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Relatos Ardientes

Lo que la tormenta encerró en aquella cabaña

4.6 (50)

Tenía dieciocho años cuando todo cambió. No de golpe, no de la manera en que uno imagina que cambian las cosas importantes, sino despacio, como cambia el tiempo en la montaña: primero una nube, luego otra, y de repente ya no ves el sol.

Lo de papá nos había dejado a las tres destrozadas. Se fue en marzo sin demasiadas explicaciones, y desde entonces la casa tenía ese silencio espeso que ni la televisión encendida lograba disolver. Mi madre, Beatriz, pasaba los días en la cocina mirando la taza de café. Mi abuela Silvia, que siempre había sido la columna vertebral de la familia, fue la primera en decir que había que moverse.

—Conozco un lugar —dijo una tarde, sacando su teléfono con esa determinación suya que no admite réplica.

El lugar era una cabaña en las montañas del sur, prestada por una amiga suya, empresaria y viuda, que la tenía desocupada. En las fotos parecía sacada de un cuento: madera oscura, chimenea, montañas verdes hasta donde alcanzaba la vista. Mi madre tardó semanas en convencerse. Fui yo quien insistió.

Silvia tiene cincuenta y cuatro años y no los aparenta. Es alta, de cabello corto teñido en castaño oscuro, con unos ojos claros que cuando te miran parece que saben más de vos que vos misma. Cuida su cuerpo con la disciplina de alguien que sabe que el tiempo no regala nada: nada, camina, hace ejercicio. Cualquiera que la vea en la calle le calcula cuarenta.

Beatriz, mi madre, tiene treinta y seis. Rubia, callada, más frágil de lo que aparenta. Desde que papá se fue, algo en ella se había apagado, y yo quería ver si ese lugar podía encenderlo de nuevo.

Yo era el tipo de chica que pasa desapercibida en una habitación llena de gente. De contextura pequeña, pelo lacio oscuro, cara que la gente describe como «linda, pero discreta». Llegué a esa cabaña con dieciocho años, poca experiencia y una curiosidad que todavía no sabía cómo nombrarse.

***

El viaje en bus duró seis horas. Silvia protestó por eso también, pero cedió. Desde la ventanilla, los cerros se iban haciendo más altos y la vegetación más densa. Cuando el taxi nos dejó en el camino de tierra, ya era tarde y el aire olía a pino y a lluvia próxima.

La cabaña era exactamente como en las fotos, quizás mejor. Pasamos la primera tarde aclimatándonos: desempacamos, caminamos por el sendero que rodeaba la propiedad, encendimos la chimenea antes de que oscureciera. Las tres dormimos bien esa noche.

A la mañana siguiente, fui la primera en despertarme. Cuando abrí la puerta trasera para buscar leña, casi choqué con un hombre parado en la entrada. Se llamaba Ramón. Era el encargado de la propiedad, enviado por la dueña para ayudarnos con lo que necesitáramos. Grande, de tez oscura curtida por el sol y el frío, con las manos de alguien que trabaja con ellas desde siempre. Le pedí que volviera más tarde.

Silvia tampoco sabía de él, pero lo recibió con café y sin demasiadas preguntas. Lo que sí dijo Ramón, con una economía de palabras que lo caracterizaba, es que se venía tormenta. Una grande.

Esa tarde llegó su compañero, Felipe, empujado por el viento que ya arreciaba. Era mayor que Ramón, más corpulento, con el pelo entrecano y una mirada directa que incomodaba un poco. Nos miraba a las tres con una atención que no era exactamente descortés pero tampoco era inocente. Los invitamos a cenar. Afuera, la tormenta ganaba terreno.

***

Me desperté a las dos de la mañana con el ruido del viento contra los postigos. Había luz en el comedor. Era Silvia, que no podía dormir. Nos preparamos leche caliente y nos sentamos junto a la chimenea. En un momento, un relámpago iluminó la ventana y vi dos siluetas en la galería cubierta.

—Son los árboles con el viento —dijo Silvia.

Volví a mi cuarto sin convencerme del todo. Las siluetas tenían la forma de dos hombres quietos mirando hacia adentro.

Al día siguiente, la lluvia no paró. Pasamos la mañana a las cartas y por la tarde Beatriz les llevó algo de beber a Ramón y a Felipe, que reparaban algo en la galería. Lo que empezó como una cortesía se convirtió en una tarde larga con el alcohol corriendo más rápido de lo que debería. Yo decidí no tomar y me fui a mi cuarto con el teléfono.

En algún momento, el silencio del resto de la casa me resultó raro. Demasiado silencio después de tanto ruido. Salí al pasillo.

En el espejo del fondo del corredor vi a mi abuela. Tenía los ojos cerrados y la boca abierta sobre la boca de Felipe. Él le sostenía la cara con ambas manos y ella no hacía el menor intento de apartarse.

Me quedé quieta. No sé cuánto tiempo estuve ahí, procesando lo que veía. Escuché un ruido en el baño y entendí que era mi madre. Me giré para volver a mi cuarto y en ese momento vi a Ramón caminando por el pasillo hacia la puerta cerrada. Entré rápido a mi habitación y dejé la puerta entreabierta.

Ramón abrió la puerta del baño sin llamar. Escuché la voz de Beatriz, baja pero clara:

—Por favor, salí.

Él no salió. Lo que siguió fue silencio primero, y después otros sonidos. Me acerqué a la rendija. Por el ángulo podía ver el interior. Mi madre había dejado de pedir que se fuera. Tenía las manos en sus hombros y él las suyas en su cintura, y los dos se movían con esa torpeza urgente de quien lleva tiempo sin hacerlo. Me quedé mirando más de lo que debería.

***

Salieron del baño juntos y fueron al comedor. Los seguí en silencio desde el pasillo. Felipe seguía con Silvia, pero ahora estaban los cuatro en la misma habitación, y nadie fingía que todo era normal.

Silvia era la menos inhibida de todas. Siempre lo fue, en todo. Se había quitado el pantalón y estaba de pie frente a Felipe con esa soltura que tienen las personas que se conocen bien a sí mismas. Mi abuela a sus cincuenta y cuatro años tenía un cuerpo que yo miraba con algo parecido a la envidia. Felipe lo sabía y no lo desaprovechaba. Le pasaba las manos por la cintura hacia arriba y ella cerraba los ojos y giraba levemente la cabeza hacia un lado, como si cualquier otra cosa que hubiera existido antes de ese momento ya no importara.

Beatriz, mi madre, miraba la escena desde el sillón con las mejillas encendidas y la camisa entreabierta. Ramón estaba detrás de ella con una mano en su cadera y otra enredada en su pelo rubio. Mi madre miraba a su propia madre y en su cara había algo que no era solo vergüenza: era también una pregunta que no terminaba de formularse.

Algo se me movió por dentro. Era excitación, sí, pero también otra cosa más difícil de nombrar. Ver a Beatriz así, con ese hombre, cuando hacía semanas que era solo una figura gris sentada en la cocina. Ver a Silvia con esa libertad que yo nunca le había sospechado. Las dos parecían distintas. Más reales, quizás.

Ramón me vio en el umbral del pasillo. Me miró sin decir nada por un segundo y luego, en voz baja:

—Vení.

Mi madre giró. Vi en su cara una mezcla de vergüenza y algo que no era vergüenza. Intentó levantarse, pero Ramón la sostuvo con suavidad y me miró a mí.

—Acá no le hace mal a nadie —dijo.

Entré.

***

Me acerqué a Ramón porque era lo más fácil. Lo besé yo primero, porque si esperaba que lo hiciera él iba a quedarme esperando toda la noche. Era un beso sin demasiada delicadeza, el beso de alguien que tiene el doble de tu edad y no pierde el tiempo en preámbulos. Me puso la mano en la nuca y la sostuvo ahí.

Tenía dieciocho años y poca experiencia. Los chicos con los que había estado antes eran exactamente eso: chicos. Esto era diferente de una manera que no supe describir hasta mucho tiempo después.

Me llevó la mano hacia él y lo sentí: el tamaño, la dureza. Me estremecí de una manera que no era solo miedo. Me arrodillé. Lo tomé con la mano y lo besé con cuidado primero, midiendo, tanteando. Él me dejó hacer por un momento y luego tomó el control con sus manos en mi pelo, sin violencia pero sin dudas, empujándome más adentro. Respiré hondo y lo acepté, y en algún punto dejé de pensar.

Detrás de mí, Silvia ya no tenía ropa. Era hermosa, mi abuela. Eso también fue una revelación esa noche: que la belleza no termina a los cuarenta ni a los cincuenta, que hay una seguridad en el cuerpo de una mujer que se cuida que no tienen los cuerpos jóvenes, una certeza en sí mismo. Felipe estaba con ella y los dos se movían con esa sincronía de quienes llevan un rato en lo mismo.

Beatriz, mi madre, ya no estaba en el sillón. Estaba arrodillada en la alfombra cerca de ellos, mirando a Silvia con esa expresión que yo nunca le había visto en la cara. Algo que era al mismo tiempo asombro y deseo. En algún momento, casi sin darse cuenta, alargó la mano y la apoyó en la espalda de su propia madre.

Ramón me levantó y me llevó hacia el sillón. Me acomodó encima de él y desde ahí podía verlas a las dos, a Felipe, a los cuatro juntos. En algún momento Beatriz me miró. No dijo nada. Había una pregunta en sus ojos, pero también había algo más: una calidez que el alcohol y la situación habían sacado a la superficie.

—¿Estás bien? —me preguntó en voz baja.

—Sí —le dije.

Y era verdad.

***

La tormenta duró cuatro días. En esos cuatro días probamos límites que ninguna de las tres habría nombrado en voz alta antes de ese viaje.

Hubo momentos que se me quedaron grabados con esa precisión extraña que tienen algunas memorias. El segundo día, cuando Ramón me apoyó contra los tablones de la pared exterior bajo el alero, con la lluvia a treinta centímetros y el frío en la cara y el calor de él por todas partes. El tercer día, cuando Felipe se quedó completamente quieto a propósito hasta que yo empecé a moverme sola, y Silvia, desde el otro extremo de la habitación, me miraba con esa sonrisa suya de quien ya sabe lo que todavía no me animo a nombrar. El cuarto día, cuando Beatriz y yo quedamos juntas de una manera que no tenía nombre pero que se sentía más honesta que cualquier otra cosa que me hubiera pasado en la vida.

Las conversaciones también cambiaron. Por las noches, cuando Ramón y Felipe se iban al establo, las tres nos quedábamos junto a la chimenea y hablábamos de cosas que nunca antes habíamos hablado. Silvia contó cosas de su juventud que siempre había guardado para ella. Beatriz habló de papá con una franqueza que me sorprendió. Yo escuché y entendí que esas dos mujeres eran mucho más complejas de lo que yo creía conocer.

Una noche, cuando ya solo quedaban brasas en la chimenea, Silvia me dijo algo que no olvidé:

—Sos joven. Estas experiencias, en dosis constantes, pueden aburrir. No hay nada como el sexo con amor. Pero en tanto, hay que vivirlo todo.

No estaba del todo convencida. Pero tampoco la contradije.

***

El último día, mientras Ramón y Felipe preparaban sus cosas para volver al pueblo, Silvia les propuso que nos visitaran en la ciudad alguna vez. Lo dijo con esa naturalidad suya que hace que las cosas imposibles parezcan razonables. Los dos se miraron y asintieron con esa sobriedad de hombres que miden las palabras.

En el bus de regreso, las tres íbamos calladas. No era un silencio incómodo. Era el silencio de personas que han compartido algo sin nombre fácil y saben que no hace falta nombrarlo.

Beatriz miraba por la ventana. Los cerros iban achicándose con la distancia. En algún punto, sin decir nada, me tomó la mano. Yo la dejé.

Silvia, en el asiento del otro lado del pasillo, fingía leer algo en su teléfono, pero cada tanto me miraba por encima de los anteojos con esa expresión que tiene cuando sabe más de lo que dice.

—¿Qué? —le pregunté.

—Nada —dijo—. Que te criamos bien.

Las tres nos reímos al mismo tiempo. Fue el primer momento en semanas en que esa risa se sentía completamente real.

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4.6 (50)

Comentarios (12)

Ferchu_BA

tremendo relato, se me hizo cortisimo. queremos segunda parte!!

UnLectorDeMedianoche

Que manera de narrar... se siente el peso del silencio en cada parrafo. Muy buen trabajo.

RosaARG

Me quede pensando en el final un buen rato. Hay relatos que te dejan huella y este es uno de ellos.

NocheSilenciosa

increible, lei de un tiron sin darme cuenta

Gastón_86

La tension que fuiste construyendo desde el principio es lo mejor del relato. Sigue escribiendo por favor!

lector_nocturno

Hay algo en los finales abiertos que me vuelve loco, en el buen sentido. Bien jugado.

Martina_RC

me recordo a unas vacaciones que tuve hace años con mi prima... algunas tormentas cambian todo para siempre jaja. muy bueno!

CarlitosV

Genial!!!

MarisolBA

La cabaña, la tormenta, el encierro... todo funciona perfecto como excusa narrativa. Se nota que sabes escribir.

PatricioL

Espero la continuacion, no puede terminar ahi!

Hanna

Esa ultima frase me erizo la piel. Muy intensa.

andrespaz22

Muy bueno, aunque siento que le faltó un poco mas de desarrollo al final. De todas formas, de lo mejor que lei ultimamente.

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