Lo que pasó bajo esa cobija en el bus de regreso
Llevo años leyendo relatos en esta página y nunca pensé que algún día escribiría el mío. Pero lo que me ocurrió aquella noche en el bus de regreso a casa merece ser contado, aunque solo sea para sacármelo de la cabeza.
Me llamo Daniela y para ese entonces tenía veinte años. No soy alta, mido un metro cincuenta y cinco, de tez morena, cuerpo redondo con caderas anchas y unas tetas grandes que desde los dieciocho me habían causado más de un problema. Ese día iba vestida con una blusa de tirantes ajustada color crema, una chaqueta de jean abierta y unos shorts de licra negros que me llegaban a media muslo. Había pasado el fin de semana en casa de mi tía en Cali y tomaba el bus de regreso a Manizales, un viaje de unas cinco horas que comenzaría al caer la tarde.
El bus salió puntual. Me senté junto a la ventana, metí los audífonos y empecé a escuchar música. El asiento de al lado estaba vacío y yo esperaba que siguiera así para poder estirarme tranquila. Pero en la última parada antes de salir de la ciudad, subió él.
Era un hombre de unos cincuenta años, bien presentado. Camisa de lino clara con los dos botones de arriba abiertos, pantalón oscuro bien planchado, cabello gris con algunas hebras oscuras todavía. Cargaba un maletín de cuero y una cobija doblada que puso en el compartimento de arriba antes de sentarse. Me miró al acomodarse y me saludó con un «buenas noches» tranquilo, casi formal. Le respondí lo mismo sin quitarme los audífonos y volví a mirar por la ventana.
Durante la primera hora no pasó nada. El bus agarró la autopista y fue oscureciendo afuera. Yo miraba el paisaje y él leía algo en su teléfono. Pero empecé a notar que cada vez que yo me movía, él apartaba la vista hacia mí. No de forma obvia. Solo de reojo, un segundo, y volvía a la pantalla.
Me di cuenta de que le gustaba lo que veía. Y de que se le estaba parando ahí mismo, en el asiento, mirándome las tetas.
Fue entonces cuando tomé la decisión. Me estiré hacia adelante con el pretexto de sacar algo de mi mochila y dejé que la blusa se bajara. No lo suficiente para ser indecente, pero sí lo suficiente para que se me viera medio pezón desde su ángulo. Cuando me senté de nuevo, crucé una pierna sobre la otra y apoyé el codo en el apoyabrazos compartido, rozando apenas el suyo. Alcancé a ver el bulto en su pantalón. Estaba durísimo.
Él dejó el teléfono.
***
—¿Es largo tu viaje? —me preguntó.
—Hasta Manizales —respondí, quitándome uno de los audífonos.
—Coincidencia. Yo también voy hasta allá.
Empezamos a hablar. Me dijo que se llamaba Rodrigo, que era ingeniero civil y había bajado a Cali por una reunión de obra. Yo le dije que había visitado a mi familia. Era un conversador fácil, con esa seguridad tranquila que tienen algunos hombres maduros, sin necesidad de impresionar ni de llenar el silencio con palabras de más. Hablaba mirándome a los ojos, pero cada tanto la mirada le bajaba un segundo al escote. Solo un segundo, discreto, y volvía.
Me pregunté cuántos años llevaría casado. Lo imaginé en una casa grande, con una rutina estable, comiendo en los mismos horarios, durmiendo en la misma posición desde hacía veinte años, follándose a la mujer una vez al mes con las luces apagadas. Me pregunté cuándo fue la última vez que una chica de mi edad le había puesto la polla tan dura como se la tenía yo en ese momento.
En la parada de mitad de camino, el bus se detuvo quince minutos. Rodrigo bajó y cuando subió de nuevo traía dos empanadas en servilleta y dos juguitos de mango.
—No sabía si ibas a querer algo, pero el viaje es largo —dijo, ofreciéndomelos.
—Gracias —respondí, y le sonreí con toda la intención del mundo.
Él me devolvió la sonrisa. Por primera vez esa noche no fue una sonrisa de cortesía.
***
El bus arrancó de nuevo y diez minutos después el conductor apagó las luces del pasillo. La mayoría de los pasajeros ya dormían o iban con los ojos cerrados y la cabeza apoyada en la ventanilla. La penumbra lo cambió todo.
Rodrigo se levantó, bajó la cobija del compartimento de arriba y se la puso encima. Yo tenía un poco de frío, así que empecé a buscar algo en mi mochila. Él lo vio y sin decir nada levantó un extremo de la cobija.
—Si quieres —dijo en voz baja.
Me quedé un momento mirándolo. Luego me acerqué y me cubrí con él.
Fue la primera señal clara. Ninguno dijo nada más.
Pasaron unos minutos en silencio. La cobija nos cubría desde la cintura hasta los pies. Su pierna estaba junto a la mía y ninguno de los dos hacía el esfuerzo de separarlas. Yo podía sentir el calor de su muslo contra el mío y fingía mirar la oscuridad por la ventanilla. El coño ya me palpitaba, húmedo, apretado dentro de los shorts.
Entonces su mano se movió.
Despacio, sin brusquedad, la apoyó sobre mi rodilla. No la apretó. Solo la puso ahí, como esperando a ver qué hacía yo.
Yo no hice nada. No la aparté.
O sí hice algo: abrí la pierna apenas un centímetro.
Su mano fue subiendo poco a poco por mi muslo, con las yemas rozando la piel de la cara interna. Se detuvo justo donde terminaba el short, trazando con el pulgar el borde de la tela. Yo miraba hacia adelante, al respaldo del asiento vacío frente a nosotros. La respiración se me había puesto más corta y sentía los pezones duros clavándose contra la blusa.
—¿Estás bien? —murmuró cerca de mi oído.
—Sí —respondí, igual de bajo.
Metió los dedos bajo el borde del short. Los pasó por encima del algodón de la ropa interior y encontró la mancha caliente y empapada. Soltó un suspiro casi imperceptible cuando notó lo mojada que estaba. Yo abrí la pierna un poco más. Lo suficiente.
Empezó a tocarme por encima de la ropa interior, buscando el clítoris con el pulgar, dibujando círculos lentos y precisos que me hicieron apretar los dientes para no gemir. Tenía experiencia. No era torpe ni apurado. Sabía exactamente dónde poner el dedo y con cuánta presión, y lo hacía con una calma que me desesperaba. Cada movimiento me subía la corriente por el vientre y me obligaba a tragar saliva.
Giré un poco el cuerpo hacia él, como si me acomodara, y metí mi mano bajo la cobija hasta encontrar su pantalón. La polla la tenía dura como una piedra antes de que la tocara. Cuando mis dedos la rodearon por encima de la tela, soltó el aire por la nariz muy despacio, controlado. Era gruesa, larga, y el bulto ocupaba todo el largo del muslo.
Lo toqué por encima de la tela un buen rato, sintiendo cómo pulsaba contra la palma de mi mano. Luego él mismo me guió la mano hacia la cremallera. La bajé sin ruido, le solté el botón y metí la mano por dentro del bóxer. Cuando saqué la polla al aire tibio bajo la cobija, casi se me escapó un jadeo. Era grande, gorda, con la punta ya mojada de líquido preseminal. La agarré con la mano entera y aun así me sobraba para bombear.
***
Estuvimos así un buen rato. Él me apartó la ropa interior con dos dedos y me metió el corazón, muy despacio, hasta el nudillo. Se me escapó un temblor en las caderas. Empezó a moverlo hacia adentro y hacia afuera, sin sacarlo del todo, mientras el pulgar seguía apretándome el clítoris. Yo lo masturbaba a él al mismo ritmo lento, con la mano cerrada firme sobre la polla, subiendo y bajando el prepucio con la punta empapada. La cobija absorbía cualquier movimiento. A dos asientos de distancia, un señor mayor roncaba suavemente.
Yo tenía la ropa interior completamente empapada. Se oía apenas, cada vez que me metía otro dedo, el ruido pegajoso del coño chorreado tragándose los nudillos.
En un momento dado me incliné hacia adelante con el pretexto de soltar algo en la mochila, y de paso acerqué los labios a su cuello. Le di un beso muy suave, casi sin contacto, solo el calor. Sentí cómo se tensó y cómo la polla le dio un tirón en mi mano.
—Cuidado —me susurró, pero no me apartó.
Volví a mi posición. Él me miró de costado y por primera vez esa noche vi algo diferente en sus ojos. No era ya cortesía ni curiosidad. Era una cosa más directa, sin disimulo. Ganas de follarme ahí mismo.
Me corrió la ropa interior hacia un lado del todo y me metió dos dedos hasta el fondo, curvándolos hacia arriba, buscando el punto que me hacía tragar aire. Empezó a moverlos con más decisión, entrando y saliendo, empapándose la mano entera con lo que me chorreaba, mientras el pulgar seguía martillándome el clítoris. Tuve que apoyar la cabeza en su hombro y morderme el labio con fuerza para quedarme callada. Cada vez que sacaba los dedos, el sonido húmedo era tan evidente que rezaba porque el motor del bus lo tapara. El bus se bamboleó en una curva y la vibración corrió por todo el asiento y por los dedos que tenía adentro y por poco pierdo la cabeza.
—Eso es —murmuró contra mi cabello—. Mojadita, así.
Llegué la primera vez sin hacer ruido, con el cuerpo entero temblando bajo la cobija y los dedos de la mano libre apretados alrededor de su muñeca. El coño se me cerró en espasmos alrededor de sus dedos y me mordí tan fuerte el labio que probé sangre. Él no paró. Siguió, más despacio ahora, sacando los dedos empapados y pasándomelos por el clítoris hinchado, dejándome recuperar el aliento, y luego volvió a metérmelos y a aumentar el ritmo. Yo no le solté la polla ni un segundo. Se la seguía masturbando lento, sintiéndosela latir, sintiendo cómo el líquido de la punta me resbalaba por la palma y me servía de lubricante para deslizar el puño.
En algún momento intenté subirme encima de él. Necesitaba más, necesitaba sentir la polla adentro, empalarme sobre ella hasta el fondo. Le solté la verga un segundo, me arrimé el borde del short, dispuesta a montarme y meterme esa cosa hasta el útero. Pero se oyó que alguien se movía unas filas más atrás, el crujido inconfundible de una silla que se incorpora, y él me retuvo con una mano firme en la cadera.
—No —dijo, muy bajito—. Aquí no.
Tenía razón. Respiré despacio y me quedé quieta, con el coño palpitándome, muerta de ganas. Él me apretó el muslo por debajo de la cobija y volvió a meterme los dedos, ahora tres, abriéndome, haciéndome sentir el estiramiento. Yo volví a agarrarle la polla y a bombearla con la mano cerrada y resbalosa.
Llegué por segunda vez cuando faltaban unos cuarenta minutos para Manizales. Los tres dedos me entraban y salían con un chapoteo bajo que solo yo oía y me estaba volviendo loca. Esta vez tuve que girar la cara hacia su hombro y apretarme contra él para ahogar cualquier sonido, mordiéndole la tela de la camisa, mientras la corrida me sacudía las piernas y me apretaba el estómago. Él me pasó un brazo alrededor sin decir nada, sosteniéndome hasta que el temblor pasó y sacándome los dedos con cuidado, chorreando.
Después, cuando me recuperé un poco, miré alrededor. Todo el mundo seguía dormido. Con un movimiento rápido me deslicé hacia abajo, doblada bajo la cobija, y bajé la cara hasta su regazo. Él tomó aire de golpe cuando entendió lo que iba a hacer. Le pasé la lengua una vez, despacio, de la base hasta la punta, saboreando el líquido salado que le brotaba. Él contuvo la respiración y la mano se le fue a mi nuca por debajo de la cobija.
—Dios —murmuró apenas.
Me la metí en la boca. La punta primero, chupándola como un caramelo, jugando con la lengua alrededor del glande, y después bajé más, todo lo que pude sin ahogarme, sintiendo cómo la verga caliente me llenaba la boca hasta la garganta. Empecé a subir y bajar la cabeza despacio, con cuidado de no hacer ruido, chupando fuerte al salir, dejándola resbalar mojada al entrar. La saliva se me acumulaba y se le escurría por el tronco. Él tenía la mano en mi nuca sin apretar, solo apoyada, temblándole los dedos.
Sentí cómo se le tensaba todo, cómo la polla me creció aún más entre los labios, y supe que se venía. Me incorporé de golpe, la saqué de la boca y la terminé con la mano, apuntándola hacia el pañuelo que ya tenía preparado, sin apuro, sintiendo cada vez que se tensaba. Se vino callado, con una contracción en todo el cuerpo que duró varios segundos y chorros gruesos de semen caliente que me llenaron la palma y el pañuelo. Le seguí bombeando lento, apretando desde la base, hasta que le sacó la última gota y él me detuvo la muñeca con un gesto suave, incapaz de aguantar más.
Me limpié los dedos con otro pañuelo de mi bolso, le acomodé la polla dentro del bóxer, le subí la cremallera, me acomodé los shorts y volví a apoyar la cabeza en su hombro. Todavía tenía el sabor salado en la boca.
Durante los últimos treinta minutos del viaje no hablamos casi nada. Él me rodeó con el brazo y yo me quedé quieta escuchando el motor del bus y la respiración pareja de los otros pasajeros dormidos, pensando en lo extraño que es el deseo y en los lugares donde aparece.
***
El bus llegó a la terminal de Manizales pasada la medianoche. Encendieron las luces del pasillo y todos empezaron a moverse, estirándose, buscando bolsos, hablando en voz baja. Rodrigo dobló su cobija, la guardó en el maletín y me miró.
—¿Te llevo a algún lado? —preguntó.
—No, gracias, me esperan —mentí.
Nos dimos los números de todos modos, con la naturalidad de dos personas que saben que probablemente no van a usarlos. Bajamos juntos al andén y ahí, esperándolo con una expresión aburrida y un termo en la mano, estaba su esposa.
Lo vi caminar hacia ella. Le dio un beso en la mejilla, agarró el maletín y se alejó sin mirar atrás. Ella tampoco me miró. Para ella yo era simplemente parte del andén, una chica de veinte años esperando que la recogieran.
Me quedé parada hasta que se perdieron entre la gente y luego pedí un taxi.
***
Me llamó cuatro veces esa semana. El lunes por la tarde, el martes en la noche, el jueves al mediodía y el viernes temprano. No le contesté ninguna. No por arrepentimiento, sino porque no sabía qué decirle, no tenía ningún interés en enredarme en mensajes con un hombre casado que había conocido seis horas antes en un bus, y porque lo que había pasado entre nosotros era exactamente lo que era: un secreto perfecto, cerrado, que no necesitaba continuación para valer lo que valía.
Con el tiempo dejó de llamar.
A veces, cuando tomo un bus nocturno y el conductor apaga las luces, recuerdo esa cobija y esas manos pacientes metiéndome los dedos hasta el fondo, y la polla dura latiéndome en la palma, y la oscuridad moviéndose afuera de la ventanilla. Y pienso que fue una de las noches más extrañas y excitantes de mi vida, y que el mejor final posible fue bajarse en el mismo andén y perderse cada uno por su lado.
Aunque, si soy honesta, también pienso que si lo volviera a encontrar en otro bus, en otra noche larga, volvería a acomodarme bajo esa cobija sin pensarlo dos veces, y esta vez sí me la dejaría meter hasta el fondo.
