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Relatos Ardientes

Lo que le hice a mi tía en el motel aquella noche

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Me llamo Marcos, tengo treinta y tres años y soy psicólogo. También doy clases en la facultad de ciencias de la conducta, lo que en teoría me convierte en alguien con cierto control sobre sus propios impulsos. Lo que voy a contar desmiente esa suposición de manera bastante directa.

Mi tía Gloria tiene cincuenta y siete años. Es periodista, con cierto nombre en los documentales de televisión: no es una figura de primera fila, pero sí alguien a quien reconocen en los pasillos de las cadenas. Lleva cuatro años viuda. Su marido, mi tío Ernesto, murió de un infarto, y desde entonces ella quedó sola en el piso del cuarto, justo encima del mío. Su único hijo, mi primo Daniel, se mudó a Bilbao con su pareja hace dos años por motivos de trabajo.

Desde que murió mi tío y especialmente desde que Daniel se marchó al norte, Gloria se apoyó mucho en mí. Yo también había perdido a mis padres poco antes, durante la pandemia, y entre los dos construimos algo parecido a una familia de dos personas. Cenábamos juntos dos o tres noches por semana. Me llamaba para pedirme que revisara el ordenador, para que la acompañara al médico, para cualquier excusa que le sirviera de compañía. Yo iba sin pensarlo. La quería como a un segundo hogar.

Nunca la había mirado de otra manera.

***

El cambio llegó, como casi todo lo importante, por casualidad y de manera ridícula.

Gloria había pasado los últimos meses preparando un documental sobre el incesto. No era su tema habitual, pero el encargo llegó de una cadena de pago y ella lo abordó con la seriedad que ponía en todo su trabajo. Me pidió una entrevista en calidad de psicólogo: hablamos dos tardes seguidas sobre los complejos de Edipo y Electra, sobre los casos clínicos documentados, sobre la dimensión cultural del tabú familiar. Tomó notas. Fue profesional. Yo también lo fui.

El documental se emitió y tuvo buena acogida en algunos medios. Alguien la entrevistó en un programa y le preguntó, casi en broma, si ella había tenido alguna experiencia de ese tipo. Gloria respondió que no, pero con una sonrisa en la comisura de los labios que no terminaba de ser del todo una negación. El presentador lo dejó pasar. Yo, que la veía desde el sofá de mi casa, también lo dejé pasar.

Fue en el bar de la facultad, unos días después. Estaba tomando un café cuando dos estudiantes en la mesa de al lado comentaban el programa.

—Está muy buena la periodista del incesto —dijo uno—. Una milf de verdad. Tiene un culo que te dan ganas de morderlo.

—¿No viste cómo respondió cuando le preguntaron si lo había practicado? —añadió el otro—. Esa sonrisa no era inocente. Yo diría que le gustaría follar con el hijo. Que se lo imagina metiéndosela hasta el fondo mientras le habla al oído.

Me quedé con el café a medio camino de la boca.

No era mi trabajo psicoanalizarme a mí mismo, pero en ese momento algo se movió en mi cabeza. No de golpe, sino como un engranaje que lleva tiempo sin encajar y de pronto encuentra su posición. A partir de entonces empecé a pensar en Gloria de una manera diferente. Empecé a fijarme en cómo le quedaban las faldas, en la forma en que se le marcaban las tetas bajo las blusas de seda, en el modo en que cruzaba las piernas cuando venía a cenar. Empecé a masturbarme pensando en ella. Al principio con culpa, después ya no.

***

Una tarde fui a su piso a reparar un grifo que goteaba. Ella había salido a hacer recados y la curiosidad me ganó. Sobre la mesa del despacho del fondo del pasillo había una carpeta con un título escrito a mano: «El deseo prohibido en el vínculo materno-filial: ¿fantasía o realidad?»

La abrí.

Había nombres de películas, páginas marcadas de revistas especializadas, capturas de foros. Encendí el ordenador, que no tenía contraseña, y en el historial encontré visitas a sitios de contenido erótico relacionados con el tema, todas con fechas posteriores a la emisión del documental. No antes. Después. Una de las páginas seguía abierta en una pestaña minimizada: un relato sobre una madre que se follaba a su hijo en la cocina, con una imagen de portada donde una mujer madura chupaba una polla mirando a cámara. El texto estaba a mitad, con una marca amarilla sobre la frase «me abrió el coño con dos dedos antes de metérmela hasta la garganta».

Cerré la pestaña, cerré el ordenador, volví al grifo y lo reparé sin hacer ruido. Esa noche no dormí bien. Me la casqué dos veces pensando en el subrayado amarillo sobre esa frase, imaginando la mano de mi tía marcándolo con el rotulador mientras se acariciaba por encima de las bragas.

***

Tardé dos semanas en actuar. Mi idea no era especialmente original: invitarla a cenar en mi piso, poner el documental después como excusa para hablar del tema, y ver hasta dónde llegaba la conversación.

Gloria aceptó sin preguntar demasiado. Llegó directamente del trabajo, con un traje de chaqueta gris oscuro y una blusa blanca que le marcaba bien el escote. Cenamos, hablamos de cosas sin importancia, y cuando terminamos de recoger la mesa le propuse volver a ver el documental.

—¿El mío? —dijo con un gesto de sorpresa genuina.

—Me parece interesante desde el punto de vista clínico. Estoy preparando material para una clase sobre psicología del deseo.

Puso la cara de quien no termina de creerse la excusa pero decide seguirle la corriente.

Llegamos a la escena de la entrevista en el programa. Cuando Gloria en la pantalla respondía con esa sonrisa esquiva, la Gloria de carne y hueso que tenía a mi lado se removió levemente en el sofá.

—¿Sabes lo que pienso cuando veo eso? —dije, con toda la calma que pude mantener—. Que ese gesto no es una negación. Desde el análisis del lenguaje no verbal, una risa en ese contexto actúa como una puerta entreabierta. No dice sí, pero tampoco cierra.

Silencio largo.

Luego ella giró la cabeza y me miró con una expresión que no supe clasificar del todo: a medio camino entre la curiosidad y algo más oscuro.

—Puede ser —dijo.

Dos palabras. Nada más. Pero eran suficientes para que me costara dormir otra noche más. Esa madrugada me la casqué mirando al techo, mordiéndome el labio para no hacer ruido, imaginando cómo sería abrirle las piernas a mi tía en ese mismo sofá donde acababa de responderme «puede ser», bajarle las bragas, y hundir la lengua entre sus muslos hasta que gritara.

***

Tres días después, Gloria me propuso acompañarla en un viaje de trabajo a Bilbao. Su equipo la esperaba allí para preparar un programa sobre unas elecciones regionales. Me dijo que así aprovechaba para trabajar en mi investigación y de paso le hacía compañía en el trayecto.

Acepté sin pensarlo demasiado.

Salimos un martes por la tarde. Gloria conducía, pero a los veinte minutos en la autopista el cansancio acumulado ya se notaba en su postura, así que le ofrecí el volante. Cerró los ojos casi de inmediato. Yo conducía y no podía evitar mirarla de reojo: las piernas cruzadas bajo el vestido de punto oscuro, un mechón cayéndole sobre la mejilla, la respiración lenta de quien duerme de verdad. El vestido se le había subido unos centímetros por encima de la rodilla y yo tenía que hacer un esfuerzo consciente para no bajar la mano y meterla por debajo del dobladillo mientras ella dormía.

Las primeras gotas llegaron al pasar la sierra. En cuestión de minutos, lluvia intensa. En cuestión de una hora, nieve.

Gloria despertó cuando el coche empezó a reducir la velocidad sin que yo tocara el freno.

—¿Qué está pasando? —preguntó mirando el parabrisas.

—Temporal —dije—. Había aviso pero no pensé que fuera así de serio.

El asfalto había desaparecido bajo un manto blanco. A los lados de la carretera, los primeros coches abandonados con los intermitentes encendidos. Avanzábamos a treinta por hora y perdíamos terreno con cada kilómetro. Un cartel indicó una salida con un motel a ochocientos metros.

—Ahí —dijo Gloria, señalando.

No discutí.

***

El motel se llamaba Éden. Por fuera parecía cualquier cosa: dos plantas, fachada de ladrillo, un rótulo con una manzana roja iluminada en neón. Por dentro era otra historia. Los carteles en las paredes no dejaban muchas dudas: palabras como «suite para parejas», «servicio discreto», «momentos íntimos» repetidas en distintos formatos sobre fondo oscuro.

Gloria los leyó al mismo tiempo que yo. Ninguno de los dos dijo nada.

En recepción, una mujer de mediana edad tecleó sin levantar la vista del ordenador.

—Solo nos queda una habitación libre. La Suite Mediterránea. Ochenta y cinco euros la noche.

—La tomamos —dijo Gloria sin consultarme.

La habitación era completamente blanca: paredes blancas, cama grande con cabecero acolchado en blanco, una barandilla de metal en la parte superior. En la pared de enfrente, un espejo enorme que reflejaba la cama entera. Otro espejo en el techo, rodeado de luces regulables que al girar una roseta cambiaban de blanco a azul, de azul a violeta. Un cuadro sobre el cabecero mostraba a una mujer con un antifaz negro y los labios entreabiertos.

—¿Dónde nos hemos metido? —murmuré.

—En el único sitio con calefacción a cien kilómetros —respondió Gloria, y fue directa al baño.

Llamó a su asistenta desde allí para avisarle del retraso. Yo me quedé sentado en el borde de la cama, mirando el reflejo en el espejo del techo, tratando de pensar en otra cosa. No lo conseguí. La polla se me había puesto dura contra la tela del pantalón desde el momento en que entramos en la habitación y no había manera de que bajara.

Gloria salió con el albornoz blanco del motel y el pelo húmedo. La ropa empapada desde el aparcamiento quedó colgada en el radiador del baño: el vestido, las medias, la ropa interior. Todo. Bajo el albornoz no llevaba nada. Y yo lo sabía. Y ella sabía que yo lo sabía. Vi las bragas negras de encaje colgando del borde del radiador cuando pasó por delante de la puerta abierta del baño, y tuve que apretar los dientes para que no se me notara nada en la cara.

Cenamos lo que trajo el servicio de habitaciones. Sentados a la mesita de la entrada con una sola lámpara encendida, uno frente al otro, el albornoz se le abría un poco cada vez que ella se inclinaba hacia el plato. En un par de ocasiones alcancé a ver el nacimiento de sus tetas, la piel blanca de la parte que nunca le daba el sol, la sombra oscura del pezón asomando cuando se movía para cortar la carne. Yo miraba la comida. Comía sin apetito y con la polla dura debajo de la mesa.

A las diez y media dijo que estaba agotada y se metió en la cama.

—Buenas noches, Marcos.

—Buenas noches.

Me senté en el sillón con los apuntes sobre hipnosis regresiva que llevaba para la investigación. Intenté leer. No leí. La oía respirar al otro lado de la habitación y no podía dejar de pensar en todo lo que se había ido acumulando en las últimas semanas: la carpeta en su despacho, el subrayado amarillo sobre esa frase de garganta y coño, su respuesta de dos palabras, y ahora esto, los dos solos en una habitación de motel con espejos en el techo y ella desnuda bajo el albornoz a tres metros de mí.

A las once y media apagué la lámpara del sillón y me acosté en mi lado de la cama con cuidado de no despertarla.

Cerré los ojos.

Y entonces, al otro lado de la pared del cabecero, empezaron los sonidos.

***

Al principio un murmullo. Luego más claro, inconfundible.

—Sí… así… no pares.

Una mujer. El hombre respondía con algo que no llegué a descifrar del todo, pero el ritmo de los golpes contra la pared no dejaba dudas sobre lo que le estaba haciendo. Me quedé inmóvil, mirando el techo. El espejo de arriba mostraba la cama, Gloria de espaldas a mí, y la luz tenue de la calle colándose por la rendija de las persianas.

Los sonidos fueron haciéndose más explícitos, más urgentes.

—Más fuerte… ahí… métemela toda… no pares, cabrón, no pares.

La mujer del otro lado hablaba sucio, sin filtros. Le pedía a su amante que la follara más fuerte, que se la clavara hasta el fondo, que le llenara el coño de leche. Los golpes del cabecero contra la pared iban acompañados de un chapoteo húmedo, ese sonido inconfundible de una polla entrando y saliendo de un coño empapado. Yo intenté ignorarlo. No pude. Mi cuerpo respondió antes de que yo tomara ninguna decisión consciente. La polla se me puso dura debajo del pantalón del pijama, tan dura que me dolía. Miraba a Gloria, que seguía inmóvil, con la respiración profunda y regular de alguien que duerme de verdad.

No sabía bien qué me estaba pasando. Llevaba semanas pensando en ella de una manera que no me dejaba en paz, y ahora estaba tendido a medio metro de su cuerpo, en una habitación diseñada para el sexo, con gemidos al otro lado de la pared. No era una combinación que invitara a la calma.

Bajé la mano despacio bajo las sábanas. Me solté el cordón del pantalón. La polla saltó fuera, dura, palpitando contra la palma de la mano. Estaba tan cachondo que solo con rozarme me salió una gota de líquido preseminal que se me quedó pegada entre los dedos.

Los sonidos continuaban. La mujer del cuarto de al lado decía cosas con una urgencia que no parecía del todo fingida.

—Me corro, me corro, me estás poniendo perra, no pares, dámela toda.

Yo escuchaba y miraba el contorno de Gloria en la oscuridad: la curva de su cadera marcada bajo la tela blanca del albornoz, el pelo extendido sobre la almohada, la nuca descubierta. Empecé a moverme la mano arriba y abajo, muy despacio, apretando la polla con el puño cerrado, subiendo hasta la punta y bajando hasta la base. Cada vez que la mujer del otro lado gemía yo apretaba un poco más fuerte y me imaginaba que era la voz de Gloria, que era ella la que estaba diciéndole a un hombre que se la metiera hasta el fondo, que era su culo el que golpeaba contra la pared con cada embestida.

En algún momento alcé la vista hacia el espejo del techo.

El albornoz se había movido mientras ella dormía. Lo que vi me dejó sin respiración durante un segundo completo: parte de su pecho, la curva del escote, la piel bronceada que siempre había visto como la de mi tía y que ahora, en ese espejo, a esa hora, con esa banda sonora, era otra cosa completamente. El pezón le asomaba justo por el borde de la tela, oscuro, más grande de lo que había imaginado, con la areola ancha y arrugada por el frío.

Aparté la mirada. La volví. La aparté otra vez. Sin dejar de cascármela debajo de las sábanas, con la mano cada vez más rápida, la respiración cortada, mordiéndome el labio para no hacer ruido.

No me enorgullezco de lo que hice a continuación.

Con un gesto mínimo, casi imperceptible, tiré del borde del albornoz desde el hombro. Solo un centímetro. El reflejo en el espejo cambió. Ahora se le veía la teta entera. Blanca, pesada, caída ligeramente hacia el costado por la postura, con el pezón grueso apuntando al techo. La teta de una mujer madura, no la de una jovencita de tapa de revista: real, con las venas azules marcadas debajo de la piel, y una pequeña marca de nacimiento cerca del pezón que no había visto nunca y que me pareció, en ese instante, lo más obsceno del mundo.

Empecé a masturbarme más rápido, ya sin disimulo, mirando ese reflejo. Me imaginé cómo sería agacharme sobre ella, coger ese pezón con la boca, chuparlo, morderlo con cuidado, escucharla suspirar mientras se despertaba y descubría que su sobrino la estaba lamiendo como un animal. Me imaginé arrancándole el albornoz, abriéndole las piernas, hundiendo la cara entre sus muslos y comiéndole el coño hasta que se corriera en mi boca. Me imaginé metiéndosela por detrás, agarrándole las caderas y follándomela mirándonos a los dos en el espejo del techo.

Al otro lado de la pared, la mujer soltó un grito ahogado y largo. El hombre gruñó dos veces y todo quedó en silencio. Yo estaba a punto. Me apreté la polla en la base para aguantar un segundo más y volví a mirar el pezón de Gloria en el espejo, la sombra de su cuello, la mano que le descansaba sobre el vientre debajo del albornoz.

Me quedé mirando hasta que alcancé el mío en silencio, sin apenas moverme, con la vista fija en el espejo durante unos segundos en los que no pensé absolutamente en nada. Sentí el primer latigazo caliente subir desde los huevos y explotar en la punta de la polla; me corrí a chorros sobre el estómago, sobre el pijama, sobre la mano, mordiendo la almohada con la cara girada para que no se me escapara ni un gemido. Fueron cuatro, cinco borbotones espesos que no paraban de salir. Hacía años que no me corría con esa fuerza.

Después, quieto. El corazón golpeando fuerte contra las costillas. El semen enfriándose sobre mi piel. El olor a corrida colándose por debajo de las sábanas y mezclándose con el perfume de Gloria en la almohada de al lado.

Me levanté al baño con cuidado, limpié lo que había que limpiar, volví a cubrirla con la sábana tapándole el pecho descubierto. Gloria no se había movido.

Me tumbé de espaldas y tardé mucho tiempo en dormirme. Cada vez que cerraba los ojos volvía a ver ese pezón oscuro sobre la piel blanca, y la polla se me ponía dura otra vez.

***

Por la mañana me despertó su voz.

—Marcos. Marcos, despierta.

Abrí los ojos con un salto en el pecho. Ella estaba de pie, ya vestida con la ropa del día anterior, mirándome con cara seria. Mi primer pensamiento fue uno solo: Lo sabe.

—¿Qué pasa? —pregunté con la voz todavía ronca.

Señaló la ventana sin decir nada.

Me levanté. Afuera, la nieve había subido más de un metro. El coche había desaparecido bajo un montículo blanco. En la pantalla del televisor, un ticker con texto rojo anunciaba que las carreteras del corredor norte seguían cortadas hasta nuevo aviso y se desaconsejaba totalmente la circulación.

—Vamos a tener que quedarnos otro día —dijo Gloria con resignación.

Me quedé mirando la nieve un momento sin decir nada. Sentí la polla removerse contra la tela del pijama con solo pensar en otra noche entera encerrado en esa habitación con ella.

—Sí —dije al fin—. Parece que sí.

Gloria fue al baño. Yo me senté en el borde de la cama y miré el espejo de la pared, que ahora no reflejaba nada especial: solo una habitación de motel, luz gris de mañana, y yo con la conciencia de lo que había hecho la noche anterior y otro día entero por delante.

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4.6(17)

Comentarios(8)

seba70

buenisimo!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo

MiriamBCN

Que buena ambientacion, la nieve, el motel, esa tension contenida... se siente real. Gracias por compartirlo

Confesor22

Por favor seguí con esto, quedé con muchas ganas de saber mas. Tremendo como lo narraste

fcosp35

jajaja el detalle del albornoz me mato, tremendo

TobyDrake

Muy buen relato, se nota que es confesión de verdad. Me gustó como no te apuraste, esa tension al principio vale oro

luisangel_rd

hay segunda parte? espero que si porque quede enganchado

NocheClara

Excelente relato. Me recordo a un viaje largo en familia donde tampoco dormia nadie bien jajaja aunque la mia no llego a tanto

Erotikman

increible como describis esa situacion sin decir nada todavia. El suspenso es lo que te atrapa. Seguí escribiendo!

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