La apuesta que terminé pagando de rodillas una semana
Cuando supe cuál era la prenda me quedé muda. No por incapaz, sino porque me exponía con un hombre que conocía a media ciudad. Y aun así llegué puntual el primer día.
Cuando supe cuál era la prenda me quedé muda. No por incapaz, sino porque me exponía con un hombre que conocía a media ciudad. Y aun así llegué puntual el primer día.
La primera vez que sus manos la examinaron supo que ningún hombre de su edad la había tocado así: sin prisa, con la certeza de quien lo sabe todo.
Me abrazó por detrás mientras yo buscaba el hielo en la cocina, y cuando su lengua rozó mi cuello supe que aquel niño se había convertido en un hombre.
Llevaba un mes en recepción cuando la fiesta de viernes lo cambió todo: una mano bajo la mesa, una decisión que no pensé, y un lunes que ya no fue trabajo.
El árbol que crecía entre nuestros patios fue solo la excusa. Lo que de verdad quería estaba del otro lado de esa pared, y aprendí a saltarla cada vez que él se iba.
Volví a casa con el cuerpo todavía encendido por la noche anterior, sin imaginar que una charla en la cocina iba a desarmarme más que cualquier caricia.
Él solo había hecho su trabajo de médico. Ella entró sin llamar, cerró la puerta y le dijo que esa noche no venía a hablar de su hijo enfermo.
La solicitud venía de un chico tímido, amigo de mi sobrino. Tardé semanas en contestarle y un mes en aceptar que quería tenerlo en mi cama.
Cuando abrí los ojos sobre su pecho y vi cómo me miraba, entendí que la siesta había sido solo el descanso entre un asalto y el siguiente.
Dijo que se sentía mareada y necesitaba ayuda. Cuando entré a su departamento y nos sentamos en el sleeping del suelo, descubrí que la presión no era lo único que le subía esa mañana.
Cuando Camila salió del cuarto disfrazada de diabla con un tridente en la mano, supe que esa noche no íbamos a dormir vírgenes.
El coche de Roberto dobló la esquina y Valeria ya tenía el teléfono en la mano. Solo necesitaba escribir cuatro palabras para que Diego viniera corriendo.
Tenía veintitantos años, era negro como el azabache y tenía las manos enormes. Yo llevaba un camisón de seda. Alguien iba a cometer un error esa mañana.
Nunca había estado con una mujer. Cuando abrí la puerta y la vi ahí parada, supe que esa noche algo en mí iba a cambiar para siempre.
Lucía y Marcos empezaron a hacerlo delante de nosotros como si fuera lo más natural del mundo. Y yo no pude ni moverme.
Reconocí el apellido en cuanto lo dijo. Dos años atrás había estado con su tía, y ahora ella me miraba con esos mismos ojos oscuros y esa boca pequeña.
Ella nunca había estado con nadie. Yo era su primo. Lo que empezó como una reunión familiar terminó de madrugada cuando me susurró que me había esperado toda la noche.
Pasamos de clienta y prostituto a algo que no tenía nombre. En esas vacaciones en la playa, ella rompió los tabúes que había cargado toda la vida.
Llevaba meses sin verla. Cuando la vi en la entrada del restaurante con su barriga redonda y esos ojos oscuros, entendí que me seguía gustando tanto como antes, quizás más.
Cuando la tormenta apagó las luces y los truenos sacudían las paredes, ella se acurrucó contra mí. Llevaba años sin sentir el calor de nadie. Eso lo cambió todo.