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Relatos Ardientes

Me escribió haciéndose pasar por su padre

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Llevo años usando aplicaciones de citas. No para encontrar pareja, sino por el gusto del juego: el primer mensaje, el primer encuentro, descubrir en qué momento alguien decide que quiere más de lo que yo estoy dispuesta a dar. Con el tiempo aprendí que la mayoría quiere formalizar, y que la mayoría acepta cualquier versión de las cosas que yo les ofrezca.

Rodrigo llegó a mi vida por una de esas aplicaciones hace un par de años. Divorciado, con una forma de escribir que me pareció inteligente y algo melancólica. Nos vimos, nos gustamos, y a las pocas semanas él decidió llamarme su novia. Nunca lo corregí. Era cómodo: tenía compañía cuando quería, una polla decente cuando se me antojaba follar, y los días que prefería estar sola simplemente no respondía mensajes y el mundo seguía girando.

De su hijo sabía lo básico. Se llamaba Nicolás, tenía diecinueve años, estudiaba en otra ciudad, y vivía con su madre durante el año. Rodrigo lo mencionaba seguido, con ese orgullo sin alardes que tienen los padres divorciados que no ven suficiente a sus hijos. Cuando empezaron las vacaciones de verano me avisó que Nico vendría a quedarse con él por los meses libres.

No esperaba encontrármelo en una visita que no duró ni dos horas.

Llegué a casa de Rodrigo un jueves al mediodía. No era nada planeado: tenía que pasar por el supermercado después y aproveché para saludarlo de camino. Me había puesto una blusa que había amarrado al centro, dejándola como top, con un escote que yo sabía exactamente lo que hacía cuando me inclinaba. Y sin sostén debajo, porque a mis treinta y cuatro mis tetas todavía se sostenían solas y no veía razón para esconderlas.

Rodrigo me abrió con la chaqueta ya puesta y la corbata a medio ajustar. Atrás de él, sentado a la mesa del comedor con el teléfono en la mano, había un chico de hombros anchos y ojos oscuros que levantó la vista cuando entramos. Me miró un segundo y después sonrió, como si hubiera tardado en decidir si valía la pena mostrar esa sonrisa.

Decidió que sí.

—Nico, te presento a Valeria —dijo Rodrigo.

—Qué bueno conocerte, cariño —le dije, con la naturalidad de quien usa ese trato con todo el mundo. Lo hago siempre con los chicos jóvenes: los incomoda de una forma que encuentro muy útil.

Fui a la cocina por café. Cuando volví con la cafetera noté que Nico no había vuelto a tocar el teléfono. Me incliné sobre la mesa para servirle a Rodrigo y sentí los ojos de él bajando solos sin que se molestara en disimularlo. Le dejé ver. Los pezones se me marcaban contra la tela y yo sabía que él lo estaba notando.

—¿Alguien quiere café? —pregunté.

—Yo sí —dijo Nico.

Fui a buscar una taza. Desde la cocina escuché a Rodrigo preguntarle cuándo había empezado a tomar café.

—Desde que los exámenes se pusieron difíciles —respondió él.

Volví y me incliné para servirle, exagerando el gesto. La blusa se abrió lo justo para que se le viera más de lo que un café normal permite. Nico siguió hablando con su padre, pero los ojos se le habían ido a mi escote con esa concentración de quien todavía no aprendió bien a fingir indiferencia. Me quedé inclinada un segundo más de lo necesario. Él tragó saliva y bajó la mano por debajo de la mesa, acomodándose algo que ya empezaba a molestarle ahí abajo.

Me puse detrás de Rodrigo y le di un masaje breve en los hombros mientras Nico nos observaba sin pretender hacer otra cosa.

—Me alegra que hayas venido —le dije—. Así nos conocemos mejor.

—A mí también —dijo él—. Mi papá habla mucho de vos.

Rodrigo retomó la conversación sobre los estudios. Yo escuchaba sin prestar mucha atención, y en un momento, sin apuros, jalé uno de los lados de la blusa. El nudo cedió lo justo. Una de mis tetas quedó completamente al aire, el pezón duro apuntándole directamente a Nico.

Nico llevaba la taza a los labios.

El café aterrizó sobre la corbata de Rodrigo.

—¿Qué te pasó? —preguntó Rodrigo, mirando la mancha.

—Me ahogué. Perdón, pa.

Rodrigo se levantó a cambiarse. Yo fingí darme cuenta del accidente justo entonces, me recompuse con cara de sorpresa inocente, y me acerqué a limpiar la mesa. Me incliné para recoger servilletas mojadas, el escote de nuevo en dirección a Nico, que tampoco hizo ningún esfuerzo por mirar a otro lado. El bulto en su pantalón era ahora imposible de disimular.

—Qué desorden armaste —le dije en voz baja, mirándole la entrepierna sin pudor.

Él no respondió. Me miraba directamente, con esa calma levemente insolente que me resultó más interesante de lo que debería. Le subí los ojos a la cara, despacio, dejando claro que había visto lo que tenía ahí abajo.

***

Rodrigo bajó con la corbata nueva, se despidió de Nico con un abrazo rápido, me dio un beso en la mejilla, y salió casi corriendo porque llegaba tarde. Quedamos solos.

Subí al cuarto de Rodrigo a buscar ropa limpia que tenía guardada ahí y darme el baño que había prometido antes de seguir con mis pendientes. Me puse una bata de seda que dejé sin atar mientras rebuscaba en el cajón, los pechos al aire y el coño apenas tapado por el borde de la tela. Escuché pasos en el pasillo y cuando me giré, Nico estaba en el marco de la puerta.

—Perdón —dijo, sin mover los ojos de mi cuerpo—. Pensé que ya habías salido.

—Yo me quedo un rato más.

Me miró de arriba abajo sin prisa. Le devolví la mirada igual de despacio, parándome de manera que la bata se abriera todavía más.

—¿Necesitás algo? —le pregunté.

—Dinero. Mi papá dijo que en su cajón hay.

—Y dijo también que bajes sus lentes, que los dejó en la mesa.

Bajamos juntos. Rodrigo se despidió en la puerta y salió. Nico tomó los lentes de la mesa y los llevó arriba. Yo seguí hacia el baño del pasillo.

Me paré frente al espejo. Me quité la bata. Me miré entera: las tetas firmes, el vientre plano, el coño depilado y ya un poco mojado de pensar en el bulto que le había visto al pibe. Estaba a punto de abrir la ducha cuando vibró el teléfono.

Era un mensaje de Rodrigo.

"Verte en esa bata esta mañana me puso de muy buen humor. Mandame algo para el resto del día."

Lo leí dos veces. Era raro: Rodrigo no escribía así normalmente, sus mensajes solían ser más directos, casi telegráficos. Pero el nombre era el suyo y yo no tenía motivos para sospechar nada. Me saqué fotos frente al espejo. Una de las tetas apretadas con el brazo, otra de perfil con el culo arqueado, otra con dos dedos abriéndome los labios del coño. Le mandé ocho.

"Dios. Mandá más."

Cinco más. Me bajé hasta el espejo grande, abrí las piernas, me metí dos dedos y los saqué brillantes para la cámara. Le mandé una con la lengua recorriéndome los dedos mojados.

Un minuto después llegó una foto de él, o lo que debía ser él: solo se veía el glande hinchado y un tramo corto del tronco grueso, con un ángulo raro que evitaba mostrar el fondo de la habitación. Una polla más grande que la de Rodrigo, ahora que lo pienso. Algo extraño, pero no le di importancia.

"Ojalá esa verga estuviera dentro mío," escribí, sin pensarlo mucho.

Dejé el teléfono junto al lavabo y abrí la ducha.

Llevaba menos de un minuto bajo el agua, con el chorro recorriéndome los pezones duros, cuando la puerta chirrió.

Abrí la cortina.

Nico estaba parado junto a la pared, el teléfono de su padre en una mano, la otra metida dentro del pantalón a medio bajar, con la verga afuera y los dedos cerrados alrededor moviéndola despacio. Me miró sin moverse, sin soltarse.

—¿Qué estás haciendo? —le pregunté, sin dejar de mirar lo que tenía en la mano.

Se corrió un paso hacia atrás, pero no salió. Levantó el teléfono.

—Era yo —dijo—. Desbloqueé el celular de mi viejo cuando bajaste los lentes y te escribí desde ahí.

Silencio.

—Y me contestaste que querías mi verga adentro —añadió, como si todavía necesitara explicar la conclusión lógica.

La había entendido perfectamente.

Cerré la cortina hasta la cintura y lo miré. Seguía ahí. Sin disculparse. Sin salir. Sin soltarse la polla, que ahora se le veía entera: larga, gruesa, con una vena marcada en el dorso y el glande rojo y brilloso de líquido pre-seminal.

—Vení —le dije.

—¿En serio?

—Vení, cariño. Sacate la ropa.

Dejó el teléfono junto al lavabo y se acercó. Se sacó la remera de un tirón. Los pantalones cayeron al piso y los pateó a un lado. Quedó parado con la verga apuntándome, dura, palpitando.

—Mostrámela bien —le dije.

Tomó la orilla de la cortina pero se la sostuve.

—Todavía no entres. Quiero verte bien.

Se quedó ahí, parado frente a mí, dejándose mirar. Se la agarró con la mano y se la movió despacio para que yo la viera moverse. Más grande que la de su padre. Mucho más grande.

—Esto no puede ser real —dije, más para mí que para él.

—Decímelo a mí —respondió.

Saqué la mano por la cortina y le rodeé la verga con los dedos. La tenía caliente, el tronco grueso, las venas marcadas. Empecé a moverle la piel arriba y abajo, despacio, mirándolo a la cara.

—¿Te gusta así?

—Sí.

—Decime cómo la querés.

—Más fuerte. Por favor.

Le apreté el puño y se la jalé más rápido. Tenía la mandíbula apretada, los ojos entrecerrados, el esfuerzo visible de no hacer ruido en una casa en la que creía estar solo. Me gustó eso: la contención, la seriedad con la que lo vivía. Se le escapaba el pre-semen por el glande y le bajaba por el tronco hasta mis dedos. Le pasé el pulgar por la punta, recogí lo que goteaba, y me lo llevé a la boca mientras él me miraba.

—Mierda —dijo.

Solté la cortina.

—¿Te gusta lo que ves?

—Mucho.

—¿Querés cogerme, Nico?

—Sí. Mucho.

—Decilo bien.

—Quiero cogerte. Quiero metértela hasta el fondo.

Salí de la ducha con la mano todavía en él, escurriéndole agua sobre la verga. Me miró el cuerpo de una forma que ya no tenía nada de tímida. Me recorrió las tetas con los ojos, me bajó hasta el coño, se demoró ahí.

—¿Puedo tocarte? —preguntó.

—Tocá lo que quieras.

Me tomó las dos tetas con las manos, las apretó, me pellizcó los pezones con los dedos. Bajó la cabeza y me chupó uno hasta que me arqueé. Después el otro. Me mordió apenas y yo le clavé las uñas en la espalda. Una de sus manos me bajó por el vientre y se metió entre mis piernas. Me separó los labios del coño con dos dedos y me los hundió. Yo ya estaba empapada.

—Dios, estás mojadísima.

—Hace una hora que estoy mojada por vos.

Me movió los dedos adentro, dos primero, después tres, con una torpeza joven que se compensaba con ganas. Le tomé la muñeca y le mostré el ritmo. Aprendió rápido. Me empujó contra la pared del baño y siguió cogiéndome con los dedos mientras me chupaba un pezón. La pared estaba fría contra mi espalda, su cuerpo caliente contra el mío, y la verga durísima apretada contra mi muslo.

Sentí venirme cerca y le aparté la mano.

Lo empujé contra la pared opuesta, me arrodillé delante de él, y antes de empezar le dije:

—Esto es todo lo que vas a obtener.

Era mentira. Los dos lo sabíamos.

***

Le tomé la verga con las dos manos y le saqué la lengua. Le lamí desde la base hasta la punta, despacio, sosteniéndole los huevos con la otra mano. Le di vueltas con la lengua al glande, recogiendo lo que se le escapaba, y después me la metí entera en la boca de un golpe.

—La concha de su madre —dijo, en voz baja.

Lo tomé en la boca despacio al principio, con la lengua recorriéndole el glande y el tronco húmedo, soltándolo apenas para volver a chuparle la punta. Le pasé la lengua por debajo, por la vena gruesa que le bajaba, y se la metí hasta que me topó la garganta. Él respiró con esfuerzo cuando empecé a moverme, y un momento después soltó un "puta madre" en voz baja que no pudo contener. Se sacó lo que le quedaba de ropa de los tobillos y me tomó la cabeza con las dos manos, metiéndome la verga hasta el fondo con una urgencia torpe y deliciosa.

Me dejé guiar. Eso me gusta: que alguien decida el ritmo, que yo solo tenga que estar presente y abrir bien la garganta. Él marcó la velocidad con cuidado al principio, estudiando qué funcionaba, y después con más confianza, llevándome más hondo, ajustando según lo que escuchaba. Para ser la primera vez que nos encontrábamos en ese territorio, tenía buen instinto.

En un momento me empujó la cabeza hasta el fondo y la sostuvo. La verga me llegó hasta atrás y los huevos me rozaron el mentón. Aguanté hasta que se me llenaron los ojos de lágrimas y cuando me soltó me aparté un segundo para tomar aire, con la boca llena de saliva e hilos brillantes colgándome del labio. Se la dejé caer sobre la verga, escupí encima, y volví enseguida.

Él me recogió el cabello y lo sostuvo con una mano, haciéndome una cola para tener mejor agarre. Con la otra me guiaba la velocidad, empujando hacia abajo cuando quería más, soltando cuando necesitaba verme la cara con la verga atravesada en la boca. Había algo en la forma en que lo hacía que resultó inesperadamente seguro para alguien de su edad: no pedía permiso para nada, simplemente hacía.

—Mirame —me dijo.

Levanté los ojos sin soltarle la verga de la boca. Le brilló algo en la cara. Empezó a moverse más rápido, follándome la cara con una decisión que no esperaba, y yo dejé caer la mandíbula para que entrara todo. Saliva, lágrimas, ruidos guturales: el espectáculo completo. Le agarré los huevos con la mano y se los masajeé mientras él se vaciaba la verga adentro de mi boca.

Me la sacó con un sonido húmedo. Tenía un hilo de saliva pegado al labio.

Me jalé de él, me puse de pie, y lo empujé suavemente hacia el suelo.

Se acostó boca arriba sin decir nada, la verga rebotándole contra el vientre, brillante de mi saliva.

Pasé una pierna al otro lado de su cuerpo y me puse en cuclillas, dándole la espalda. Le tomé la verga con la mano, la enderecé, y la froté contra los labios de mi coño un par de veces, mojándola bien con lo que yo ya tenía ahí abajo. Apoyé la punta en mi entrada y bajé despacio. Sentí el glande abriéndome, el tronco grueso estirándome de a poco. Me apoyé en sus rodillas y bajé hasta el fondo. Cuando lo sentí entero adentro me detuve un momento. Era más grande de lo que había anticipado y me llenaba de una manera que casi me dolía. Nico esperó sin moverse, las manos en mis caderas. Después empecé a moverme.

Lo monté primero despacio, subiendo casi hasta sacarlo y bajando hasta el fondo, sintiendo cómo me abría cada vez. Mis tetas se movían y él me las miraba desde abajo entre mis piernas. Empecé a moverme más rápido, golpeándome contra él, escuchando el ruido húmedo de mi coño cada vez que bajaba.

—Así, cariño —le dije—. Mirá cómo te la chupa mi concha.

—Joder.

No tardé en cederle el control. Tenía diecinueve años y una energía que me resultó casi ofensiva. En cuanto encontró el ángulo empezó a mover la cadera desde abajo con una rapidez que me tomó desprevenida. Me clavaba la verga desde abajo con golpes secos que me hacían rebotar, una y otra vez, sin pausa. Me aferré a sus piernas y lo dejé.

—Sí, así, dale —dije, casi sin voz—. Cogeme, no pares.

Un orgasmo breve y afilado me hizo levantarme unos centímetros, el coño contrayéndose alrededor de su verga. Me quedé suspendida hasta que pasó, y después bajé otra vez, empalándome hasta el fondo.

—Más —le dije—. No pares.

***

Cambiamos de posición varias veces. El suelo de baldosas frías, la mesada del lavabo, el borde de la bañera. Él quería el control y yo se lo daba hasta que se cansaba, y entonces lo tomaba yo hasta que me cansaba yo. Había algo en ese intercambio que me entretuvo más que muchas otras cosas que había hecho en los últimos meses.

Me hizo girarme y ponerme en cuatro patas sobre las baldosas. Se metió detrás mío, me agarró las caderas con las dos manos, y me empujó la verga adentro de un solo golpe. Grité. La pared del baño me devolvió el eco. Empezó a cogerme de atrás con embestidas largas y fuertes, y a los pocos minutos yo ya tenía la frente apoyada en el suelo y el culo arqueado para él.

—Cogeme, cogeme, no pares —le repetía, con la boca contra la baldosa.

Me la sacó un momento, me escupió en el coño, y volvió a metérmela. Le encantaba mirarse entrar y salir de mí: yo lo sentía mirando, sentía la verga deteniéndose un segundo con apenas el glande adentro antes de hundírmela otra vez.

Me sentó después sobre la mesada, con la espalda contra el espejo. Me abrió bien las piernas, las puso sobre sus hombros, y empezó a follarme de pie. La verga le entraba completa en ese ángulo y yo veía nuestros reflejos por encima de su hombro: su espalda flexionándose, mi cara con el rímel corrido, mis tetas saltando con cada embestida.

—Mirate cómo te gusta —me dijo al oído.

—Me encanta. Me encanta tu verga, Nico.

—Decilo más.

—Me encanta tu verga. Es enorme. Cogeme. Cogeme con esa verga.

Me bajó del lavabo y me apoyé en la bañera con las manos, el cuerpo inclinado hacia adelante, el culo bien arqueado para él. Nico me tomó de la cadera y empezó desde atrás. Lento al principio, aumentando sin aviso, con una seguridad que contradecía lo tímido que había parecido en la mesa del comedor. Me jaló el cabello con una mano hasta hacerme arquear la espalda. Con la otra me dio un par de nalgadas que me dejaron la piel ardiendo y los cachetes rojos.

—Más duro —le dije.

Me hizo caso. Las nalgadas se volvieron secas, fuertes, y el ruido de su pelvis golpeando contra mi culo llenó el baño.

—Pegame, pegame más fuerte.

Me dio dos más, una en cada nalga, tan fuertes que se me escapó un quejido alto. Me agarró del pelo y me arqueó la cabeza hacia atrás.

—¿Te gusta que mi viejo no esté?

—Sí.

—¿Te gusta tener una verga más grande que la del viejo?

—Sí. Sí. Cogeme.

Me pasó un dedo mojado de saliva por el ojo del culo, despacio, presionando un poco sin meterlo del todo. Lo dejó ahí jugando, masajeándome, mientras seguía moviendo la verga adentro de mi coño. Me terminé corriendo así, con su verga en un agujero y su pulgar en el otro, mordiéndome el labio para no gritar tan fuerte que se escuchara hasta la calle. El coño se me cerró sobre él en espasmos largos.

Cuando empezó a bajar el ritmo lo viré antes de que se detuviera solo. Lo senté en la mesada y me puse de rodillas frente a él. La verga le brillaba con mis jugos. Se la limpié con la lengua, lamiéndole todo lo que yo había dejado, y después me la metí entera en la boca, profundo, sin pausas, hasta que me sostuvo la cabeza con las dos manos y me la llevó hasta el fondo. Me quedé quieta un momento con él completamente adentro, los huevos apoyados en mi mentón, mirándolo a los ojos mientras la garganta cedía.

—Mierda —dijo, con la voz ronca—. Así.

Me soltó. Tomé aire. Volví.

Le mamé la polla durante un rato más, marcando yo la velocidad esta vez, metiéndomela profundo y sacándomela casi del todo antes de volver. Le pasé la lengua por los huevos, se los chupé uno a la vez, y después le volví a clavar la verga hasta el fondo. Él tenía las manos en mi cabello pero no forzaba nada, solo sostenía. La verga le palpitaba en mi boca, hinchándose, y yo sabía que estaba cerca.

—Me voy a venir —dijo.

—Quiero que me acabes en la cara.

—Mierda.

—Quiero verte acabar. Vení sobre mi cara, cariño.

Cuando sentí que estaba a punto me aparté, lo tomé con la mano y lo miré con la boca abierta y la lengua afuera.

Tres sacudidas largas. Me cubrió la cara desde los labios hasta la frente con chorros gruesos y calientes. Me cayó en los párpados, en el cachete, en la lengua. Seguí moviéndole la mano despacio mientras caían las últimas gotas sobre mi lengua, exprimiéndoselo todo. Nico jadeaba, mirándome cubierta de su semen, con una expresión que yo conocía bien: la del hombre que acaba de entender que va a querer esto otra vez.

Recogí con un dedo lo que tenía en el cachete y me lo metí en la boca, mirándolo. Tragué.

—Carajo —dijo.

Después me limpié con él. Le pasé la verga por la cara, recogiendo lo que me caía, usándola como pincel. Lo usé sin prisa. Nico me dejó hacer, todavía con los ojos entornados y la respiración lenta, mirándome embarrarme con su propio semen sobre la verga.

Estaba lamiéndome los labios cuando el teléfono de su padre empezó a sonar desde junto al lavabo.

Nico lo miró.

—Contestá —le dije.

Dudó.

—Es mi viejo.

—Ya sé quién es. Contestá y decile que ya vas.

Se bajó de la mesada. Tomó el teléfono. Yo entré a la ducha por segunda vez en el día, esta vez de verdad, con la cara y las tetas pegajosas y el coño todavía latiendo.

Escuché su voz del otro lado de la puerta, tranquila, respondiendo con monosílabos. No escuché lo que decía Rodrigo. No quise escuchar.

Cuando cerré el agua y salí, el baño estaba vacío.

Agarré la toalla. Me miré en el espejo un momento. Tenía la marca de su mano en uno de los cachetes del culo y los labios todavía hinchados.

Sonreí.

***

Esa tarde fui al supermercado, como tenía planeado desde el principio. Compré lo que necesitaba, saludé a una conocida en la caja, y volví a casa con tiempo para preparar la cena. Una tarde completamente normal.

Rodrigo me escribió esa noche para contarme cómo le había ido en el trabajo. Al final del mensaje agregó que Nico le había parecido muy bien y que esperaba que nos lleváramos bien los tres durante el verano.

Lo pensé un segundo antes de responder.

—Creo que sí nos vamos a llevar bien —escribí.

Dejé el teléfono boca abajo en la mesa y abrí el vino.

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Comentarios(9)

CarlitosBA

que giro inesperado!!! no me lo esperaba para nada. muy bueno

AnaSol72

Me engancho desde el principio y quede con ganas de saber como termina todo. Hay segunda parte?

Romina_84

jajaja el atrevimiento del pibe... increible como escala la situacion. Me mato de risa y de nervios al mismo tiempo

Fede_lee

Buenisimo, me costo parar de leer a mitad. Espero que sigas subiendo relatos asi de buenos

gaston

La situacion inicial ya te atrapa sola. Muy bien narrado, se siente real

LectorBA77

Me recordo a algo que paso en mi entorno, aunque sin tanta emocion jaja. Buen relato, gracias por compartir

durox

excelente!!!

matiasok

El giro con el hijo es lo mejor, no me lo esperaba. Dale que seguimos leyendo

Cukitabella

Uff, que situacion mas complicada. Me tuvo en vilo todo el tiempo, muy entretenido

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