Cuarenta años y una noche de tríos que nunca debí contar
Llevábamos cuatro días en la casa de la costa y era exactamente lo que necesitábamos: levantarnos tarde, desayunar sin prisa, pasear por acantilados donde el viento nos despejaba la cabeza de todo lo que teníamos pendiente. Para cuatro personas que vivían corriendo detrás de hijos pequeños, jefes y listas interminables, aquellos días en Asturias eran algo cercano al paraíso.
La casa era de la familia de Raquel. Ella había crecido veraneando allí desde pequeña y conocía cada rincón del pueblo, cada bar, a media docena de personas con quienes había perdido el contacto pero que, según me explicó durante el trayecto en coche, «siempre están cuando vuelves». Raquel era así: alta, delgada, rubia teñida, con una capacidad para hablar con desconocidos que yo siempre había admirado y envidiado a partes iguales. Hacía tres años que se había divorciado y desde entonces, según confesó esa tarde con una risa que no era del todo risa, no había tenido tiempo ni de salir a cenar sola.
Mi hermana gemela Vera era diferente. Más ordenada, más pausada, también divorciada desde hacía dos años. Nos parecíamos tanto físicamente que la gente seguía confundiendo nuestras voces por teléfono, pero cualquiera que nos conociera bien sabía distinguirnos sin dudar: ella llevaba el pelo corto, yo más largo; ella tendía a los colores oscuros, yo al vaquero desgastado. Ella pensaba antes de hablar; yo ya había terminado la frase cuando ella empezaba a abrir la boca.
Y luego estaba Marcos, mi marido. Cuarenta años cumplidos cuatro meses antes, ingeniero de telecomunicaciones, buen tipo, buen padre y buen marido en el sentido más completo y también más predecible del término. Lo quería. Lo quería mucho. Pero había noches —muchas noches— en que me preguntaba cuándo habíamos dejado de sorprendernos el uno al otro, cuándo habíamos llegado a ese acuerdo tácito de no exigir nada nuevo.
Era sábado. El día que Vera y yo cumplíamos cuarenta años.
***
Cenamos pronto, a las nueve: pasta con mejillones que Marcos había preparado con esa concentración suya de siempre, y una botella de albariño que terminamos sin apenas darnos cuenta. Los niños estaban en Madrid con mis padres. Aquella noche no había nadie a quien rendir cuentas, nadie que necesitara agua a las once ni que llorara a medianoche. Era extraño. Era maravilloso.
Fue Raquel quien rompió el silencio cómodo de después de cenar.
—Tenemos que recordar esta noche toda la vida —dijo, dejando la copa sobre la mesa con una deliberación que anunciaba discurso—. No como un viaje más. Algo que marque de verdad. Algo que no le cuentes a tu madre ni a tu jefa ni a tu terapeuta.
—¿Qué propones? —preguntó Vera, con esa sonrisa de quien sabe que la conversación se va a poner interesante.
—No lo sé todavía. Pero tiene que ser real. Algo que nos dé vértigo.
Marcos bebió un sorbo de vino sin decir nada. Yo lo miré. Él me devolvió la mirada con cara de «esto no va a terminar bien», pero tampoco protestó. Esa fue mi señal de que podíamos continuar.
Empezamos a proponer ideas como quien tira dados sobre la mesa. Tirarnos en paracaídas: descartado por unanimidad en cuanto Vera dijo «tenemos hijos pequeños» y las otras dos asentimos sin pensarlo. Hacerse un tatuaje: Marcos lo rechazó con un gesto de la mano que no admitía debate; a mí tampoco me atraía, aunque Vera lo mencionó con una timidez que traicionaba que llevaba tiempo dándole vueltas. Conducir de noche hasta el faro más cercano a toda velocidad: interesante en teoría, completamente soso en la práctica.
Entonces Raquel dejó la copa, cruzó los brazos sobre la mesa y dijo, con la misma naturalidad con que habría propuesto ir al cine:
—¿Y si organizamos una orgía?
Hubo un silencio de los que se pueden contar. Marcos la miró fijamente.
—¿Pretendes que me acueste con mi cuñada delante de mi mujer?
—Que no, Marcos. No entre nosotros. Con gente de fuera. Desconocidos. Vosotros dos hacéis lo que queráis entre vosotros, pero además invitamos a más gente. Vera y yo llevamos años sin estar con nadie.
—Yo llevo tres años —aclaró Raquel, levantando el dedo como si estuviera en clase.
—Yo dos —añadió Vera, como si reportara un dato técnico perfectamente neutral.
Marcos miró el techo. Vera se mordió el labio inferior tratando de no sonreír. Raquel esperaba con esa paciencia suya de quien sabe que el cliente ya está convencido, solo necesita tiempo.
—Claudia —me miró directamente—, tú tampoco has dicho que no.
—Yo no he dicho nada —precisé.
—Exacto.
La discusión duró casi una hora. Se barajaron todas las opciones, se pusieron objeciones a todas, se levantaron y se tiraron argumentos con la concentración de quien debate algo verdaderamente importante. Marcos votó por el paracaídas, Vera tímidamente por el tatuaje. La orgía ganó por tres votos a uno, aunque Vera añadió que votaba condicionado a que hubiera más participantes porque «de perdidos al río, pero no voy a estar en pelotas delante de Marcos en petit comité».
—Eso se arregla —dijo Raquel.
Sacó el teléfono y llamó a Fede.
***
Fede era un amigo de la infancia, del pueblo, de esos que viven exactamente donde los dejaste y que aparecen cuando los llamas como si el tiempo no hubiera pasado. Llegó media hora después con Nuria, una mujer morena de unos treinta y muchos que lo seguía con la naturalidad de quien está acostumbrada a ir a sitios nuevos sin hacer preguntas.
Él era uno de esos hombres que habían sido muy guapos de jóvenes y que todavía lo eran en parte, pero con las marcas visibles de los años mal llevados. Tenía esa sonrisa fácil de quien nunca ha necesitado esforzarse demasiado para conseguir lo que quería. Nuria era delgada, con unos ojos que miraban todo con una distancia que no era indiferencia sino algo más complicado.
—He oído que queréis organizar algo especial —dijo Fede, sentándose con la confianza de quien ya forma parte del plan sin haber llegado todavía.
—Algo así —confirmó Raquel.
Mientras Fede y Nuria se instalaban en el salón y Marcos los observaba con la expresión de quien ve venir el desastre sin saber cómo frenarlo, Raquel le hizo una seña a Vera. Las dos se cambiaron de ropa, cogieron los bolsos y salieron hacia el pueblo.
Nos quedamos los cuatro. Hablamos de cosas sin importancia mientras esperábamos, con esa cortesía extraña que se establece entre desconocidos que saben que en pocas horas van a compartir algo que no comparten con casi nadie.
Marcos se acercó a mí en un momento en que los otros dos estaban distraídos.
—Podemos decir que no —me dijo en voz baja—. A todo esto. Ahora mismo, antes de que llegue nadie más.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué no lo decimos?
Porque llevaba diez años diciendo que sí a todo lo razonable y quería saber qué se sentía al decirle que sí a algo que no lo era.
—Porque esta noche cumplimos cuarenta —dije en cambio.
Él no respondió. Pero tampoco se movió del sofá.
***
Raquel y Vera volvieron una hora después con tres hombres.
Entré en pánico antes de verles la cara. Luego los vi y el pánico se transformó en algo diferente: algo que no quería nombrar todavía porque nombrarlo implicaba aceptarlo.
Dos de ellos eran altos, de casi metro noventa, con ese tipo de cuerpo que se nota incluso bajo la ropa. El tercero era más bajo y tranquilo, con cara de buen chico y los ojos de quien prefiere escuchar antes de hablar.
—Rodrigo —dijo el más alto, tendiendo la mano—. Médico de urgencias. Este es Iñaki, profesor de instituto. Y Damián está de luto porque su novia lo dejó la semana pasada, así que viene de apoyo emocional.
Damián le lanzó una mirada cargada de ironía pero sonrió. Era una sonrisa limpia, sin arrogancia, de alguien que no necesita demostrar nada.
—¿Cuántos años tienes? —le pregunté, porque no pude evitarlo.
—Treinta y uno.
—Nueve menos que yo.
—Lo sé —dijo—. He hecho la cuenta de camino aquí.
Había algo en su manera de decirlo —sin disculpas y sin fanfarronería— que me pareció completamente honesto. Como si la diferencia de edad fuera un dato más, no un problema ni una ventaja.
Nos sentamos todos en el salón. Fede abrió botellas, Nuria organizó los vasos. Hubo conversación real, de la que fluye sola sin que nadie la empuje: Rodrigo explicó algo sobre su turno de guardia con una seriedad que provocaba risa involuntaria. Iñaki tenía una teoría sobre el reguetón que involucró a Vera en un debate que duró veinte minutos y que nadie ganó. Damián y yo hablamos en voz baja sobre nada en particular —la costa, el frío de septiembre, una película que los dos habíamos visto y que recordábamos de manera completamente diferente— y era la primera vez en mucho tiempo que yo mantenía una conversación sin pensar en otra cosa al mismo tiempo.
Marcos bebía y miraba. No decía nada, pero tampoco parecía incómodo. Más bien parecía que estaba tomando medidas de todo.
En algún momento, Fede sacó una bolsita de la chaqueta y la dejó sobre la mesa de centro sin aspavientos. Nuria sacó un espejo del bolso. Yo lo miré desde el otro extremo del sofá y no dije nada.
Rodrigo fue el primero en hablar.
—Yo no tomo. Trabajo en urgencias y he visto lo que les pasa a personas que lo prueban por primera vez pensando que no va a ocurrir nada. Cada uno decide lo que quiere, pero yo paso.
Lo dijo sin tono de sermón, con la misma calma con que había hablado de todo lo demás. Marcos asintió en silencio. Los otros dos chicos declinaron también, sin drama.
Raquel fue la primera de nosotras. Lo hizo sin apartar la vista, con esa determinación suya que toda la vida me había parecido excesiva y que esa noche me pareció, no sé, admirable. Vera fue la segunda. La vi hacerlo y pensé que nunca habíamos compartido algo tan ajeno a todo lo que éramos.
Yo me levanté y fui al baño.
Cerré la puerta con el pestillo. Me senté en el borde de la bañera con las manos en las rodillas. El corazón me latía demasiado rápido, pero no era exactamente miedo. Era esa sensación de cuando estás a punto de cruzar algo y todavía puedes dar media vuelta y pretender que nada había pasado.
Me quedé ahí sentada cinco minutos largos mirando los azulejos.
Luego salí sin haber tomado nada y le dije a Raquel que lo había pensado mejor. Ella asintió sin hacer preguntas y sin ningún juicio en la cara. Eso también se lo agradecí al cuerpo: que no hubiera presión en ningún sentido, que nadie esperara nada de mí esa noche excepto yo misma.
Cuando alguien puso música, me levanté a bailar. Era la primera vez en mucho tiempo que bailaba sin un motivo externo que lo justificara, sin una copa de más ni un cumpleaños ajeno. Marcos vino a buscarme él primero. Nos movimos juntos con esa familiaridad de quien conoce el cuerpo del otro de memoria, pero algo en la situación —la casa desconocida, las voces, saber que había tres hombres en ese salón que no conocíamos de nada— lo cargaba todo de una tensión diferente a la de siempre.
Se apartó un poco, me miró, y sin decir nada me hizo una pregunta con los ojos.
Le dije que sí con los míos.
***
Subimos al cuarto. Cerré la puerta con llave, algo que no había hecho desde que compartíamos piso de estudiantes. Cuando me giré, Marcos ya me estaba mirando de una manera que hacía tiempo no veía.
No era ternura exactamente. Era deseo, sí, pero también algo más espeso, más urgente, como si la situación —la música que llegaba de abajo, las voces, saber lo que podía estar pasando al otro lado de esas paredes— hubiera encendido algo que normalmente permanecía apagado entre nosotros.
Me besó despacio, con las manos en mi cara. Yo le quité la camisa. Nos conocíamos demasiado para fingir sorpresa, pero esa noche había algo diferente en el orden de las cosas, una variación pequeña que lo cambiaba todo por dentro.
Me tumbó en la cama y bajó. Sé exactamente lo que hace Marcos porque llevamos diez años juntos. Pero esa noche lo hizo de otra manera, o yo lo recibí distinto, o el hecho de que hubiera tres desconocidos al otro lado de la puerta cargó todo de una electricidad que normalmente no existe entre nosotros. Cada lametazo llegaba con más intención, más lento, como si tuviera todo el tiempo del mundo y además supiera algo que yo no sabía todavía.
Me corrí antes de esperármelo y sin poder evitar hacer un sonido que no suelo hacer.
Luego le pedí el condón, porque yo no tomaba nada para el embarazo, y cuando entró en mí se apoyó en los codos para mirarme directamente y me preguntó en voz baja qué quería.
—Quiero que esta noche no se termine —le dije.
Se rio. Era una risa real, sin actuación, sin esfuerzo. Me alegró escucharla más de lo que esperaba.
Después, paró. Se apartó despacio.
—Me reservo —dijo.
Yo lo miré.
—¿Para quién?
Sonrió sin responder. Nos vestimos en silencio, pero no era un silencio incómodo. Era el silencio de dos personas que acaban de cruzar una línea sin haberse puesto de acuerdo en cuándo exactamente lo habían decidido.
Bajé las escaleras delante de él. La música seguía. Desde una habitación al fondo del pasillo llegaba el sonido inconfundible de Raquel recuperando tres años de abstinencia con considerable entusiasmo. En el salón, Vera e Iñaki habían desaparecido. Nuria estaba recostada en el sofá con otra copa, mirando el techo con expresión de quien ya lo ha visto todo.
Damián seguía en el mismo sitio donde lo había dejado. Levantó los ojos cuando entré en el salón.
Yo le sostuve la mirada y no la aparté.
—¿Subimos? —le pregunté.
Se levantó sin decir nada, dejó la copa sobre la mesa y me siguió hasta las escaleras. Tenía nueve años menos que yo y esa noche eso no me importaba lo más mínimo.