Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Lo que escuché detrás de la puerta de mamá

3.7(18)

Mi madre, Elena, nunca fue de las que guardaban silencio sobre el sexo. Cuando se divorció de mi padre hace cuatro años, lo primero que hizo fue declarar, con una copa de vino en la mano y mirándome directamente a los ojos, que pensaba recuperar el tiempo perdido. En ese momento no supe bien qué quería decir con eso. Con los meses lo entendí perfectamente.

Marcos tenía treinta y ocho años. Mi madre, cuarenta y ocho. Él era de esos hombres que entran a una habitación y ocupan el espacio sin hacer nada en especial: brazos anchos, mirada directa, pocas palabras. Se conocieron en un evento de trabajo al que mi madre fue más por obligación que por ganas, y a los tres meses ya tenía una llave del departamento.

Se quedaba a dormir cada dos o tres semanas, siempre que su agenda lo permitía. Esas mañanas yo llegaba a la cocina y ella estaba distinta: más lenta, con una sonrisa tranquila que no pedía ningún tipo de justificación. Me servía el café sin preguntar si quería, y eso solo significaba que había dormido bien y que se la habían follado como le gustaba.

***

Esa semana en particular habíamos tenido una cena larga. Unos amigos de mi madre vinieron a casa el lunes por la noche, vino tinto y conversación hasta pasada la medianoche. Marcos se quedó a dormir porque no tenía sentido hacer el trayecto tan tarde.

Yo me dormí a la una y media.

El despertador me sacó del sueño a las cinco y cuarto. Tenía que entrar al turno de mañana a las siete y el bus tardaba cuarenta minutos, así que el margen era justo. Me levanté con los ojos todavía entrecerrados, busqué los calcetines a ciegas y salí al pasillo.

La casa estaba en silencio. O casi.

***

Al pasar frente a la puerta del cuarto de mi madre, escuché la voz de Marcos. Baja, ronca, el tipo de voz que alguien usa cuando no quiere despertar a nadie pero tampoco tiene muchas ganas de quedarse callado.

—¿No te vas a levantar? —decía.

Hubo una pausa corta. Luego la voz de mi madre, más suave, más hacia adentro.

—Espera. Déjame ver si ya se levantó alguien.

El corazón me dio un salto. Me pegué a la pared, convencida de que abriría la puerta en cualquier momento y me encontraría ahí parada como una idiota. Pero la puerta no se abrió.

—Ya se despertó alguien —dijo mi madre, y en el tono había una satisfacción muy específica que no tenía nada que ver conmigo.

Marcos se rió. Un sonido corto, cómplice.

—¿Cómo no se me va a poner dura —contestó— si todo lo que tienes encima me la levanta a esta hora?

Me quedé paralizada.

No se estaban refiriendo a mí. No se habían referido a mí en ningún momento. Yo era el último pensamiento que tenían a las cinco y media de la mañana.

Lo que debí haber hecho era seguir caminando. Seguir hasta el baño, darme una ducha, hacer todo lo que tenía que hacer antes de las siete. Pero los pies no me respondieron. Me quedé ahí, de pie en el pasillo oscuro, con el corazón en la garganta y los oídos abiertos de una manera que me avergonzaba reconocer incluso a mí misma.

—Mira cómo amanecí —murmuró mi madre—. Toca. Toca el coño, cómo está.

No hubo respuesta de palabras. Hubo un sonido distinto: el desplazamiento de cuerpos sobre la cama, las sábanas moviéndose de un lado al otro, y después un jadeo grave, contenido.

—Joder, Elena —dijo Marcos—. Estás empapada.

—¿Ves? —respondió ella, y la voz le salió con ese hilo que yo no le conocía—. Así amanezco cuando duermes aquí. Con el coño mojado desde antes de abrir los ojos.

Apoyé la espalda contra la pared del pasillo. Las baldosas frías se me notaban incluso a través de los calcetines. Cerré los ojos un segundo, como si eso cambiara algo, y los volví a abrir cuando la voz de Marcos se hizo más clara.

—¿Quieres que te la ponga a chorrear? ¿Que te la meta hasta el fondo con los dedos primero?

—Sí —respondió mi madre, sin rodeos—. Métemelos. Los tres. Y no pares cuando te lo pida.

Lo que siguió fue difícil de ignorar. El sonido fue concreto, húmedo, obsceno: el chapoteo de los dedos de Marcos entrando y saliendo del coño de mi madre con un ritmo lento y deliberado. La respiración de ella se hizo más pesada, más entrecortada. Yo reconstruía la escena con una precisión que me perturbaba: los dedos gruesos hundidos en ella, la palma golpeando el clítoris, mi madre con las piernas abiertas de par en par bajo las sábanas.

—Ahí —decía ella—. Ahí, sin mover la mano. Solo presión. Aprieta ahí dentro, contra la pared, sí.

—¿Aquí? —murmuró él.

—Ahí. Justo ahí. Dios mío, Marcos, no te muevas.

Debería irme. Llegaré tarde al trabajo. Esto no me corresponde.

Ninguno de esos pensamientos me movió del sitio. Al contrario: me sorprendí apretando los muslos uno contra el otro, con una humedad tibia instalándose entre las piernas que no quise reconocer.

La respiración de mi madre subió de tono de manera gradual. Marcos dijo algo en voz muy baja que no pude descifrar del todo, pero después escuché con claridad:

—Qué rica te pones, joder. Cómo me chupan los dedos por dentro. ¿Quieres que te la coma antes?

—Cómemela —contestó mi madre en un hilo—. Métete ahí abajo y no salgas hasta que te lo diga.

Hubo un movimiento de sábanas, un desplazamiento del peso de él sobre la cama, y después el sonido que reconocí sin necesidad de verlo: la lengua de Marcos trabajando entre las piernas de mi madre, lento, insistente, con esa cadencia húmeda que se escucha a través de cualquier puerta cerrada del mundo.

Mi madre soltó un gemido largo, contenido a medias contra la almohada.

—Así —susurró—. La lengua plana, ahí, no la punta. Chúpame el clítoris, Marcos, chúpamelo entero, con toda la boca.

Cerré los ojos un momento. Pensé que si no miraba la puerta, era como si no estuviera ahí. Era una lógica absurda y lo sabía, pero necesitaba algún tipo de distancia entre lo que estaba haciendo y lo que pensaba de mí misma. Mientras tanto los sonidos seguían: la boca de él pegada al coño de ella, ella dando instrucciones con esa calma imposible, la respiración descomponiéndose en jadeos cada vez más cortos.

—¿Más? —preguntó Marcos, saliendo un segundo, con la voz espesa.

—Más. Sin parar. Y méteme dos dedos mientras me chupas.

El ritmo cambió. Más profundo, más constante. Se oía el chapoteo de los dedos y la succión de la boca al mismo tiempo, y a mi madre pidiendo cosas específicas entre respiración y respiración, como quien dirige una obra que conoce de memoria.

—Voy a correrme si sigues así —le avisó ella, muy bajo—. Para. Para, no quiero correrme en tu boca todavía.

Marcos soltó una risa ronca, con la boca todavía pegada a ella.

—Entonces te la meto ya —dijo—. Que llevas un rato pidiéndomelo sin abrir la boca.

—¿A qué esperas? —respondió mi madre, y había humor en su voz, pero también una impaciencia muy real—. Métemela ya. Estoy lista desde antes de que abrieras los ojos.

Hubo un reacomodo de cuerpos. Yo me imaginé —no pude no imaginármelo— a Marcos subiéndose encima de ella, agarrándose la polla con la mano y frotándosela un par de veces por los labios del coño antes de empujar. Y entonces el sonido llegó: el gemido bajo, gutural, que se le escapó a mi madre cuando él se la metió entera de una embestida.

—Joder —dijo Marcos entre dientes—. Cómo aprietas.

—Toda —jadeó ella—. Métemela toda hasta el fondo. Así. Quédate quieto un segundo, déjame sentirla.

El silencio que siguió tuvo textura. Yo escuchaba la respiración de los dos, sincronizada de una manera casi obscena, y a mi madre soltando el aire despacio, como si estuviera acomodándose alrededor de la polla que tenía adentro.

—¿Así? —preguntó él después de unos segundos, empezando a moverse.

—Más despacio —murmuró ella—. Hoy quiero que dure. Sácamela casi entera y métemela otra vez. Así. Sí. Otra vez.

Cuarenta y ocho años y le pedía la polla con esa serenidad.

Había algo extraño y desconcertante en estar ahí escuchando a mi madre pedir lo que quería con esa calma absoluta. Sin vergüenza. Sin rodeos. Como alguien que sabe exactamente cómo le gusta que la follen y ha decidido de una vez que ya tuvo bastante de no pedirlo en voz alta.

El ritmo fue cambiando gradualmente. Marcos empezó lento, casi torturándola, sacándola casi entera y volviéndola a hundir hasta el fondo con una cadencia que mi madre le marcaba con la respiración. Se escuchaba el golpe de la cadera de él contra el culo de ella, la cama moviéndose en un vaivén controlado, el chapoteo del coño de mi madre alrededor de la polla cada vez más empapada.

—Dame la vuelta —dijo ella en un momento—. Ponme a cuatro patas. Quiero sentirla más profunda.

Hubo un movimiento rápido, un roce de sábanas, y después el sonido cambió de calidad. Más seco, más rítmico, con el golpe del cuerpo de él contra el culo de ella marcando un compás que no dejaba dudas.

—Así —jadeó mi madre—. Agárrame del pelo. Sí. Fuerte. Fóllame así, no te reprimas.

Marcos soltó un gruñido ronco. La cama empezó a golpear muy despacio contra la pared, un golpe seco y regular que él intentaba controlar sin conseguirlo del todo.

—Muérdete la almohada si vas a gritar —dijo ella entre jadeos, y había humor en su voz, pero también algo más—. Que Valeria no está sorda.

Valeria.

Yo. Me estaban nombrando.

El rubor me llegó a las orejas de golpe. Estuve a punto de atreverme a caminar, de hacer algún ruido que advirtiera que el pasillo no estaba tan vacío como creían. Pero no lo hice. Me quedé donde estaba, con la espalda pegada a la pared y la mano —descubrí— apretada contra la parte baja del vientre, por encima del pantalón del pijama. La vergüenza me instaló un calor en el pecho junto a algo que no quería nombrar: algo espeso e incómodo entre las piernas que no tenía ningún lugar lógico en esa situación.

El ritmo en el cuarto se aceleró. Los golpes se hicieron más cortos, más urgentes. Marcos ya no controlaba el sonido: se oía el choque de su pelvis contra el culo de mi madre con una regularidad brutal, y ella respondía con jadeos que se le cortaban a mitad, mordiendo lo que fuera para no gritar.

—Voy a correrme —dijo él con la voz apretada—. Elena, me voy a correr.

—Adentro no —contestó ella rápido, con una claridad sorprendente—. Sácamela y córrete en mi culo. En la espalda. Donde quieras, pero sácamela.

—Espera. Espera, no todavía. Aguántame un segundo. Quiero que te vengas tú primero.

Bajó el ritmo un instante, y luego volvió a subirlo. Escuché el sonido inconfundible de la mano de él llegando por delante, buscándole el clítoris mientras la seguía embistiendo por detrás. Mi madre soltó un jadeo agudo, muy corto, y después un gemido largo que se ahogó contra la almohada.

—Así —dijo entre dientes—. No pares. No pares ahora. No pares, no pares, no pa…

La voz se le rompió a mitad. Hubo unos segundos que fueron largos de una manera desproporcionada: la respiración cortada, el cuerpo tensándose, un temblor que se transmitió incluso a través del sonido de la cama. Y luego, casi sin sonido, algo que reconocí por el silencio que vino después: ese tipo de silencio que no es vacío sino saturado, que tiene textura, que ocupa el espacio de una manera diferente a todos los silencios anteriores de esa mañana. Mi madre acababa de correrse alrededor de la polla de Marcos, y yo lo había escuchado entero.

Marcos gruñó, y el ritmo se rompió. Se oyó el sonido de la polla saliendo del coño empapado, dos o tres tirones rápidos de la mano de él sobre sí mismo, y después un gemido grave, casi doloroso, y el silencio blando que sigue a una corrida sobre la piel.

—Ahí —dijo mi madre en voz muy baja, con una satisfacción divertida—. En el culo. Perfecto.

***

Mi despertador sonó en ese momento desde mi cuarto. Tres pulsos cortos y uno largo, el mismo tono de siempre.

—Ya se levanta —dijo mi madre, y la voz le salió diferente. Más ronca, más baja—. Termina de limpiarte.

Marcos respondió con algo en voz muy baja que hizo que ella soltara una risa breve e involuntaria. Hubo unos segundos más de movimiento y luego otro silencio. Este, diferente al anterior.

—Quédate un momento así —murmuró ella—. Todavía no te muevas. Déjame respirar.

Yo ya había desaparecido del pasillo. Me deslicé de vuelta a mi cuarto, cerré la puerta con cuidado detrás de mí y me quedé sentada en el borde de la cama durante lo que calculo que fueron tres o cuatro minutos, mirando la pared de enfrente sin ver nada en particular, con las bragas húmedas pegadas al cuerpo de una manera que no supe cómo procesar.

Después me levanté, caminé hasta la puerta, la abrí con un ruido deliberado y me fui al baño arrastrando los pies, como alguien que acaba de despertar.

***

Cuando salí de la ducha, mi madre estaba en el pasillo con una toalla anudada en la cintura y una camiseta de tirantes tan fina que la luz de la mañana la atravesaba un poco. Tenía el pelo suelto y esa expresión de quien había dormido muy bien, aunque yo sabía perfectamente que no había dormido absolutamente nada.

—Buenos días —me dijo, con una sonrisa tan tranquila que me desarmó.

—Buenos días —respondí.

Se movió hacia el baño sin apuro. La camiseta era blanca y con la luz del pasillo los pezones se le marcaban contra la tela, todavía duros, de una manera que, en cualquier otra situación, no habría notado de esa forma.

Pero claro. Claro que lo noté.

Marcos apareció cinco minutos después en la cocina, con el pelo revuelto y cara de haber dormido bien. Me saludó con un gesto de la cabeza y se sirvió agua directamente del grifo. Ninguno de los dos dijo nada. Era esa hora de la mañana en que nadie tiene ganas de construir oraciones completas.

Desayuné sola mientras mi madre se daba una ducha larga. Me tomé el café de pie, mirando por la ventana el amanecer gris de otoño, pensando en lo que había escuchado sin querer y en todo lo que no había querido dejar de escuchar.

Mi madre tenía cuarenta y ocho años. Sabía lo que quería. Lo pedía con una precisión tranquila, sin disculparse por ello, sin bajar la voz más de lo estrictamente necesario. Le decía a un hombre diez años menor exactamente dónde poner los dedos, con qué ritmo follarla y dónde correrse, y no le importaba una mierda si eso encajaba o no con la imagen que yo tenía de ella desde que era chica.

Pensé que ojalá, algún día, yo llegara a esa edad con esa misma claridad.

Dejé la taza en el fregadero y salí a trabajar antes de que ninguno de los dos saliera de la habitación.

Ver todos los relatos de Maduras

Valora este relato

3.7(18)

Comentarios(9)

AdictoAmaduras

me dejo sin palabras... que tension tan bien manejada desde el principio. Increible

lector_nocturno

Por favor continualo, quede justo en lo mejor. No pude dormir despues jaja

Turco_Sur

Me recordo esos momentos de adolescente donde no sabes si correr o quedarte paralizado. Muy bien logrado el clima del relato, se siente real

Sorjuan

Excelente ritmo, se siente natural y no forzado. Felicitaciones!!

Marcos_BA

Cinco de la mañana y yo aca leyendolo sin poder parar, algo dice eso del relato jaja. Muy bueno, espero mas

rodrigo_baires

jajaja el arranque me mato, tremendo. Segui asi!!

Marta_77

Me encanto como describe la situacion sin ser grosero. Eso es saber escribir de verdad. Sigue publicando!

Ylva

ese primer parrafo es una trampa, no podes dejar de leer. Muy buen trabajo

DeltaLector

Buenísimo, de los mejores que lei en mucho tiempo en esta categoria. Espero el siguiente

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.