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Relatos Ardientes

Nunca debí mirar por esa ventana entreabierta

El otoño en el barrio tenía ese olor particular: asfalto húmedo después de la lluvia, humo de parrilla mezclado con el vapor que salía de la cocina del almacén de Lorenzo. Yo llevaba semanas notando algo raro en él. El tipo cerraba el negocio antes de hora los martes y los jueves, y siempre se iba por la puerta trasera con pasos rápidos y la cabeza gacha, como quien no quiere que lo vean. Esa noche, sin nada mejor que hacer, decidí seguirlo.

Lorenzo era un hombre de unos cuarenta y cinco años, corpulento, con manos gruesas de tanto cargar cajas y una barba cerrada que le daba un aire de permanente cansancio. Vivía en una piecita pegada al almacén, con una sola ventana que daba al callejón lateral. Esa ventana tenía la cortina siempre corrida. Esa noche estaba entreabierta.

Me agaché detrás de un contenedor de basura y me asomé apenas. Lo que vi me dejó clavado en el lugar.

Sandra estaba arrodillada sobre la cama. La conocía desde chico: era la madre de Rodrigo, mi mejor amigo desde la primaria. Treinta y nueve años, cuerpo lleno, el pelo negro hasta los hombros y esa manera de reírse que hacía que todos los hombres del barrio se distrajeran cuando pasaba. Siempre la había visto como la mamá de mi amigo, la señora que nos daba la merienda cuando íbamos a jugar a su casa. Pero lo que tenía delante no tenía nada que ver con eso.

Estaba completamente desnuda. Sus pechos grandes caían levemente hacia adelante, los pezones oscuros endurecidos. Lorenzo estaba parado frente a ella, desnudo también, con una erección que me sorprendió por su tamaño. Sandra la sostenía con ambas manos, mirándola con calma, sin ningún apuro en la cara.

—¿Qué esperás? —dijo Lorenzo con voz grave y tranquila.

Sandra no respondió con palabras. Abrió la boca y lo tomó despacio, solo la punta al principio, succionando con fuerza mientras su lengua trabajaba en círculos lentos. Lorenzo cerró los ojos y dejó escapar un sonido desde el fondo de la garganta, algo entre un gemido y un suspiro.

Yo seguía agachado, sin poder moverme. Sentía la sangre acumularse en la entrepierna, el pulso acelerado, la boca seca. Esto no lo debería estar viendo. Pero no podía apartar los ojos de esa ventana.

Sandra empezó a tragar más, las manos moviéndose al ritmo de su boca, el sonido húmedo mezclándose con los gemidos bajos de él. Lorenzo le agarró el pelo con una mano, sin apretar demasiado, guiándola apenas. Ella lo miraba de vez en cuando desde abajo con una expresión que no era de vergüenza sino de algo completamente diferente.

—Así —murmuró él—. Exactamente así.

Yo me llevé la mano a la entrepierna sin darme cuenta. La presión del pantalón se había vuelto insoportable. Me desabroché despacio, sin hacer ruido, y empecé a tocarme mientras miraba.

Sandra se incorporó, se limpió la comisura de la boca con el pulgar y le sonrió a Lorenzo con esa sonrisa sucia que yo nunca le había visto. Él le apartó el pelo de la cara con un gesto que podría haber parecido tierno si el contexto hubiera sido otro.

—Date vuelta —dijo ella. No como una pregunta.

Lorenzo obedeció. Sandra se puso en cuatro sobre el colchón, el trasero amplio y firme levantado, ofreciéndose con una naturalidad que hizo que algo en mi pecho se apretara. Él se arrodilló detrás, le pasó una mano abierta por la cadera y empezó a entrar despacio. Sandra apoyó la cabeza en los brazos cruzados y soltó un gemido largo y controlado, como alguien que recibe exactamente lo que necesitaba.

La escena duró más de media hora. Yo me quedé todo el tiempo, agachado en la oscuridad del callejón, masturbándome en silencio mientras los veía. Vi cómo Sandra cambiaba de posición varias veces, cómo le pedía a Lorenzo que fuera más profundo, cómo él le agarraba las caderas con firmeza y ella empujaba hacia atrás para encontrarse con cada movimiento. Vi cómo se corrió apretando los dientes, el cuerpo sacudiéndose, los dedos aferrados a las sábanas. Y vi cómo después lo tomó en la boca otra vez, limpiándolo despacio, sin ningún apuro.

Yo terminé afuera, en la oscuridad, y me limpié como pude. Después me alejé caminando despacio, con las piernas flojas y la cabeza llena de imágenes que no iba a poder borrar fácilmente.

***

Al día siguiente fui a lo de Rodrigo como si nada hubiera pasado. Él abrió la puerta en shorts y remera, con cara de aburrimiento de sábado.

—Pasá, estaba mirando una serie. Mi mamá fue al supermercado —dijo, haciéndome lugar.

Solo con escuchar «mi mamá» sentí algo moverse adentro. Me senté en el sillón del living y estuve callado un rato largo, mirando la pantalla sin ver nada.

—¿Estás bien? —preguntó Rodrigo—. Estás raro.

—Ayer vi algo —dije por fin.

Él bajó el volumen de la televisión y me miró.

—¿Qué cosa?

Tardé un segundo. Después lo solté todo. Le conté que había seguido a Lorenzo, la ventana entreabierta, Sandra arrodillada sobre la cama. Se lo conté con detalle, sin exagerar, porque no hacía falta. La verdad sola era suficiente para dejarte sin palabras.

Rodrigo no dijo nada durante un buen rato. Se quedó mirando la pantalla apagada, con los codos en las rodillas y las manos juntas entre las piernas. La respiración se le fue haciendo más lenta, más pesada.

—Estás seguro de que era ella —dijo al final. No como pregunta.

—Rodrigo, la conozco desde los ocho años.

Otro silencio. Me di cuenta de que tenía la respiración agitada. Y me di cuenta de algo más: se tocaba el muslo con los dedos, nervioso, pero también excitado. Se le notaba sin que él lo advirtiera.

—Contame más —dijo con la voz un poco ronca—. Cómo estaba ella.

Le conté el resto. Él escuchó todo sin interrumpir, con los ojos fijos en un punto de la pared, la mano apretando el muslo cada vez con más fuerza. Cuando terminé, exhaló despacio.

—La escucho a veces —dijo en voz muy baja—. De noche, desde su cuarto. Gemidos. Siempre pensé que era sola, mirando algo en el celular.

—No está sola —dije.

Silencio. Después me miró.

—¿Volvés a mirar esta noche?

***

Esa noche fuimos los dos. Le dijimos a Sandra que íbamos a un asado en lo de unos conocidos. Ella nos despidió desde la cocina, con un repasador en la mano y una sonrisa tranquila que no tenía nada de sospechoso.

—Que se diviertan, chicos. No vuelvan muy tarde —dijo.

A las diez y media ya estábamos agachados en el patio trasero de la casa, escondidos detrás de unos macetones grandes que Sandra tenía llenos de plantas. La ventana de su cuarto daba a ese patio. La cortina no estaba del todo corrida, y la luz de la lámpara de noche dibujaba un rectángulo amarillo sobre el suelo de tierra.

Adentro había un hombre que yo no esperaba encontrar. No era Lorenzo.

Era Germán, el mecánico de la vuelta. Un tipo de unos cuarenta y tantos, fornido, con brazos marcados de trabajar con motores toda la vida y una manera de moverse que hacía que todo pareciera pesado y deliberado. Tenía el torso descubierto y estaba parado al lado de la cama, mirando a Sandra con una expresión que no dejaba mucho a la imaginación.

Sandra estaba sentada en el borde del colchón, en ropa interior. Cuando Germán se acercó, ella se levantó y lo besó primero. Fue ella quien lo desvistió despacio, sin apuro, como quien conoce bien cada botón y cada hebilla.

Rodrigo respiró hondo a mi lado. No dijo nada.

Lo que siguió fue diferente a lo de Lorenzo. Más brusco, más directo, más ruidoso. Germán no era de los que iban con rodeos. La tomó de los hombros, la hizo girar y la empujó suave pero con toda la claridad del mundo hacia la cama. Sandra se acomodó sin resistencia, levantando las caderas instintivamente cuando él empezó a bajarle la ropa interior.

—Hoy te quiero escuchar —dijo Germán, con la voz baja y áspera.

—Entonces no pares —respondió ella.

Los gemidos de Sandra llegaban claros por la ventana entreabierta. Rodrigo y yo estábamos agachados en el patio, sin hablar, sin movernos. Los dos nos habíamos sacado las manos de los bolsillos casi al mismo tiempo, sin decir nada, y nos masturbábamos en silencio mirando la escena.

Germán la cogió de frente primero, con sus manos grandes aferradas a los muslos de ella, sosteniéndola levemente con cada empuje. Sandra le agarraba los hombros y le clavaba los dedos cuando él apretaba el ritmo. Sus pechos se movían, la boca entreabierta, los ojos cerrados.

—Más —decía ella de vez en cuando, con la voz apagada contra el cuello de él—. Más fuerte.

Después Germán la hizo girar, la puso boca abajo sobre el colchón y continuó desde atrás. Sandra arqueó la espalda, levantó las caderas y se encontró con él en el movimiento. El sonido cambió: más seco, más rítmico, más brutal. Ella mordió la almohada una vez, pero no para callarse sino porque ese era el único lugar donde poner la boca en ese momento.

Rodrigo se corrió primero, sin aviso, conteniendo un sonido entre los dientes apretados. Yo lo seguí casi al mismo tiempo, apoyando una mano en la pared del fondo para no perder el equilibrio.

Adentro, Germán terminó poco después. Sandra quedó tendida sobre el colchón, respirando fuerte, el pelo pegado a la cara y una expresión de agotamiento satisfecho que yo no iba a olvidar en mucho tiempo.

Nos estábamos subiendo los pantalones cuando escuchamos la ventana abrirse de golpe.

***

Sandra nos miró desde el interior del cuarto. Tenía una sábana enrollada alrededor del cuerpo y una expresión que no era exactamente de sorpresa. Era algo más difícil de descifrar que eso.

—¿Hace cuánto están ahí? —preguntó con voz baja.

Ninguno de los dos respondió. Rodrigo tenía la cara roja, los ojos clavados en el suelo del patio.

—Rodrigo. Mírame.

Él levantó la cabeza muy despacio.

Sandra lo miró durante un momento que se hizo largo. Después suspiró y abrió más la ventana.

—Entren por la puerta de la cocina —dijo—. Los dos.

***

Nos sentamos en las sillas pequeñas frente a la cama, como dos chicos que esperan una reprimenda. Sandra se había puesto una bata y se había recogido el pelo en una cola rápida. Germán ya no estaba; debió haberse ido por la puerta del fondo mientras nosotros rodeábamos la casa en silencio.

Ella nos miró durante unos segundos sin decir nada. Después cruzó los brazos sobre el pecho y habló.

—Hace tres años que vivo sola. No le debo explicaciones a nadie sobre lo que hago en mi propia casa. Lo primero que necesito que entiendan es eso.

Rodrigo asintió sin hablar.

—Lo segundo —continuó, más tranquila— es que esto no sale de aquí. No a sus amigos, no a nadie. ¿Entendido?

—Sí —dije yo.

—Sí —repitió Rodrigo en voz muy baja.

Sandra nos miró a los dos con una especie de cansancio honesto. Se sentó en el borde de la cama, apoyó las manos en las rodillas y exhaló.

—¿Cuánto vieron?

Le contamos. Ella escuchó todo sin interrumpir, con una expresión que no llegaba a ser vergüenza ni tampoco indiferencia. Cuando terminamos, asintió una vez, despacio.

—Lorenzo viene los martes y los jueves —dijo—. Germán cuando puede. No es nada serio con ninguno de los dos. Es lo que es, y no me disculpo por eso.

Rodrigo tragó saliva.

—Mamá…

—No me digas «mamá» con esa cara —lo cortó ella, sin dureza—. Tengo casi cuarenta años. Soy una mujer. No soy solamente tu madre.

Silencio largo. La lámpara de noche seguía encendida, proyectando esa luz amarilla sobre las sábanas revueltas.

Sandra nos miró a los dos con algo que no era acusación.

—¿Se excitaron mirando?

Ninguno respondió. No hacía falta.

Ella asintió levemente, como si esa fuera la respuesta que esperaba.

—Si alguna vez vuelven a espiar, avisen antes para que no me lleven un susto —dijo. Tampoco supe si era un chiste o no.

Rodrigo soltó una risa corta, nerviosa, casi involuntaria. Yo preferí no decir nada.

Nos fuimos a los pocos minutos. Sandra nos cerró la puerta de la cocina desde adentro. Caminamos media cuadra en silencio antes de que Rodrigo hablara.

—No sé qué pensar —dijo.

—Yo tampoco.

Pero los dos sabíamos que íbamos a pensar en eso durante mucho tiempo. Esa versión de Sandra, arrodillada sobre ese colchón con toda la seguridad del mundo, no era compatible con ninguna imagen que yo tuviera de ella guardada de antes. Y sin embargo ahora era la única que podía ver cuando cerraba los ojos.

Algunas imágenes se quedan para siempre. Esa noche aprendí que no siempre se elige cuáles.

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Comentarios (9)

ElVoyerista

tremendo!!! me quede pegado leyendo, no pude parar

NocheOscura33

necesito la segunda parte ya!! quede re enganchado con esto

ChicoNocturno99

me recordo a algo que me paso de joven, esa sensacion de ver algo que no deberias... muy real el relato, se siente autentico

Andres981812

muy bien escrito, senti la tension en cada parrafo. seguí publicando!

MarisolPaz

jaja la parte del callejon me puso nerviosa, que angustia tan bien descripta

Tomas_ok

genial, corto pero con mucha intensidad. esperando mas de este tipo de relatos

LaraM91

que bueno!! de los mejores que lei por aca ultimamente

CuriosoAno22

y despues que paso? se descubrio todo? jaja me quede con la duda, hace falta continuacion

PedroCba

increible, me enganche desde las primeras lineas. buenisimo

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