Una señora respetable que ya no aguantaba más
Llevaba exactamente veintidós días sin follar. Lo sé porque los conté.
Después de diez años con el mismo hombre, la separación llegó de golpe y me dejó con la mitad de los muebles, una cama demasiado grande y un nivel de calentura entre las piernas que no había experimentado desde los treinta. A los cuarenta y tres uno pensaría que ya tiene esas cosas bajo control. Yo pensaba lo mismo hasta esa tarde de martes, cuando me di cuenta de que llevaba cuarenta minutos mirando la pantalla del ordenador sin leer nada y con el coño empapado bajo la falda.
En la oficina fue imposible concentrarme. Llevaba horas con el cuerpo en estado de alarma sin ninguna razón concreta: una llamada con el cliente, el roce accidental de mi mano contra la mesa, el perfume de mi compañero cuando pasó a mi lado. Nada y todo a la vez. Se me endurecían los pezones bajo la blusa cada vez que respiraba hondo, y la tela de las bragas se me pegaba a los labios hinchados. A las ocho de la noche, cuando la mayoría ya se había ido y el edificio quedó en silencio, la situación era insostenible.
Me encerré en el baño del cuarto piso. El que nadie usa después de las seis.
Apoyé el bolso en el lavabo, metí la llave por dentro y me miré un momento en el espejo. Blusa blanca, falda negra a la rodilla, maquillaje intacto. Todo exactamente igual que cuando llegué por la mañana. Solo que yo ya no era la misma que entró: tenía las mejillas coloradas y la respiración corta, como una perra en celo disimulando bajo una blusa de oficina.
Me metí en el cubículo, apoyé la espalda en la pared fría y me subí la falda hasta la cintura. Bajé las bragas hasta las rodillas y me quedé un segundo mirándome el vello prolijamente recortado, brillante ya de humedad. Me metí dos dedos en el coño y noté cómo se los tragaba de un tirón, como si llevara semanas esperándolos. Con la otra mano me busqué el clítoris y empecé a frotarlo en círculos rápidos, apretando los muslos alrededor de mi propia muñeca. No tardé más de cuatro minutos. Me tapé la boca con el dorso de la muñeca para no gemir, pero las piernas se doblaron igual y sentí cómo se me contraía todo por dentro, apretando los dedos, chorreando por la palma. Me quedé ahí un momento, apoyando el hombro en la pared, con los dedos todavía metidos, sintiendo los últimos espasmos, respirando despacio, esperando a que el cuerpo se calmara.
No fue suficiente.
Eso era lo peor de llevar semanas así: por más que me corriera sola, el coño volvía a pedir a los diez minutos. Necesitaba una polla. Necesitaba peso, carne, alguien encima o debajo. Los dedos no alcanzaban.
***
Salí a las ocho y cuarenta. La lluvia todavía amenazaba desde las nubes bajas pero aún no caía. Me puse el blazer sobre los hombros y pedí el Uber en la puerta del edificio, bajo el toldo metálico que vibraba con el viento. La brisa me movía la falda y no hacía nada por sujetarla. Cada racha me recordaba que las bragas seguían empapadas y que la sensación no se me iba a pasar sola.
«Héctor ha aceptado tu viaje. Llegará en 9 minutos.»
Me quedé esperando con los brazos cruzados sobre el pecho, consciente del calor que me seguía recorriendo por dentro. Los pezones seguían clavados contra la tela del sujetador y el roce constante era casi una tortura. Miré el teléfono sin leer nada. Miré la calle. Pensé en llamar a mi hermana para tener algo que hacer, pero la idea de fingir una conversación normal en ese estado, con el coño latiéndome, me pareció imposible.
El coche llegó puntual. Un sedán gris oscuro, limpio, sin los adornos en el tablero que usan algunos choferes para disimular los años. El hombre que bajó la ventanilla para confirmar mi nombre tenía el pelo completamente blanco, cortado con precisión. La barba también, recortada al estilo de alguien que se cuida sin alardes. Las manos en el volante eran grandes, con venas marcadas bajo la piel morena. Manos de sujetar caderas, pensé antes de poder frenarme. Llevaba camisa gris arremangada hasta el codo.
Subí.
—Buenas noches —dijo, sin girarse. Voz grave. Tranquila.
—Buenas noches —respondí.
Arrancó sin prisa. El coche olía bien: algo entre madera y jabón neutro, sin el exceso de ambientador que a veces resulta mareante. En el espejo retrovisor lo vi revisar el tráfico con la calma de alguien que ha conducido miles de horas y ya no necesita demostrar nada. Me relajé un poco en el asiento, y esa misma relajación hizo que el calor volviera a subir, que las piernas se abrieran un centímetro sin permiso.
—Va a llover fuerte —dijo—. Llegó justo antes.
—Sí, por suerte —respondí—. Aunque con este frío, tampoco es que la lluvia ayude mucho.
—¿Jornada larga?
—Demasiado.
Sonrió de lado. Solo lo vi porque en ese momento sus ojos pasaron por el espejo un segundo y volvieron enseguida a la calle. Pero antes de volver, bajaron. Me miraron las rodillas, la falda, el trozo de muslo que la tela dejaba libre.
Para. Estás proyectando, me dije. El hombre está siendo amable, nada más.
Pero entonces empezó a llover y los cristales se empañaron, y él puso el desempañador sin decir nada, y mientras esperábamos a que el parabrisas aclarara, el interior del coche se volvió un espacio más pequeño y más íntimo de lo que debería. La lluvia lo hacía todo más lento. Yo, en el asiento de atrás, apretaba los muslos uno contra el otro para amortiguar los latidos del coño, y cada vez que lo hacía sentía la humedad extenderse.
***
—¿Vive sola? —preguntó al cabo de unos minutos, cuando ya llevábamos un rato en silencio.
—Desde hace poco —dije—. Separación reciente.
—Entiendo. —Hizo una pausa breve—. Yo llevo tres años viudo.
No lo dijo con dramatismo. Solo como un dato, como quien pone las cartas encima de la mesa sin darles más peso del que tienen.
—Lo siento —dije.
—No hace falta. Ya se aprende a vivir con ello.
Cruzamos un semáforo en verde. Yo tenía los dedos sobre el muslo, moviéndolos despacio, dejando que la falda se corriera un centímetro hacia arriba con cada movimiento. No era inconsciente. Lo sabía perfectamente. Deslicé la mano un poco más y la tela subió otro dedo, dejando ver el borde del muslo desnudo, blanco contra el negro de la falda. Y él también lo supo cuando sus ojos volvieron un momento al espejo y tardaron un segundo más de lo necesario.
Apretó el volante. Los nudillos se le marcaron.
Solo eso. Pero fue suficiente para saber que no estaba sola en lo que estaba pensando, que bajo el pantalón se le estaba empezando a poner dura la verga.
—¿Siempre viaja así? —preguntó. La voz seguía siendo tranquila, pero había algo diferente en el tono. Algo más directo. Algo más ronco.
—¿Cómo así?
—Así —repitió, con una pausa mínima que decía todo lo que no estaba diciendo con palabras.
—Solo cuando llevo semanas sin dormir bien —respondí, y la doble intención era obvia para los dos. Le sostuve la mirada en el espejo—. Sin dormir con nadie, quiero decir.
Esta vez sí se giró hacia mí. Solo un momento, el tiempo justo para mirarme con ese tipo de atención que no necesita palabras. Me bajó los ojos hasta el pecho, hasta las piernas separadas, y volvió a los míos. Luego volvió la vista a la calle, y yo sentí que me había entendido perfectamente.
—Conozco una ruta más tranquila —dijo—. Si no le importa llegar un poco más tarde.
—No me importa en absoluto.
***
Aparcó junto a un parque pequeño, entre dos farolas que no funcionaban. La lluvia caía fuerte y hacía imposible ver más allá del parabrisas. Apagó el motor. El silencio fue inmediato y denso, roto solo por el ruido del agua sobre el techo del coche.
Ninguno de los dos habló durante un momento.
Fui yo quien se movió primero. Me incliné hacia adelante, apoyando los brazos en el respaldo de su asiento. Él giró la cabeza despacio, sin prisa, como alguien que sabe que lo que viene vale la pena esperar.
—Héctor —dije—. ¿Le importaría mirarme?
Se giró del todo. Sus ojos eran oscuros y tenían esa calma que me había llamado la atención desde el principio. Me miró sin el pudor nervioso de los hombres más jóvenes. Me miró como alguien que sabe exactamente lo que está viendo y lo que va a hacer con ello.
Empecé a desabrocharme los botones de la blusa. Despacio, uno por uno, sin apartar los ojos de los suyos. El primero, el segundo, el tercero. La tela blanca se abrió y dejó ver el sujetador negro, y debajo dos pezones tan duros que se marcaban a través del encaje.
—Dios mío —murmuró. No era un elogio vacío. Era el sonido de alguien que de verdad no esperaba lo que estaba viendo.
Me bajé la blusa por los hombros. Debajo llevaba un sujetador negro, sencillo, pero sobre mi cuerpo de cuarenta y tres años seguía funcionando exactamente igual que siempre. Lo supe por la forma en que él contuvo el aliento, por cómo se le movió la garganta al tragar.
Extendió la mano y la posó sobre mi costado. No apretó. Solo la dejó ahí, sintiendo el calor a través de la tela, como si quisiera asegurarse primero de que era real. Luego subió los dedos, muy despacio, hasta pasarme el pulgar por encima del pezón. Sentí el roce a través del encaje y se me escapó un jadeo.
—Venga aquí —dijo.
***
El asiento del copiloto se reclinó con un clic y yo me pasé hacia adelante con más torpeza de la que me hubiera gustado. Pero una vez encima de él, con las piernas abiertas a cada lado del cuerpo grande, la torpeza desapareció. Sus manos se movían con la seguridad de alguien que ha tenido el cuerpo de otra persona entre las suyas muchas veces y sabe lo que hace: una mano en mi cadera, la otra desenganchando el sujetador por detrás sin forcejeo, sin ese movimiento torpe que delata la inexperiencia.
Cuando me lo quitó, agachó la cabeza y me tomó un pecho con la boca. Se metió el pezón entero y lo chupó despacio, con una atención deliberada que me hizo doblar la espalda y aferrarme al volante para no caerme. Lo hacía girar con la lengua, lo mordía suavemente con los dientes, y cuando lo soltaba con un ruido húmedo pasaba al otro y hacía exactamente lo mismo. No había prisa. Eso era lo que lo hacía diferente de todo lo que había conocido en los últimos años: no había ninguna prisa en absoluto. Chupaba mis tetas como si tuviera toda la noche y ninguna cosa mejor que hacer.
—Así —dije, casi sin voz—. Sigue chupándome así.
Con una mano me subió la falda hasta la cintura. Los ojos se le fueron directo al centro, al triángulo de tela negra empapada.
—Estás mojadísima —murmuró contra mi pecho, y era la primera vez que me tuteaba.
—Llevo horas así.
—Ya lo veo.
Deslizó los dedos por el interior de mis muslos, tomándose su tiempo, sin ir directamente a donde yo quería que fueran. Los pasó por encima de la tela mojada, apretando apenas, dibujando la forma de los labios por debajo del encaje. Era un hombre acostumbrado a hacer esperar, y yo llevaba demasiado tiempo esperando ya. Empecé a moverme contra su mano, buscando más presión, y él me sonrió con la boca todavía pegada al pezón.
—Héctor —dije, con la voz más ronca de lo que esperaba—. Por favor.
—Ya —respondió, y apartó por fin la tela de un tirón hacia el costado. Cuando sus dedos tocaron el coño desnudo, chorreante, soltó un sonido breve, de pura aprobación—. Joder. Cómo estás.
Empezó a pasar dos dedos arriba y abajo por toda la raja, muy despacio, empapándolos. Los subió hasta el clítoris y empezó a frotarlo en círculos pequeños y precisos, la yema justo en el punto correcto, con una firmeza que me hizo apretar el volante hasta ponerme blancos los dedos. Después bajó otra vez, me metió uno, luego dos, y empezó a curvarlos por dentro buscando el sitio.
Lo encontró a la tercera.
Me tapé la boca, por reflejo, igual que en el baño de la oficina unas horas antes.
—No hace falta —dijo en voz baja, sin dejar de mover los dedos—. Aquí no nos oye nadie. Quiero oírte.
Lo solté todo. El sonido llenó el interior del coche y la lluvia lo absorbió enseguida. Empecé a gemir contra su cuello, a montar la mano contra mi voluntad, buscando esos dedos que entraban y salían chapoteando en el jugo que me bajaba por los muslos. Con el pulgar seguía trabajándome el clítoris, sin cambiar el ritmo, sin darme respiro.
—Me voy a correr —dije—. Me voy a correr en tu mano.
—Córrete.
Cuando llegué al borde por primera vez, todo el cuerpo se me tensó de golpe y solté un grito ahogado contra su hombro. El coño se cerró alrededor de los dedos y los apretó en espasmos largos, mientras el pulgar seguía apretando el clítoris justo lo suficiente para alargarlo. Me dejé caer sobre su pecho, respirando contra su cuello, con el jugo goteándome todavía por los muslos y por la palma de su mano.
Él esperó. No aprovechó el momento para apresurarse ni buscó el siguiente paso sin que yo lo pidiera. Sacó los dedos con cuidado, se los llevó a la boca sin decir nada y los chupó despacio, uno detrás del otro, mirándome a los ojos mientras lo hacía. Fue una de las cosas más obscenas que había visto en mucho tiempo. Me sostuvo con la otra mano en la espalda y esperó a que fuera yo quien tomara la iniciativa.
Lo besé. Sus labios eran firmes y sabían a café y a mí. Me respondió con calma, sin esa voracidad caótica que a veces resulta más agotadora que placentera. Su lengua entró en mi boca despacio, jugando con la mía, y yo se la chupé un momento como quien anticipa lo que quiere hacer con otra cosa. Era el beso de alguien que no tiene nada que demostrar.
Metí la mano entre los dos y le busqué la bragueta. Le bajé el cierre con los dedos torpes de las ganas, saqué la verga por encima del calzoncillo y la envolví con toda la palma. Él contuvo la respiración. Era gruesa, caliente, dura como una piedra, con la punta ya brillante de un hilo grueso de líquido preseminal. La apreté en la base y empecé a bajar y subir la piel, muy despacio, sintiendo cómo palpitaba en mi mano.
—Joder —murmuró. Se le fue la cabeza hacia atrás contra el reposacabezas.
—¿Tienes condón? —pregunté sin soltarlo.
—En la guantera.
—Bien.
Me bajé de encima con la verga todavía en la mano y no la quise soltar. Me incliné y me la metí en la boca. Solo un momento, solo hasta la mitad, sintiendo cómo se le hinchaba contra la lengua y el paladar. Le pasé la lengua alrededor de la punta, chupé el líquido salado, la solté con un ruido húmedo y sonreí al ver cómo se le crispaban las manos en el volante.
—Me matas —dijo, con la voz ronca.
—Todavía no.
Abrí la guantera, encontré el sobre, lo rasgué con los dientes. Se lo puse yo, bajando el látex por toda la verga con las dos manos, apretando la base para que quedara ajustada. Él me miraba hacer, respirando por la boca. Luego me tendió la mano para que volviera.
Agarré el respaldo con una mano y lo guié con la otra hacia mi entrada. Cuando la punta encontró el coño y empezó a abrirse paso, cerré los ojos.
***
La sensación fue inmediata y completa. Me detuve a mitad para acostumbrarme al grosor, respirando por la nariz, mordiéndome el labio. Me llenaba más de lo que había esperado.
—Despacio —dijo él, con las manos en mis caderas. Sin empujar. Solo sujetando—. Tómate el tiempo que necesites.
Asentí. Seguí bajando un centímetro cada vez, sintiéndolo abrirse camino, apretándome desde adentro. Cuando lo tuve entero dentro, con el hueso de la pelvis pegado al mío, empujé las caderas hacia adelante y sentí que algo que llevaba semanas apretado por fin cedía de golpe. El coño se le acomodó alrededor, palpitante, y él soltó un gruñido bajo, contenido.
—Estás durísima por dentro —dijo—. Cómo aprietas.
—Llevo veintidós días.
—Pobre.
Empecé a moverme.
Al principio despacio, subiéndome casi hasta la punta y volviendo a bajar entera. Sentía cada milímetro entrando y saliendo, la fricción exacta, el modo en que la verga me raspaba el punto correcto cada vez que subía. Héctor no era de los que hablan mucho en esos momentos. Soltaba sonidos breves y concretos. Apretaba los dedos en mis caderas cuando algo le gustaba especialmente. Bajaba la cabeza hacia mi pecho y me chupaba un pezón cuando quería anclarme a algo. Era una forma de estar en el cuerpo del otro que no había experimentado en mucho tiempo: sin necesidad de actuación, sin urgencia de aparentar nada, sin prisa de ningún tipo.
Me dejé llevar por mis propias caderas, encontrando el ritmo que me pedía el cuerpo. Me inclinaba hacia adelante cuando quería más profundidad, y él me lamía las tetas mientras yo lo montaba; me irguía cuando necesitaba el ángulo diferente, y entonces la verga me golpeaba justo adentro, en la pared delantera, y yo soltaba un gemido nuevo cada vez.
—Así, no pares —le dije, y me agarré del techo con una mano para tener apoyo.
Él me sujetó por debajo de las nalgas con las dos manos y empezó a ayudarme, levantándome un poco y dejándome caer, marcando un ritmo más profundo. Cada golpe hacía un sonido húmedo obsceno que llenaba el coche, y yo empezaba a gemir cada vez más fuerte, sin ningún control ya.
La lluvia seguía golpeando los cristales y el coche estaba completamente cubierto de vaho. Éramos invisibles. Podía haberme corrido gritando y nadie afuera se habría enterado.
—Dame la vuelta —le pedí, después de un rato.
Sin salirse, me sujetó por la cintura y me giró, con una torpeza breve, hasta ponerme de espaldas contra el volante, sentada al revés sobre él, con el respaldo del asiento delante de mí. Me apoyé en el salpicadero con las dos manos, doblé la espalda hacia atrás y empecé a subir y bajar en esa postura, con la falda arremangada en la cintura y las nalgas apoyándose contra sus muslos en cada bajada.
—Joder —jadeó él detrás—. Así te veo entera.
Me pasó una mano por delante, me buscó otra vez el clítoris y empezó a frotarlo mientras yo lo montaba. Con la otra me tomó una teta desde atrás, apretándola, tirándome del pezón entre el índice y el pulgar. Y de repente el ángulo, los dedos, el peso, todo empezó a converger.
—Me vas a hacer correrme otra vez —dije.
—Ven, córrete. Córrete en mi polla.
Cuando noté que me acercaba por segunda vez, aceleré. Él lo sintió y levantó las caderas para encontrarme, empujando desde abajo con embestidas cortas y precisas, sin dejar de trabajarme el clítoris con los dedos. Ese cambio en el ritmo fue lo que necesitaba para soltar todo de golpe. Me doblé hacia adelante, con las manos clavadas en el salpicadero, y me corrí gritando sin taparme la boca esta vez, sintiendo cómo el coño le apretaba la verga en espasmos largos, chorreándole por encima.
—Ahora yo —murmuró él con voz áspera, y me tomó de las caderas con las dos manos.
Empezó a bajarme y subirme rápido, marcando su propio ritmo, follándome desde abajo con embestidas duras que me golpeaban el fondo. Yo lo dejé hacer, todavía temblando de mi propio orgasmo, apretando lo que me quedaba de fuerza para él. Duró poco. A los pocos segundos lo sentí crisparse entero, hundirse hasta el fondo, y con un sonido grave y contenido que le salió del pecho se corrió dentro, empujando en pequeñas sacudidas mientras la verga le palpitaba dentro de mí.
Me dejé caer contra el respaldo, respirando por la boca, con él todavía adentro, con las piernas temblando y los muslos pegajosos.
El coche quedó en silencio. Solo la lluvia, persistente, golpeando el techo. La respiración de los dos.
***
Me levanté con cuidado, sintiendo cómo salía de mí en un tirón húmedo. Él se quitó el condón, lo anudó, lo guardó en un pañuelo. Nos ordenamos sin prisa ni torpeza. Yo recuperé el sujetador del suelo, me abroché la blusa, me bajé la falda sobre el jugo que todavía me bajaba por dentro del muslo. Él se ajustó la camisa con esa misma calma de siempre, se subió la bragueta. Ninguno dijo nada extraño. Ninguno intentó darle un significado que no tenía ni restarle el que sí tenía.
Arrancó y me llevó a casa. Tardamos otros veinticinco minutos porque la lluvia había empeorado el tráfico. Hablamos de cosas sin importancia: el barrio, si conocía un restaurante que habían abierto cerca del parque donde nos habíamos detenido, la música que él ponía cuando iba solo de noche. Era una conversación completamente normal y eso, paradójicamente, hacía que todo resultara menos extraño. Yo todavía sentía la sensación de él dentro, un ardor placentero entre las piernas, y cada vez que me movía en el asiento se me recordaba.
Cuando paró en mi portal, me giré para despedirme.
—Gracias por el rodeo —dije.
—Gracias por la compañía —respondió, con esa media sonrisa que ya me había empezado a resultar familiar.
Bajé. Las piernas me sostuvieron, aunque por poco.
***
En la ducha, con el agua caliente bajando por la espalda, repasé cada detalle. No me sentía avergonzada. No me sentía impulsiva ni irresponsable. Me sentía, por primera vez en semanas, completamente en paz con mi propio cuerpo y con las decisiones que tomaba con él. Me pasé la mano entre las piernas para lavarme y todavía estaba hinchada, sensible, lista para volver a empezar si alguien me lo pidiera.
Había algo liberador en haberlo elegido yo. En haber sido yo quien se inclinó hacia adelante, quien desabrochó los botones, quien decidió montarle la verga a un desconocido en un coche bajo la lluvia sin esperar a que nadie me lo propusiera primero. A los cuarenta y tres ya no se espera que las cosas ocurran solas. Uno sale a buscarlas o se queda esperando para siempre.
Salí de la ducha, me envolví en la toalla y cogí el teléfono de la mesilla.
Un mensaje. De Héctor.
«Espero que haya llegado bien. Fue un placer conocerla.»
Sonreí. Puse el teléfono en silencio y me metí en la cama. La cama demasiado grande que había aprendido a odiar seguía siendo grande, pero esa noche no me importó en absoluto. Todavía tenía el olor de él en la piel.
Dormí de un tirón hasta que entró la luz por las persianas.

