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Relatos Ardientes

Lo que la tormenta encerró en aquella cabaña

4.6(50)

Tenía dieciocho años cuando todo cambió. No de golpe, no de la manera en que uno imagina que cambian las cosas importantes, sino despacio, como cambia el tiempo en la montaña: primero una nube, luego otra, y de repente ya no ves el sol.

Lo de papá nos había dejado a las tres destrozadas. Se fue en marzo sin demasiadas explicaciones, y desde entonces la casa tenía ese silencio espeso que ni la televisión encendida lograba disolver. Mi madre, Beatriz, pasaba los días en la cocina mirando la taza de café. Mi abuela Silvia, que siempre había sido la columna vertebral de la familia, fue la primera en decir que había que moverse.

—Conozco un lugar —dijo una tarde, sacando su teléfono con esa determinación suya que no admite réplica.

El lugar era una cabaña en las montañas del sur, prestada por una amiga suya, empresaria y viuda, que la tenía desocupada. En las fotos parecía sacada de un cuento: madera oscura, chimenea, montañas verdes hasta donde alcanzaba la vista. Mi madre tardó semanas en convencerse. Fui yo quien insistió.

Silvia tiene cincuenta y cuatro años y no los aparenta. Es alta, de cabello corto teñido en castaño oscuro, con unos ojos claros que cuando te miran parece que saben más de vos que vos misma. Cuida su cuerpo con la disciplina de alguien que sabe que el tiempo no regala nada: nada, camina, hace ejercicio. Cualquiera que la vea en la calle le calcula cuarenta. Las tetas firmes, el culo redondo, las piernas largas. Una hembra entera.

Beatriz, mi madre, tiene treinta y seis. Rubia, callada, más frágil de lo que aparenta. Desde que papá se fue, algo en ella se había apagado, y yo quería ver si ese lugar podía encenderlo de nuevo. Era de tetas grandes y caderas anchas, el tipo de mujer que cualquier hombre se queda mirando aunque ella no se dé cuenta.

Yo era el tipo de chica que pasa desapercibida en una habitación llena de gente. De contextura pequeña, pelo lacio oscuro, cara que la gente describe como «linda, pero discreta». Tetas chicas, culo respingón, coño que apenas conocía dos pollas en su vida. Llegué a esa cabaña con dieciocho años, poca experiencia y una curiosidad que todavía no sabía cómo nombrarse.

***

El viaje en bus duró seis horas. Silvia protestó por eso también, pero cedió. Desde la ventanilla, los cerros se iban haciendo más altos y la vegetación más densa. Cuando el taxi nos dejó en el camino de tierra, ya era tarde y el aire olía a pino y a lluvia próxima.

La cabaña era exactamente como en las fotos, quizás mejor. Pasamos la primera tarde aclimatándonos: desempacamos, caminamos por el sendero que rodeaba la propiedad, encendimos la chimenea antes de que oscureciera. Las tres dormimos bien esa noche.

A la mañana siguiente, fui la primera en despertarme. Cuando abrí la puerta trasera para buscar leña, casi choqué con un hombre parado en la entrada. Se llamaba Ramón. Era el encargado de la propiedad, enviado por la dueña para ayudarnos con lo que necesitáramos. Grande, de tez oscura curtida por el sol y el frío, con las manos de alguien que trabaja con ellas desde siempre. Manos enormes, de dedos gruesos. Le pedí que volviera más tarde y, mientras se alejaba, no pude evitar mirarle el bulto del pantalón.

Silvia tampoco sabía de él, pero lo recibió con café y sin demasiadas preguntas. Lo que sí dijo Ramón, con una economía de palabras que lo caracterizaba, es que se venía tormenta. Una grande.

Esa tarde llegó su compañero, Felipe, empujado por el viento que ya arreciaba. Era mayor que Ramón, más corpulento, con el pelo entrecano y una mirada directa que incomodaba un poco. Nos miraba a las tres con una atención que no era exactamente descortés pero tampoco era inocente: se demoraba en las tetas de mi madre, en el culo de mi abuela, en la boca mía. Los invitamos a cenar. Afuera, la tormenta ganaba terreno.

***

Me desperté a las dos de la mañana con el ruido del viento contra los postigos. Había luz en el comedor. Era Silvia, que no podía dormir. Nos preparamos leche caliente y nos sentamos junto a la chimenea. En un momento, un relámpago iluminó la ventana y vi dos siluetas en la galería cubierta.

—Son los árboles con el viento —dijo Silvia.

Volví a mi cuarto sin convencerme del todo. Las siluetas tenían la forma de dos hombres quietos mirando hacia adentro.

Al día siguiente, la lluvia no paró. Pasamos la mañana a las cartas y por la tarde Beatriz les llevó algo de beber a Ramón y a Felipe, que reparaban algo en la galería. Lo que empezó como una cortesía se convirtió en una tarde larga con el alcohol corriendo más rápido de lo que debería. Yo decidí no tomar y me fui a mi cuarto con el teléfono.

En algún momento, el silencio del resto de la casa me resultó raro. Demasiado silencio después de tanto ruido. Salí al pasillo.

En el espejo del fondo del corredor vi a mi abuela. Tenía los ojos cerrados y la boca abierta sobre la boca de Felipe. Él le sostenía la cara con ambas manos mientras la lengua le entraba hasta el fondo de la garganta, y ella no hacía el menor intento de apartarse. Una mano de Felipe bajó hasta el escote y le sacó una teta del corpiño. Silvia jadeó. Él se inclinó y le mamó el pezón duro, oscuro, mientras le metía la otra mano debajo de la falda. Mi abuela abrió las piernas un poco más.

Me quedé quieta. No sé cuánto tiempo estuve ahí, procesando lo que veía. Y sintiendo, aunque no quisiera admitirlo, cómo se me mojaba la bombacha mirando a mi propia abuela dejándose toquetear por un desconocido. Escuché un ruido en el baño y entendí que era mi madre. Me giré para volver a mi cuarto y en ese momento vi a Ramón caminando por el pasillo hacia la puerta cerrada. Entré rápido a mi habitación y dejé la puerta entreabierta.

Ramón abrió la puerta del baño sin llamar. Escuché la voz de Beatriz, baja pero clara:

—Por favor, salí.

Él no salió. Lo que siguió fue silencio primero, y después otros sonidos. Me acerqué a la rendija. Por el ángulo podía ver el interior. Mi madre estaba apoyada en el lavatorio, los pantalones a media pierna y la bombacha enroscada en los tobillos. Ramón estaba detrás, los pantalones bajados, una verga gruesa y oscura en la mano que iba acomodándose entre las nalgas de mi madre.

—Por favor —repitió ella, pero ya no era una orden.

—Quedate quieta —le dijo él al oído, y de un envión le metió toda la polla de una sola vez.

Mi madre soltó un gemido ronco, casi animal, y se aferró al lavatorio con las dos manos. Ramón empezó a follársela despacio al principio, sosteniéndola por la cintura, y después con embestidas largas y duras que le hacían rebotar las tetas contra el espejo. Yo veía la verga entrar y salir, brillante de los jugos de mi madre, y veía la cara de Beatriz reflejada: la boca abierta, los ojos cerrados, una expresión que nunca le había visto a la mujer gris que tomaba café en la cocina. Me bajé la bombacha sin darme cuenta y me toqué el coño mojado mientras los miraba follar.

—Decime que la querés —gruñó él, dándole una palmada en el culo.

—La quiero —jadeó mi madre—. La quiero, dame más.

Ramón le tiró del pelo rubio y se la cogió más fuerte. Estuvo así un rato largo, hasta que mi madre se mordió el labio para no gritar y todo su cuerpo se sacudió en un espasmo. Él se la siguió cogiendo hasta que también gimió pegado a su oreja y se quedó quieto, vaciándose dentro de ella. Cuando Ramón sacó la verga, vi un hilo blanco caerle a mi madre por la cara interior del muslo.

***

Salieron del baño juntos y fueron al comedor. Los seguí en silencio desde el pasillo. Felipe seguía con Silvia, pero ahora estaban los cuatro en la misma habitación, y nadie fingía que todo era normal.

Silvia era la menos inhibida de todas. Siempre lo fue, en todo. Se había quitado el pantalón y la blusa y estaba de pie frente a Felipe con esa soltura que tienen las personas que se conocen bien a sí mismas. En corpiño y bombacha, con el coño marcado contra la tela. Mi abuela a sus cincuenta y cuatro años tenía un cuerpo que yo miraba con algo parecido a la envidia. Felipe lo sabía y no lo desaprovechaba. Le pasaba las manos por la cintura hacia arriba, le bajaba los breteles, le desabrochaba el corpiño y le tomaba las dos tetas a manos llenas, apretándolas con fuerza mientras le mordía el cuello. Silvia echó la cabeza hacia atrás y le buscó la bragueta. Le sacó la polla afuera, una verga blanca de hombre mayor pero dura como una piedra, y empezó a hacerle una paja lenta mirándolo a los ojos.

—Arrodillate —le dijo Silvia, y Felipe casi sonríe—. Hoy mando yo.

Y se la siguió pajeando hasta que ella misma decidió arrodillarse y meterse la verga entera en la boca. Mi abuela la chupaba con la prolijidad de quien ha mamado muchas pollas en su vida, las dos manos en los muslos del hombre, la cabeza yendo y viniendo con un ritmo regular, dejando que él le agarrara la nuca y se la cogiera por la boca.

Beatriz, mi madre, miraba la escena desde el sillón con las mejillas encendidas y la camisa entreabierta. Ramón estaba detrás de ella con una mano en su cadera y otra enredada en su pelo rubio. La otra mano ya se había metido bajo la falda. Mi madre miraba a su propia madre chuparle la polla a un desconocido y en su cara había algo que no era solo vergüenza: era también una pregunta que no terminaba de formularse. Se mordía el labio. Tenía las piernas separadas.

Algo se me movió por dentro. Era excitación, sí, pero también otra cosa más difícil de nombrar. Ver a Beatriz así, con ese hombre toqueteándole el coño delante de todos, cuando hacía semanas que era solo una figura gris sentada en la cocina. Ver a Silvia con esa libertad que yo nunca le había sospechado, tragándose una polla con devoción. Las dos parecían distintas. Más reales, quizás. Más hembras.

Ramón me vio en el umbral del pasillo. Me miró sin decir nada por un segundo y luego, en voz baja:

—Vení.

Mi madre giró. Vi en su cara una mezcla de vergüenza y algo que no era vergüenza. Intentó levantarse, pero Ramón la sostuvo con suavidad y me miró a mí.

—Acá no le hace mal a nadie —dijo—. Que mire si quiere mirar. Que toque si quiere tocar.

Entré.

***

Me acerqué a Ramón porque era lo más fácil. Lo besé yo primero, porque si esperaba que lo hiciera él iba a quedarme esperando toda la noche. Era un beso sin demasiada delicadeza, el beso de alguien que tiene el doble de tu edad y no pierde el tiempo en preámbulos. Me agarró la nuca con la mano que un minuto antes había estado en el coño de mi madre y me metió la lengua hasta el fondo. Sentí el sabor de mi madre en su boca y se me aflojaron las rodillas.

Tenía dieciocho años y poca experiencia. Los chicos con los que había estado antes eran exactamente eso: chicos. Pollas chicas, manos torpes, dos minutos y se acababa. Esto era diferente de una manera que no supe describir hasta mucho tiempo después.

Me llevó la mano hacia él y lo sentí: el tamaño, la dureza. Una verga gruesa, caliente, que apenas le podía rodear con los dedos. Me estremecí de una manera que no era solo miedo. Me arrodillé. Le bajé el pantalón hasta los muslos y la polla saltó frente a mi cara, dura, brillante todavía por los jugos de Beatriz. La tomé con la mano y la besé con cuidado primero, tanteando, dejándome guiar por el peso y el pulso que le latía bajo la piel. La lamí desde la base hasta la punta, con la lengua plana, sintiendo el sabor mezclado de su semen y del coño de mi madre. La metí en la boca despacio, primero la cabeza, después un poco más, sintiendo cómo me llenaba.

—Así, nena —jadeó él—. Chupala bien.

Él me dejó hacer por un momento y después me sostuvo la cabeza con firmeza, empujándome con una decisión que me hizo abrir la boca más, lamerlo mejor, tragar saliva mientras él respiraba más hondo, cada vez más pesado, cada vez más cerca. La verga me llegaba al fondo de la garganta y yo me ahogaba un poco pero no me apartaba. Las lágrimas se me corrían por la cara y los chorros de saliva me caían hasta las tetas. Yo gemí alrededor de él y sentí cómo se le tensaba todo el cuerpo. Mi madre, desde el sillón, me miraba mamar la misma polla que hacía cinco minutos le acababa de coger el coño. No me dijo nada. Pero abrió un poco más las piernas y se metió la mano entre ellas.

Detrás de mí, Silvia ya no tenía ropa. Era hermosa, mi abuela. Eso también fue una revelación esa noche: que la belleza no termina a los cuarenta ni a los cincuenta, que hay una seguridad en el cuerpo de una mujer que se cuida que no tienen los cuerpos jóvenes, una certeza en sí mismo. Estaba en cuatro en la alfombra y Felipe la cogía desde atrás, agarrándole las caderas con las dos manos, hundiéndole la verga hasta los huevos en cada estocada. Las tetas le rebotaban hacia adelante y hacia atrás al ritmo de los golpes, y ella gemía bajito, una letanía continua de "más, así, dame fuerte, así, papito".

Beatriz, mi madre, ya no estaba en el sillón. Estaba arrodillada en la alfombra cerca de ellos, mirando a Silvia con esa expresión que yo nunca le había visto en la cara. Algo que era al mismo tiempo asombro y deseo. En algún momento, casi sin darse cuenta, alargó la mano y la apoyó en la espalda de su propia madre. Después la deslizó hasta una de las tetas que colgaban hacia abajo. Silvia abrió los ojos, la miró y le sonrió. No se apartó.

Ramón me levantó del piso y me llevó hacia el sillón. Me acomodó encima de él y desde ahí podía verlas a las dos, a Felipe, a los cuatro juntos. Le terminé de bajar el pantalón y, cuando saqué su verga otra vez, me quedé un segundo mirándola, grande, pesada, dura de verdad. Se me secó la boca. Él me arrancó la bombacha que tenía mojada y me abrió las piernas con paciencia, frotándome los labios del coño con la cabeza de la polla, restregándomela contra el clítoris hasta que yo misma le pedí que me la metiera.

—Pedímelo bien —me dijo, agarrándome de la cintura.

—Metémela —le rogué, roja de vergüenza y de calentura—. Metémela toda, por favor.

Me acomodó despacio sobre él. Sentí la cabeza rozarme, después entrar, estirarme por dentro. Era más grande de lo que había tenido nunca y me arrancó un quejido cuando bajé hasta el fondo. Un calor profundo me llenó el vientre y me arrancó un jadeo que no pude esconder.

Empezó a moverse con fuerza, empujando desde abajo, sosteniéndome por las caderas mientras yo me agarraba al respaldo del sillón. Cada embestida me levantaba un poco y me devolvía al golpe exacto contra el que se me aflojaban las piernas. La verga me entraba hasta el fondo, golpeándome algo adentro que nunca me habían tocado. Respiraba entrecortado, y yo le pedía más sin saber si lo decía en voz alta o solo con el cuerpo. Él me agarró las dos tetas y me apretó los pezones entre el pulgar y el índice mientras me cogía. Desde el otro lado de la habitación oía el golpeteo húmedo de la piel de Silvia contra la de Felipe, y la respiración de Beatriz, cada vez más rota. Mi madre se había metido dos dedos en el coño y se masturbaba mirándome a mí ser cogida por el mismo hombre que la había roto a ella veinte minutos antes.

En algún momento Beatriz me miró. No dijo nada. Había una pregunta en sus ojos, pero también había algo más: una calidez que el alcohol y la situación habían sacado a la superficie.

—¿Estás bien? —me preguntó en voz baja, con los dedos brillantes entre las piernas.

—Sí —le dije.

Y era verdad.

Ramón se incorporó conmigo encima sin sacar la verga, me dio vuelta y me apoyó de cara contra el respaldo del sillón. Me levantó el culo y volvió a meterme la polla por atrás, de pie, agarrándome de las caderas, y se la siguió cogiendo a la sobrina del marido que se había muerto, a la hija de Beatriz, a la nieta de Silvia, con la familia entera mirando. Las embestidas eran tan profundas que sentía el golpe seco de sus huevos contra mi coño. Me corrí ahí, abrazada al respaldo, con un grito largo que no me importó que escucharan, y a los pocos segundos él se vació adentro mío con un gruñido y me llenó el coño de semen caliente.

Cuando salió, Beatriz se acercó arrastrándose en la alfombra. Sin decir nada me separó las piernas. Se quedó mirando el chorro espeso que me salía del coño y, despacio, con dos dedos, lo empujó hacia adentro otra vez. Después se metió esos dedos en la boca y los chupó. Yo no dije nada. Silvia, del otro lado de la habitación, soltó una risa baja sin dejar que Felipe la dejara de coger.

***

La tormenta duró cuatro días. En esos cuatro días probamos límites que ninguna de las tres habría nombrado en voz alta antes de ese viaje.

Hubo momentos que se me quedaron grabados con esa precisión extraña que tienen algunas memorias. El segundo día, cuando Ramón me apoyó contra los tablones de la pared exterior bajo el alero, con la lluvia a treinta centímetros y el frío en la cara y el calor de él por todas partes. Me levantó la falda, me bajó la ropa interior y me sostuvo abierta contra la madera mientras me entraba con golpes secos, profundos, haciéndome morderme el labio para no gritar demasiado. Me agarró de las muñecas y me las cruzó arriba de la cabeza con una sola mano. La otra mano me apretaba el cuello, no para ahogarme, solo para recordarme quién mandaba. Me cogió hasta que me corrí dos veces seguidas, gimiendo contra los tablones, y después me dio vuelta, me hizo arrodillar en el barro y me terminó en la cara, con un chorro espeso que me empapó la boca, las mejillas y el pelo. El agua de la lluvia me lavó después, pero el sabor a semen me quedó en la lengua toda la tarde.

El tercer día, cuando Felipe se quedó completamente quieto a propósito hasta que yo empecé a moverme sola, marcando el ritmo sobre él, sintiendo cómo me llenaba esa verga blanca y vieja mientras yo lo cabalgaba con una desesperación que me hacía temblar las piernas. La polla de Felipe era distinta a la de Ramón, más curva, más gruesa en la base, y me tocaba por dentro lugares que la otra no. Silvia, desde el otro extremo de la habitación, me miraba con esa sonrisa suya de quien ya sabe lo que todavía no me animo a nombrar. Estaba con Ramón abajo y mi madre encima de su cara, montada sobre la boca de Ramón mientras Silvia le mamaba las tetas a su propia hija. Cuando llegué al borde, mi abuela se levantó y se acercó. Me tomó de la cara con sus dos manos, me besó la boca con lengua, me lamió los labios como una amante, y me dijo al oído que siguiera, que no aflojara, que me corriera delante de todos si quería. Y yo lo hice, con un espasmo caliente que me dejó vacía y llorando de puro placer, sintiendo a Felipe vaciarse dentro mío al mismo tiempo, llenándome de semen tibio que después le chorreó por los huevos al sillón.

El cuarto día, cuando Beatriz y yo quedamos juntas de una manera que no tenía nombre pero que se sentía más honesta que cualquier otra cosa que me hubiera pasado en la vida. Los hombres se habían ido al establo. Ella me hizo sentar frente a ella, me pasó una mano por el pelo y, con una timidez que me partió en dos, me besó como si estuviera aprendiendo. Era mi madre. Pero esa boca también era la boca de una mujer caliente que llevaba meses sin que la tocaran. Yo le desabotoné la camisa, le corrí el sostén y le besé las tetas con cuidado, lamiéndole los pezones rosados hasta que se le aflojaron los hombros y se le escapó un gemido bajo. Tenía las tetas más grandes que las mías, blancas, con esas areolas amplias de mujer que dio de mamar. Le mamé una y después la otra, despacio, alternando, mientras le bajaba la mano por el vientre hasta meterla bajo la falda.

—No sé si puedo —murmuró mi madre, pero ya estaba mojada cuando le toqué el coño.

—Sí podés —le dije—. Te toqué adentro y estás chorreando.

Le saqué la bombacha. Después la acosté despacio y la fui llevando con la mano entre las piernas, sintiendo cómo se abría para mí, cómo se mojaba más, cómo me decía mi nombre con una voz que no le había escuchado nunca. Le metí primero un dedo, después dos, mientras le seguía mamando un pezón. Beatriz se mordía el dorso de la mano para no gritar. Le besé el vientre, los muslos, y bajé hasta el coño. Era rubia ahí también, con una franja recortada arriba y todo lo demás afeitado, los labios hinchados y rojos. Le pasé la lengua de abajo hacia arriba la primera vez con miedo, y cuando la sentí estremecerse, lo hice una segunda vez con menos. La tercera ya le estaba chupando el clítoris como si toda la vida hubiera comido coño.

—Hija mía —jadeó mi madre, y se agarró de mi pelo con las dos manos—. Dios mío, hija mía.

Fue lento, torpe, hermoso y sucio a la vez, y por eso mismo imposible de olvidar. La hice correrse contra mi cara dos veces. Después subí, me senté sobre su cara y dejé que ella me devolviera el favor con esa misma timidez del principio, mientras yo le apretaba las tetas y le decía cosas que nunca pensé que le diría a mi madre. Cuando terminamos, nos quedamos abrazadas, las dos desnudas en su cama, oliendo a sexo y a chimenea, sin decir nada por un rato largo.

Las conversaciones también cambiaron. Por las noches, cuando Ramón y Felipe se iban al establo, las tres nos quedábamos junto a la chimenea y hablábamos de cosas que nunca antes habíamos hablado. A veces desnudas, a veces con la ropa puesta, casi siempre tocándonos sin pensar, una mano en el muslo de la otra, los pies enredados. Silvia contó cosas de su juventud que siempre había guardado para ella, incluyendo una pareja de jóvenes recién casados con los que ella y mi abuelo habían pasado un fin de semana en el campo cuando mi madre era chica. Beatriz habló de papá con una franqueza que me sorprendió: dijo que hacía dos años que no se la cogía, que ella había aprendido a hacerse cargo sola en la ducha, que se había olvidado de lo que era esto. Yo escuché y entendí que esas dos mujeres eran mucho más complejas de lo que yo creía conocer.

Una noche, cuando ya solo quedaban brasas en la chimenea, Silvia me dijo algo que no olvidé:

—Sos joven. Estas experiencias, en dosis constantes, pueden aburrir. No hay nada como el sexo con amor. Pero en tanto, hay que vivirlo todo. Mamar todas las pollas, abrir las piernas a todos los coños que se te ofrezcan. Después ya vendrá el amor.

No estaba del todo convencida. Pero tampoco la contradije.

***

El último día, mientras Ramón y Felipe preparaban sus cosas para volver al pueblo, Silvia les propuso que nos visitaran en la ciudad alguna vez. Lo dijo con esa naturalidad suya que hace que las cosas imposibles parezcan razonables. Los dos se miraron y asintieron con esa sobriedad de hombres que miden las palabras. Antes de subirse a la camioneta, Felipe se acercó a Silvia y le dio un beso largo en la boca. Ramón se acercó a Beatriz, le tomó la cara y le dijo algo al oído que la hizo reír. A mí me apretó el culo con la mano abierta y me susurró que era una nena hermosa. Yo me puse colorada y me reí.

En el bus de regreso, las tres íbamos calladas. No era un silencio incómodo. Era el silencio de personas que han compartido algo sin nombre fácil y saben que no hace falta nombrarlo.

Beatriz miraba por la ventana. Los cerros iban achicándose con la distancia. En algún punto, sin decir nada, me tomó la mano. Yo la dejé. Después la subió y la apoyó sobre su muslo, debajo del abrigo que tenía en la falda. Yo no la moví.

Silvia, en el asiento del otro lado del pasillo, fingía leer algo en su teléfono, pero cada tanto me miraba por encima de los anteojos con esa expresión que tiene cuando sabe más de lo que dice.

—¿Qué? —le pregunté.

—Nada —dijo—. Que te criamos bien.

Las tres nos reímos al mismo tiempo. Fue el primer momento en semanas en que esa risa se sentía completamente real.

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Comentarios(12)

Ferchu_BA

tremendo relato, se me hizo cortisimo. queremos segunda parte!!

UnLectorDeMedianoche

Que manera de narrar... se siente el peso del silencio en cada parrafo. Muy buen trabajo.

RosaARG

Me quede pensando en el final un buen rato. Hay relatos que te dejan huella y este es uno de ellos.

NocheSilenciosa

increible, lei de un tiron sin darme cuenta

Gastón_86

La tension que fuiste construyendo desde el principio es lo mejor del relato. Sigue escribiendo por favor!

lector_nocturno

Hay algo en los finales abiertos que me vuelve loco, en el buen sentido. Bien jugado.

Martina_RC

me recordo a unas vacaciones que tuve hace años con mi prima... algunas tormentas cambian todo para siempre jaja. muy bueno!

CarlitosV

Genial!!!

MarisolBA

La cabaña, la tormenta, el encierro... todo funciona perfecto como excusa narrativa. Se nota que sabes escribir.

PatricioL

Espero la continuacion, no puede terminar ahi!

Hanna

Esa ultima frase me erizo la piel. Muy intensa.

andrespaz22

Muy bueno, aunque siento que le faltó un poco mas de desarrollo al final. De todas formas, de lo mejor que lei ultimamente.

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