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Relatos Ardientes

La candidata madura que nadie esperaba en ese concurso

4.5 (34)

Cuando el comunicado llegó a mi bandeja de entrada aquel lunes por la mañana, lo primero que pensé fue que era otra de esas iniciativas corporativas que sirven de poco y se archivan antes de que termine el trimestre. El asunto decía: «Concurso Embajadora del Año — Farmacorp S.A.». La empresa buscaba una imagen para eventos, presentaciones y fotografías institucionales. Yo llevaba doce años en esa compañía. Había superado mi cuota de ventas durante cuatro años consecutivos. Y sin embargo, nadie me había propuesto nada hasta que don Edmundo Castellanos —el presidente de la junta, setenta años cumplidos en enero, corbata de seda y reloj suizo— decidió que necesitábamos una embajadora.

Mis compañeras más jóvenes empezaron a susurrarse al oído nada más aparecer los carteles en las paredes del pasillo. Daniela, de veintiséis años, ya se había retocado el maquillaje frente al espejo del baño. Patricia, veintiocho, andaba buscando cursos de oratoria en su teléfono. Yo las miré desde mi escritorio, tomé un sorbo de café y sonreí para mis adentros. Tenía cuarenta y tres años, el cuerpo que mantengo con disciplina desde el divorcio, y décadas de práctica leyendo exactamente lo que los hombres quieren cuando miran sin atreverse a decirlo.

Iba a ganar esto.

Me presenté en la oficina del señor Castellanos a las diez de la mañana del martes, cuando la mayoría de mis compañeras todavía evaluaba si arriesgarse. La secretaria me pidió que esperara. Esperé menos de dos minutos. Cuando entré, él estaba de pie junto a la ventana que daba a la avenida principal, con las manos en los bolsillos y el diario del día doblado sobre la mesa como si lo acabara de dejar.

—Lorena —dijo. No «señora Lorena», no «señorita». Solo mi nombre, con esa familiaridad casual de los hombres que nunca han necesitado ser formales para obtener lo que quieren.

—Buenos días, don Edmundo. Vengo a inscribirme en el concurso.

Se giró despacio. Era un hombre que había aprendido a disimular el deseo con décadas de práctica, pero nadie lo domina del todo. Me revisó de pies a cabeza en el instante que tardó en cruzar la habitación, esa fracción de segundo en que los ojos hacen lo que el protocolo prohíbe. Llevaba una falda de tubo azul marino que me llegaba por debajo de la rodilla. Discreta. Profesional. Pero yo sabía exactamente lo que ese corte dejaba adivinar cuando caminaba.

—Rellena este formulario —dijo, alcanzándome una hoja y señalando el borde de su escritorio.

Mientras escribía inclinada sobre la superficie de madera oscura, sentí su presencia detrás de mí. No se movía. Simplemente estaba ahí, a menos de un metro, en silencio. El tipo de silencio que no es indiferencia sino atención concentrada.

—Llevas mucho tiempo con nosotros —dijo al fin.

—Doce años, don Edmundo.

—Se nota. —Hizo una pausa calculada—. La experiencia es un activo que no todo el mundo sabe reconocer a tiempo.

Le devolví el formulario sin decir nada. Lo miré directamente a los ojos y aguanté el silencio un segundo más de lo necesario. Él no bajó la vista.

—Hay candidatas interesantes este año —dijo, bajando la voz aunque éramos los únicos en la habitación—. Pero creo que podrías tener ventaja si conversamos con más detalle sobre tu perfil. Esta tarde, después de las seis. ¿Puedes quedarte?

—Aquí mismo, supongo.

—Aquí mismo.

Me despedí con una sonrisa que no era inocente, y que él interpretó correctamente.

***

A las seis y cuarto, el edificio estaba casi vacío. Las luces del pasillo funcionaban a media potencia. La secretaria de don Edmundo había recogido su bolso. Toqué la puerta con los nudillos, dos veces, sin prisa.

—Pasa —dijo su voz desde adentro.

Entré. Él estaba sentado detrás del escritorio, con la chaqueta colgada en el respaldo de la silla y las mangas de la camisa blanca enrolladas hasta los codos. Sobre la esquina de la mesa había una botella de vino tinto ya descorchada y dos copas.

—Me alegra que hayas venido —dijo, sirviéndome sin preguntar si quería.

—Me alegra que me hayas invitado —respondí, tomando la copa.

Nos sentamos frente a frente. Durante veinte minutos habló del perfil que la empresa buscaba: presencia, comunicación, imagen. Yo escuché, asentí, respondí con precisión cuando correspondía. Y todo ese tiempo, detrás de cada palabra, había otra conversación que ninguno de los dos nombraba. Era ese tipo de doble diálogo que solo existe cuando dos adultos saben exactamente adónde van y prefieren llegar sin apuro.

Cuando apoyé la mano sobre la mesa para subrayar un punto, él la cubrió con la suya. Grande, seca, firme.

—Sabes exactamente lo que estás haciendo —dijo.

—Siempre lo sé.

Se puso de pie y rodeó el escritorio despacio. Yo no me moví. Se colocó detrás de mí, me apartó el pelo del cuello con una sola mano, y sus labios rozaron la piel justo debajo de la oreja. Apenas un contacto. Suficiente para que el aire se me fuera de los pulmones sin hacer ruido.

Llevaba tres años sin que alguien me tocara así. Tres años de reuniones de ventas, de informes trimestrales, de cenas de trabajo donde era la ejecutiva competente y nada más. Tres años siendo útil, siendo fiable, siendo invisible para todo lo que no fuera mi rendimiento profesional.

Sus manos bajaron por mis hombros hasta posarse sobre mis caderas. Lo dejé. Más que dejarlo: lo quise.

Me giré y lo besé.

Fue un beso sin urgencia. El tipo que solo da alguien que no teme perder lo que ya tiene. Me gustó eso. Me gustó que no actuara con la torpeza ansiosa de quien necesita confirmar que la oportunidad es real. Él sabía que era real. Yo lo sabía. No hacía falta apresurarse.

Me desabrochó la blusa botón por botón sin apartar los ojos de los míos. Yo aflojé su corbata. Él sonrió.

—Eres una mujer extraordinaria, Lorena.

—Lo sé —dije, y no era arrogancia.

Los papeles del escritorio cayeron al suelo cuando los apartó con un gesto limpio. Me ayudó a subirme al borde de la mesa. Me tomó la cara entre las manos y me besó otra vez, más despacio, mientras sus palmas recorrían mis muslos por debajo de la falda. Sus dedos eran pacientes, metódicos. No iban directamente a ningún lado. Recorrían. Memorizaban.

—Hace tiempo que te miro —admitió contra mi boca.

—Lo sé —repetí.

—¿Y nunca dijiste nada?

—Estaba esperando el momento adecuado.

Encontró el elástico de mi ropa interior y tiró despacio hacia abajo. Me erguí ligeramente para facilitarlo. El aire frío de la oficina contrastaba con el calor que se acumulaba entre mis piernas. Me tocó con la mano primero, con la misma paciencia con que había recorrido todo lo demás. Cuando encontró el punto exacto, mis caderas se movieron solas hacia él.

—Ahí —dije en voz baja.

No necesité decir nada más. Lo repitió con el mismo ritmo preciso, hasta que tuve que apoyarme en sus hombros para no perder el equilibrio. El placer se construía capa sobre capa, sin saltos, sin apresuramiento. Eso era lo que me faltaba desde hacía tiempo: alguien que no tuviera miedo de tomarse el tiempo que hace falta.

Se arrodilló frente a mí sin que yo lo pidiera. Su boca reemplazó a sus dedos y el sonido que se me escapó llenó toda la oficina. Me aferré al borde del escritorio con las dos manos. Cerré los ojos. Afuera, la ciudad seguía siendo la ciudad: tráfico, bocinas, el ruido constante de un jueves por la tarde. Adentro, solo existía su boca y lo que me hacía.

Me llevó al borde con una lentitud que me sacó de mis casillas. Cuando sentí que estaba a punto de llegar, se detuvo. Se puso de pie y me miró.

—Todavía no —dijo.

Me bajé de la mesa y lo giré con las manos. Lo senté en su propia silla. Me subí encima de él, lo coloqué exactamente donde quería, y lo miré a los ojos cuando lo recibí. El aire salió de su boca en un golpe sordo. Yo no cerré los ojos. Quería verle la cara.

Tomé mi propio ritmo desde el principio. Cada movimiento elegido, cada ángulo calculado. Él me sujetaba por la cintura pero era yo quien marcaba el tiempo y la intensidad. Así funciona cuando una mujer sabe exactamente lo que quiere: no espera que el otro lo adivine, no pide permiso, no titubea. Lo toma.

La tensión acumulada durante tres años de soledad ordenada se liberó en cada movimiento, en cada respiración que se volvía más difícil de controlar. Me gustó que él aguantara sin quebrarse antes de tiempo. Llegué dos veces antes de que él llegara una.

Cuando todo terminó, nos quedamos inmóviles unos minutos. Su camisa arrugada. Mi falda descolocada. Las copas de vino casi sin tocar. La ciudad afuera seguía su curso.

—Mañana tendrás respuesta —dijo al fin, con la voz un poco ronca.

—No tengo dudas —respondí, bajándome de su regazo con la misma calma con que me había subido.

Me arreglé frente al pequeño espejo que colgaba junto a la puerta. Él me observó sin añadir nada más. Le di las buenas noches y salí.

***

Al día siguiente, don Edmundo me llamó a su oficina a primera hora.

—Lorena, has cumplido todos los criterios del proceso de selección —dijo, con el tono formal de quien lee un acta—. Sin embargo, el reglamento establece que la candidatura final requiere la aprobación de la junta directiva. Son ocho miembros. Esta tarde tienes una reunión con ellos en la sala principal, a las cuatro en punto.

Lo miré un segundo sin parpadear.

—¿El criterio de evaluación es el mismo que el tuyo?

Él desvió la vista hacia los papeles de su escritorio.

—Confío en que estés a la altura de las circunstancias.

Entré a la sala a las cuatro en punto. Ocho hombres, todos mayores de sesenta. Trajes oscuros, relojes caros, el tipo de silencio que se usa deliberadamente como herramienta de poder. Me indicaron con un gesto el asiento al extremo de la mesa larga. Me senté despacio, sin prisa. Los miré a todos antes de que ninguno abriera la boca.

—Señora Lorena, hemos revisado su expediente con detenimiento —dijo el que presidía—. Don Edmundo habla muy bien de usted. Muy bien, en efecto.

—Es un hombre con buen criterio —respondí.

Alguien sonrió. Otro carraspeó. Un tercero giró levemente la cabeza hacia la ventana.

Entendí perfectamente lo que estaba pasando. Y en ese momento, mientras los miraba uno por uno alrededor de esa mesa enorme, tomé la decisión con la misma frialdad con que siempre tomo las que importan: con información completa, sin ilusiones, sin drama.

Doce años en esa empresa. Doce años de cuotas superadas, de proyectos entregados antes de plazo, de reuniones en las que nadie me había escuchado de verdad. Y ahora, al fin, toda la sala me miraba a mí.

Que miraran.

Me puse de pie, cerré la puerta a mis espaldas con suavidad y les sonreí a todos con esa sonrisa que llevo tres décadas perfeccionando.

—Caballeros —dije—, ¿por dónde empezamos?

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4.5 (34)

Comentarios (9)

Tony46

Que bueno!! me engancho desde el primer parrafo, increible

Gonzalo_81

Espero que haya segunda parte, quede con muchas ganas de saber como termina todo

Valeria_88

Me recordó a una compañera de trabajo que tenia esa actitud, esa seguridad en si misma. Escrito de 10

Inquieto68

El director no sabia con quien se metia jajaja. Muy bien escrito

Eduardo200

De lo mejor que lei en esta categoria!! sigue asi por favor

NocheEnBlanco

La protagonista tiene una personalidad que engancha. Quiero leer mas de ella, tiene algo especial

SergioBernal

Hay segunda parte? No me dejes con esta intriga jaja

Marta_K

Me encantó como está narrado, se siente real y cercano. Gracias por compartirlo

Rober_74

tremendo, el final me dejó boca abierta

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