La madrugada que crucé el límite con mi suegra
Siempre me levantaba temprano para escucharla. Los pasos descalzos de Mariela cruzando el pasillo hasta el baño eran mi alarma secreta. Imaginaba cada movimiento: el camisón blanco resbalando sobre sus hombros, el cuello descubierto, el pelo castaño todavía aplastado por la almohada. Llevaba meses así, despertando antes que Carolina sólo para imaginar a su madre.
A los cincuenta y un años, Mariela seguía siendo el tipo de mujer que detenía conversaciones cuando entraba a una habitación. Viuda desde joven, vestía con sobriedad estudiada: faldas largas, blusas cerradas hasta el cuello, perfume apenas insinuado. Pero había algo en su andar, en la curva firme de sus caderas y en el peso evidente de sus pechos, que ningún corte recatado lograba disimular.
Y yo, novio de su única hija desde hacía dos años, lo notaba todo.
Aquella madrugada estaba en el living del departamento, mirando televisión con el volumen casi apagado. Carolina dormía profundo en la habitación. Su mamada antes de acostarse había sido floja, distraída, y yo seguía duro contra la cintura del pantalón del pijama. La idea de cruzarme con Mariela en el pasillo me consumía.
Escuché la puerta de su cuarto abrirse. Me incorporé enseguida y avancé con la excusa del baño. Nos encontramos en el corredor angosto. Ella se sobresaltó al verme. El camisón blanco le caía hasta media pantorrilla, pero los dos primeros botones estaban abiertos y, en el sobresalto, sus manos no llegaron a tiempo a cubrirla. Vi el nacimiento generoso de sus pechos, la piel clara, el surco profundo entre ellos.
—Mateo —murmuró, retrocediendo medio paso—. Pensé que dormías.
—Bajé al baño —dije, y no aparté la mirada.
Le sonreí con calma fingida y avancé, rozándola al pasar. El pasillo era estrecho. Sentí su perfume mezclado con el calor del sueño. Antes de seguir, me incliné y le di un beso en la mejilla, demorándolo más de lo razonable.
—Hola, suegra —susurré contra su piel.
—Salí, nene —me empujó con la mano libre—. ¿No ves cómo estoy?
—Se ve mucho más linda así, Mariela —respondí—. No tiene absolutamente nada de qué avergonzarse.
—Basta. Te estás pasando.
—Es la pura verdad, suegrita. Venga otro besito.
—¡Mateo! Te pasaste. Mirá si te escucha mi hija.
Bajó la voz al pronunciar el nombre de Carolina y me dio la espalda, todavía sin entrar al baño. Esa frase me sirvió como permiso. Si lo único que le preocupaba era el ruido, entonces todo lo demás estaba en juego.
Me acerqué por detrás y apoyé el cuerpo contra el suyo. La curva de sus nalgas recibió mi erección con un golpe seco bajo el camisón. Le pasé un brazo por la cintura.
—Deme un beso, suegrita.
—¡Basta! —se zafó con un giro brusco y se enfrentó a mí—. Carolina puede oírnos.
—No hable, entonces. Sólo deme un beso.
—No. Basta. Esto lo hablamos en otra oportunidad.
Hice un gesto de rendición y bajé la mano por el frente del camisón hasta rozar con el reverso de los dedos la franja de piel visible entre los botones. Lo permitió un segundo, después me empujó la mano. Estaba temblando. Sus ojos brillaban distintos: no había enojo, había miedo. Algo en mí se ablandó.
—No te asustes —le dije—. Sos hermosa. Hace mucho que pienso en vos.
Me tapó la boca con la palma, suave, y se metió en su habitación sin mirarme. La cerradura giró dos veces. Me quedé un instante mirando la puerta y después fui al baño. Me masturbé con el grifo abierto, mordiéndome el antebrazo para no hacer ruido. Al salir la oí ducharse. Cuando pasó al living, ya vestida y perfumada para el trabajo, no me dirigió la palabra.
***
Pensé en ella todo el día. En la oficina, manejando, esperando que sonara el teléfono. Carolina me escribió a media tarde para recordarme que esa noche se iba a dormir al departamento de Patricia, una compañera suya recién operada que necesitaba ayuda con el bebé. La excusa perfecta. Iba a quedarme solo con Mariela.
A las siete y media Carolina pasó por el departamento a dejar el bolso del trabajo y se despidió rápido. Le dije que terminaría de ver una película y la alcanzaría en lo de Patricia más tarde. «Cená con mamá», me sugirió desde la puerta. Le sonreí y le besé la frente. La idea me pareció graciosa: cenar a su madre.
Era exactamente lo que tenía pensado.
Apenas cerró la puerta empecé a calcular los tiempos. El ascensor chirrió a los veinte minutos. Reconocí los pasos pausados, el tintineo de las llaves. Antes de que pudiera abrir desde afuera, le abrí yo desde adentro.
—Mateo —dijo, sorprendida—. ¿Qué hace acá?
Me llamó de usted. Eso me sacudió. Hasta ayer era «nene», hasta ayer era el yerno. Ahora era un señor, un hombre, alguien con peso suficiente como para que ella eligiera la distancia formal.
—Me quedé a hablar con vos, suegra —dije, tuteándola yo—. Es lo que querías, ¿o no?
Dejó la cartera en el aparador y se sacó los zapatos despacio.
—Estoy cansada. Voy a cocinar y conversamos durante la cena, si quiere. Pero le pido que no se propase. Soy una mujer bastante mayor que usted, viuda, y usted es el novio de mi hija. Y, de hecho, espero que después de esta charla deje de serlo.
—Parece que me querés sólo para vos, Mariela —le dije, sobrador.
Caminó a la cocina sin contestar enseguida. La seguí, mirando el modo en que la pollera negra le abrazaba las nalgas a cada paso. Cuando habló, no me miró.
—Mateo, no voy a negar que hace mucho tiempo no me sentía mujer. Pero usted es muy joven y yo ya no pienso en otro hombre. Perdí al mío. Si esta edad me encuentra sola, así va a ser hasta el final de mis días.
—No tiene por qué ser así.
Estaba en la mesada, sacando frascos de la alacena. Le hablé por encima del hombro, acercándome despacio.
—Sos única, Mariela. A tu edad despertás en mí algo que tu propia hija no logra. Pensalo. Dejémonos llevar, una vez al menos.
Hubo un silencio largo. Apoyó las manos en la mesada y se quedó quieta, como conteniendo el aire. Aproveché. Me acerqué por detrás, le pasé las manos por las caderas y dejé que mi erección se apoyara contra la curva firme de sus nalgas. Le besé el cuello. Subí lento por la blusa hasta el peso pesado de su pecho izquierdo, palmeé esa carne abundante que llevaba meses imaginando.
—Estoy obsesionado con vos —le dije al oído.
—Mateo, ya basta. Por favor.
—No voy a parar hasta tenerte. Sé que me deseás. Quiero que seas mía esta noche.
Se le aflojó el cuerpo apenas. Cerró los ojos. Yo seguí abrazándola, una mano subiendo por la blusa, la otra bajando por la pollera hasta encontrar el calor entre sus muslos.
—Esperáme —murmuró—. Esperáme un momento.
Salió de la cocina y se metió en su cuarto. La esperé en el pasillo, escuchándola moverse, abrir cajones, descalzarse del todo. Después abrió apenas la puerta y me llamó por mi nombre, sin tono de juego.
—Vení.
Estaba parada al pie de la cama, otra vez con el camisón blanco. La luz del velador la dibujaba contra la pared.
—Tomáme —dijo, mirando al piso—. Satisfacé tu deseo. Pero prometéme que vas a dejar a mi hija. No quiero esto para Carolina. Sólo decíme qué querés de mí. Acá me tenés.
Tomó el ruedo del camisón y lo levantó hasta los muslos. Las piernas eran firmes, anchas, de piel tibia y sorpresivamente bronceada. Me quedé un segundo mirándola, incapaz de moverme.
—Decíme qué querés —repitió, en voz baja.
—Te quiero entera. Tus pechos, tu cuello, tu espalda. Quiero cogerte por el culo, Mariela. Quiero ese culo tuyo, el que llevo meses imaginando.
Se le llenaron los ojos. Sentí que se le quebraba algo por dentro.
—¿Cómo le decís estas cosas a una mujer como yo? —murmuró.
—Porque sé que vos también lo querés.
Caminó hasta el baño contiguo y se inclinó sobre el lavabo, apoyando las palmas en el mármol. No me miró. Me dio la espalda, levantó el camisón hasta la cintura y se quedó así, ofreciéndose en silencio. Las nalgas, libres del paño, eran una visión obscena: redondas, llenas, separadas apenas por el hueco oscuro del centro.
Me saqué la ropa atrás suyo. Le puse una mano en la cadera y con la otra me guié entre sus carnes. Encontré el ano, tenso, caliente. Empujé despacio. Ella inhaló de golpe y se mordió el dorso de la mano para no gritar. Avancé centímetro a centímetro hasta sentir mi pelvis contra esa carne tibia. Me quedé quieto, dejándola respirar.
—Avisáme —le dije al oído—. Cuando estés lista.
Asintió. Empecé a moverme con cuidado, después con más fuerza. Le sostuve las caderas, miré la imagen de mis manos hundidas en su carne, el reflejo en el espejo de su cara enrojecida, los ojos húmedos. En pocas embestidas no aguanté: descargué adentro, sacudido, mientras ella gemía contra el azulejo, una mezcla de dolor y otra cosa que no quería nombrar.
No salí enseguida. La abracé desde atrás, apoyando la cara contra su nuca húmeda.
—Decíme algo —le pedí.
—Todavía no. Dejáme un minuto.
***
Volvimos a la cocina sin hablar. Ella se ató una bata sobre el camisón, terminó de cocinar, sirvió dos platos. Comimos casi en silencio. A los postres, con una copa de vino entre los dedos, me confesó que había sentido bastante dolor, sí, pero también dos orgasmos. Dijo «orgasmos» en voz baja, mirando el mantel, y yo entendí, ahí mismo, que esa noche no iba a ser la última.
Antes de irme la busqué de nuevo. La encontré contra la mesada de la cocina, lavando los platos. Le levanté la bata, le bajé la bombacha y me hundí en su culo otra vez, esta vez sin pedir permiso porque ya no hacía falta. Se sostuvo del borde de la pileta, separó los pies, arqueó la espalda. Le terminé adentro mientras le mordía el cuello y le susurraba lo hermosa que era, lo mucho que había esperado ese momento.
Cuando me despedí en la puerta, me besó en la boca. Un beso lento, sin culpa, distinto a todo lo anterior.
—Mañana volvés —dijo. No era una pregunta.
Iba a seguir saliendo con Carolina, claro. No tenía intención de romperle el corazón ni de levantar sospechas. Pero los dos sabíamos que, a partir de esa madrugada, la verdadera dueña de aquel departamento, y de mí, iba a ser su madre.