí con timidez al sentir sus ojos fijos en mi erección.

—Con el agua fría se te pasará —bromeó.

Me lavé y volví a su lado. Mi excitación seguía intacta.

Amara dio un paso adelante hasta que nuestros cuerpos quedaron a centímetros. Me acarició el pelo, las mejillas, bajó por el cuello hasta el pecho.

—Tu cuerpo es hermoso. Pero lo que hay aquí... —Apoyó la mano sobre mi corazón—... también es precioso.

Tomó mis manos y las guio hasta sus pechos. Al sentir la suavidad de sus senos, no pude evitar un suspiro. Sus pezones, duros como nunca los había sentido, se clavaban en mis palmas.

Bajo la luna, recorrimos el cuerpo del otro con las manos. Llevamos la mano al sexo del otro al mismo tiempo. Abrazados, nos masturbamos con calma, al ritmo de las olas. Mirándonos a los ojos.

—Es hermoso ver tu cara mientras te doy placer —me dijo.

—Me voy a correr.

—Yo también.

Empezamos a temblar. El orgasmo había ido creciendo poco a poco. Gemimos juntos mientras mi semen salía disparado y su cuerpo se contraía con espasmos largos.

Abrazados en el agua, volvimos a tocarnos. Nos excitábamos demasiado el uno al otro y llevábamos demasiado tiempo sin sentir otras manos que no fueran las nuestras.

***

A la mañana siguiente, con mi mochila cargada de portafolios, fui a la dirección que me había dado Aurelia. En lo alto de una colina se alzaba una villa que parecía sacada de una revista. Llamé al timbre.

—Hola, Sergio. Pasa.

Un jardín inmenso rodeaba la casa de tres plantas. Aurelia apareció con el pelo recogido en una trenza, un vestido azul celeste que dejaba ver unas piernas bronceadas que brillaban bajo el sol.

—Qué guapo estás. —Me pasó la mano por el pecho—. El color de esa camiseta te favorece.

Comimos en el jardín, junto a la piscina. Le mostré las fotos de la puesta de sol y los retratos de Amara.

—Es una preciosidad. Su piel parece la de una pantera. ¿Te gustaría hacerle una sesión de fotos aquí?

La idea me ilusionó.

—Antes de que te vayas —dijo poniéndose de pie—, me gustaría que me hicieras algunas fotos más.

Sin esperar respuesta, deslizó los tirantes del vestido y dejó que cayera a sus pies. Se quitó el sujetador y después la última prenda. Su sexo, depilado y bronceado, quedó expuesto ante mí.

Caminó hacia las tumbonas. Nadie diría que esa mujer tenía cuarenta y ocho años. Empecé a disparar mientras se extendía crema por todo el cuerpo, deteniéndose en los pechos, los muslos, las ingles. Verla con las piernas abiertas pasándose la crema por el sexo fue más de lo que podía soportar.

—¿Alguna vez habías visto a una mujer de mi edad desnuda?

—No.

—¿Y qué opinas?

—Tu cuerpo me excita —confesé.

—A mí también me excita que seas tan joven. Nadie de tu edad me había visto así.

Empezó a temblar. Enfoqué su rostro mientras el orgasmo le cruzaba la cara, después su sexo palpitando.

—Me he corrido como pocas veces. Ven, acércate.

Me desabrochó el pantalón de un tirón.

—Estás muy cachondo. —Me olió a través de la tela—. Deja que te calme.

Al bajarme el bóxer, me miró fascinada. Agarró mi miembro con deseo y empezó a masturbarme mientras con la otra mano me acariciaba los testículos.

—¿Me dejas saber qué se siente al hacerle una mamada a un chico joven?

—Sí.

Ninguna mujer me había hecho algo así. Pasaba de chupar la punta con suavidad a metérsela entera. De mover la cabeza lentamente a moverla con desesperación. No le importaban las arcadas ni la saliva que le caía entre los pechos.

—¿Quieres correrte en mi boca?

—¿Me dejas?

—Quiero que te corras en mi boca.

La sensación fue indescriptible. Me agarraba las nalgas mientras recibía cada chorro. No me soltó hasta que terminé.

—¿Te gustó? —preguntó acariciándome el pelo.

—Es la primera vez que alguien me deja correrme así.

Al acariciarle los pechos, volví a ponerme duro. Me miró con hambre.

—Ven. Vamos a mi habitación.

Sobre la cama, le chupé los pezones mientras mi mano le trabajaba el sexo.

—¿Quieres probar el sexo de una mujer mucho mayor que tú?

—Quiero lamerlo.

Tumbado entre sus piernas, verlo de cerca me provocó un deseo arrebatador. Su olor era penetrante, dulce, adictivo. Pasé la lengua por la hendidura y cerré los ojos.

—Me vas a matar de placer.

Lamí con ansia. Ella se tiraba del pelo cada vez que mi lengua le pasaba por el clítoris.

—Me corro. Me corro.

Me apretó la cabeza contra ella. Entre temblores, el orgasmo la sacudió entera.

Verla así me puso al límite. Me arrodillé y la penetré de golpe. Sin miramientos. Toda mi rabia contenida la descargué dentro de ella con cada embestida. Todo mi deseo reprimido lo estaba calmando follándola con fuerza. Y ella se corría una y otra vez entre gritos de entrega absoluta.

Ver a esa mujer siempre tan segura con la cara desencajada me llevaba a penetrarla más fuerte. Era yo quien tenía el control sobre alguien acostumbrado a tenerlo todo.

—Me voy a correr.

—Córrete conmigo.

Nos corrimos juntos, mirándonos a los ojos.

Exhaustos, Aurelia apoyó la cara en mi pecho.

—Siempre pensé que mi marido era el mejor, pero tú no te quedas atrás. Con los dos perdí la cuenta de los orgasmos.

—Estaba muy excitado. Llevaba meses sin estar con nadie.

—Si necesitas a una mujer para calmar tus ganas, ya sabes dónde estoy.

Pensé en Amara. Con ella no había llegado a eso, pero era diferente. No era solo sexo.

Aurelia me dio un fajo de billetes por las fotos. Mucho más de lo que valían.

—Míralo como un regalo por todo lo que me hiciste sentir.

Antes de irme, quedamos en que si convencía a Amara, volveríamos al día siguiente para hacerle una sesión de fotos en la villa.

***

—Me veo rara. —Amara salió del probador—. No estoy acostumbrada a los vestidos cortos.

Estaba radiante.

—Estás preciosa.

Era feliz yendo de compras con ella. Amara parecía una niña con un juguete nuevo. Compramos tres biquinis: dos que eligió ella, verde y rojo, y uno blanco que elegí yo. Cuando se probó el blanco, la sensación de desnudez fue total. La parte de arriba apenas cubría los pezones y la de abajo dejaba las ingles y las nalgas al descubierto.

—Solo será para las fotos —le prometí.

Cargados de bolsas, tomamos un taxi hacia la villa. Aurelia nos recibió cautivada por la belleza de Amara.

—En persona eres todavía más bonita.

Al pasar por la habitación de Aurelia, me puse nervioso al ver la cama donde habíamos estado la tarde anterior. Ella me lanzó una mirada cómplice.

Cuando Amara se cambió y salió con el biquini verde, me quedé sin palabras. Sus nalgas sobresalían erguidas dibujando una curva delirante.

—Imposible mejorarlo —sentenció Aurelia.

En la tumbona, sobre el césped, al borde de la piscina. Disparé sin parar. Con el rojo se atrevió con poses más audaces. Su mirada hacia la cámara transmitía una pasión salvaje.

Cuando se puso el blanco, Aurelia y yo nos miramos. El contraste de su piel apenas cubierta por la tela blanca era hipnótico. Aurelia sacó un bote de aceite solar.

—Con el cuerpo aceitado quedará todavía mejor.

Amara se quedó paralizada al sentir que Aurelia se arrodillaba y empezaba a extenderle el aceite por los hombros. No dejé de disparar la cámara. Estaba excitado viendo las manos de Aurelia deslizarse por la piel de Amara, que cerró los ojos y se removió inquieta cuando las manos bajaron por sus piernas, subieron hasta las ingles, y llegaron al borde de los pechos.

—¿Te gustaría que te echara aceite por todo el pecho? —le susurró Aurelia—. Por debajo del sujetador.

—No. Me daría mucha vergüenza.

—Quédate conmigo cuando Sergio se vaya. Te echo aceite de nuevo. Las dos solas.

Cuando Aurelia se separó, Amara no podía quitarse de la cabeza lo que le había pedido.

Esta mujer ha conseguido algo impensable, pensó, preguntándose qué habría sentido si aquellas manos le hubieran llegado debajo de la tela.

Me sentí feliz al terminar la sesión. Sabía que aquellas fotos serían un antes y un después.

—¿Te quedas a merendar? —le pregunté a Amara.

—Sí. Aurelia dijo que me compraría todas las pulseras.

—Luego nos vemos en la playa. —La besé—. He pensado que esta noche podemos alquilar una habitación. ¿Quieres?

—Me gustaría mucho.

Amara esperó a que me fuera para ponerse de nuevo el biquini blanco. En la puerta de la villa, Aurelia se despidió de mí con un beso en los labios.

—Quiero las fotos del aceite. Es tan dulce y hermosa.

—Me excitó mucho veros.

—Ven mañana por la mañana. —Me acarició por encima del pantalón—. Creo que necesitas que te calme.

—Si se entera, me muero.

—Tranquilo. No tiene por qué enterarse.

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