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Relatos Ardientes

Lo que pasó bajo esa cobija en el bus de regreso

Llevo años leyendo relatos en esta página y nunca pensé que algún día escribiría el mío. Pero lo que me ocurrió aquella noche en el bus de regreso a casa merece ser contado, aunque solo sea para sacármelo de la cabeza.

Me llamo Daniela y para ese entonces tenía veinte años. No soy alta, mido un metro cincuenta y cinco, de tez morena, cuerpo redondo con caderas anchas y un escote que desde los dieciséis me había causado más de un problema. Ese día iba vestida con una blusa de tirantes ajustada color crema, una chaqueta de jean abierta y unos shorts de licra negros que me llegaban a media muslo. Había pasado el fin de semana en casa de mi tía en Cali y tomaba el bus de regreso a Manizales, un viaje de unas cinco horas que comenzaría al caer la tarde.

El bus salió puntual. Me senté junto a la ventana, metí los audífonos y empecé a escuchar música. El asiento de al lado estaba vacío y yo esperaba que siguiera así para poder estirarme tranquila. Pero en la última parada antes de salir de la ciudad, subió él.

Era un hombre de unos cincuenta años, bien presentado. Camisa de lino clara con los dos botones de arriba abiertos, pantalón oscuro bien planchado, cabello gris con algunas hebras oscuras todavía. Cargaba un maletín de cuero y una cobija doblada que puso en el compartimento de arriba antes de sentarse. Me miró al acomodarse y me saludó con un «buenas noches» tranquilo, casi formal. Le respondí lo mismo sin quitarme los audífonos y volví a mirar por la ventana.

Durante la primera hora no pasó nada. El bus agarró la autopista y fue oscureciendo afuera. Yo miraba el paisaje y él leía algo en su teléfono. Pero empecé a notar que cada vez que yo me movía, él apartaba la vista hacia mí. No de forma obvia. Solo de reojo, un segundo, y volvía a la pantalla.

Me di cuenta de que le gustaba lo que veía.

Fue entonces cuando tomé la decisión. Me estiré hacia adelante con el pretexto de sacar algo de mi mochila y dejé que la blusa se bajara un poco. No lo suficiente para ser indecente, pero sí lo suficiente para que la vista que él tenía desde su ángulo fuera muy interesante. Cuando me senté de nuevo, crucé una pierna sobre la otra y apoyé el codo en el apoyabrazos compartido, rozando apenas el suyo.

Él dejó el teléfono.

***

—¿Es largo tu viaje? —me preguntó.

—Hasta Manizales —respondí, quitándome uno de los audífonos.

—Coincidencia. Yo también voy hasta allá.

Empezamos a hablar. Me dijo que se llamaba Rodrigo, que era ingeniero civil y había bajado a Cali por una reunión de obra. Yo le dije que había visitado a mi familia. Era un conversador fácil, con esa seguridad tranquila que tienen algunos hombres maduros, sin necesidad de impresionar ni de llenar el silencio con palabras de más. Hablaba mirándome a los ojos, pero cada tanto la mirada le bajaba un segundo al escote. Solo un segundo, discreto, y volvía.

Me pregunté cuántos años llevaría casado. Lo imaginé en una casa grande, con una rutina estable, comiendo en los mismos horarios, durmiendo en la misma posición desde hacía veinte años. Me pregunté cuándo fue la última vez que sintió algo parecido a lo que yo estaba provocando en él en ese momento.

En la parada de mitad de camino, el bus se detuvo quince minutos. Rodrigo bajó y cuando subió de nuevo traía dos empanadas en servilleta y dos juguitos de mango.

—No sabía si ibas a querer algo, pero el viaje es largo —dijo, ofreciéndomelos.

—Gracias —respondí, y le sonreí con toda la intención del mundo.

Él me devolvió la sonrisa. Por primera vez esa noche no fue una sonrisa de cortesía.

***

El bus arrancó de nuevo y diez minutos después el conductor apagó las luces del pasillo. La mayoría de los pasajeros ya dormían o iban con los ojos cerrados y la cabeza apoyada en la ventanilla. La penumbra lo cambió todo.

Rodrigo se levantó, bajó la cobija del compartimento de arriba y se la puso encima. Yo tenía un poco de frío, así que empecé a buscar algo en mi mochila. Él lo vio y sin decir nada levantó un extremo de la cobija.

—Si quieres —dijo en voz baja.

Me quedé un momento mirándolo. Luego me acerqué y me cubrí con él.

Fue la primera señal clara. Ninguno dijo nada más.

Pasaron unos minutos en silencio. La cobija nos cubría desde la cintura hasta los pies. Su pierna estaba junto a la mía y ninguno de los dos hacía el esfuerzo de separarlas. Yo podía sentir el calor de su muslo contra el mío y fingía mirar la oscuridad por la ventanilla.

Entonces su mano se movió.

Despacio, sin brusquedad, la apoyó sobre mi rodilla. No la apretó. Solo la puso ahí, como esperando a ver qué hacía yo.

Yo no hice nada. No la aparté.

O sí hice algo: abrí la pierna apenas un centímetro.

Su mano fue subiendo poco a poco por mi muslo. Se detuvo justo donde terminaba el short, trazando con el pulgar el borde de la tela. Yo miraba hacia adelante, al respaldo del asiento vacío frente a nosotros. La respiración se me había puesto más corta.

—¿Estás bien? —murmuró cerca de mi oído.

—Sí —respondí, igual de bajo.

Metió los dedos bajo el borde del short. Yo abrí la pierna un poco más. Lo suficiente.

Empezó a tocarme por encima de la ropa interior, despacio, con una presión justa que me hizo apretar los dientes para no hacer ningún ruido. Tenía experiencia. No era torpe ni apurado. Sabía exactamente lo que estaba haciendo y lo hacía con una calma que me desesperaba.

Giré un poco el cuerpo hacia él, como si me acomodara, y metí mi mano bajo la cobija hasta encontrar su pantalón. Lo noté duro antes de tocarlo. Cuando mis dedos lo rodearon, soltó el aire por la nariz muy despacio, controlado.

Lo toqué por encima de la tela un buen rato, sintiendo cómo pulsaba. Luego él mismo me guió la mano hacia la cremallera. La bajé sin ruido. Era grande y estaba caliente.

***

Estuvimos así un buen rato. Él me tocaba sin prisa, metiéndome los dedos por debajo de la tela, y yo lo acariciaba a él al mismo ritmo lento. La cobija absorbía cualquier movimiento. A dos asientos de distancia, un señor mayor roncaba suavemente.

Yo tenía la ropa interior completamente mojada.

En un momento dado me incliné hacia adelante con el pretexto de soltar algo en la mochila, y de paso acerqué los labios a su cuello. Le di un beso muy suave, casi sin contacto, solo el calor. Sentí cómo se tensó.

—Cuidado —me susurró, pero no me apartó.

Volví a mi posición. Él me miró de costado y por primera vez esa noche vi algo diferente en sus ojos. No era ya cortesía ni curiosidad. Era una cosa más directa, sin disimulo.

Me corrió la ropa interior hacia un lado y empezó a moverse con más decisión. Tuve que apoyar la cabeza en su hombro y morderme el labio con fuerza para quedarme callada. El bus se bamboleo en una curva y la vibración hizo todo más intenso.

—Eso es —murmuró contra mi cabello.

Llegué la primera vez sin hacer ruido, con el cuerpo entero temblando bajo la cobija y los dedos apretados alrededor de su muñeca. Él no paró. Siguió, más despacio ahora, dejándome recuperar el aliento, y luego volvió a aumentar el ritmo.

En algún momento intenté subirme encima de él. Necesitaba más, necesitaba terminar lo que habíamos empezado de verdad. Pero se oyó que alguien se movía unas filas más atrás, el crujido inconfundible de una silla que se incorpora, y él me retuvo con una mano firme en la cadera.

—No —dijo, muy bajito.

Tenía razón. Respiré despacio y me quedé quieta.

Llegué por segunda vez cuando faltaban unos cuarenta minutos para Manizales. Esta vez tuve que girar la cara hacia su hombro y apretarme contra él para ahogar cualquier sonido. Él me pasó un brazo alrededor sin decir nada, sosteniéndome hasta que el temblor pasó.

Después, cuando me recuperé un poco, incliné la cabeza hacia su regazo. Solo un momento, lo justo. Le pasé la lengua una vez, despacio, de abajo hacia arriba. Él contuvo la respiración.

—Dios —murmuró apenas.

Me incorporé y lo terminé con la mano, sin apuro, sintiendo cada vez que se tensaba. Se vino callado, con una contracción en todo el cuerpo que duró varios segundos. Me limpié los dedos con un pañuelo de mi bolso, me acomodé los shorts y volví a apoyar la cabeza en su hombro.

Durante los últimos treinta minutos del viaje no hablamos casi nada. Él me rodeó con el brazo y yo me quedé quieta escuchando el motor del bus y la respiración pareja de los otros pasajeros dormidos, pensando en lo extraño que es el deseo y en los lugares donde aparece.

***

El bus llegó a la terminal de Manizales pasada la medianoche. Encendieron las luces del pasillo y todos empezaron a moverse, estirándose, buscando bolsos, hablando en voz baja. Rodrigo dobló su cobija, la guardó en el maletín y me miró.

—¿Te llevo a algún lado? —preguntó.

—No, gracias, me esperan —mentí.

Nos dimos los números de todos modos, con la naturalidad de dos personas que saben que probablemente no van a usarlos. Bajamos juntos al andén y ahí, esperándolo con una expresión aburrida y un termo en la mano, estaba su esposa.

Lo vi caminar hacia ella. Le dio un beso en la mejilla, agarró el maletín y se alejó sin mirar atrás. Ella tampoco me miró. Para ella yo era simplemente parte del andén, una chica de veinte años esperando que la recogieran.

Me quedé parada hasta que se perdieron entre la gente y luego pedí un taxi.

***

Me llamó cuatro veces esa semana. El lunes por la tarde, el martes en la noche, el jueves al mediodía y el viernes temprano. No le contesté ninguna. No por arrepentimiento, sino porque no sabía qué decirle, no tenía ningún interés en enredarme en mensajes con un hombre casado que había conocido seis horas antes en un bus, y porque lo que había pasado entre nosotros era exactamente lo que era: un secreto perfecto, cerrado, que no necesitaba continuación para valer lo que valía.

Con el tiempo dejó de llamar.

A veces, cuando tomo un bus nocturno y el conductor apaga las luces, recuerdo esa cobija y esas manos pacientes y la oscuridad moviéndose afuera de la ventanilla. Y pienso que fue una de las noches más extrañas y excitantes de mi vida, y que el mejor final posible fue bajarse en el mismo andén y perderse cada uno por su lado.

Aunque, si soy honesta, también pienso que si lo volviera a encontrar en otro bus, en otra noche larga, volvería a acomodarme bajo esa cobija sin pensarlo dos veces.

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Comentarios (9)

Marcos_BA

increible, uno de los mejores que lei en mucho tiempo!!

Claudia_S

Por favor tiene que haber segunda parte, no puede quedar asi!!!

NightReader88

Me encanto como lo contaste, se siente que fue real. Ese tipo de tension callada es lo que mas me gusta de estos relatos.

Carlitos85

Me recordo a un viaje largo que hice hace unos años, obvio que no paso nada parecido jajaja pero la atmosfera lo trajo todo de vuelta

AndreaMX

Y que paso despues que llegaron al destino?? necesito saber!!

RodriMdz

Excelente relato, muy bien escrito y con detalles que lo hacen creible. Saludos desde Mendoza!

LELO

corto pero que bueno jajaj

Susi_leo

Dios mio que tension!!! Me quede sin respiracion leyendo. Esperando ansiosa el proximo relato.

vikingo_sur

La descripcion del silencio y la oscuridad esta muy lograda. Se agradece que no sea todo a los golpes, este estilo es mucho mejor.

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