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Relatos Ardientes

La lección que le di al amigo de mi hijo

4.7 (6)

Los lunes eran míos.

Eso lo tenía muy claro desde hacía años. Mi hijo sabía perfectamente que los lunes por la noche no se traía visitas. Era mi ritual sagrado: mascarilla de arcilla, crema de pies, aceite de almendras en los codos, tele de fondo a volumen bajo. La semana empezaba así, consintiendo a mi propio cuerpo antes de que el trabajo volviera a reclamarlo todo.

Pero ese lunes Bruno entró en mi vida.

Sonó el mensaje de mi hijo a las seis y media. Que ya venía, que si podía llevar a dos amigos a jugar. Le respondí que bueno, aunque me tomé el tiempo de aclararle también que eso no se hacía, que los lunes eran sagrados, que ya hablaríamos. Él contestó con un emoji de corazón. A veces pienso que ese emoji es su forma de decirme «ya sé, mamá, tienes razón, pero lo hice igual».

Cuando llegó, ya estaba yo recién salida de la ducha. Piel caliente, pelo mojado, bata vieja de algodón azul. Le grité desde arriba que en el horno había algo para ellos, tres minutos y listo. Él respondió con un «gracias, mamá» que me llegó justo cuando cerraba la puerta de mi cuarto.

Los escuchaba desde arriba. Risas, gritos frente a la tele, el ruido característico de tres personas jóvenes que no saben bajar el volumen. Me quedé en mi habitación, con la mascarilla en la cara y una lista de canciones tranquilas que nunca logro escuchar entera.

Estaba bien.

Bueno. Casi bien.

Me incorporé y bajé. No por ninguna razón en particular. A veces uno simplemente baja. Revisé que el horno estuviera apagado, miré de reojo al grupo en la sala. Mi hijo y dos chicos que no conocía. Uno de ellos levantó la vista un segundo y la volvió rápido a la pantalla. El otro no la levantó.

—Voy a estar arriba —anuncié—. Si necesitás algo, avisás, ¿sí?

—Sí, mamá —contestó mi hijo, sin girar la cabeza.

Volví a mi cuarto. Subí con mi tazón de frutas, mi crema de manos y mi paz recuperada.

O eso creía.

***

Pasó casi una hora. La mascarilla ya estaba seca y me la estaba quitando con una toallita húmeda cuando escuché pasos en el pasillo. Golpes suaves en la puerta.

—Adelante —dije, sin pensar demasiado.

Abrió uno de los chicos. El que no había levantado la vista antes. Ahora sí me miraba. Con los ojos muy abiertos, como si hubiera entrado sin querer a un lugar al que no le correspondía estar.

—Perdón —dijo—. Buscaba el baño.

—Dos puertas más adelante —respondí.

Se quedó. Parado en el umbral, con la mano todavía en el marco de la puerta. Como si algo lo anclara ahí.

—¿Pasa algo más? —pregunté.

—No, nada. Es que… —hizo una pausa—. Yo no la conocía a usted.

—Normal —dije, sonriendo—. Tampoco yo te conocía a vos.

—Soy Bruno —dijo—. El hermano mayor de Marcos, el amigo de su hijo. Nos invitaron a los dos.

—Renata —respondí—. Podés decirme Renata.

—Claro. Bueno. Renata.

Le costó decirlo. Lo dijo como quien muerde algo por primera vez y no sabe bien si le gusta o le da miedo.

Se fue. Cerré la toallita. Me quedé mirando el techo un momento.

El aire de la habitación había cambiado de forma imperceptible.

***

Pasó otra hora larga. Ya había terminado con la mascarilla, con la crema de pies, con la lista de canciones. Estaba intentando leer cuando volvieron los golpes. Esta vez más suaves. Casi tímidos.

—Adelante.

Bruno. De nuevo.

—Hola —dije.

—Hola —respondió. Entró un paso y se detuvo—. ¿Puedo usar el baño de acá? Es que el otro está ocupado.

—Sí —dije—. Ya sabés dónde está.

Pasó. Escuché el agua del grifo. Escuché el grifo cerrarse. Y luego nada. Silencio.

Salió del baño y no se fue.

Se quedó parado junto a la puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho como si intentara hacerse más pequeño. Tenía veinte años a lo sumo. La mandíbula cuadrada de los chicos que todavía no saben que son atractivos, y los ojos de quien lleva un rato armándose de valor para decir algo.

—¿Querés sentarte? —le ofrecí, señalando el borde de la cama.

Se sentó. Con cuidado, como si el colchón fuera a romperse bajo su peso.

—Tu hermano le contó cosas sobre mi familia a mi hijo, ¿no? —pregunté, más por llenar el silencio que por curiosidad real.

—Algo así —dijo—. Él mencionó que usted… que estás sola. Sin pareja.

—Ajá.

—Y yo quería preguntarte algo.

Lo miré. Esperé.

—Preguntá —dije.

Tragó saliva. Miró el suelo. Luego me miró a mí, directo a los ojos, por primera vez de verdad.

—¿Saldrías conmigo?

Lo dijo de un tirón, como quien salta al agua desde demasiado alto.

Me contuve para no reírme. No por crueldad, sino porque la escena tenía algo de entrañable. Un chico de veinte años, parado en la habitación de una mujer de cuarenta, pidiéndole que saliera con él como si fuera lo más natural del mundo.

—¿A dónde me llevarías? —pregunté.

Dudó.

—No sé. Al cine, o… —hizo una pausa—. Al hotel.

—¿Al hotel directamente?

—Es que eso es lo que hacen los que están juntos.

Lo consideré. Él me miraba con esa mezcla rara de valentía y terror que tienen los chicos cuando acaban de decir algo que no saben si fue un error.

—¿Cuántos años tenés? —pregunté, aunque ya lo imaginaba.

—Veinte.

—Yo tengo cuarenta.

—Lo sé —dijo, sin pestañear.

—¿Y aun así?

—Aun así.

Hubo un silencio. Él esperaba. Yo lo dejé esperar un momento más.

—Decime una cosa —bajé un poco la voz—. ¿Qué es lo que realmente querés de mí?

Bajó la vista. Las mejillas se le pusieron rojas. Y luego, casi en un susurro:

—Que me enseñes.

—¿Enseñarte qué?

—Cómo… hacer el amor. Cómo hacerlo bien.

Eso no me lo esperaba. O sí. No sé exactamente qué esperaba en ese momento.

—Para eso no hace falta ser pareja —respondí, después de un momento—. Eso puede ser de otra manera.

Me miró.

—¿De verdad?

—¿Querés que esta noche te enseñe?

Sus ojos se abrieron. La respiración se le fue un segundo.

—¿Esta noche?

—Ahora no —aclaré—. Están los chicos abajo. Pero más tarde, si querés, volvés.

—¿A qué hora?

—A las nueve.

—¿Seguro?

—Seguro —dije—. Anotá mi número. Me escribís cuando estés en la puerta y yo bajo a abrirte.

Sacó el celular con manos que no le temblaban del todo. Anotó el número. Me miró una vez más, como para confirmar que no era un sueño, y salió de la habitación con pasos que querían parecer tranquilos y no lo eran.

***

Eran las ocho y cuarenta cuando me paré frente al espejo.

Me miré con honestidad. El pelo suelto, oscuro, con algunas canas que ya no me molestaban. La piel morena de mis hombros. La bata de seda negra, la que me pongo cuando quiero sentirme de una determinada manera.

Pensé en mandarle un mensaje diciéndole que mejor no. Que había sido un impulso, que no era buena idea, que lo dejáramos ahí.

No lo hice.

A las nueve menos cinco vibró el celular.

«Estoy afuera.»

Le respondí: «Esperá un minuto. Bajo yo a abrirte.»

Bajé despacio. La planta baja estaba en silencio. Los chicos ya se habían ido. Mi hijo había cerrado su cuarto. La casa era mía otra vez.

Abrí la puerta.

Bruno. Con la misma ropa de antes, el pelo un poco desordenado, los ojos que buscaban los míos en la oscuridad del umbral.

—Pasá —dije, en voz baja.

Subimos en silencio. Cerré la puerta de mi habitación con llave, despacio, sin hacer ruido.

Me giré.

Él estaba de pie en el centro del cuarto, mirándome con esa expresión que mezcla el deseo con el no saber qué hacer con el deseo.

—Estás nervioso —dije.

—Sí.

—Normal —respondí—. No te preocupes.

Me acerqué. Le puse una mano en el pecho. Lo sentí respirar hondo, contener algo.

—Vamos a ir despacio —dije—. ¿De acuerdo?

Asintió.

Lo besé. Primero suave, casi sin presión. Él no sabía bien cómo responder al principio, movía los labios sin terminar de encontrar el ritmo, pero aprendió rápido. Eso me gustó. La manera en que aprendía.

Lo llevé hacia la cama. Lo senté. Me puse frente a él.

—Mirá —le dije.

Me solté el nudo de la bata. La dejé caer despacio, no de golpe, sino dejando que sus ojos siguieran el movimiento hasta el final.

Quedé desnuda frente a él.

No habló. Solo me miraba. Con una intensidad que no había esperado de alguien de veinte años. Como si estuviera grabando cada detalle en algún lugar dentro de su memoria para no olvidarlo nunca.

Le tomé las manos y las puse sobre mi cintura.

—Tocá —le dije—. Sin miedo.

Sus manos se movieron despacio por mis caderas, mi espalda, mis costados. Como alguien que explora un territorio nuevo y quiere hacerlo bien, que no quiere arruinarlo.

Lo recosté sobre la cama. Me subí sobre él. Lo ayudé a quitarse la ropa, poco a poco, sin prisa. Cuando quedamos los dos sin nada entre nosotros, me quedé quieta un momento, mirándolo desde arriba.

—¿Bien? —pregunté.

—Sí —respondió, con la voz ronca.

—Entonces seguimos.

Lo guié. Despacio. Muy despacio. Dejé que su cuerpo encontrara el mío.

Cuando entró, cerró los ojos. La mandíbula apretada, los labios apenas separados, el cuerpo entero concentrado en ese instante como si no existiera ningún otro.

—Quedáte quieto —le susurré—. Solo sentí.

Empecé a moverme. Lentamente al principio, marcando el ritmo yo, controlando la profundidad y la cadencia. Observé su cara mientras lo hacía. La tensión en su cuello. El movimiento de su garganta al tragar. Las manos que buscaban mis caderas sin saber exactamente qué hacer con ellas.

—Así —le dije—. Dejá que sea yo.

Encontré mi ritmo. Subía y bajaba, sintiendo cada centímetro de él dentro de mí. No era el movimiento mecánico de quien lo hace por costumbre. Era otra cosa. La sensación concreta y extraña de tener a alguien que está aprendiendo en tiempo real, que registra todo lo que le hago.

Bruno gemía en voz muy baja. Se mordía el labio para controlarse. Sus manos apretaban las sábanas a los costados del cuerpo.

—Doña Renata… —susurró.

—No hables —respondí—. Solo sentí.

Aumenté el ritmo. Él arqueó la espalda. Le sudaba la frente. La respiración se volvía más corta, más urgente, los jadeos separados por silencios cada vez más breves.

—Ya —dijo, en voz muy baja—. Ya no puedo más.

—Todavía —respondí.

—No aguanto.

—Sí aguantás.

Sus manos me agarraron fuerte de las caderas. Me empujaron hacia abajo. El cuerpo que pedía una cosa mientras la boca decía otra.

Lo sentí explotar dentro de mí. Un gemido largo y profundo que intentó ahogar mordiéndose el puño. El cuerpo sacudiéndose en oleadas. Los ojos perdidos hacia el techo.

Me quedé sobre él un momento largo, sintiendo cómo volvía despacio al mundo, cómo la respiración se iba acompasando con cada segundo que pasaba.

***

Le acaricié el pelo antes de bajarme. No dije nada. A veces no hace falta.

Fui al baño. Cuando volví, él seguía tumbado, mirando el techo con esa expresión de quien acaba de entender algo que no había entendido antes y no sabe del todo qué hacer con eso.

—¿Cómo estás? —pregunté, tomando mi bata del suelo.

—Bien —dijo—. Muy bien.

Me até la bata. Me senté en el borde de la cama, a su lado, dejando un espacio entre los dos.

—¿Tenés alguna pregunta? —dije.

Se rio. Una risa suave, todavía sin fuerzas completas.

—Muchas.

—Las guardás para la próxima clase —respondí.

Me miró.

—¿Va a haber próxima clase?

Lo pensé un segundo. Lo miré. El pelo revuelto, la mandíbula, los ojos que todavía brillaban con algo que todavía no sabía nombrar.

—Eso depende de vos —dije—. Si estudiás bien.

Se incorporó. Empezó a buscar su ropa con movimientos lentos, todavía un poco torpes. Se vistió despacio, sin apuro. Antes de irse, se paró frente a mí.

—Gracias —dijo.

—No me des las gracias todavía —respondí—. Apenas empezamos.

Sonrió. Una sonrisa ancha, de oreja a oreja, que le cambió toda la cara. Salió de la habitación en silencio, como le había pedido.

Escuché sus pasos en el pasillo. La puerta de calle abriéndose y cerrándose con cuidado, casi con sigilo.

Me quedé apoyada contra el respaldo de la cama. La habitación olía distinto. El silencio era distinto. Yo era un poco distinta también, aunque no habría sabido explicar bien por qué.

Me miré las manos. La crema de almendras que todavía las suavizaba. El esmalte del pie derecho que me había puesto esa misma tarde, en mi ritual de lunes.

Los lunes seguirían siendo míos.

Solo que ahora compartía algunos de ellos.

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4.7 (6)

Comentarios (8)

Luisa_M

Que bueno!!! lo lei de un tiron, no pude parar. Sigue así!

rodrigo_baires

Por favor que haya continuacion, no puede terminar ahi. Quede con muchas ganas de mas.

Carmen_R

Me recordo a una situacion parecida que viví hace tiempo, esas miradas dicen mas que mil palabras jaja

claudio

Increible como con tan poco al principio lograste tanta tension. Muy bien escrito.

Marta_K

Buenísimo! la descripcion inicial me atrapo enseguida. Espero el proximo relato

lector87

jajaja veinte años y cara de nervios... me imagine la escena perfectamente. tremendo

NormaLp

Se me hizo corto, queria seguir leyendo. Una segunda parte seria genial!

Ferchu22

Muy buen relato. Me gusto el tono, se siente natural y no forzado. Saludos desde Chile.

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