El trío que Valeria y yo no teníamos planeado
Valeria y yo nos conocimos en una de esas cenas corporativas donde todo es sonrisas y tarjetas de presentación. La habían incluido en un grupo de clientes que mi empresa invitaba un par de veces al año, y desde el primer momento entendimos que éramos de la misma pasta: inteligentes, presentables, discretas, con un umbral de aburrimiento bastante bajo. Esa noche terminamos tomando vino hasta las dos de la madrugada contándonos cosas que no le contaríamos a nadie.
No nos veíamos con frecuencia. Valeria me llamaba cuando había algo interesante: una inauguración, un coctel de socios, una cena donde se necesitaba compañía femenina elegante pero sin compromisos. Nunca habíamos cobrado nada, aunque a veces el guardarropa se resentía.
***
La llamada de Roberto llegó un martes por la tarde. Él era subdirector en mi empresa y teníamos ese tipo de relación que no requiere mucha explicación. Me pidió que lo acompañara a la inauguración del nuevo club náutico: evento de señores mayores con copas en la mano y cheques en el bolsillo. Traje elegante, actitud discreta, nada más.
También me pidió que invitara a alguna amiga presentable, que no fuera empleada nuestra. Llamé a Valeria, que aceptó antes de que terminara la frase.
Llegué en un descapotable rojo que Roberto había alquilado para la ocasión. Valeria llegó en su propio coche, con chofer, como siempre. Al vernos juntas en la entrada del club, varios señores de sesenta y algo giraron la cabeza casi al unísono.
La velada transcurrió como esperábamos. Mucho vino blanco, conversación intrascendente sobre el estado del sector náutico, y señores que intentaban parecer más jóvenes de lo que eran. Valeria los manejaba con una gracia natural: bailaba de conversación en conversación sin que nadie se sintiera rechazado. A mí me rodearon varios, pero solo uno me llamó la atención.
Era de la misma edad que el resto, pero algo en su manera de mirarme era diferente: directo, casi insolente. Se acercó tres veces antes de decir algo. Cuando lo hizo, fue para preguntarme si me aburría.
—No todavía —le respondí.
—Lástima —dijo—. Habría sido una buena excusa para marcharse.
Me desagradó. Me quedé de todas formas.
***
Al terminar el evento, Roberto me preguntó en voz baja si me había divertido. Señaló con discreción hacia ese hombre, que esperaba junto a la puerta su coche.
—Está invitándome a tomar una copa —le dije.
—Pues ve —dijo Roberto—. Yo me quedo con Valeria.
Le propuse el trato con toda la calma del mundo: él se iba con Valeria, yo aceptaba la copa. Sin celos, sin reproches. Aceptó de inmediato. Me acerqué al hombre con más confianza de la que sentía.
—¿Sigue en pie la copa? —le pregunté.
—¿Te dio permiso Roberto? —preguntó, y en su voz había algo que no me gustó.
—Roberto no tiene que darme permiso —respondí—. Solo le avisé.
Sonrió por primera vez. Era la sonrisa de alguien acostumbrado a salirse con la suya, y algo en mí se empeñó en demostrarle que esa noche iba a ser diferente.
***
Me llevó a un hotel céntrico, de esos con barras bajas y luces cálidas. Pedimos algo sin prestarle mucha atención al nombre y durante un rato jugamos a ver quién cedía primero. Yo lo inducía con palabras, él se acercaba y luego se contenía.
—Me cuesta trabajo atreverme —admitió al fin.
—¿Por qué? —pregunté—. ¿Es algo vulgar lo que tienes en mente?
—No sé si lo tolerarías.
—Ven —le dije, y le tomé la mano—. Ponla aquí.
Se la guié directamente bajo la falda, entre mis muslos, hasta que sus dedos rozaron el encaje empapado de mis bragas. Se le cortó la respiración.
—¿Ves? —le susurré al oído—. Ya está mojado. Llevo toda la noche pensando en tu boca.
Ese hombre no entendía de medias tintas: sus dedos apartaron el encaje y se hundieron en mi coño sin importarle el lugar ni los que pudieran estar mirando. Dos dedos, gruesos, que entraron hasta el fondo y me arrancaron un jadeo que apenas pude disimular con un sorbo de la copa. Empezó a follarme con la mano bajo la mesa, despacio, mirándome fijamente mientras yo intentaba mantener la cara de alguien que solo conversa.
—¿Cómo te llamas? —le pregunté, porque me di cuenta de que no lo sabía.
—Héctor —respondió sin sacar los dedos—. Y me muero por metértela ahora mismo.
—Pues sácala aquí abajo —le dije—. A ver si te atreves.
Me miró fijo, tomó mi mano y se la llevó a la entrepierna. La tenía dura, tirando de la tela del pantalón, y cuando le apreté por encima soltó un gruñido bajo. Le bajé la cremallera lo justo, metí la mano, saqué su polla y la envolví con los dedos. Estaba caliente, gorda, pulsando. Empecé a masturbarlo despacio, con el pulgar rozándole la punta ya húmeda, mientras él seguía metiéndome los dedos por debajo de la mesa.
Pagó sin esperar la cuenta y me llevó del brazo hasta el ascensor, con el pantalón apenas cerrado y yo con las bragas empapadas escurriéndoseme entre las piernas.
***
Al llegar a la habitación, lo que empezó con torpeza se convirtió en algo distinto. Héctor me levantó de la cintura, me colocó contra la pared y me arrancó las bragas de un tirón. Las tiró al suelo sin mirar dónde caían. Me subió la falda hasta el vientre, me abrió las piernas con las rodillas y se arrodilló delante de mí.
Su lengua encontró mi clítoris a la primera, sin buscar, como si tuviera un mapa. Empezó a chupármelo con una succión firme y constante, cerrando los labios alrededor y tirando suavemente hacia arriba. Me metió dos dedos en el coño mientras seguía chupando, y los curvó hacia adelante hasta encontrar ese punto interior que me hizo doblar la espalda contra la pared.
—Joder —jadeé—. No pares, así, exactamente así.
No paró. Aceleró la lengua, endureció los dedos, me follaba la boca abajo mientras me follaba con la mano. Sentí cómo se me tensaba todo el vientre, cómo las piernas empezaban a temblarme sin que pudiera controlarlas. Le agarré el pelo con las dos manos y le empujé la cara contra mi coño hasta ahogarlo.
—Me corro, me corro, no te muevas.
Me corrí en su boca con un espasmo largo que me dobló las rodillas. Él siguió chupando, más despacio, tragándose todo lo que le caía en la lengua, hasta que le aparté la cabeza porque no aguantaba más.
Me llevó a la cama medio en volandas y me tumbó boca arriba. Me levantó las piernas, se las echó al hombro y volvió a hundir la boca en mi coño. Esta vez me chupó los labios, me lamió de arriba abajo, me metió la lengua dentro como si fuera una polla en miniatura. Me hizo correrme otra vez, más rápido, más sucio, con la cara embadurnada de mi flujo y sin dejar de mirarme desde abajo.
Se incorporó, se abrió el pantalón del todo y sacó la polla otra vez. Se la agarró por la base y se la pasó por la raja de mi coño, restregándomela por el clítoris, empapándose la punta con lo que me chorreaba. Iba a metérmela ya, pero noté por cómo le temblaba el muslo que no iba a durar nada. Di el salto: lo empujé, lo tumbé de espaldas, le arranqué la camisa y le bajé el pantalón de un tirón.
—Todavía no —le dije, y me lo llevé a la boca.
Se sorprendió. No era lo que esperaba, y durante un momento no supo qué hacer. Le engullí la polla entera de una vez, hasta la garganta, y le apreté los huevos con la otra mano. Empecé a mamársela con ganas, subiendo y bajando la cabeza, dejando que la saliva se me escurriera por la barbilla y le empapara los cojones. Se la sacaba de la boca, le lamía la punta con la lengua plana, se la volvía a tragar entera.
Me tomó de la cabeza y empujó, follándome la garganta con embestidas cortas. Cuando notaba que se le tensaban los muslos, paraba, le apretaba fuerte la base con los dedos y esperaba. Le hice el truco tres veces seguidas, hasta que empezó a suplicar.
—Por favor, ya, méteme dentro, no aguanto más.
—Suplica mejor —le dije, con la polla apoyada en los labios.
—Por favor, fóllame, déjame follarte, lo que quieras.
Me subí encima. Le agarré la polla, me la coloqué en la entrada del coño y me dejé caer entera de una vez. Grité los dos a la vez. Empecé a cabalgarlo despacio, sacándomela casi del todo y volviendo a bajar hasta el fondo, restregándole el clítoris contra el hueso pubico en cada movimiento.
—Así, gordo —le decía—. Rompe a la putita.
Me agarró las caderas y empezó a embestirme desde abajo, subiendo el ritmo, haciendo que las tetas me rebotaran. Me incliné hacia adelante, le puse las manos en el pecho y me clavé encima con toda la fuerza. Me corrí otra vez, apretándole la polla por dentro con espasmos que le sacaron un gemido largo.
Me dio la vuelta sin sacarla, me puso a cuatro patas y me la volvió a meter de golpe. Me follaba fuerte, agarrándome del pelo con una mano y de la cadera con la otra, la carne de mi culo golpeando contra su vientre con un chasquido húmedo. Sentí una tercera corrida subiéndome desde las plantas de los pies.
—Dentro no —le dije—. En el culo.
Salió, se agarró la polla y se corrió a chorros sobre mis nalgas, en la espalda baja, un hilo que me llegó hasta la nuca. Me quedé quieta a cuatro patas, sintiendo cómo el semen me resbalaba entre las nalgas y me caía por el muslo.
Quedó aplastado sobre las sábanas con los ojos cerrados.
—Primera vez que me lo hacen así —murmuró.
—Recupérate —le dije—. Porque todavía no hemos terminado.
Me tomó en serio. Esperé, pedí algo de beber, y cuando noté que volvía en sí, me metí entre sus piernas y empecé de nuevo. Le mamé la polla flácida hasta despertársela, le chupé los huevos uno por uno, le lamí por debajo hasta el perineo. Cuando la tuvo dura otra vez, me la volví a montar y le hice correrse una segunda vez, esta vez dentro de mí, aguantándolo bien clavado hasta la última sacudida. Yo perdí la cuenta de las mías.
***
Después me dijo que íbamos a reunirnos con un amigo suyo en otro hotel. Preguntó si me importaba, «solo un ratito». Algo en su tono me dijo que ya me había exhibido antes de tiempo.
El amigo era un tal Rodrigo, que también había estado en la inauguración. Atlético, con el pelo entrecano y esa seguridad en sí mismo que tienen los hombres que nunca han tenido que ganarse el respeto de nadie.
—¡Vaya con la chica! —fue lo primero que dijo, mirándome de arriba abajo—. ¿Así que esta es la putita que trajo Roberto?
Me detuve.
—Soy Mónica —dije con calma—. Directora de operaciones. Roberto es mi subdirector. Lo que yo haga fuera de la empresa no le incumbe a nadie más.
Rodrigo me miró con algo que podría haberse llamado respeto, si hubiera sabido lo que era.
—Vaya, qué presa —dijo, sin cambiar el tono—. Premio mayor.
—Gracias —respondí, y le sostuve la mirada sin parpadear.
Hubo un silencio. Luego, con algo parecido a la curiosidad, me preguntó:
—¿Y si te diera la oportunidad de comprobar lo que sé hacer?
—¿Qué oportunidad necesitas exactamente? —le dije, y le di la vuelta despacio, valorándolo con la misma frialdad con que él me había valorado a mí.
Héctor intervino antes de que la situación se enredara más.
—No te la traje para que la pruebes —dijo—. Solo para presentártela. Pero te advierto que tú te quedas corto.
Rodrigo resopló. Yo me puse de pie, me contoneé lo suficiente para que lo que quedara en su memoria fuera exactamente lo que yo quería, y le tendí la mano.
—¿Vamos a algún sitio más cómodo? —pregunté.
***
En la habitación, Rodrigo resultó ser un hombre diferente al que había aparecido en el bar. Quitarle la chaqueta era quitarle también la actuación. Debajo tenía un cuerpo trabajado, un pecho firme y una polla que se le marcaba en el pantalón antes incluso de que me acercara.
Me arrodillé delante de él y se lo abrí despacio. Le saqué la polla, gorda, larga, con las venas marcadas, y me la metí en la boca hasta la mitad. Empecé a chupársela con calma, girando la lengua alrededor de la punta, dejándole ver cómo entraba y salía de mis labios. Le lamí los huevos, se los metí en la boca uno a uno, volví a subir hasta la punta y me la tragué entera.
Cuando noté que se le tensaba, le apreté la base con los dedos y la saqué.
—Todavía no —le dije—. Cuando sea el momento.
Lo hice sentar en el borde de la cama, me subí a horcajadas y me la metí sin dejar de mirarlo a los ojos. Estaba tan mojada de lo de Héctor que entró entera de golpe, y él soltó un juramento contra mi cuello. Empecé a moverme encima, apretándole con las paredes del coño en cada bajada, marcando yo el ritmo.
Le noté a punto por segunda vez y volví a frenarlo, esta vez quedándome quieta encima, con la polla enterrada hasta el fondo y él suplicándome que me moviera.
—Aguanta —le dije—. Cuando yo diga.
Y cuando llegó el momento, lo fue de verdad. Me tumbó de espaldas, me abrió las piernas y me embistió con toda la rabia que llevaba acumulada. Me follaba con fuerza, con embestidas largas y hondas, agarrándome las tetas con las dos manos y mordiéndome los pezones. Me corrí gritando, apretándole la polla por dentro, y él se corrió detrás de mí, dentro, con las caderas pegadas a las mías hasta la última gota.
Héctor observaba desde el borde de la cama con la polla en la mano; no pregunté si le parecía bien, me pareció que era lo que tenía en mente desde el principio cuando propuso que nos reuniéramos.
Esa noche volví sola al aparcamiento del hotel, busqué mi coche y conduje hasta casa con el coño chorreando entre las bragas nuevas, pensando en que Rodrigo, al final, no se había quedado tan corto como Héctor decía.
***
Días después recibí una llamada de un número que no reconocí.
—¿Valeria? —preguntó la voz al otro lado.
Me quedé en silencio un momento. Estaba en la oficina, con dos compañeras cerca. Reconocí la voz al instante.
—Sí —dije—. ¿Cómo estás?
—Bien. ¿Tienes tiempo esta noche? Nos vemos en el hotel donde te dejé, a las nueve.
—A las nueve —confirmé, y colgué.
Me quedé mirando el teléfono. No solo me había confundido con Valeria: tampoco sabía mi nombre, después de todo lo que había pasado. Tomé el móvil y le mandé un mensaje de voz.
«Uno de tus admiradores me llamó por equivocación. Te espera en el hotel a las nueve.»
Valeria no respondió. Llegó la hora y seguía sin llamarme. Me arreglé, elegí el vestido adecuado y fui al hotel.
***
Valeria ya estaba sentada en el vestíbulo cuando llegué, diez minutos tarde. Se levantó al verme con una sonrisa que no era inocente.
—No confirmaste el mensaje —le dije.
—Es que quería ver quién era —respondió—. ¿Nos quedamos?
Antes de que pudiera responder, lo vi entrar. Rodrigo. Se acercó a Valeria primero, dudó, la miró, luego me miró a mí.
—¿Eres Valeria? —le preguntó.
—¿Quién más? —respondió ella con toda la calma del mundo.
—Nos vimos en aquel hotel, ¿lo recuerdas?
Valeria lo miró con unos ojos absolutamente inocentes.
—¿Y qué hacíamos?
Rodrigo abrió la boca, la cerró. Yo aproveché el silencio.
—Lo que sí recuerda —dije— es llamarme putita la primera vez que me vio.
Valeria giró la cabeza hacia mí con una sonrisa perfecta.
—¿Ya se te quitó esa costumbre de tratarnos a todas como si nos hubieras pescado en la calle?
—Un momento —dijo Rodrigo—. A ti no te dije eso.
—A mí sí —respondí—. Y si encima sabes lo que haces en la cama, con mucho gusto soy tu putita.
Soltó la carcajada. Valeria también. Rodrigo tardó un poco más, pero al final se rindió.
***
Pedimos bebidas en un sofá amplio donde cupimos los tres, apretados. Las copas tardaron en llegar y para cuando las teníamos en la mano ya nos estábamos tocando. Rodrigo lo hacía con una delicadeza que no concordaba con su manera de hablar: nos había metido una mano por debajo de cada falda y nos acariciaba el interior de los muslos con paciencia, subiendo despacio hasta rozar el borde de las bragas, volviendo a bajar. Sentí cómo Valeria abría un poco más las piernas a mi lado, y yo hice lo mismo.
Sus dedos me apartaron el encaje y encontraron el clítoris a la primera. Empezó a frotármelo en círculos lentos mientras hacía lo mismo con Valeria al otro lado. Nosotras dos nos mirábamos, cómplices, aguantando la cara de póker mientras él nos manoseaba por debajo del vestido en pleno vestíbulo.
—¿Ella o yo? —preguntó Valeria en algún momento, con la voz ligeramente cortada.
—Las dos —dijo—. A la vez.
Pedí una habitación. Yo conocía ese hotel bien.
***
Dentro, Rodrigo nos sentó una en cada rodilla, nos subió los vestidos hasta la cintura y nos arrancó las bragas casi al mismo tiempo. Me abrió las piernas y hundió la cara entre mis muslos mientras metía dos dedos en el coño de Valeria. Su lengua trabajaba mi clítoris en círculos rápidos, sus dedos entraban y salían de ella con un ritmo húmedo que se oía en toda la habitación.
Fue alternando. Sacó los dedos de Valeria, los chupó delante de mí, y luego hundió la lengua en su coño mientras a mí me metía los dedos hasta el fondo. Sabía hacerlo. Ninguna de las dos sentía que le faltaba atención.
—Qué coños tan ricos los dos —murmuró, y no era un cumplido vacío: lo decía mientras nos separaba los labios con los pulgares para lamernos de arriba abajo.
Valeria me buscó la boca y nos besamos por encima de su cabeza, con las lenguas enredadas, mientras él seguía comiéndonos abajo. Yo le desabroché la camisa y le tanteé los pezones, que ya sabía dónde tenía el punto débil: se estremeció con cada roce. Se los pellizqué mientras Valeria le bajaba el pantalón y le sacaba la polla. Se la agarró con la mano y empezó a masturbárselo despacio mientras él seguía sin sacar la boca de mi coño.
Me corrí en su lengua a los pocos minutos, agarrándole la cabeza con las dos manos y montándole la cara. Se quedó lamiéndome hasta que dejé de temblar.
***
Valeria fue la primera en empujarlo hacia atrás y montársele. Lo tumbó de espaldas en la cama, se subió encima y le colocó la polla en la entrada del coño. Lo hizo despacio, controlando el ritmo desde arriba, dejándose caer poco a poco hasta que la tuvo entera dentro, con una concentración que yo conocía bien.
Rodrigo la miraba, luego me miraba a mí, y en su cara había algo que se parecía mucho a la gratitud. Yo me acerqué, le puse las tetas encima de la cara y él empezó a chuparme los pezones mientras Valeria le cabalgaba. Ella subía y bajaba con las manos apoyadas en el pecho de él, y a cada bajada soltaba un jadeo bajo, cerrando los ojos.
Cuando estuvo a punto de llegar, le puso las manos en las caderas y la frenó.
—Despacio —dijo—. Como me enseñaron.
Valeria se dejó caer sobre su pecho, jadeando, sin sacarla, con la polla enterrada hasta el fondo. Yo me acerqué por detrás, le acaricié la espalda, le aparté el pelo del cuello. Le abrí las nalgas con las dos manos y pasé la lengua por donde ella y él se unían, lamiéndoles a los dos a la vez. Los dos se tensaron. Valeria soltó un gemido largo y empezó a moverse otra vez, esta vez sin poder controlarse, cabalgándolo con embestidas cortas y rápidas mientras yo seguía lamiéndole el clítoris desde atrás.
Se corrió gritando, con las paredes del coño apretándole la polla en oleadas. Rodrigo se vino dentro de ella un segundo después, con las manos clavadas en sus caderas y las venas del cuello marcadas. Ella se quedó quieta encima de él, con las piernas extendidas y una sonrisa que yo no podía ver pero que reconocía de memoria.
Cuando por fin se levantó, un hilo de semen le chorreó del coño y le cayó por el muslo. Yo me acerqué y se lo recogí con la lengua, subiendo desde la rodilla hasta la ingle. Valeria se rió, ronca, y se dejó caer a mi lado en la cama.
***
Luego llegó mi turno. Rodrigo necesitó un poco de ayuda para volver, pero entre Valeria y yo lo tuvimos listo antes de lo que esperábamos. Le mamé la polla mientras Valeria le lamía los huevos, turnándonos alrededor de él, chocando lenguas en la punta, compartiéndosela de boca en boca. La sentí endurecerse otra vez contra mi paladar en cuestión de minutos.
Me monté y lo dejé entrar despacio, sintiéndolo recuperarse dentro de mí. Todavía estaba resbaladiza del flujo de Valeria y de su propio semen, y me la tragué hasta el fondo sin esfuerzo. Empecé a moverme en círculos, sin prisa, restregándome el clítoris contra la base de su polla.
Valeria se tumbó a mi lado, me besó en el cuello, me pasó una mano por el vientre y me la bajó hasta el clítoris. Empezó a frotármelo mientras yo cabalgaba, con dos dedos, en círculos exactos, como sabe hacerlo una mujer. Con la otra mano me apretaba un pezón.
—¿Bien? —me preguntó al oído.
—Muy bien —respondí, sin voz.
Me corrí en cuestión de segundos, apretándole la polla por dentro. Rodrigo intentó aguantar pero no pudo: llegó por segunda vez con mucho menos ceremonia, un sonido ahogado y las manos apretando mis caderas mientras se vaciaba dentro de mí. Me quedé encima de él hasta que dejó de temblar. Valeria me besó en la boca sin dejar de acariciarme, larga, despacio.
***
Me duché, me vestí, le di a Valeria un beso en la mejilla.
—La próxima vez —le dije— confirma el mensaje.
Rodrigo seguía en la cama, con los ojos cerrados y una expresión que no había estado ahí cuando llegamos.
—¿Podría llamaros? —preguntó sin abrir los ojos.
—Si no te vuelves a confundir de nombre —respondí—. Yo soy Mónica. Ella es Valeria. No somos las putitas de nadie, aunque a veces hagamos excepciones.
Valeria se rió. Yo también. Rodrigo no dijo nada más.
Salimos juntas al pasillo, llamamos al ascensor, y cuando las puertas se cerraron Valeria me miró con ese gesto suyo que significaba exactamente lo que yo pensaba que significaba.
—Deberíamos hacer esto más seguido —dijo.
No le llevé la contraria.
