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Relatos Ardientes

Los mecánicos del barrio me quitaron las ganas

Llevaba semanas caminando despacio cuando pasaba frente a ese taller. No era casualidad: era una excusa. Rubén y Damián trabajaban ahí todas las tardes, y yo me había acostumbrado a recibir sus miradas como quien recibe un saludo. Ellos levantaban la vista cuando yo aparecía, y yo bajaba la mía con una sonrisa que no engañaba a nadie.

Esa noche, cuando salí para la fiesta de Matías, ni siquiera pensé en ellos. Me había dado un regaderazo frío para quitarme el calor del verano, y me había puesto un short cortito de mezclilla, una ombliguera de tirantes y unas mallas de red. Nada especial, pero suficiente para que los ojos giraran cuando caminaba por la calle.

Mis papás se iban a quedar solos en casa. Mi papá había organizado una cena sorpresa para mi mamá y me pidió no volver antes de la medianoche. Acepté con una sonrisa, porque una fiesta significaba más horas lejos de casa y más oportunidades de encontrarme con lo que me gustaba encontrarme.

Pasé frente al taller antes de llegar a la esquina donde me esperaba Carolina. Damián estaba metido dentro del motor de un autobús blanco de pasajeros, con la tapa abierta. Rubén salió a gritarle algo y al verme se detuvo. Los dos me miraron con esa cara que me ponían siempre: hambre disimulada, promesa guardada. Les mandé un beso. Ellos me lo devolvieron. Seguí caminando sintiendo sus ojos clavados en mi espalda.

La fiesta de Matías fue exactamente lo que temía. Mucha cerveza, pocos hombres de verdad. Andrés, mi ex, me sacó a bailar una bachata y se pegó más de la cuenta. Después le restregué el culito encima de una silla mientras los demás gritaban como niños de secundaria. Nos dimos un beso en la calle a la una, pero lo mandé a su casa sin más. No estaba de humor para jugar con recuerdos.

Todo me parecía pequeño esa noche. Todo me aburría.

A eso de las diez me arrepentí de haber ido. Carolina ya estaba encerrada en un cuarto con Emilio. Valeria y Renata cogían en la recámara de arriba con unos chicos que apenas conocía. Paula estaba empinada sobre el lavabo del baño con su novio. Yo era la única que seguía abajo, aguantando a los imbéciles que se aventaban bolsas de frituras camino al Oxxo.

Me di media vuelta y salí caminando sola. Pensé en pedir un Uber, pero la noche estaba fresca y yo tenía todavía la calentura guardada desde la tarde. Caminé sin rumbo unas cuadras, dejando que el aire me limpiara la tontería de la fiesta. Me perdí un poco, revisé el mapa, volví a orientarme. Tomé una calle que me sacaba derecho a la avenida.

Y entonces vi el autobús.

Estaba estacionado en el mismo lugar, pero la calle entera estaba a oscuras. Supuse que ya se habían ido. Aceleré el paso. Pasé frente a la trompa del camión, di dos pasos más y escuché la voz.

—Hey, princesa.

Me detuve. Rubén se asomaba por la ventana del conductor. Me hizo un gesto para que esperara y bajó. Tenía la camisa desabotonada y olía a cerveza y a grasa. Me preguntó qué hacía sola a esa hora. Le conté que la fiesta había estado muy aburrida. Se rió.

—¿Un caldo de pollo para la desilusión? —dijo. En eso Damián bajó también del autobús.

Damián era más bajo que Rubén, más ancho, con la barba canosa corta y una panza que me gustaba más de lo que estaba dispuesta a admitir. Me miró de arriba abajo sin disimulo.

—Vaya, pero si es mi putita —dijo sonriéndome—. ¿Qué andas haciendo sola, canija? ¿Buscando verga?

Me reí. No lo negué.

Rubén insistió. Solo una cerveza, prometieron. Después me llevaban a la casa. Me tomaron cada uno de una mano y me jalaron hacia el autobús. No puse mucha resistencia. Dejé que me subieran.

Dentro del camión habían improvisado una mesa entre los asientos del fondo. Había pizza fría, cervezas y una baraja tirada como si hubieran estado jugando antes de que yo apareciera. Rubén cerró la puerta. Damián me destapó una cerveza y me la puso en la mano.

—Damián —dijo, señalándose.

—Rubén —dijo el otro.

Les dije mi nombre. Los dos se miraron entre ellos como si acabaran de ganarse la lotería.

Me preguntaron si sabía jugar cartas. Les dije que sí, que mi papá me enseñó de chica. Me ofrecieron entrar a la ronda, pero no tenía dinero. Rubén apostó por mí. Perdí. Damián propuso una regla nueva: la que perdiera, hacía lo que los dos quisieran. No me molesté en aclarar que me parecía buena idea. Me serví otra cerveza mientras repartía.

Perdí también la siguiente ronda. Damián me pidió enseñarle las tetas. Me levanté la ombliguera sin pensarlo y se las mostré. Los dos soltaron una carcajada: habían apostado entre ellos el color de mis pezones. Rubén ganó esa apuesta. Les gustó tanto la broma que cambiaron el juego otra vez: el que sacara la carta más alta, perdía una prenda.

Fui quedando desnuda pedazo por pedazo. Primero la chamarra, después la blusa, después el short. Damián quedó antes que yo en calzoncillos, con la erección levantándole la tela como si fuera una carpa. Rubén conservó más prendas, pero me miraba como si estuviera calculando cuánto iba a aguantar sin tocarme.

En un momento cambiaron las reglas una vez más: el que sacara la carta menor, le quitaba la última prenda al otro. Me tocó bajarle el bóxer a Rubén. Su verga morena rebotó en mi frente cuando la tela cayó. La agarré con la mano y la sentí caliente, dura, perfecta para olvidarme de la fiesta.

En la siguiente ronda fui yo la que perdí. Damián me empinó contra el asiento y metió los dedos entre los cuadritos de las mallas. Las rasgó por el centro con un tirón seco. Me las bajó hasta las rodillas y me dio dos besos, uno en cada nalga. Sentí que la sangre se me iba entera a la vulva.

La baraja ya sobraba.

Me puse de rodillas entre los dos y agarré las dos vergas, una con cada mano. Les dije que el que sacara la carta mayor iba a ser el primero en estrenar mi boca, y al otro le tocaba comerme por detrás. Los dos aceptaron. Rubén ganó el tiro.

Damián derramó un poco de cerveza fría sobre mis tetas y me las chupó de arriba abajo. Fue bajando con la lengua, con pequeños mordiscos, hasta que me puso de rodillas sobre el asiento y hundió la cara entre mis nalgas. Yo me empiné para recibirlo mejor, y me metí la verga de Rubén hasta la garganta. Él me agarró del pelo y empezó a embestirme la boca como si quisiera atravesarme. Las arcadas les encantaban. Rubén se detenía cuando sentía que no podía más y me dejaba respirar. Damián me lamía la vulva con una paciencia que nunca había encontrado en un hombre joven.

Rubén no aguantó mucho. Me acostó de espaldas en el asiento largo, me levantó las piernas y me la metió de a poquito. Yo ya estaba empapada. Damián se había puesto a un lado, masturbándose despacio, esperando su turno. Rubén aceleró. Me sacaba la verga entera, me golpeaba el clítoris con la cabeza, y me la volvía a meter de un empujón.

Me corrí con él adentro. Temblé tanto que tuvo que sostenerme por las caderas para que no me cayera del asiento.

Damián tomó su lugar. Se sentó en el asiento y yo me subí encima, con la espalda pegada a su pecho. Rubén se paró frente a mí y me dio su verga en la boca. Los dos me cogían al mismo tiempo, uno por abajo y otro por arriba, y yo solo podía gemir con la boca llena. Damián me abrazaba con sus brazos toscos, me lamía el cuello, me decía cosas al oído sobre cómo había soñado con esto desde la primera vez que me vio pasar.

—Sabía que eras una putita —me susurró—. Se te notaba en los ojos.

Rubén no aguantó más. Me pidió que lo dejara venirse en mi boca. Me la saqué un segundo para tragar aire y la volví a atrapar. Se vino caliente, espeso, con un gemido que hizo temblar el autobús entero. Yo no solté la verga hasta que la dejé limpia.

Damián me acomodó a horcajadas, de frente. Me abrazó la cadera con sus manos ásperas y me dejó marcar el ritmo. Le di sentones lentos al principio, profundos, como si quisiera sentir cada milímetro. Después aceleré. Sus brazos me apretaban tan fuerte que iba a dejar marca.

—Ya me vengo —me dijo con la voz ronca—. ¿Te dejo adentro?

Le dije que sí.

Me abrazó, aceleró, y se vino con un grito contenido. Sentí el calor llenarme por dentro. Me quedé quieta sobre él, con la frente apoyada en su hombro, sintiendo cómo la verga se le iba aflojando sin salirse.

***

Cuando por fin nos separamos, Rubén estaba sentado en el asiento de enfrente, con los codos en las rodillas, mirándonos con una sonrisa que no le había visto antes a nadie. Como si yo le hubiera cumplido una fantasía que llevaba años guardando.

Nos vestimos despacio. Me ayudaron con las mallas rotas, que ya no servían para nada. Las doblé y las guardé en el bolso como trofeo. Eran casi las once. Me dijeron que me llevaban a casa.

Antes de bajar del autobús, Damián me agarró de la barbilla.

—¿Vuelves? —me preguntó.

Le dije que sí sin pensarlo.

—Pero en el taller —le dije—. Quiero que me cojan ahí, con la cortina a medio bajar. Aunque haya clientes esperando.

Los dos se miraron. No sé qué tanto alcanzaron a imaginar, pero vi la luz prenderse en sus ojos.

—Preparamos la ocasión —dijo Rubén—. No te compartimos con cualquiera, pero algo se arma.

Subimos al coche de Rubén. Pasamos por una taquería cerca de la avenida. Pedí tacos de suadero porque el hambre me había vuelto después de todo. Damián me pagó la cena. Mientras comíamos, los dos me acariciaban las piernas por debajo de la mesa, y yo me iba calentando otra vez aunque acabábamos de terminar.

Me dejaron a dos cuadras de mi casa, por si acaso. Rubén me dio un beso largo antes de bajar. Damián me dio una nalgada por encima del short.

Caminé hasta la puerta moviendo el culo para ellos, que me miraban desde el coche. Les hice adiós con la mano. Arrancaron.

Entré a mi casa, subí las escaleras y saludé a mis papás desde la puerta de su recámara. Estaban viendo una película. Les di las buenas noches y me metí a mi cuarto.

Me desvestí frente al espejo, despacio, mirando las marcas que Damián me había dejado en la cadera. Me puse unas pantis limpias y una blusa de tirantes. Me metí a la cama. Tenía el cuerpo adolorido como si hubiera corrido un maratón, pero estaba tan despierta que tardé media hora en quedarme dormida.

Antes de apagar la luz, busqué el número de Rubén en mi celular y le mandé un mensaje corto.

El jueves. Con clientes esperando, o sin clientes esperando. Tú decides.

Tardó menos de un minuto en contestar.

Trae falda.

Sonreí con el teléfono en la mano, lo apagué y me hice bolita entre las cobijas. El lunes iba a empezar a caminar otra vez frente al taller, como siempre. Pero esa semana la cosa iba a ser distinta. Esa semana ellos ya sabían a qué iba yo.

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Comentarios (7)

CuriosaYoli

que relato!! me quede pegada leyendo hasta el final, no pude parar

PatricioB

Buenisimo. Espero que haya segunda parte!

MarisolDC

Me encanto como lo contaste, se siente autentico. Sigue escribiendo por favor

Norberto45

Los relatos de maduras tienen algo especial que los demas no tienen... gracias por este

Feli_BA

lo lei dos veces jaja. tremendo

rosaura_k

La parte del autobus me tuvo con el corazon acelerado. Muy bien narrado

Sandra_Cba

Hace rato que no leia algo que me enganchara asi desde el principio. Muy bueno, espero mas relatos

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