El concurso que desató la guerra secreta entre dos familias
En Río Manso, un pueblo perdido en la provincia de Córdoba donde todos conocían los secretos de todos, Remedios y Amparo llevaban doce años sin dirigirse la palabra. O mejor dicho, sin dirigirse más que insultos calculados, miradas venenosas en la plaza y comentarios en voz baja que siempre llegaban al oído equivocado.
Remedios tenía treinta y ocho años y atendía la única farmacia del pueblo. Era una mujer de caderas generosas, pechos firmes que tensaban la tela de su guardapolvo, y una boca que sabía morder cuando hacía falta. Amparo, cuatro años mayor, vivía de las rentas que le dejó su marido muerto. Caminaba por el pueblo como si le perteneciera, con vestidos ajustados que marcaban cada curva de su cuerpo todavía apetecible.
La historia entre ellas tenía un origen simple y sucio. Doce años atrás, Marcos, el marido de Remedios, se había metido en la cama de Amparo. La aventura duró casi dos años hasta que Remedios encontró las pruebas en el teléfono de su marido: fotos, mensajes explícitos, citas en el galpón del río. El escándalo fue público. Marcos terminó escapándose a otra provincia. Alberto, el marido de Amparo, murió de un infarto cinco años después, quizá por la vergüenza acumulada. Y las dos mujeres quedaron solas, cada una criando a una hija y alimentando un rencor que no tenía fondo.
Las hijas, Sofía y Daniela, tenían la misma edad y una belleza que parecía diseñada para competir. Sofía, la de Remedios, era morena de cintura estrecha y piernas largas. Daniela, la de Amparo, era rubia con un cuerpo de curvas suaves y una sonrisa que desafiaba sin abrir la boca. Habían crecido escuchando versiones envenenadas de la misma historia, y se odiaban con la convicción de quien no necesita razones propias.
Ese verano, las dos se anotaron en el concurso de la Fiesta de la Cosecha, un evento anual que coronaba a la representante del pueblo. El certamen incluía un desfile público y una ronda final privada ante un jurado de tres hombres. Para Remedios y Amparo, ver a sus hijas enfrentadas fue como raspar una herida que nunca había cerrado.
***
Dos semanas antes de la fiesta, Remedios y Amparo se cruzaron en el almacén de la plaza. El local estaba vacío. Afuera, la siesta aplastaba al pueblo.
—Mirá quién aparece —dijo Remedios, con la mandíbula apretada—. La viuda que se cree dueña del pueblo.
Amparo dejó la bolsa sobre el mostrador y se dio vuelta despacio. La blusa abierta le marcaba el escote.
—Y la farmacéutica amargada. ¿Todavía te dolés porque tu marido prefería mi cama?
—Tu cama, tu galpón, tu boca. Sí, ya sé la lista completa. Me la aprendí de memoria cuando encontré las fotos.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Llorar otra vez delante de todo el pueblo?
Remedios dio un paso hacia adelante. Podía olerle el perfume, sentir el calor de su cuerpo en el aire quieto del almacén.
—No vine a llorar.
Lo que pasó después no fue ternura ni reconciliación. Fue rabia pura que encontró un cauce inesperado. Remedios la empujó contra la estantería y le agarró la cara con una mano. Se besaron con los dientes, mordiéndose los labios, respirando con furia por la nariz. Amparo le clavó las uñas en la cintura y le metió la lengua hasta el fondo.
—Te odio —gruñó Remedios, metiéndole la mano bajo la falda.
—Yo más —respondió Amparo, separando las piernas.
Los dedos de Remedios encontraron calor y humedad. Amparo estaba empapada. Le metió dos dedos de golpe y la penetró con fuerza mientras le bajaba la blusa con la otra mano y le mordía un pezón. Amparo jadeó y le devolvió el gesto: le subió el guardapolvo, le corrió la ropa interior y empezó a acariciarla con los dedos, primero despacio, después con urgencia.
—Tenés la misma cara de zorra que hace doce años —le dijo Remedios al oído, moviéndole los dedos más rápido.
—Y vos seguís tan necesitada como siempre —contestó Amparo entre gemidos.
Se tocaron de pie, con las piernas temblando, apoyadas contra los estantes que crujían con cada movimiento. Amparo se corrió primero, mordiéndole el hombro a Remedios para no gritar. Remedios la siguió segundos después, con un espasmo largo que le aflojó las rodillas.
Se separaron sin mirarse. Amparo se acomodó la ropa. Remedios se limpió los dedos con un trapo del mostrador. Ninguna dijo nada más. Salieron del almacén por puertas distintas.
***
Tres días antes del concurso, Sofía y Daniela terminaron solas en el galpón donde se armaba el escenario. Era de noche. Los demás se habían ido.
—¿Seguís acá? —dijo Daniela desde la puerta, con los brazos cruzados.
—¿Te molesta? —Sofía estaba sentada sobre una mesa, con las piernas colgando.
—Me molesta tu cara. Me molesta que respires el mismo aire que yo.
Sofía se bajó de la mesa y caminó hacia ella. Llevaba un short corto y un top que le marcaba todo.
—Tu vieja le arruinó la vida a la mía. ¿Lo sabés, no?
—Mi mamá no obligó a nadie. Tu papá vino solito porque en tu casa no le daban lo que necesitaba.
Sofía le agarró el brazo. Daniela no se soltó. Se miraron desde muy cerca, con una respiración que ya no era solo rabia.
—Soltame —dijo Daniela.
—Obligame.
El beso fue violento, como el de sus madres. Sofía la empujó contra la pared y le arrancó el top de un tirón. Le chupó los pechos con avidez, mordiendo, lamiendo, mientras Daniela le clavaba las uñas en la espalda y le tiraba del pelo.
Daniela le metió la mano dentro del short y la encontró mojada. Le metió los dedos y empezó a moverlos rápido, con fuerza, como si quisiera arrancarle algo. Sofía gimió contra su cuello y le devolvió el gesto, bajándole el pantalón y buscándola con los dedos.
Se tocaron una contra la otra, de pie, con las frentes pegadas y los ojos abiertos. Ninguna quería cerrarlos. Ninguna quería darle a la otra la satisfacción de verla perderse.
—Te detesto —susurró Sofía.
—Lo sé —respondió Daniela, corriéndose con un temblor que le recorrió todo el cuerpo.
Sofía la siguió un instante después, apretando los dientes. Se separaron jadeando, con las piernas flojas y la ropa a medio sacar. Se vistieron en silencio y se fueron por caminos opuestos.
***
La noche del concurso, el pueblo se juntó en la plaza iluminada. Sofía y Daniela desfilaron con vestidos ceñidos que dejaban poco a la imaginación. El público aplaudía. Las madres observaban desde lados opuestos, con las mandíbulas tensas.
La ronda final se realizaba en una carpa cerrada detrás del escenario. El jurado eran tres hombres del pueblo, sentados en sillas de plástico con vasos de vino en la mano. Las candidatas debían mostrar lo que llamaban «encanto y desenvoltura», un eufemismo que todos entendían.
Remedios y Amparo se colaron por la parte de atrás de la carpa. Lo que vieron les revolvió algo adentro: sus hijas ya no competían entre ellas. Sofía estaba arrodillada frente a uno de los jueces, con las manos aferradas a sus muslos. Daniela se había sentado sobre otro, moviéndose con un ritmo lento que fue acelerándose.
El tercer juez las miraba tocándose. Fue Amparo la primera en salir de las sombras. Se acercó al hombre solitario, lo miró desde arriba y se arrodilló.
—No te quedes mirando nomás —le dijo, bajándole el cierre.
Remedios la siguió. Quizá por orgullo, quizá porque no iba a dejar que Amparo le ganara en nada, ni siquiera en esto. Se puso junto a ella y entre las dos se turnaron con la boca, lamiéndole con lenguas que se rozaban entre sí, a veces besándose entre ellas mientras él gemía sin poder creerlo.
La carpa se convirtió en otra cosa. Las cuatro mujeres y los tres hombres se mezclaron sin orden ni protocolo. Remedios y Amparo terminaron una al lado de la otra, cada una con un hombre detrás embistiéndolas mientras se miraban a los ojos. Te odio, decía la mirada de Remedios. Yo más, respondía la de Amparo. Pero las bocas no insultaban: se buscaban, se probaban, intercambiaban la saliva y el sabor de cuerpos ajenos.
Sofía y Daniela habían dejado de fingir que no se deseaban. Daniela estaba acostada sobre una mesa con las piernas abiertas mientras Sofía le lamía con dedicación, con los ojos cerrados y las manos aferradas a sus muslos. Un juez la penetraba a Sofía por detrás, empujándola contra la entrepierna de Daniela con cada embestida.
—Más fuerte —pidió Daniela, mirando al techo de lona—. No pares.
No quedó claro si se lo decía a Sofía o al hombre. Probablemente a los dos.
Los orgasmos fueron sucios, ruidosos y casi simultáneos. Amparo se corrió con un grito que intentó ahogar mordiéndose el antebrazo. Remedios le sostuvo la mirada mientras terminaba, temblando entera. Las hijas acabaron enredadas una sobre la otra, con las respiraciones mezcladas y el sudor pegándoles el pelo a la frente.
Los jueces, agotados y aturdidos, se vistieron en silencio.
***
El resultado fue un empate. Sofía y Daniela compartieron la corona. El pueblo aplaudió sin sospechar lo que había pasado detrás de la lona.
Después de la ceremonia, cuando las luces de la plaza se apagaron y la gente volvió a sus casas, las cuatro mujeres caminaron juntas por la calle de tierra que llevaba a la casa de Amparo. No hablaban. No hacía falta.
En el living, con las ventanas abiertas al campo y el sonido de los grillos, retomaron donde habían dejado. Pero esta vez sin apuro, sin público, sin jueces. Solo ellas cuatro y doce años de rencor que se derretían en cada beso, en cada caricia, en cada gemido que arrancaban del cuerpo de la otra.
Remedios le lamió el cuello a Amparo mientras Sofía le besaba los pechos a Daniela. Las madres se tocaban mirando cómo sus hijas hacían lo mismo. Después se mezclaron: Amparo con Sofía, Remedios con Daniela, combinaciones que habrían escandalizado al pueblo entero pero que en esa habitación tenían la lógica inevitable de algo que debió pasar hace mucho.
Se corrieron varias veces, cada orgasmo un poco más suave que el anterior, como si la furia se fuera gastando y quedara solo el placer limpio.
Al amanecer, Remedios se sentó en el borde de la cama. Amparo estaba a su lado, con el pelo revuelto y una marca de mordida en el hombro.
—Sigo odiándote —dijo Remedios, sin mirarla.
—Ya sé —contestó Amparo—. Pero mañana a la noche vení de nuevo.
Remedios no respondió. Se vistió, despertó a Sofía y salieron a la calle, donde el sol ya calentaba la tierra. Caminaron en silencio hasta la farmacia. En la puerta, Sofía la miró con una media sonrisa que Remedios no supo interpretar.
—Mamá —dijo Sofía—, creo que ya no la odio tanto.
Remedios abrió la puerta de la farmacia y encendió la luz.
—Yo tampoco —admitió en voz baja—. Y eso es lo peor.