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Relatos Ardientes

Los doce choferes del terminal y su apuesta

Ese viernes salí temprano de la tienda donde atendía, con el calor pegándoseme a la nuca y el cansancio de una semana larga sobre los hombros. El autobús que me llevaba a casa paraba justo enfrente del terminal de los buses intermunicipales, y desde hacía meses yo hacía ese recorrido con la mirada clavada en el piso para no cruzarme con él.

Don Ramón. El chofer viejo que se había acostado con mi hermana Silvia el verano anterior.

Mi hermana había llegado esa noche con la blusa al revés y una sonrisa boba, y tardó una semana en confesarme que el veterano del terminal se la había cogido en el asiento trasero de su propio autobús. «No te imaginas, Camila», me dijo relamiendo una cuchara de helado. «Los hombres de esa edad saben hacer cosas que los chicos ni sospechan».

Desde entonces, cada vez que pasaba por el terminal, sentía que algo se me revolvía por dentro. Una mezcla de curiosidad y vergüenza que nunca terminaba de nombrar del todo.

Ese viernes, el reguetón retumbaba desde uno de los autobuses estacionados al fondo. Venía con las ventanillas bajas y el olor a cerveza flotando en el aire caliente. Aceleré el paso, pero no fui lo bastante rápida.

—Miren, muchachos, quién anda por ahí —escuché esa voz gruesa que tanto me había descrito mi hermana—. Esa es la hermana de la Silvia. Y está igual de buena, o más.

—No seas mentiroso, viejo —contestó otro entre risas.

—Es historia larga. Pero yo a esa familia ya la conozco por dentro —dijo relamiéndose—. Y me apuesto quinientos a cada uno si me la traigo a compartir unas cervezas.

—Dale pues. Te lo aceptamos, don Ramón.

Yo escuchaba todo porque las ventanas del autobús estaban abiertas de par en par. Me puse roja, me puse helada, me puse todo a la vez. Y cuando vi a don Ramón bajar de un salto y caminar hacia mí, pensé en seguir de largo. No lo hice.

—Hola, preciosa —me dijo con una sonrisa que no correspondía a ningún hombre de su edad—. Camila, ¿verdad? La hermana de Silvia.

—Don Ramón —contesté apretando la correa del bolso.

—Así es, mi reina. Sabés que te ves muy rica con ese vestido, ¿no? Te queda divino.

—Ay, don, no me diga esas cosas. Hay gente chismosa por acá, y su esposa tiene las orejas largas.

Le dije eso con una sonrisita que delataba más de lo que yo quería. Y la verdad, acá entre nosotras, me encantaban los hombres mayores. Los canosos, los de manos grandes y espalda ancha. Siempre me habían parecido otra cosa.

Don Ramón se acercó, lo suficiente como para que le sintiera el aliento a cerveza.

—Estamos celebrando el cumpleaños de don Eustaquio. Vente un ratito, preciosa. Una cervecita y ya. No seas mala.

—Mañana tengo que trabajar, don Ramón.

—Nosotros también. Pero hoy toca celebrar. Anda, un ratito nomás.

Dudé lo que dura un parpadeo. Después me encontré asintiendo.

—Está bien. Pero me ponen reguetón. No me aguanto otra cumbia.

—Lo que tú pidas, mi reina.

Me tomó de la mano y me llevó hacia el autobús con la tranquilidad del que ya sabe cómo termina la noche.

***

Los demás choferes eran casi tan viejos como él. Entre los sesenta y los sesenta y cinco, calculé. Don Eustaquio, el del cumpleaños, ya rozaba los setenta y tenía unas manos anchas llenas de cicatrices.

—Pásenle una cerveza a la niña —dijo don Ramón subiendo detrás de mí—. Y cambien esa música. Reguetón, que es lo que le gusta a esta princesa.

Los viejos se movieron con una agilidad que no esperaba. Me pusieron una lata helada entre las manos y brindaron todos a la vez por el cumpleañero. Le di un trago largo, sedienta, y la mitad de la cerveza se me fue de un solo saque.

Me presentaron a don Eustaquio con una ceremonia medio falsa. Me acerqué y le di un beso en la mejilla. Al agacharme, el vestido se me subió un poco por la parte de atrás, y sentí cómo nueve pares de ojos bajaban a mi trasero sin ningún disimulo. Entonces soltaron las risas bajas.

Empecé a bailar sola en el pasillo angosto del autobús. Tenía en el estómago el calor de la cerveza y en la cabeza algo que no era exactamente miedo. Moví las caderas al ritmo del reguetón como si estuviera cabalgando a alguien, porque eso era lo que ellos querían ver, y porque yo también quería dárselo.

Que me miren. Que se pongan nerviosos. Que se les haga la boca agua.

—Qué rico bailas, mamacita —me murmuró uno al oído, pegándome la entrepierna por la espalda.

Sentí su erección a través del pantalón. No me aparté.

Bailé dos horas. Tomé tres cervezas más y un trago de tequila que don Eustaquio me pasó directamente de la botella. La cabeza me daba vueltas, pero de una manera agradable, como si estuviera viendo todo desde un palco.

A eso de las ocho decidí que era hora de irme. Se lo dije a don Ramón, me despedí con un beso en la mejilla de cada uno y bajé del autobús intentando caminar en línea recta.

—Camila —oí detrás.

Don Ramón me alcanzó en la vereda y me jaló del brazo. Me abrazó por la cintura y me pegó contra su pecho. Sentí el bulto contra mi vientre. Duro. Pesado. De un hombre que sabía lo que llevaba entre las piernas.

—¿Por qué te vas tan rápido, mamita?

—Es tarde, don Ramón.

—Tarde para irte. Temprano para dejarme con las ganas.

Y me besó.

Me besó sin pedir permiso, con la boca abierta y la lengua adentro antes de que yo pudiera decidir nada. Tenía un sabor a tabaco viejo y a cerveza, y por alguna razón que no pude explicar en ese momento, me pareció el beso más caliente que me habían dado en meses. Le respondí. Le abrí la boca. Le rodeé el cuello con los brazos y le dejé sentir que ya estaba perdida.

Me llevó contra un costado del autobús. Me acorraló entre la chapa caliente y su cuerpo. Una mano me subió por el muslo, me pasó por encima de la ropa interior y se quedó ahí, apretándome el pubis con la palma.

—Ay, don Ramón, acá no —gemí con una voz que me salió sola, sin que yo la pensara.

—Claro que acá, preciosa. Y hoy sí que te voy a enseñar lo que aprendió tu hermana.

Me corrió la tela de un lado y me metió dos dedos. Los metió despacio, con la pericia de un hombre que había tocado a muchas antes que a mí. Yo me doblé contra la chapa, apreté los ojos y me agarré de sus hombros. Me movió la muñeca con un ritmo que encontró en tres segundos y no soltó hasta que me sintió temblar.

El orgasmo me dejó con las rodillas flojas, sostenida apenas por sus brazos.

Me solté y me deslicé por la chapa hasta quedar de rodillas frente a él. Fue instintivo. Fue lo que pedía el cuerpo.

Don Ramón se desabrochó el cinturón. Sacó una verga gruesa, curva, nada bonita pero intensamente viva, y me la puso contra los labios. Abrí la boca. La metí hasta donde pude. Lo miré hacia arriba mientras se la chupaba, y él me sostuvo la cabeza con una mano firme, marcándome un ritmo que no dejaba lugar a dudas.

***

—Ey, muchachos, vengan a ver esto —escuché cerca.

Uno de los viejos había salido a orinar detrás de otro bus y se había encontrado con la escena. Los demás se asomaron por las ventanas. Yo los oí arremolinarse. Los oí murmurar. Los oí bajar.

Cuando abrí los ojos, los doce estaban alrededor. Doce hombres viejos, sesentones y setentones, con las camisas abiertas, los pantalones bajados a mitad de muslo, las vergas en la mano. Doce sexos duros, gruesos, de piel curtida y venas marcadas, apuntándome al mismo tiempo.

Debería haberme asustado. No me asusté. Algo oscuro y antiguo se me encendió en el vientre, y me quedé mirándolos con los labios entreabiertos, relamiéndome sin pensarlo.

—Miren cómo se le antoja a la putita —dijo uno, y todos se rieron bajito.

Me subieron al autobús entre risas y manoseos. Me tumbaron sobre dos asientos corridos. Me terminaron de sacar el vestido, el sujetador, la ropa interior. Me dejaron desnuda bajo la luz amarillenta del pasillo, con los pezones duros y las piernas abiertas.

Y empezaron a turnarse.

Don Eustaquio se tumbó debajo de mí y me hizo montarlo. Yo bajé sobre él con un gemido largo, sintiéndolo abrirme de adentro. Otro se me metió en la boca. Una mano me apretaba un pezón. Otra, el otro. Alguien me pasaba la lengua por el cuello. Alguien me besaba un muslo por dentro.

Así estuve no sé cuánto. Perdí la noción del tiempo. Me cambiaron de posición tres veces, cuatro, cinco. Me pusieron de rodillas sobre el pasillo y me montaron desde atrás mientras otro me daba de chupar desde adelante. Me acostaron boca arriba sobre el capó del motor y me abrieron las piernas entre dos. Me tuvieron a su merced durante horas, turnándose como quien reparte el pan, sin apuro, con la seguridad de los hombres que saben que el cuerpo que tienen debajo no va a protestar.

Me vine muchas veces. Dejé de contar después de la tercera. Gritaba, suspiraba, apretaba los dientes, me reía bajito de puro aturdimiento. Ellos, experimentados, me tocaban con precisión quirúrgica. Sabían dónde empujar, dónde presionar, cuándo sostenerse y cuándo acabar. Ninguno era torpe. Ninguno tenía prisa.

Así que esto era lo que sabía mi hermana y no me había contado.

***

Al final me dejaron tirada sobre el asiento del fondo, empapada, con las piernas abiertas y sin fuerzas para cerrarlas. Don Ramón me pasó una botella de agua y me acomodó el vestido como si me vistiera una muñeca.

—La más rica de la semana, preciosa —me murmuró al oído—. Y eso que acá pasan muchas.

Me ayudaron a bajar del autobús uno por uno, palmeándome la espalda, apretándome la nalga de despedida, besándome la mejilla con una ternura extraña de abuelos satisfechos.

Caminé las cuatro cuadras hasta mi casa tambaleándome. Tenía el vestido pegado al cuerpo, la espalda marcada de las manos que me habían sostenido, los muslos temblando. Y una sonrisa que no me pude quitar en toda la noche.

Cuando llegué, mi hermana Silvia estaba despierta en la cocina, tomando café. Me miró de arriba abajo. Me olió. Entrecerró los ojos.

—¿Don Ramón? —preguntó, con una media sonrisa que ya lo sabía todo.

Me dejé caer en una silla.

—Don Ramón —contesté—. Y once amigos.

Silvia abrió la boca. Después la cerró. Después me sirvió una taza de café bien caliente y se sentó frente a mí con los codos sobre la mesa.

—Contame todo, hermanita —dijo despacio—. Pero todo. Desde el principio.

Le sostuve la mirada, di un sorbo al café y supe que esa noche íbamos a hablar hasta el amanecer. Y que el viernes siguiente, a la misma hora, yo iba a volver a pasar por el terminal. Despacio. Para que me vieran.

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Comentarios (7)

DiegoFan22

jaja no me esperaba ese giro al final, tremendo. Muy bueno!!

RossanaV

Dios mio que relato... me tuvo pegada hasta el final. Por favor que haya segunda parte, quede con muchisimas ganas de saber como termino todo

Inquieto68

Bien narrado, con suspenso y muy creible. Felicitaciones, de lo mejor que lei aca ultimamente

lectoRapido77

La protagonista no mide las consecuencias jajaja. Genial

Mirtha_leo

Me recordo a situaciones de cuando era mas joven, aunque no tan extremo je. Me encanto como esta contado, se siente real sin ser burdo

Hugo_C

La categoria maduras siempre trae buenos relatos pero este esta entre los mejores que lei aca. Segui escribiendo!

tomas_fdez

Lo del titulo al principio no sabia como iba a encajar y despues todo cobra sentido. Muy bien pensado

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