Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El hombre maduro que encontré en la cocina esa noche

4.8 (11)

Sofía y yo nos conocimos en el primer año de secundaria, cuando las dos llegamos tarde el mismo día y nos tocó sentarnos juntas en el fondo del aula. Desde entonces, inseparables. Quince años de amistad, de cumpleaños compartidos, de secretos guardados con cuidado. Su casa era la mía, y la mía era la suya.

Su familia vivía en una casa grande de dos plantas, de esas con jardín en la parte trasera y un salón que huele a leña en invierno. Los padres de Sofía trabajaban los dos, su abuela había muerto hacía años, y don Alberto, el abuelo, ocupaba la habitación del fondo desde que yo tenía memoria. Lo había visto crecer, en cierto sentido. Él me había visto crecer a mí.

Don Alberto tenía sesenta y tantos años, aunque nunca le pregunté la cifra exacta. Se conservaba bien, de esas maneras que no son resultado del gimnasio ni de ningún esfuerzo visible, sino simplemente del cuerpo de alguien que ha llevado una vida activa. Era alto, de hombros anchos, con el cabello completamente blanco que llevaba peinado hacia atrás y una barba bien recortada que le daba un aire distinguido. Tenía las manos de alguien que había trabajado con ellas toda la vida: grandes, de nudillos marcados, con una firmeza que se notaba en cada apretón.

Para mí era el abuelo de Sofía. Me llamaba «Clarita», me hacía algún chiste cuando cenábamos todos juntos, y me abrazaba al llegar y al marcharme como si también fuera su nieta. Lo quería de esa manera que se quiere a las personas mayores de las familias de los amigos: con cariño tranquilo, sin pensar demasiado en ello.

O eso creía.

Esa noche me quedé a dormir porque mis padres habían salido de viaje y no me apetecía quedarme sola en casa. Era octubre, había refrescado durante el día, pero de madrugada el calor era absurdo para la época del año. Sofía y yo estuvimos hasta tarde viendo una serie, terminando las sobras de la cena y riéndonos de algo que ahora no recuerdo. Pasada la una, ella se quedó dormida en mitad de una escena con el teléfono cayéndosele de las manos. Le tapé las piernas con la manta, apagué el televisor y subí al cuarto de invitados.

No había manera de conciliar el sueño. El colchón era demasiado blando, la almohada tenía un olor raro que no era desagradable pero que no era el mío, y algo en mi cabeza seguía dando vueltas sin motivo concreto. Me moví durante una hora larga. Conté respiraciones. Lo intenté todo.

A las tres menos cuarto me levanté. Me puse la camiseta larga de Sofía que había usado para dormir, unas bragas de algodón y nada más. Bajé las escaleras pisando en las esquinas para no hacer ruido y empujé la puerta de la cocina.

La luz ya estaba encendida.

Don Alberto estaba sentado a la mesa con una taza entre las manos, la mirada perdida hacia la ventana. Llevaba solo unos pantalones de pijama de color gris oscuro. El torso descubierto. Era la primera vez que lo veía así, sin camisa, y durante un segundo me quedé paralizada en el marco de la puerta. Tenía el pecho ancho y algo de vello blanco, los hombros todavía firmes para su edad. Levantó los ojos hacia mí y sonrió con esa calma de siempre.

—Clarita. ¿No puedes dormir? —preguntó con voz baja. La misma voz de siempre, pero que en el silencio de la cocina a las tres de la mañana sonaba diferente.

—El calor —dije—. Y el colchón no ayuda.

Él señaló la silla de enfrente con un gesto de la cabeza.

—Siéntate un rato. A mí también me pasa. A esta edad el cuerpo ya no entiende de horarios.

Me serví un vaso de agua y me senté. Él no dijo nada durante un momento, solo me miró con esa atención pausada que tienen las personas que han aprendido a fijarse de verdad en los demás. Noté que la camiseta era demasiado corta cuando me moví para coger el vaso, y que las bragas apenas quedaban cubiertas. Me senté deprisa y crucé las piernas.

—¿En qué piensas a estas horas? —preguntó.

—En nada concreto. En todo a la vez. —Bebí un sorbo—. ¿Y usted?

—En que los años no perdonan la espalda —dijo, y se rio bajito—. Y en que hace demasiado calor para octubre.

Estuvimos hablando un rato de nada importante. Del barrio, de cómo había cambiado en los últimos años, de una película que él había visto esa tarde. Era fácil hablar con don Alberto. Siempre lo había sido. Tenía esa capacidad de algunos hombres mayores de no interrumpir, de escuchar antes de opinar.

Entonces se levantó, rodeó la mesa despacio y se quedó detrás de mí.

—Tienes los hombros completamente agarrotados —dijo—. Se nota desde aquí.

Antes de que pudiera responder, sus manos ya estaban sobre mis hombros. Las noté grandes y cálidas. Empezó a presionar con los pulgares a ambos lados del cuello, con una seguridad que no dejaba margen para la incomodidad. Cerré los ojos sin pensarlo.

—Dios —murmuré.

—¿Ves? Completamente tensos.

Sus manos trabajaban los músculos con una lentitud que tenía algo de deliberada. Subían por el cuello, bajaban por los hombros, volvían a subir. Sentí que la tensión cedía de verdad, pero también que algo distinto empezaba a crecer en su lugar. Un calor diferente al del tiempo. Algo que se instalaba en la parte baja del vientre y no tenía nada que ver con el insomnio.

Debería decirle que pare.

No dije nada.

—Ven aquí —dijo, y arrastró su silla para sentarse a mi lado—. Así no llego bien a la espalda.

Se sentó tan cerca que sus rodillas rozaban las mías. Sus manos siguieron, ahora con más alcance, bajando por la espalda. Noté la presión de sus yemas a través de la tela fina de la camiseta. No era el tacto impersonal de un fisioterapeuta. Era otra cosa.

Cuando sus manos llegaron a mis costados y de ahí a la parte externa de mis muslos, me tensé. No de miedo. De otra cosa.

—Tranquila —dijo en voz muy baja.

No era una orden. Era algo más parecido a una promesa.

Sus manos se desplazaron despacio hacia la cara interna de mis muslos y apoyé la espalda contra su pecho sin pensarlo. Noté la presión de sus dedos subiendo, milímetro a milímetro, sin prisa. Cada movimiento esperaba una reacción antes de continuar. Yo no lo detuve.

Me giré hacia él. No sé quién se movió primero. Su boca encontró la mía de la manera en que besan las personas que no tienen nada que demostrar: despacio, con intención, sin ningún tipo de torpeza. Sabía a té con miel. Cerré los ojos.

***

Sus manos eran lo más distinto a lo que había conocido hasta entonces. No el tipo de manos ansiosas que van directo al destino sin molestarse en el camino. Don Alberto se tomaba su tiempo en cada centímetro. Subió la camiseta despacio y esperó. Yo levanté los brazos.

Me miró durante un momento largo sin tocarme, con la luz amarilla de la cocina cayendo sobre la mitad de su cara. Había algo en su expresión que no supe nombrar bien. Hambre, sí, pero también algo más tranquilo, más asentado. Llevó las manos a mi cintura y me atrajo hacia él.

—Eres preciosa, Clarita —dijo, y lo dijo como quien constata un hecho, no como quien intenta convencer de algo.

No respondí. Sus labios bajaron por mi cuello y siguieron bajando. Apoyé la mano en su cabello blanco, sorprendida de lo suave que era. En algún punto recordé que Sofía dormía dos pisos más arriba, que sus padres estaban en la habitación del fondo, que cualquiera podía bajar en cualquier momento. Eso debería haberme frenado.

No lo hizo.

Me levantó de la silla con facilidad y me sentó sobre la mesa. La madera era fría contra mis muslos. Él se colocó entre mis rodillas y me miró un segundo antes de bajar la cabeza.

Cuando su boca llegó donde yo quería que llegara, enterré los dedos en su cabello y apreté los labios con fuerza. Sus manos me sujetaban los muslos abiertos con firmeza, y su lengua era exacta, paciente, implacable. Sabía leer el cuerpo de una manera que no tenía nada que ver con la urgencia y todo que ver con la experiencia. Sabía cuándo acelerar y cuándo no. Sabía esperar.

Me corrí mordiéndome el labio, con los muslos apretados contra su cabeza, temblando sin hacer el ruido que quería hacer. Él no paró hasta que el temblor pasó por completo.

Cuando levantó la cara y me miró, yo seguía sin poder articular nada.

—¿Mejor? —preguntó.

—Cállate —dije, y me eché a reír bajísimo a pesar de todo.

Sonrió. Se puso de pie, me tomó la cara entre las palmas y me besó otra vez. Noté contra mi pierna que él también quería continuar. Me bajé de la mesa y aflojé el nudo de su pantalón.

***

Lo que vino después fue diferente a todo lo que había vivido hasta entonces. No precisamente por razones físicas, aunque también por esas. Don Alberto no tenía nada que demostrar ni nada que probar. No había prisa, no había torpeza, no había el nerviosismo de las primeras veces. Era alguien que llevaba décadas aprendiendo a prestarle atención a una mujer, y se notaba en cada gesto, en cada pausa, en cada momento en que decidía no acelerar.

Me tomó con una lentitud que al principio me desesperó. Lo tenía todo lo cerca que podía tenerlo y aun así iba despacio, mirándome a los ojos para no perderse nada. Cuando por fin nos fundimos del todo, me tapó la boca con la mano antes de que yo emitiera el sonido que tenía preparado, y noté que se reía en silencio contra mi cuello.

—Tranquila, pequeña —murmuró—. Nadie tiene que enterarse.

Nos movimos despacio al principio, ajustándonos, encontrando el ritmo. Sus manos no paraban: mi cintura, mis caderas, la curva de mis costillas. Me besaba cuando quería y se apartaba cuando quería mirarme. No había actuación en ninguno de sus gestos. Hacía todo con esa misma calma que tenía cuando hablaba, cuando bebía su té, cuando me miraba cruzar la cocina.

Aceleró cuando notó que yo estaba lista. No antes. Me agarré al borde de la mesa con una mano y a su hombro con la otra. El chirrido de la madera era mínimo pero real, y los dos lo ignoramos.

—Don Alberto —dije sin querer, casi sin voz.

—Shhh —respondió, y metió los dedos en mi pelo.

Me corrí con la cara apoyada en su hombro, mordiéndome el labio, sintiendo el calor de su piel y el peso de su mano en mi espalda. Él llegó poco después, con un gruñido bajo y contenido que apenas llegó a sonar.

Nos quedamos quietos durante un momento. La nevera seguía zumbando. En algún lugar de la casa crujió una viga.

***

Me bajé de la mesa y recogí la camiseta del suelo. Él se abrochó el pantalón sin prisa, fue a la pila a lavarse las manos y volvió a sentarse en su silla como si no hubiera pasado nada, con la misma calma con la que lo había encontrado media hora antes.

—¿Quieres té? —preguntó.

Me eché a reír. Era absurdo. Era completamente ridículo. Era exactamente la reacción correcta para ese momento.

—No —dije—. Creo que ahora sí voy a poder dormir.

Él asintió con esa media sonrisa suya.

—Buenas noches, Clarita.

Subí las escaleras pisando en las esquinas para no hacer ruido. Me metí en la cama del cuarto de invitados y el colchón ya no me pareció tan incómodo. El calor seguía siendo el mismo, pero yo ya no lo notaba.

Tardé exactamente dos minutos en quedarme dormida.

Al día siguiente desayunamos todos juntos. Don Alberto me pasó el pan sin mirarme de ninguna manera especial, yo bebí mi café como en cualquier otro domingo, y Sofía hablaba de sus planes para la semana. Sus padres leían el periódico. El sol entraba por la ventana de la cocina, sobre la misma mesa donde había pasado todo.

Nadie dijo nada. Todo igual que siempre.

Excepto que no.

Volví a casa de Sofía dos semanas después. Y tres semanas después de eso. Siempre con alguna excusa perfectamente razonable para quedarme a dormir. Y don Alberto siempre parecía tener insomnio exactamente cuando yo bajaba a la cocina.

Nunca hablamos de ello a la luz del día. No hacía falta. Él lo sabía, yo lo sabía, y eso era suficiente.

Hay cosas que solo existen de noche, en la cocina de alguien, cuando el resto de la casa duerme. Cosas que no tienen nombre para el día siguiente y tampoco lo necesitan. Solo el tacto de unas manos que saben lo que hacen, y el silencio que viene después.

Valora este relato

4.8 (11)

Comentarios (8)

Nocturna_33

Que bueno!!! me encanto, sigue publicando por favor

LauraV

Por favor que haya segunda parte, quede con muchas ganas de saber como sigue!!

Mili_BA

Esas noches a las 3am tienen algo especial jaja. Me recordo a algo parecido que me paso hace un tiempo

CarlosM77

Muy buen relato, de los mejores que lei en esta categoria en mucho tiempo. Bravo

LorenaZ22

Me encanto!! tiene algo distinto a los demas, se siente autentico y no forzado. Seguí así

lechtor77

La descripcion del inicio te atrapa de golpe. Tremenda pluma

RosaMariel

Excelente!!! espero que hayas subido mas cosas porque me quede con ganas

NachoQuilmes

Ufff que buen ambiente el que armaste ahi. Muy bueno

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.