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Relatos Ardientes

Bajé por agua y me encontré al abuelo de mi amiga

Hace dos semanas que no duermo bien. Si cierro los ojos, vuelvo a esa cocina, a esa silla, a esas manos que no eran las de un abuelo. Me llamo Camila, tengo veinte años, y lo que pasó esa noche en casa de Julieta todavía me despierta empapada a las tres de la madrugada.

Julieta y yo nos conocimos el primer día de kínder. Somos de esas amigas que se adivinan los pensamientos sin hablar. Sus abuelos siempre vivieron con ellos en una casona vieja del barrio alto, con escaleras de madera que crujen y un jardín demasiado grande para tres personas. Yo pasaba ahí la mitad de mis fines de semana. Don Ramiro, el abuelo de Julieta, me trataba como si fuera su nieta también. Me decía «pequeña», me preparaba café cuando me veía cansada, me abrazaba al llegar y al irse. Tiene sesenta y dos años y todavía juega tenis los sábados.

Alto, ancho de espalda, con el pelo blanco peinado hacia atrás y una barba recortada que le tapa apenas el mentón. Manos grandes. Siempre me fijé en sus manos, aunque nunca me permití pensar por qué.

Esa noche mis padres estaban fuera por un viaje de trabajo. Julieta me invitó a dormir en su casa para no dejarme sola. Cenamos tarde, vimos dos películas malas, comimos helado hasta empalagarnos y ella se durmió pasada la una de la mañana, ovillada entre los peluches de su cama. Yo no pude seguirla. Había demasiado calor en esa habitación, el ventilador hacía más ruido que viento, y algo en el pecho no me dejaba quieta. Una ansiedad vieja, tonta, sin nombre.

A las tres, me levanté. Solo llevaba puesta una camiseta blanca de tirantes, tan corta que apenas me cubría el ombligo, y unas bragas de algodón negras. No me molesté en ponerme el sostén. Nunca lo uso para dormir y mis pechos, grandes, se movían sueltos bajo la tela fina. Bajé descalza por la escalera, intentando no hacer ruido, con la boca seca y el calor pegándome el pelo a la nuca.

La cocina estaba iluminada. No por la luz principal, sino por el halo tibio del extractor sobre la hornilla. Me quedé en el umbral un segundo, confundida. Y entonces lo vi a él.

Don Ramiro estaba sentado a la mesa, con una taza humeante entre las manos y el pantalón del pijama gris. Sin camisa. Tenía el pecho ancho, con algo de vello blanco, y una sombra en las costillas que yo nunca había imaginado. Levantó la vista y sonrió con la calma de siempre, como si encontrarme así, medio desnuda, a las tres de la mañana, fuera lo más natural del mundo.

—Pequeña —dijo en voz baja—. ¿Tampoco tú puedes dormir?

Se me subieron los colores de golpe. Sentí el aire de la cocina en las piernas, en la barriga, en los pechos. Intenté bajarme la camiseta con un gesto discreto, pero solo conseguí marcar más los pezones contra la tela. Sus ojos bajaron apenas un segundo, lo suficiente como para que yo lo notara, y volvieron a los míos con una suavidad nueva.

—Hace mucho calor —murmuré—. Vine a tomar agua.

—Siéntate un rato conmigo. A veces conversar ayuda.

Dudé. Juan, el hijo, dormía arriba con su esposa. Julieta, en la habitación contigua. Había cinco puertas cerradas entre nosotros y el resto del mundo, pero todas podían abrirse. Aun así, di tres pasos hacia él.

Don Ramiro empujó la silla hacia atrás y dio unas palmaditas en su muslo.

—Aquí no queda cómodo. Ven aquí, pequeña. Que tu abuelito te ayude a relajarte.

—Soy muy pesada —alcancé a decir, con la voz más baja de lo que quise.

—Para nada. Así me gustan las mujeres, con dónde agarrar. Julieta parece un junco. Tú eres otra cosa.

Esa frase, dicha sin adornos, me tocó algo que no sabía que tenía. Nunca nadie me había comparado con Julieta y elegido a mí. Sentí un golpe cálido en el estómago, como si alguien hubiera abierto un horno. Mi corazón se dio vuelta. Sé que esto no tiene nombre decente. Y aun así me acerqué.

Me senté sobre su pierna, de lado, apoyando la espalda contra su pecho. La piel desnuda de él, tibia, olía a jabón y a algo más antiguo, como madera mojada. Sus muslos eran firmes. Un músculo duro bajo el tejido del pijama. Noté cómo el calor entre los dos se multiplicaba.

—Así —susurró cerca de mi oreja—. Buena chica.

Sus manos, esas manos que yo siempre había mirado sin saber que las estaba mirando, se apoyaron primero sobre mis rodillas. Subieron despacio. Acariciaron el costado de mis muslos con una delicadeza que yo no esperaba en alguien tan grande. Cerré los ojos. Se me escapó un suspiro largo.

—¿Ves? Solo necesitabas que te bajen las revoluciones —dijo, y su voz era más grave de lo habitual, más baja, más mía—. Cierra los ojos. No pienses.

Sus manos siguieron subiendo. Cuando rozó el borde de mis bragas con la yema del pulgar, di un saltito involuntario y él sintió mi tensión.

—Tranquila, pequeña. Si quieres que pare, paro. Pero no voy a hacerte nada que no quieras. Dímelo.

No dije nada. No podía. Apreté los muslos uno contra el otro y él interpretó el silencio. El silencio y las piernas. Un dedo grueso trazó el pliegue de mi ingle, por encima del algodón, y ahí se detuvo.

—Estás toda dura aquí —murmuró—. ¿Quieres que te ayude mejor?

Asentí. Apenas. Un movimiento de cabeza tan pequeño que casi no existió. Pero él lo vio.

Su mano se metió bajo la cintura elástica de mis bragas y bajó hasta donde yo estaba hirviendo. Abrió los labios con los dedos, despacio, y cuando encontró el punto exacto chasqueó la lengua muy quedito.

—Dios, pequeña —gruñó bajito—. Estás toda mojada. ¿Cuánto hace que nadie te toca así?

No supe qué contestar. La respuesta era que así, nunca. El chico con el que había estado tres meses me había tocado como si estuviera abriendo una puerta que no le interesaba cruzar. Don Ramiro me tocaba como si ya conociera el pasillo entero.

Empezó a trazar círculos lentos sobre mi clítoris, con una firmeza que yo no le había enseñado a nadie. Intenté no gemir. Un gemido se me escapó igual. Él me tapó la boca con su otra mano, rápido, sin violencia, pero con una autoridad que me derritió. La palma era enorme, me cubría hasta la nariz. Me hizo sentir chica. Me hizo sentir suya. No sabía que necesitaba algo así.

Un dedo entró. Luego dos. Se movía despacio dentro de mí, al ritmo del pulgar afuera, mientras yo apretaba los dientes contra su palma y respiraba por la nariz como si estuviera corriendo.

—Qué calentita, mi niña —decía en mi oído—. Qué rica.

Arriba alguien tosió. Me congelé. Él no. Siguió moviendo los dedos, besándome la sien, susurrándome que estaba bien, que nadie iba a bajar, que él me iba a cuidar. Y cuando el cuerpo arriba se volvió a silenciar, mis caderas empezaron a subir solas contra su mano, buscando más.

Me corrí así, temblando sobre su muslo, con la boca tapada y los ojos llenos de lágrimas por el esfuerzo de no hacer ruido. Él no paró de inmediato. Siguió moviéndose despacio, alargándolo, sacándome cada resto de placer como quien escurre una naranja. Cuando por fin me quedé floja, me besó la sien y me dijo al oído:

—Eso fue el principio, pequeña.

Me levantó como si yo pesara la mitad de lo que peso. Me sentó en el borde de la mesa de la cocina, sobre el mantel individual de lino que don Ramiro usaba cada noche. Me separó las piernas con una mano tranquila.

—Ahora quiero probarte bien.

Se arrodilló entre mis rodillas. Yo estaba mareada, con la respiración corta y las bragas todavía puestas. Él me las bajó despacio. Después, sin pedir permiso, me las puso en la boca.

—Muerde esto. No quiero que nadie te escuche, pequeña.

El algodón tenía mi humedad. Mi propio sabor, que nunca había probado así, me tocó la lengua y me confundió. Don Ramiro me besó la cara interna del muslo. Subió. Subió despacio. Cuando su boca encontró mi centro, cerré los ojos con tanta fuerza que vi chispas.

Él no era delicado. Era preciso. Usaba la lengua como si llevara años estudiándome. Lamía, succionaba, dejaba que el aliento tibio se quedara quieto sobre el clítoris justo antes de volver a moverse. Sus manos me agarraban los muslos, abiertos, sin dejarme cerrar. Me miré los pies descalzos y vi que se me habían contraído los dedos. Nunca me había pasado.

Me corrí por segunda vez mordiendo la tela, con una mano en su pelo blanco y otra agarrando el borde de la mesa. Lo sentí respirar hondo contra mí, como un animal grande que se alimenta despacio.

Cuando se levantó, el pantalón del pijama se le había bajado solo. Su verga estaba dura, gruesa, con venas marcadas y la cabeza oscura. Más grande que todo lo que yo había tenido. Tragué saliva.

—Mírame —me pidió.

Lo miré. Apoyó la punta en mí, dudó un segundo, y entró. Despacio. Centímetro a centímetro, vigilando mi cara. Mis dedos se clavaron en su hombro. Me abrí de una forma que no conocía. Cuando llegó al fondo, se quedó quieto, con los ojos cerrados, respirando fuerte.

—Qué cosa más hermosa, pequeña.

Empezó a moverse. Al principio con cuidado. Después, cuando vio que yo lo seguía, con más fuerza. La mesa crujió. Las copas del aparador tintinearon. Me sacó las bragas de la boca y me besó, por primera vez en la boca, con una lengua que ya me conocía por dentro. Me agarró un pecho con toda la mano, me apretó el pezón entre el índice y el pulgar, y yo me corrí otra vez, apretándolo contra mí.

—Voy a terminar dentro de ti, pequeña. ¿Me dejas?

Asentí sin pensar. Lo sentí estremecerse, gruñir bajo, y llenarme con una calidez lenta que me hizo arquear la espalda. Se quedó dentro de mí hasta que dejó de pulsar. Después me besó la frente. Un beso suave, de abuelo. El contraste me desarmó.

Se subió el pantalón del pijama, me limpió con una servilleta de tela, me subió las bragas con la misma delicadeza con la que un padre le pone el pijama a una hija, y me bajó de la mesa.

—Sube a dormir, pequeña —me dijo—. Yo aquí acomodo todo.

Me acomodó el pelo detrás de la oreja. Y justo antes de que diera el primer paso, me agarró la muñeca sin apretar, solo para que lo escuchara.

—Si quieres, mañana también bajas.

Asentí. Subí. Me acosté al lado de Julieta, que seguía abrazada a su peluche, respirando despacio. Ella no supo nada. No va a saber nunca.

***

Desde entonces, cada vez que paso la noche ahí —y paso muchas—, bajo a la cocina a las tres de la mañana. A veces solo hablamos. A veces no. Lo que sé es una sola cosa, y la sé sin duda.

Ningún chico de mi edad me ha tocado nunca como me tocó ese hombre.

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Comentarios (8)

DiegoR

tremendo relato, no me lo esperaba para nada jaja. muy bueno

Carlos84

que situacion!!! me encantó como lo contaste, se nota que es real

NocturnoLect

excelente!!! hay segunda parte?

MarcosBA77

jajaja el calor del verano tiene la culpa de todo, tremendo

pampero1979

Muy bien escrito, sabes como crear tension desde el primer parrafo. Espero que sigas subiendo mas historias asi

Caro_Mdq

me quede con ganas de mas!! a ver si sube la continuacion

SantiMdq

buenisimo

AndreaCba

me recordó algo parecido que me pasó una vez jaja, aunque no tan picante. Excelente relato, seguí así!

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