Lo que pasó en el taller aquella madrugada
Tomás y Diego llevaban más de un año trabajando en el taller que quedaba a media cuadra de mi edificio. Los veía cada vez que pasaba, y ellos me veían a mí. Era una de esas dinámicas silenciosas del barrio: un gesto con la mano, una sonrisa, a veces un comentario que yo fingía no escuchar pero que guardaba mentalmente para más tarde. Tenía treinta y ocho años, llevaba dieciocho meses divorciada y vivía sola en un tercer piso con vistas al patio de otro edificio. Mi vida era ordenada, razonablemente tranquila y, si era honesta conmigo misma, bastante aburrida.
Esa noche volvía de la cena de cumpleaños de mi amiga Cecilia. Dos horas de conversación, tres copas de vino y una excusa para arreglarme que aprovecho siempre que puedo. Me había puesto un vestido negro que no era exactamente casual y unos botines con tacón que hacían ruido al caminar sobre el pavimento. Era tarde, cerca de la medianoche, y la calle estaba casi vacía.
Al pasar frente al taller vi que había luz dentro. Una furgoneta blanca con el capó levantado ocupaba la mitad del espacio, y Diego estaba encaramado sobre el motor con una linterna en la mano. Tomás apareció en la puerta justo cuando yo pasaba, con las manos todavía sucias de grasa y una camiseta gris que llevaba desde hacía horas.
—Lorena —dijo, con esa tranquilidad que me irritaba un poco y me gustaba bastante más—. ¿A esta hora sola?
Me detuve. No lo tenía planeado, pero me detuve.
—Vengo de cenar —respondí—. Vivo a media cuadra, no me va a pasar nada.
—¿Te tomas una cerveza con nosotros? —preguntó, señalando hacia el interior con un gesto de cabeza.
Llevaba meses caminando frente a ese taller sin detenerme. Esa noche, por alguna razón que todavía no entiendo del todo bien, decidí no seguir caminando.
***
Diego bajó de la furgoneta cuando me vio entrar. Era más alto que Tomás, con los brazos marcados de tanto trabajo manual y una forma de sonreír que hacía que uno se olvidara de lo que estaba pensando. Me saludó con un beso en la mejilla que duró un segundo más de lo estrictamente necesario.
—Pensé que nunca ibas a entrar —me dijo.
—Yo también —admití.
Tomás trajo tres cervezas de una nevera pequeña que tenían en el fondo del taller. Nos sentamos en unas sillas plegables alrededor de una mesa de trabajo cubierta de llaves inglesas y trapos grises. El olor era a aceite y a metal, pero no me molestaba. Me quité los botines, metí los pies bajo la silla y abrí la cerveza.
Hablamos un rato de cosas sin importancia: el barrio, el calor de los últimos días, una obra en la calle de atrás que no dejaba dormir. Pero había algo debajo de esa conversación, una corriente que los tres notábamos y ninguno nombraba todavía. Tomás me miraba de una manera que no era descortés pero tampoco era neutral. Diego escuchaba y sonreía con esa paciencia de quien sabe que solo tiene que esperar.
Fue Diego quien sacó la baraja de un cajón lateral.
—¿Sabes jugar? —me preguntó.
—Depende a qué —respondí.
Los dos se miraron.
—Lo de siempre. Cartas. El que pierde, paga.
—¿Y qué se paga?
—Lo que diga el que ganó.
Lo dijo con naturalidad, como si fuera una regla establecida desde hacía tiempo. Tomás no añadió nada, solo me miraba con las manos sobre la mesa y la cerveza a medio terminar. Me quedé callada unos segundos.
—Baraja —dije.
***
Las primeras rondas fueron sin apuestas declaradas. Ganamos uno cada vez, y así nos fuimos conociendo el estilo: Diego jugaba rápido, casi sin pensar. Tomás era más calculador, esperaba, observaba. Yo había aprendido de mi padre siendo niña y no se me daba mal.
Después de la cuarta ronda, Tomás puso sus llaves sobre la mesa como si apostara fichas de casino.
—Apuesto a que en la siguiente tú sacas la carta más baja —dijo.
—¿Y si pierdes tú? —pregunté.
—Me quito la camisa.
Lo dijo sin un gramo de vergüenza. Diego soltó una carcajada corta y me miró esperando la respuesta. Sentí el calor de las cervezas instalado cómodamente en el pecho.
—Juega —dije.
Perdí yo. Tomás me miró con una sonrisa que no era de burla sino de algo considerablemente diferente.
—Me debes algo.
—¿Qué quieres?
—Que te quites la chaqueta.
Me la quité. Diego aplaudió una sola vez, de manera teatral. El vestido negro sin chaqueta era mucho menos ambiguo respecto a lo que había debajo, y ninguno de los dos fingió no notarlo.
Las siguientes rondas fueron más lentas, más cargadas de algo que nadie nombraba pero todos sentíamos. Tomás se quitó la camisa antes de la décima jugada, y yo traté de no mirarle el pecho con demasiado descaro. Diego perdió y le tocó quitarse los zapatos, luego los calcetines. Yo perdí dos veces seguidas, y el resultado de esas pérdidas fue quedando sobre el respaldo de la silla: primero la chaqueta, luego el cinturón que llevaba sobre el vestido, luego el vestido mismo. Para cuando terminé la tercera cerveza llevaba solo la ropa interior y ellos estaban en bóxers, y a través de la tela ajustada de los dos se marcaban las pollas duras sin ningún disimulo.
En un momento dado, Diego dejó las cartas sobre la mesa con las dos palmas hacia abajo.
—¿Seguimos jugando? —preguntó.
Nadie respondió. Nadie tomó las cartas tampoco.
***
Tomás se levantó primero. Se acercó despacio, sin prisa, y me puso las manos en los hombros. Lo miré a los ojos. Tenía cuarenta y tantos años, unas arrugas finas alrededor de los ojos y las manos de alguien que trabaja con ellas todos los días. No era el tipo de hombre al que miras dos veces en la calle, pero en ese taller, a medianoche, con esa cerveza y esa mirada, era exactamente el tipo de hombre que yo necesitaba.
—¿Estás bien? —me preguntó en voz baja.
—Perfectamente —dije—. Quiero que me folléis los dos.
Se le escapó una risa corta contra mi boca y me besó. No fue un beso tentativo ni preguntón: fue directo, con la mano en mi nuca y la lengua entrando sin pedir permiso. Sentí a Diego levantarse detrás de mí, sus manos en mi cintura, su boca en el cuello, y enseguida la forma dura de su verga apretándose contra mi culo por encima de la ropa interior. Estaba entre los dos, con la espalda contra el pecho de Diego y la boca de Tomás sobre la mía, y el taller olía a trabajo y a cerveza fría.
Tomás bajó las manos por mis costados hasta encontrar la cintura y de ahí subió a mis tetas por encima del sujetador, apretándolas con las dos manos, encontrando los pezones con los pulgares y pellizcándolos hasta que se me escapó un jadeo. Diego desenganchó el cierre del sujetador por la espalda con una facilidad que me hizo pensar que no era la primera vez. Cuando cayó al suelo, los dos se detuvieron un momento y me miraron. Tomás se agachó y me chupó un pezón, luego el otro, mordiendo un poco, mientras Diego me metía la mano por debajo de las bragas desde atrás y me abría los labios del coño con dos dedos.
—Está empapada —dijo Diego contra mi oreja, y no lo dijo para mí sino para Tomás, como quien pasa un parte.
Tomás me arrancó las bragas hacia abajo hasta las rodillas y se arrodilló en el suelo del taller sin importarle la grasa. Me abrió los muslos con las manos y me metió la lengua entre las piernas de golpe, sin preámbulos, chupándome el clítoris con una insistencia que me hizo agarrarme del hombro de Diego para no perder el equilibrio. Diego me sostenía por detrás, una mano en la garganta sin apretar y la otra en una teta, y yo tenía a Tomás comiéndome el coño de rodillas mientras el otro me mordía el cuello. Me corrí así, la primera vez de esa noche, con la boca de Tomás pegada a mí y las piernas temblando entre las manos de los dos.
Me miré a mí misma: treinta y ocho años, dos mecánicos atentos, un taller a medianoche, y el clímax todavía latiéndome dentro. Pensé en los dieciocho meses de apartamento vacío y decidí que aquello estaba exactamente bien.
***
—A la furgoneta —dijo Tomás, poniéndose de pie con la boca todavía brillante.
Terminamos dentro de la furgoneta. Tomás abrió las puertas traseras: había una manta gruesa doblada sobre el piso metálico, probablemente de trabajar bajo los coches. Diego subió primero, se bajó los bóxers de un tirón y su polla saltó hacia arriba, gruesa, con la punta ya mojada. Me tendió la mano para ayudarme.
Antes de subir del todo, me arrodillé en el borde y se la metí en la boca. Diego echó la cabeza atrás y soltó un gemido áspero cuando cerré los labios alrededor de la punta y bajé despacio hasta atragantarme un poco. Le agarré la base con una mano y con la otra le tomé los huevos, chupándosela entera, oyéndolo respirar mal. Detrás de mí, Tomás también se había desnudado. Se acuclilló entre mis piernas abiertas y me la metió por primera vez ahí mismo, de un solo empuje, con las puertas traseras de la furgoneta abiertas a la calle vacía. Fue tan brusco que se me cayó la polla de Diego de la boca y solté un grito ahogado contra su muslo.
—Joder, qué apretada —dijo Tomás detrás de mí, agarrándome de las caderas.
Empezó a follarme así, a cuatro patas medio subida a la furgoneta, mientras yo volvía a mamársela a Diego con más ganas. Cada empuje de Tomás me hacía tragar la verga de Diego más hondo, y Diego terminó agarrándome del pelo con las dos manos y marcando el ritmo, follándome la boca al mismo tiempo que el otro me follaba el coño. Notaba mis propios jugos correrme por los muslos, la baba escurriéndoseme por la barbilla, y no me importaba lo más mínimo. Al contrario. Quería más.
Subí del todo a la furgoneta cuando Tomás se salió un momento para cambiar de posición. Me puse encima de Diego, con las rodillas a cada lado de sus caderas, y le clavé la polla dentro yo misma, con la mano, guiándola. Diego cerró los ojos y me apretó las nalgas con las dos manos cuando sintió que lo tenía dentro hasta el fondo. Tomás se quedó detrás de mí, de rodillas, con las manos recorriéndome la espalda, con su verga chorreando pegada contra mi culo.
Me incliné sobre el pecho de Diego para dejarle más sitio a Tomás. Sentí un dedo de Tomás mojarse con mi propio flujo y luego meterse despacio en el ojete, uno primero, luego dos, abriéndome. Le puse las manos en el pecho a Diego y me incliné sobre su cuello, temblando por los dos frentes al mismo tiempo, y él me tomó por la cadera con las dos manos mientras Tomás se ajustaba despacio al espacio que quedaba y empujaba la polla contra mi culo hasta que cedió.
Grité. Los dos se quedaron quietos un segundo.
—Sigue —le dije a Tomás por encima del hombro—. Métemela toda.
Marqué el ritmo yo. Los dos me siguieron sin protestar, y eso me gustó más de lo que esperaba. El interior de la furgoneta resonaba con nuestra respiración y con el sonido del metal bajo la manta, con el chapoteo obsceno de mi coño alrededor de la polla de Diego y con los gemidos guturales de Tomás cada vez que empujaba dentro de mi culo. Diego tenía los ojos abiertos, mirándome, con la boca abierta, y yo sostuve esa mirada mientras me movía, subiendo y bajando sobre él y empujando hacia atrás sobre Tomás en el mismo movimiento.
Había algo en tener el control de esa manera que me encendía más que cualquier otra cosa. Los dos esperaban mis movimientos, seguían mi ritmo, ajustaban su intensidad a lo que yo decidía dar. Llevaba dieciocho meses viviendo para mí misma, y en ese momento los dos hombres que tenía delante y detrás dependían de lo que yo quisiera hacer a continuación. Sentía las dos vergas dentro rozándose una a la otra a través de la pared fina que separaba coño y culo, y cada roce me sacudía por dentro.
—Más rápido —jadeé, y aceleré.
En un momento dado Diego me agarró de la nuca y me besó con fuerza, chupándome la lengua como si quisiera arrancármela, y eso fue lo que detonó todo. El orgasmo llegó desde la base de la columna y se extendió en oleadas lentas hacia los muslos, y me sentí cerrarme sobre las dos pollas al mismo tiempo, apretándolas dentro. Tomás me rodeó con los brazos desde atrás cuando sintió mis espasmos y empujó tres o cuatro veces más, rápido y duro, hasta que gruñó contra mi omóplato y se corrió dentro de mí, llenándome el culo de una corrida caliente que noté escurrirse en cuanto se salió. Diego aguantó unos segundos más, con las manos clavadas en mis caderas para que no me moviera, y terminó él también con un sonido grave y contenido, corriéndose dentro de mi coño con las caderas empujadas hacia arriba y el cuello tenso.
Los tres nos quedamos quietos, jadeando en el interior metálico de esa furgoneta, con la noche del barrio entrando por las puertas abiertas y el semen de los dos escurriéndoseme por los muslos hasta la manta.
***
Tomás vivía a tres manzanas. Lo dijo mirando al techo de la furgoneta, casi como si lo dijera para sí mismo.
—Tengo whisky —añadió.
—Y ducha caliente —completó Diego.
Los dos me miraron al mismo tiempo. Yo recogí mi ropa del suelo de la furgoneta y me volví a vestir con las bragas guardadas en la mano porque estaban inservibles.
—Voy a buscar mis botines —dije.
***
El apartamento de Tomás era exactamente lo que esperaba: funcional, pocas cosas, limpio a su manera. Una botella de Jameson sobre la barra de la cocina, una televisión demasiado grande para el salón y ropa doblada en el respaldo de una silla. Diego conocía el lugar de antes: fue directo al armario del baño a buscar toallas sin que nadie se lo dijera.
Nos duchamos en turnos. El whisky circuló entre los tres mientras esperábamos, y hubo un momento, mientras Tomás y yo esperábamos sentados en el sofá a que Diego saliera del baño, en que él me puso una mano en la rodilla sin decir nada y yo le puse la mía encima. No era un gesto de seducción. Era algo más cercano a una confirmación. Después subí la mano por su muslo por debajo de la toalla y le agarré la polla, que se puso dura otra vez en pocos segundos entre mis dedos. Se la sacudí despacio mientras él bebía el whisky con los ojos cerrados y sin decir palabra.
Cuando los tres estuvimos limpios nos fuimos al dormitorio.
En la cama de Tomás, con más espacio y menos urgencia, las cosas tomaron otro ritmo. Me arrodillé en el borde del colchón y me tragué la polla de Diego entera, hasta la garganta, mientras Tomás se colocaba detrás de mí y me abría el coño con la lengua desde atrás, chupándome despacio, lamiendo hasta el ojete y volviendo a bajar. Le noté meter la lengua dentro, buscar el clítoris con la punta, chuparme los labios uno a uno. Yo tenía la boca llena de Diego y no podía hacer más que gemir alrededor de su verga cada vez que Tomás encontraba el punto exacto.
Diego terminó tumbándome de espaldas en la cama y separándome las piernas con las rodillas para metérmela él. Se movió despacio esta vez, con esa paciencia que había mostrado con las cartas: cada empuje era largo, hasta el fondo, saliendo casi por completo antes de volver a entrar. Tomás se subió a la cama de rodillas junto a mi cara y me acercó la polla a la boca. La agarré con la mano y me la metí sin dejar de mirarlo, y él empezó a follarme la boca en el mismo ritmo lento con el que Diego me follaba abajo.
Los dos juntos eran algo diferente a cualquier cosa que hubiera experimentado antes. Diego era metódico, cada movimiento medido para tocarme donde tenía que tocarme; Tomás era más físico, más directo, el tipo de hombre que te agarra con las dos manos y hace que el resto del mundo desaparezca por un rato. Tomás me apretaba una teta mientras me follaba la boca, con los huevos rozándome la barbilla en cada empuje, y Diego me abría los muslos y me clavaba el pulgar en el clítoris al mismo tiempo que empujaba dentro.
—Ponte a cuatro patas —dijo Tomás en un momento, sacándomela de la boca con un hilo de baba colgando.
Cambiamos de posición sin dejar de tocarnos. Diego se recostó boca arriba y yo me monté encima como antes, dándole la espalda esta vez, cabalgándolo con las manos apoyadas en sus rodillas. Tomás se puso de pie al borde de la cama, delante de mí, y me metió la polla en la boca desde arriba mientras Diego me embestía desde abajo. Con una mano me tenía sujeta del pelo y con la otra me pellizcaba un pezón.
Hubo un momento en que Diego me tomó por las caderas con una firmeza tranquila y yo empujé hacia atrás para encontrarlo. Tomás estaba delante de mí y yo pasé los brazos por sus muslos mientras nos movíamos, chupándosela con toda la boca abierta, dejando que me follara la garganta a su ritmo. Cuando encontramos el ritmo de antes, los tres nos quedamos callados, como si hablar hubiera roto algo que no queríamos romper. Solo se oía el chasquido húmedo de mi boca alrededor de Tomás y el golpe seco de la cadera de Diego contra mi culo.
Me corrí otra vez, esta vez casi en silencio, temblando entera con la polla de Diego dentro y la de Tomás en la boca, apretando las piernas alrededor del cuerpo del que tenía debajo. Tomás se corrió primero, con un sonido que era casi de sorpresa, y la corrida se me fue casi toda garganta abajo aunque un poco me chorreó por la comisura y me cayó sobre las tetas. Diego tardó unos minutos más. Me sacó de encima, me puso boca abajo con la cara contra el colchón y me la metió otra vez desde atrás con las dos manos apretándome el culo, follándome duro los últimos minutos, hasta que se salió de golpe y se corrió sobre mi espalda con un gemido largo, dejándome un rastro caliente desde el culo hasta los omóplatos.
Después me abrazó desde atrás con los brazos cruzados sobre mi pecho, todavía respirando fuerte, la corrida enfriándoseme sobre la piel. Nos quedamos así los tres, sin movernos, respirando.
Cerré los ojos.
Hacía dieciocho meses que no me sentía así: no completamente satisfecha, no exactamente en paz, sino algo más difícil de nombrar. Como si el cuerpo recordara de repente para qué estaba hecho.
***
Me fui cuando el cielo empezaba a aclararse por el este. Tomás me acompañó hasta la puerta de mi edificio caminando a mi lado, con las manos en los bolsillos. En la calle había ese silencio de antes de que el barrio despierte: algún camión de reparto en la avenida, un gato sobre el capó de un coche aparcado, la luz de un bar que todavía no había cerrado del todo.
—Mañana pasas por el taller —dijo. No era una pregunta.
—Puede ser —respondí.
Sonrió. Me dio un beso breve, casi formal, y se quedó parado mirando mientras yo subía los tres pisos a pie porque el ascensor hacía demasiado ruido a esa hora.
En mi apartamento, sin encender la luz, me senté un momento en el borde de la cama. Tenía agujetas en los muslos, el coño hinchado y el cuello olía a jabón de otra persona. En el espejo del armario vi a una mujer de treinta y ocho años con el pelo enredado y una camiseta prestada, y lo que vi no me disgustó en absoluto.
Me acosté y tardé exactamente cuatro minutos en dormirme.
Al día siguiente, pasé por el taller.
