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Relatos Ardientes

Una señora respetable que ya no aguantaba más

4.3 (24)

Llevaba exactamente veintidós días sin acostarme con nadie. Lo sé porque los conté.

Después de diez años con el mismo hombre, la separación llegó de golpe y me dejó con la mitad de los muebles, una cama demasiado grande y un nivel de frustración que no había experimentado desde los treinta. A los cuarenta y tres uno pensaría que ya tiene esas cosas bajo control. Yo pensaba lo mismo hasta esa tarde de martes, cuando me di cuenta de que llevaba cuarenta minutos mirando la pantalla del ordenador sin leer nada.

En la oficina fue imposible concentrarme. Llevaba horas con el cuerpo en estado de alarma sin ninguna razón concreta: una llamada con el cliente, el roce accidental de mi mano contra la mesa, el perfume de mi compañero cuando pasó a mi lado. Nada y todo a la vez. A las ocho de la noche, cuando la mayoría ya se había ido y el edificio quedó en silencio, la situación era insostenible.

Me encerré en el baño del cuarto piso. El que nadie usa después de las seis.

Apoyé el bolso en el lavabo, metí la llave por dentro y me miré un momento en el espejo. Blusa blanca, falda negra a la rodilla, maquillaje intacto. Todo exactamente igual que cuando llegué por la mañana. Solo que yo ya no era la misma que entró.

Me metí en el cubículo, apoyé la espalda en la pared fría y metí la mano bajo la falda. No tardé más de cuatro minutos. Me tapé la boca con el dorso de la muñeca para no hacer ruido, pero las piernas se doblaron igual. Me quedé ahí un momento, apoyando el hombro en la pared, respirando despacio, esperando a que el cuerpo se calmara.

No fue suficiente.

Eso era lo peor de llevar semanas así: nunca era suficiente con una vez.

***

Salí a las ocho y cuarenta. La lluvia todavía amenazaba desde las nubes bajas pero aún no caía. Me puse el blazer sobre los hombros y pedí el Uber en la puerta del edificio, bajo el toldo metálico que vibraba con el viento. La brisa me movía la falda y no hacía nada por sujetarla.

«Héctor ha aceptado tu viaje. Llegará en 9 minutos.»

Me quedé esperando con los brazos cruzados sobre el pecho, consciente del calor que me seguía recorriendo por dentro. Miré el teléfono sin leer nada. Miré la calle. Pensé en llamar a mi hermana para tener algo que hacer, pero la idea de fingir una conversación normal en ese estado me pareció imposible.

El coche llegó puntual. Un sedán gris oscuro, limpio, sin los adornos en el tablero que usan algunos choferes para disimular los años. El hombre que bajó la ventanilla para confirmar mi nombre tenía el pelo completamente blanco, cortado con precisión. La barba también, recortada al estilo de alguien que se cuida sin alardes. Las manos en el volante eran grandes, con venas marcadas bajo la piel morena. Llevaba camisa gris arremangada hasta el codo.

Subí.

—Buenas noches —dijo, sin girarse. Voz grave. Tranquila.

—Buenas noches —respondí.

Arrancó sin prisa. El coche olía bien: algo entre madera y jabón neutro, sin el exceso de ambientador que a veces resulta mareante. En el espejo retrovisor lo vi revisar el tráfico con la calma de alguien que ha conducido miles de horas y ya no necesita demostrar nada. Me relajé un poco en el asiento, y esa misma relajación hizo que el calor volviera a subir.

—Va a llover fuerte —dijo—. Llegó justo antes.

—Sí, por suerte —respondí—. Aunque con este frío, tampoco es que la lluvia ayude mucho.

—¿Jornada larga?

—Demasiado.

Sonrió de lado. Solo lo vi porque en ese momento sus ojos pasaron por el espejo un segundo y volvieron enseguida a la calle.

Para. Estás proyectando, me dije. El hombre está siendo amable, nada más.

Pero entonces empezó a llover y los cristales se empañaron, y él puso el desempañador sin decir nada, y mientras esperábamos a que el parabrisas aclarara, el interior del coche se volvió un espacio más pequeño y más íntimo de lo que debería. La lluvia lo hacía todo más lento.

***

—¿Vive sola? —preguntó al cabo de unos minutos, cuando ya llevábamos un rato en silencio.

—Desde hace poco —dije—. Separación reciente.

—Entiendo. —Hizo una pausa breve—. Yo llevo tres años viudo.

No lo dijo con dramatismo. Solo como un dato, como quien pone las cartas encima de la mesa sin darles más peso del que tienen.

—Lo siento —dije.

—No hace falta. Ya se aprende a vivir con ello.

Cruzamos un semáforo en verde. Yo tenía los dedos sobre el muslo, moviéndolos despacio, dejando que la falda se corriera un centímetro hacia arriba con cada movimiento. No era inconsciente. Lo sabía perfectamente. Y él también lo supo cuando sus ojos volvieron un momento al espejo y tardaron un segundo más de lo necesario.

Apretó el volante.

Solo eso. Pero fue suficiente para saber que no estaba sola en lo que estaba pensando.

—¿Siempre viaja así? —preguntó. La voz seguía siendo tranquila, pero había algo diferente en el tono. Algo más directo.

—¿Cómo así?

—Así —repitió, con una pausa mínima que decía todo lo que no estaba diciendo con palabras.

—Solo cuando llevo semanas sin dormir bien —respondí, y la doble intención era obvia para los dos.

Esta vez sí se giró hacia mí. Solo un momento, el tiempo justo para mirarme con ese tipo de atención que no necesita palabras. Luego volvió la vista a la calle, y yo sentí que me había entendido perfectamente.

—Conozco una ruta más tranquila —dijo—. Si no le importa llegar un poco más tarde.

—No me importa en absoluto.

***

Aparcó junto a un parque pequeño, entre dos farolas que no funcionaban. La lluvia caía fuerte y hacía imposible ver más allá del parabrisas. Apagó el motor. El silencio fue inmediato y denso, roto solo por el ruido del agua sobre el techo del coche.

Ninguno de los dos habló durante un momento.

Fui yo quien se movió primero. Me incliné hacia adelante, apoyando los brazos en el respaldo de su asiento. Él giró la cabeza despacio, sin prisa, como alguien que sabe que lo que viene vale la pena esperar.

—Héctor —dije—. ¿Le importaría mirarme?

Se giró del todo. Sus ojos eran oscuros y tenían esa calma que me había llamado la atención desde el principio. Me miró sin el pudor nervioso de los hombres más jóvenes. Me miró como alguien que sabe exactamente lo que está viendo.

Empecé a desabrocharme los botones de la blusa. Despacio, uno por uno, sin apartar los ojos de los suyos.

—Dios mío —murmuró. No era un elogio vacío. Era el sonido de alguien que de verdad no esperaba lo que estaba viendo.

Me bajé la blusa por los hombros. Debajo llevaba un sujetador negro, sencillo, pero sobre mi cuerpo de cuarenta y tres años seguía funcionando exactamente igual que siempre. Lo supe por la forma en que él contuvo el aliento.

Extendió la mano y la posó sobre mi costado. No apretó. Solo la dejó ahí, sintiendo el calor a través de la tela, como si quisiera asegurarse primero de que era real.

—Venga aquí —dijo.

***

El asiento del copiloto se reclinó con un clic y yo me pasé hacia adelante con más torpeza de la que me hubiera gustado. Pero una vez encima de él, la torpeza desapareció. Sus manos se movían con la seguridad de alguien que ha tenido el cuerpo de otra persona entre las suyas muchas veces y sabe lo que hace: una mano en mi cadera, la otra desenganchando el sujetador por detrás sin forcejeo, sin ese movimiento torpe que delata la inexperiencia.

Cuando me lo quitó, agachó la cabeza y me tomó un pecho con la boca. Despacio. Con una atención deliberada que me hizo doblar la espalda y aferrarme al volante para no caerme. No había prisa. Eso era lo que lo hacía diferente de todo lo que había conocido en los últimos años: no había ninguna prisa en absoluto.

—Así —dije, casi sin voz.

Con una mano me subió la falda hasta la cintura. Deslizó los dedos por el interior de mis muslos, tomándose su tiempo, sin ir directamente a donde yo quería que fueran. Era un hombre acostumbrado a hacer esperar, y yo llevaba demasiado tiempo esperando ya.

—Héctor —dije, con la voz más ronca de lo que esperaba.

—Ya —respondió, y cuando por fin llegó soltó un sonido breve, de pura aprobación.

Apartó la tela hacia un lado y empezó a moverse con los dedos de una manera que me quitó el control de cualquier pensamiento. Me tapé la boca, por reflejo, igual que en el baño de la oficina unas horas antes.

—No hace falta —dijo en voz baja—. Aquí no nos oye nadie.

Lo solté todo. El sonido llenó el interior del coche y la lluvia lo absorbió enseguida.

Cuando llegué al borde por primera vez, me dejé caer sobre su pecho, respirando contra su cuello. Él esperó. No aprovechó el momento para apresurarse ni buscó el siguiente paso sin que yo lo pidiera. Me sostuvo con una mano en la espalda y esperó a que fuera yo quien tomara la iniciativa.

Lo besé. Sus labios eran firmes y sabían a café. Me respondió con calma, sin esa voracidad caótica que a veces resulta más agotadora que placentera. Era el beso de alguien que no tiene nada que demostrar.

Metí la mano entre los dos y lo busqué. Él contuvo la respiración cuando lo envolví con los dedos. Estaba completamente duro.

—¿Tiene condón? —pregunté.

—En la guantera.

—Bien.

Me bajé de encima, abrí la guantera, lo encontré. Se lo di y lo vi ponérselo con movimientos tranquilos, sin ninguna prisa. Luego me tendió la mano para que volviera.

Agarré el respaldo con una mano y lo guié con la otra. Cuando empecé a bajar, cerré los ojos.

***

La sensación fue inmediata y completa. Me detuve a mitad para acostumbrarme.

—Despacio —dijo él, con las manos en mis caderas. Sin empujar. Solo sujetando.

Asentí. Seguí bajando. Cuando lo tuve entero dentro empujé las caderas hacia adelante y sentí que algo que llevaba semanas apretado por fin cedía de golpe.

Empecé a moverme.

Héctor no era de los que hablan mucho en esos momentos. Soltaba sonidos breves y concretos. Apretaba los dedos en mis muslos cuando algo le gustaba especialmente. Bajaba la cabeza hacia mi pecho cuando quería anclarme a algo. Era una forma de estar en el cuerpo del otro que no había experimentado en mucho tiempo: sin necesidad de actuación, sin urgencia de aparentar nada, sin prisa de ningún tipo.

Me dejé llevar por mis propias caderas, encontrando el ritmo que me pedía el cuerpo. Me inclinaba hacia adelante cuando quería más profundidad, me irguía cuando necesitaba el ángulo diferente. La lluvia seguía golpeando los cristales y el coche estaba completamente cubierto de vaho. Éramos invisibles.

Cuando noté que me acercaba por segunda vez, aceleré. Él lo sintió y levantó las caderas para encontrarme, y ese cambio en el ritmo fue lo que necesitaba para soltar todo de golpe: doblada sobre su pecho, con los dedos clavados en la tela de su camisa, con la frente apoyada en su cuello y los ojos cerrados.

Sentí que él llegaba también, con un sonido grave y contenido que le salió del pecho.

El coche quedó en silencio. Solo la lluvia, persistente, golpeando el techo.

***

Nos ordenamos sin prisa ni torpeza. Yo recuperé el sujetador del suelo, me abroché la blusa, me bajé la falda. Él se ajustó la camisa con esa misma calma de siempre. Ninguno dijo nada extraño. Ninguno intentó darle un significado que no tenía ni restarle el que sí tenía.

Arrancó y me llevó a casa. Tardamos otros veinticinco minutos porque la lluvia había empeorado el tráfico. Hablamos de cosas sin importancia: el barrio, si conocía un restaurante que habían abierto cerca del parque donde nos habíamos detenido, la música que él ponía cuando iba solo de noche. Era una conversación completamente normal y eso, paradójicamente, hacía que todo resultara menos extraño.

Cuando paró en mi portal, me giré para despedirme.

—Gracias por el rodeo —dije.

—Gracias por la compañía —respondió, con esa media sonrisa que ya me había empezado a resultar familiar.

Bajé. Las piernas me sostuvieron, aunque por poco.

***

En la ducha, con el agua caliente bajando por la espalda, repasé cada detalle. No me sentía avergonzada. No me sentía impulsiva ni irresponsable. Me sentía, por primera vez en semanas, completamente en paz con mi propio cuerpo y con las decisiones que tomaba con él.

Había algo liberador en haberlo elegido yo. En haber sido yo quien se inclinó hacia adelante, quien desabrochó los botones, quien tomó la decisión sin esperar a que nadie se la propusiera primero. A los cuarenta y tres ya no se espera que las cosas ocurran solas. Uno sale a buscarlas o se queda esperando para siempre.

Salí de la ducha, me envolví en la toalla y cogí el teléfono de la mesilla.

Un mensaje. De Héctor.

«Espero que haya llegado bien. Fue un placer conocerla.»

Sonreí. Puse el teléfono en silencio y me metí en la cama. La cama demasiado grande que había aprendido a odiar seguía siendo grande, pero esa noche no me importó en absoluto.

Dormí de un tirón hasta que entró la luz por las persianas.

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4.3 (24)

Comentarios (12)

RossanaV

increible!! me encanto cada parte, muy bien escrito

Santi_cba

Por favor que haya segunda parte, no nos dejes asi jaja

lalectora_tucuman

me recordo a un viaje que hice sola hace tiempo... uno siempre nota cuando te miran diferente. muy bueno el relato

Tomas_99

excelente!!! sigue escribiendo asi

DiegoBA_85

y despues que paso?? no nos cuentes la mitad jajaja

martuchaBA

Me gusto mucho el tono, se siente real y no exagerado. Gracias por compartir

BradoVelez

la escena del espejo retrovisor me engancho desde el principio. buen trabajo

Hanna

buenisimo!!!

LeonardoSv

Muy bien construido el personaje. Se nota la tension desde las primeras lineas. Espero la continuacion porque termino justo cuando se ponia interesante

Gringa_loca

jaja me imagino la situacion, tremendo. muy picante sin ser vulgar, que es lo que mas me gusta

Nomar

Relato muy conseguido. La espera y esa tension inicial estan muy bien logradas. Felicidades

Patri_lejos

mas!! quiero mas :)

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