La lección que le di al amigo de mi hijo
Los lunes eran míos.
Eso lo tenía muy claro desde hacía años. Mi hijo sabía perfectamente que los lunes por la noche no se traía visitas. Era mi ritual sagrado: mascarilla de arcilla, crema de pies, aceite de almendras en los codos, tele de fondo a volumen bajo. La semana empezaba así, consintiendo a mi propio cuerpo antes de que el trabajo volviera a reclamarlo todo.
Pero ese lunes Bruno entró en mi vida.
Sonó el mensaje de mi hijo a las seis y media. Que ya venía, que si podía llevar a dos amigos a jugar. Le respondí que bueno, aunque me tomé el tiempo de aclararle también que eso no se hacía, que los lunes eran sagrados, que ya hablaríamos. Él contestó con un emoji de corazón. A veces pienso que ese emoji es su forma de decirme «ya sé, mamá, tienes razón, pero lo hice igual».
Cuando llegó, ya estaba yo recién salida de la ducha. Piel caliente, pelo mojado, bata vieja de algodón azul. Le grité desde arriba que en el horno había algo para ellos, tres minutos y listo. Él respondió con un «gracias, mamá» que me llegó justo cuando cerraba la puerta de mi cuarto.
Los escuchaba desde arriba. Risas, gritos frente a la tele, el ruido característico de tres personas jóvenes que no saben bajar el volumen. Me quedé en mi habitación, con la mascarilla en la cara y una lista de canciones tranquilas que nunca logro escuchar entera.
Estaba bien.
Bueno. Casi bien.
Me incorporé y bajé. No por ninguna razón en particular. A veces uno simplemente baja. Revisé que el horno estuviera apagado, miré de reojo al grupo en la sala. Mi hijo y dos chicos que no conocía. Uno de ellos levantó la vista un segundo y la volvió rápido a la pantalla. El otro no la levantó.
—Voy a estar arriba —anuncié—. Si necesitás algo, avisás, ¿sí?
—Sí, mamá —contestó mi hijo, sin girar la cabeza.
Volví a mi cuarto. Subí con mi tazón de frutas, mi crema de manos y mi paz recuperada.
O eso creía.
***
Pasó casi una hora. La mascarilla ya estaba seca y me la estaba quitando con una toallita húmeda cuando escuché pasos en el pasillo. Golpes suaves en la puerta.
—Adelante —dije, sin pensar demasiado.
Abrió uno de los chicos. El que no había levantado la vista antes. Ahora sí me miraba. Con los ojos muy abiertos, como si hubiera entrado sin querer a un lugar al que no le correspondía estar.
—Perdón —dijo—. Buscaba el baño.
—Dos puertas más adelante —respondí.
Se quedó. Parado en el umbral, con la mano todavía en el marco de la puerta. Como si algo lo anclara ahí.
—¿Pasa algo más? —pregunté.
—No, nada. Es que… —hizo una pausa—. Yo no la conocía a usted.
—Normal —dije, sonriendo—. Tampoco yo te conocía a vos.
—Soy Bruno —dijo—. El hermano mayor de Marcos, el amigo de su hijo. Nos invitaron a los dos.
—Renata —respondí—. Podés decirme Renata.
—Claro. Bueno. Renata.
Le costó decirlo. Lo dijo como quien muerde algo por primera vez y no sabe bien si le gusta o le da miedo.
Se fue. Cerré la toallita. Me quedé mirando el techo un momento.
El aire de la habitación había cambiado de forma imperceptible.
***
Pasó otra hora larga. Ya había terminado con la mascarilla, con la crema de pies, con la lista de canciones. Estaba intentando leer cuando volvieron los golpes. Esta vez más suaves. Casi tímidos.
—Adelante.
Bruno. De nuevo.
—Hola —dije.
—Hola —respondió. Entró un paso y se detuvo—. ¿Puedo usar el baño de acá? Es que el otro está ocupado.
—Sí —dije—. Ya sabés dónde está.
Pasó. Escuché el agua del grifo. Escuché el grifo cerrarse. Y luego nada. Silencio.
Salió del baño y no se fue.
Se quedó parado junto a la puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho como si intentara hacerse más pequeño. Tenía veinte años, la mandíbula cuadrada de los chicos que todavía no saben que son atractivos, y los ojos de quien lleva un rato armándose de valor para decir algo.
—¿Querés sentarte? —le ofrecí, señalando el borde de la cama.
Se sentó. Con cuidado, como si el colchón fuera a romperse bajo su peso.
—Tu hermano le contó cosas sobre mi familia a mi hijo, ¿no? —pregunté, más por llenar el silencio que por curiosidad real.
—Algo así —dijo—. Él mencionó que usted… que estás sola. Sin pareja.
—Ajá.
—Y yo quería preguntarte algo.
Lo miré. Esperé.
—Preguntá —dije.
Tragó saliva. Miró el suelo. Luego me miró a mí, directo a los ojos, por primera vez de verdad.
—¿Saldrías conmigo?
Lo dijo de un tirón, como quien salta al agua desde demasiado alto.
Me contuve para no reírme. No por crueldad, sino porque la escena tenía algo de entrañable. Un chico de veinte años, parado en la habitación de una mujer de cuarenta, pidiéndole que saliera con él como si fuera lo más natural del mundo.
—¿A dónde me llevarías? —pregunté.
Dudó.
—No sé. Al cine, o… —hizo una pausa—. Al hotel.
—¿Al hotel directamente?
—Es que eso es lo que hacen los que cogen.
Lo consideré. Él me miraba con esa mezcla rara de valentía y terror que tienen los chicos cuando acaban de decir algo que no saben si fue un error.
—¿Cuántos años tenés? —pregunté, aunque ya lo imaginaba.
—Veinte.
—Yo tengo cuarenta.
—Lo sé —dijo, sin pestañear.
—¿Y aun así?
—Aun así.
Hubo un silencio. Él esperaba. Yo lo dejé esperar un momento más.
—Decime una cosa —bajé un poco la voz—. ¿Qué es lo que realmente querés de mí?
Bajó la vista. Las mejillas se le pusieron rojas. Y luego, casi en un susurro:
—Que me enseñes a coger.
—¿A coger cómo?
—Como se coge bien. Como coge un tipo que sabe. Yo no sé, doña Renata. Lo hice dos veces y las dos me corrí en un minuto y las chicas se fueron sin decirme nada. Quiero aprender a durar. A hacer lo que hay que hacer. A que una mujer se acabe conmigo.
Eso no me lo esperaba. O sí. No sé exactamente qué esperaba en ese momento. Lo miré. Le miré la boca, el cuello, las manos grandes apoyadas en las rodillas. Miré también el bulto que se le marcaba en el pantalón desde que había entrado y que él intentaba disimular cruzando las piernas.
—Para eso no hace falta ser pareja —respondí, después de un momento—. Eso puede ser de otra manera.
Me miró.
—¿De verdad?
—¿Querés que esta noche te enseñe a coger?
Sus ojos se abrieron. La respiración se le fue un segundo.
—¿Esta noche?
—Ahora no —aclaré—. Están los chicos abajo. Pero más tarde, si querés, volvés. Y te abro las piernas y te enseño una por una todas las cosas que hay que saber para que una mujer te pida más.
Se le atragantó el aire. Vi cómo se le movía la garganta al tragar.
—¿A qué hora?
—A las nueve.
—¿Seguro?
—Seguro —dije—. Anotá mi número. Me escribís cuando estés en la puerta y yo bajo a abrirte. Y venís con la polla descansada, Bruno. Porque no vas a coger una vez conmigo, vas a coger las que aguantes.
Sacó el celular con manos que no le temblaban del todo. Anotó el número. Me miró una vez más, como para confirmar que no era un sueño, y salió de la habitación con pasos que querían parecer tranquilos y no lo eran.
***
Eran las ocho y cuarenta cuando me paré frente al espejo.
Me miré con honestidad. El pelo suelto, oscuro, con algunas canas que ya no me molestaban. La piel morena de mis hombros. La bata de seda negra, la que me pongo cuando quiero sentirme de una determinada manera. Debajo, nada. Ni bombacha ni corpiño. Sabía perfectamente lo que iba a pasar cuando ese chico cruzara la puerta y no tenía sentido fingir que iba a haber preámbulo.
Pensé en mandarle un mensaje diciéndole que mejor no. Que había sido un impulso, que no era buena idea, que lo dejáramos ahí.
No lo hice.
Ya sentía la humedad entre las piernas de sólo pensar en la cara que había puesto cuando le dije que le iba a enseñar. En el bulto que se le había marcado en el jean. En la voz de nene grande que le salió cuando dijo «que me enseñes a coger». Hacía meses que no me tocaba nadie y mi coño lo sabía. Palpitaba solo, apretado, esperando.
A las nueve menos cinco vibró el celular.
«Estoy afuera.»
Le respondí: «Esperá un minuto. Bajo yo a abrirte.»
Bajé despacio. La planta baja estaba en silencio. Los chicos ya se habían ido. Mi hijo había cerrado su cuarto. La casa era mía otra vez.
Abrí la puerta.
Bruno. Con la misma ropa de antes, el pelo un poco desordenado, los ojos que buscaban los míos en la oscuridad del umbral.
—Pasá —dije, en voz baja.
Subimos en silencio. Cerré la puerta de mi habitación con llave, despacio, sin hacer ruido.
Me giré.
Él estaba de pie en el centro del cuarto, mirándome con esa expresión que mezcla el deseo con el no saber qué hacer con el deseo. Y con un bulto en el jean que ya no intentaba disimular.
—Estás nervioso —dije.
—Sí.
—Normal —respondí—. Se te va a pasar en cuanto la tengas adentro.
Me acerqué. Le puse una mano en el pecho y la fui bajando por el abdomen hasta que llegué a la hebilla del cinturón. Le apreté por encima de la tela. La tenía dura como una piedra.
—Uh —murmuré—. Mirá cómo estás.
—Doña Renata…
—Renata. Y no hables todavía.
Lo besé. Primero suave, casi sin presión. Él no sabía bien cómo responder al principio, movía los labios sin terminar de encontrar el ritmo, pero aprendió rápido. Le metí la lengua y él la buscó con la suya, y le mordí el labio de abajo, y él soltó un gemido que trató de tragarse. Eso me gustó. La manera en que aprendía.
Le desabroché el cinturón sin dejar de besarlo. Le bajé el cierre. Metí la mano por dentro del calzoncillo y le agarré la verga directamente. Estaba caliente, gruesa, dura contra la palma. Le apreté en la base y él arqueó las caderas hacia adelante como si el cuerpo se le fuera solo.
—Quieto —le dije al oído—. Todavía no.
Le saqué la verga del pantalón. Estaba mojada en la punta. Se la pasé de arriba abajo con la mano abierta, despacio, mirándole la cara mientras lo hacía.
—Mirá para abajo —le dije—. Mirá lo que te estoy haciendo.
Bajó la vista y se le escapó un jadeo. Yo también la miré. Le tenía la polla parada entre los dedos, gruesa, con la cabeza brillante. Le pasé el pulgar por la punta y le esparcí la humedad hacia abajo. Se le tembló la pierna.
—Vamos a ir despacio —dije—. Muy despacio. Vos aguantás lo que yo te diga que aguantés. ¿De acuerdo?
Asintió sin poder hablar.
Lo llevé hacia la cama. Lo senté en el borde. Le terminé de bajar los pantalones y el calzoncillo hasta los tobillos. Le saqué la remera por la cabeza. Quedó ahí sentado, desnudo, con la verga apuntando al techo y las manos apoyadas a los costados como si no supiera dónde meterlas.
Me puse de pie frente a él.
—Mirá —le dije.
Me solté el nudo de la bata. La dejé caer despacio, no de golpe, sino dejando que sus ojos siguieran el movimiento hasta el final. La seda me resbaló por los hombros, por la cintura, y quedó en un charco negro alrededor de mis pies.
Quedé desnuda frente a él.
No habló. Solo me miraba. Los ojos le pasaron por las tetas, por el vientre, se le clavaron entre las piernas. Se me endurecieron los pezones de sentirlo mirar así.
—Tocá —le dije—. Sin miedo. Es tuyo por esta noche.
Le tomé las manos y las puse sobre mis tetas. Se las apretó despacio, con las dos manos, como quien no puede creer lo que tiene entre los dedos. Le agarré una y me la llevé a la boca. Le chupé el pulgar mientras él me pellizcaba el pezón con la otra.
—Así —le dije al soltarle el dedo—. Ahora la boca. Mamámelas.
Se inclinó hacia adelante y me metió un pezón en la boca. Chupó, con más ganas que técnica, pero con hambre real. Yo le agarré la nuca y se lo mantuve pegado. Le enseñé con la mano el ritmo, cómo chuparlo, cómo pasarle la lengua por encima, cómo mordisquearlo apenas sin lastimar. Aprendía rápido el hijo de puta.
Cuando ya tenía los dos pezones duros y brillantes de saliva, lo empujé para atrás. Cayó de espaldas sobre la cama.
Me arrodillé entre sus piernas.
—Ahora prestá atención —le dije—. Esto es importante.
Le agarré la verga con una mano en la base. La miré de cerca, gruesa, palpitando. Le saqué la lengua desde abajo hasta arriba, en un solo lengüetazo largo y lento. Él se agarró de la sábana con los dos puños.
—Puta madre… —susurró.
—Callate.
Me la metí en la boca. Entera, hasta donde pude. Él soltó un gemido ronco y le tembló todo el cuerpo. Le hice fondo, respiré por la nariz, la mantuve ahí un segundo, y la saqué despacio, chupando fuerte. Volví a metérmela. Otra vez. Y otra. Con la mano acompañaba lo que la boca no alcanzaba a cubrir. La saliva me chorreaba por el mentón y se le juntaba en la base y le mojaba las bolas.
—Doña Renata, me voy a correr…
La saqué de la boca de un tirón y le apreté fuerte en la base. Le apreté hasta que le vi la cara de dolor.
—No —le dije—. Todavía no te vas a correr. Vos me avisás antes, siempre, y yo decido cuándo. ¿Está claro?
—Sí —jadeó.
—Cuando cojas con una mujer, la mujer se acaba primero. Siempre. ¿Me entendiste?
—Sí.
—Bien.
Le solté la verga. Me trepé sobre él. Le pasé una pierna por encima y me senté a horcajadas, pero sin dejar que me tocara todavía. Le apoyé el coño mojado sobre el vientre y le manché la piel de humedad. Él bajó la vista y vio la marca húmeda que le dejaba y se le escapó otro gemido.
—Mirá lo mojada que me tenés —le dije.
—Sí…
—Decilo.
—Estás… mojada.
—Decilo bien.
—Tenés el coño mojado.
—Muy bien.
Me levanté apenas. Le agarré la verga y me la pasé por los labios de abajo, arriba y abajo, sin dejarlo entrar. Se la mojé bien con lo mío. Él intentó empujar hacia arriba y yo me alejé.
—Quieto —le dije—. Vos no empujás. Yo te doy.
Me acomodé la punta en la entrada. Bajé un centímetro. Otro. Sentí cómo me abría. Estaba gruesa. Bajé otro poco y lo miré a los ojos. Él tenía la boca abierta y no respiraba.
Me dejé caer entera.
Se me escapó un gemido largo. Lo tuve tan adentro que sentí la punta contra el fondo. Me quedé quieta un segundo, apretándolo con los músculos, sintiéndolo palpitar dentro de mí.
—¿La sentís? —le pregunté.
—Sí… puta madre, sí…
—Así se siente un coño de verdad, Bruno. Uno que sabe apretar. Aprendé a reconocerlo.
Empecé a moverme. Lentamente al principio, marcando el ritmo yo, controlando la profundidad y la cadencia. Subía hasta casi sacarla, la apretaba con todo, y volvía a bajar hasta el fondo. Observé su cara mientras lo hacía. La tensión en su cuello. El movimiento de su garganta al tragar. Las manos que me buscaban las caderas sin saber exactamente qué hacer con ellas.
—Agarrame acá —le dije, poniéndole las manos en la cintura—. Fuerte. Como si fuera tuya.
Me apretó. Me clavó los dedos. Aumenté un poco el ritmo. Le apoyé las manos en el pecho para tomar impulso y empecé a subir y bajar más fuerte. Se escuchaba el ruido del cuerpo mío chocándole contra el suyo. Un ruido húmedo, obsceno, que se le mezclaba con los jadeos.
—Doña Renata… —susurró.
—Callate. Solo mirá cómo te cojo.
Le acerqué las tetas a la boca. Se las metí una a una. Él chupaba con desesperación. Le sudaba la frente. La respiración se le volvía más corta, más urgente.
—Ya… —dijo, en voz muy baja—. Ya no puedo más.
Me levanté de un tirón. Le saqué la verga de adentro y se la apreté fuerte en la base otra vez. Él soltó un quejido de frustración pura.
—Todavía no —le dije—. Ni te imaginás lo que falta.
Me bajé de la cama. Me di vuelta. Me apoyé sobre el colchón de rodillas, sacándole el culo hacia atrás.
—Vení —le dije por encima del hombro—. Ahora vos.
Se acomodó atrás mío. Sentí cómo se posicionaba, cómo intentaba encontrar la entrada con la punta. Estaba temblando. Le agarré la mano y lo guié.
—Metémela despacio. Toda de una.
Entró. Un solo empuje largo, hasta el fondo. Se me escapó un gemido contra la sábana.
—Ahora movete —le dije—. Como te enseñé recién. Adentro, afuera. Despacio. Que se sienta cada centímetro.
Empezó a moverse. Al principio inseguro, después con más ritmo. Le costaba controlarse, tiraba de más, pero aprendía. Le agarré una mano y me la llevé al pelo.
—Agarrame de acá.
Me agarró un puñado y tiró. No fuerte, midiendo.
—Más fuerte, Bruno. No me vas a romper.
Tiró más fuerte. Se me arqueó la espalda sola. Empecé a moverme yo también contra él, empujando el culo hacia atrás cada vez que él empujaba hacia adelante. El sonido de los cuerpos chocando llenaba la habitación. Los jadeos míos, los de él, la respiración pesada, todo mezclado.
—Ahora más fuerte —le dije—. Cógeme fuerte. No tengas miedo.
Me la empezó a meter con ganas. Cada empuje me llegaba al fondo. Cada empuje me arrancaba un gemido. Le sentía la verga hincharse más, palpitar más adentro mío.
—Con la otra mano, tocáme —le dije—. Adelante. Buscáme el clítoris.
Me llevó la mano al pubis. Le agarré los dedos y le mostré. Le indiqué el punto exacto.
—Acá. Con dos dedos. En círculos. Suave al principio.
Empezó a hacer círculos. Se me escapó un gemido ronco. Le corregí el ritmo apretándole la mano contra mí, marcándole la velocidad. Él aprendía. Ajustaba. Escuchaba lo que mi cuerpo le pedía.
—Así —jadeé—. Así, no pares.
Empecé a sentir cómo se me apretaba todo por dentro. Cómo la ola subía desde el fondo del vientre. Le empujé el culo hacia atrás con más fuerza. Le clavaba la verga cada vez que él empujaba hacia adelante y los dedos me raspaban el clítoris en cada empujón.
—Me vengo —le avisé—. Seguí igual, no cambies nada.
—Doña Renata…
—Callate y seguí.
Me vine. Fuerte. Se me sacudieron las piernas y se me contrajo todo por dentro apretándole la verga. Se me escapó un gemido largo contra la sábana que tuve que morder para no despertar la casa entera. El coño me palpitó apretándolo en oleadas. Él siguió empujando en medio de mi acabada, aguantando, con la boca contra mi espalda.
Cuando volví al mundo, todavía la tenía dura adentro.
—Ahora vos —le dije, todavía jadeando—. Ahora te podés correr. Adentro. No te salgas.
—¿Adentro?
—Adentro. Estoy cuidada. Dame todo.
Le agarré una mano y me la llevé a la cadera. Le empujé el culo contra él. Se le desataron los últimos empujones, ya sin ritmo, ya sin control. La respiración se volvía urgente, los jadeos separados por silencios cada vez más breves.
—Ya… —dijo—. Ya voy…
—Vení. Correte. Lléname.
Me agarró de las caderas con las dos manos y me clavó tres, cuatro empujones brutales, hasta el fondo, y lo sentí explotar dentro de mí. Un gemido largo y profundo que intentó ahogar mordiéndose el puño contra mi espalda. El cuerpo sacudiéndose en oleadas. Sentí cómo se le vaciaba la verga adentro, chorro tras chorro, caliente, y cómo se le empezaba a escapar por los bordes.
Se quedó adentro. Colgado sobre mí, temblando, con la frente apoyada entre mis omóplatos. Yo sentía cómo el semen le seguía saliendo despacio, cómo la verga le iba perdiendo la dureza dentro mío, cómo la respiración se le iba acompasando con cada segundo que pasaba.
—Quedate un rato así —le dije—. Sin salir.
Se quedó. Un minuto, dos, no sé. Cuando finalmente se salió, sentí el chorro caliente resbalarme por la cara interna del muslo. Me di vuelta y me tiré de espaldas en la cama. Él se dejó caer al lado, con la verga todavía brillante y semi dura contra la pierna.
***
Le acaricié el pelo. No dije nada. A veces no hace falta.
Fui al baño. Me limpié entre las piernas con un paño tibio. Cuando volví, él seguía tumbado, mirando el techo con esa expresión de quien acaba de entender algo que no había entendido antes y no sabe del todo qué hacer con eso.
—¿Cómo estás? —pregunté, tomando mi bata del suelo.
—Bien —dijo—. Muy bien.
Me até la bata. Me senté en el borde de la cama, a su lado, dejando un espacio entre los dos.
—¿Tenés alguna pregunta? —dije.
Se rio. Una risa suave, todavía sin fuerzas completas.
—Muchas.
—Las guardás para la próxima clase —respondí.
Me miró.
—¿Va a haber próxima clase?
Lo pensé un segundo. Lo miré. El pelo revuelto, la mandíbula, la verga todavía brillante contra el muslo, los ojos que todavía brillaban con algo que todavía no sabía nombrar.
—Eso depende de vos —dije—. Si estudiás bien. Todavía te falta aprender a comer coño, y eso lleva su tiempo.
Se le abrieron los ojos.
—¿Me vas a enseñar eso?
—Todo. Te voy a enseñar todo. Pero de a poco.
Se incorporó. Empezó a buscar su ropa con movimientos lentos, todavía un poco torpes. Se vistió despacio, sin apuro. Antes de irse, se paró frente a mí.
—Gracias —dijo.
—No me des las gracias todavía —respondí—. Apenas empezamos.
Sonrió. Una sonrisa ancha, de oreja a oreja, que le cambió toda la cara. Salió de la habitación en silencio, como le había pedido.
Escuché sus pasos en el pasillo. La puerta de calle abriéndose y cerrándose con cuidado, casi con sigilo.
Me quedé apoyada contra el respaldo de la cama. La habitación olía a sexo. A mí, a él, a los dos mezclados. El silencio era distinto. Yo era un poco distinta también, aunque no habría sabido explicar bien por qué.
Me miré las manos. La crema de almendras que todavía las suavizaba. El esmalte del pie derecho que me había puesto esa misma tarde, en mi ritual de lunes.
Los lunes seguirían siendo míos.
Solo que ahora compartía algunos de ellos.