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Relatos Ardientes

La funcionaria madura y su precio secreto

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Nora Castellanos tenía cuarenta y ocho años y era la única funcionaria del departamento de gestión de residencias que todavía trabajaba a las siete de la tarde. No porque le pagaran horas extra —no lo hacían— sino porque le gustaba el silencio de la oficina vacía. Los archivos, las carpetas, el olor a papel viejo y el zumbido del fluorescente eran lo suyo. Llevaba doce años en aquella ventanilla del servicio municipal de extranjería y conocía cada resquicio del sistema.

Su cuerpo contaba otra historia. La bata gris reglamentaria no conseguía disimular las caderas anchas ni el pecho generoso que se insinuaba bajo la blusa de rayas. El cabello negro con algunas vetas grises lo recogía en un moño alto cuando había visitas, pero a esa hora ya lo llevaba suelto, cayéndole hasta los hombros. Tenía las manos cuidadas, los labios pintados de un tono burdeos oscuro, y unos ojos marrones que evaluaban a la gente con una rapidez que pocos notaban.

Llevaba seis años separada y no echaba de menos el matrimonio. Echaba de menos otras cosas. Echaba de menos sentir una polla dura entre las piernas, una boca chupándole los pezones, unas manos apretándole el culo hasta dejarle marcas. Echaba de menos despertarse con el coño hinchado y los muslos pegajosos.

***

Adil entró a las siete y cuarto, casi cuando Nora ya cerraba el último expediente del día. Era marroquí, tendría unos veintiún años, alto, con los hombros anchos sobre un cuerpo delgado y fibroso. Piel olivácea, el pelo muy corto, una mandíbula marcada que le daba una expresión seria aunque sus ojos eran de los que pedían perdón antes de hablar. Llevaba una chaqueta de tela barata y la mochila sobre un hombro.

—El sistema dice que la oficina cierra a las siete —dijo Nora sin levantar la vista.

—Lo sé. Perdón. —Su español era bueno, con un acento marcado que no molestaba escuchar—. Me dijeron que usted era la persona que firmaba los informes de idoneidad para la renovación de residencia. El mío vence en cuatro días.

Nora levantó la vista entonces. Lo miró de arriba abajo con la neutralidad profesional que había perfeccionado en doce años de atención al público. Pero por dentro, la mirada fue otra: se detuvo en los hombros, en el cuello largo, en las manos grandes que sostenían la correa de la mochila. Le bajó los ojos hasta la entrepierna del pantalón y volvió a subirlos a la cara.

—¿Y por qué vienes hoy, con cuatro días? —preguntó.

—Vine hace tres semanas. Me dijeron que volviera. Volví. Me dijeron que esperara. Esperé. —Hizo una pausa—. Esta es mi quinta visita.

Ella lo sabía. Había visto el expediente esa misma mañana: una pila de formularios, una fotografía en blanco y negro, tres sellos de fechas distintas. Un joven que trabajaba en una empresa de logística, contrato en regla, sin antecedentes. Todo en orden excepto el informe de idoneidad que ella todavía no había firmado.

—Siéntate —dijo Nora.

Adil se sentó al otro lado del escritorio. Puso las manos sobre las rodillas, quietas, pero Nora veía la tensión en los nudillos. Era el tipo de tensión de quien ha aprendido que pedir las cosas con demasiada urgencia las aleja.

—Tu expediente está completo —dijo ella—. La documentación es correcta. El informe lo puedo firmar esta noche o lo puedo firmar dentro de tres semanas, cuando tenga hueco en la agenda.

Adil la miró sin decir nada.

—Pero si lo firmo esta noche —continuó Nora—, necesito que tú me des algo a cambio. No dinero. —Lo miró directamente—. Algo que no vas a encontrar en ningún formulario.

El silencio que siguió no fue incómodo. Fue el tipo de silencio en el que dos personas calibran qué está pasando y deciden si lo dejan pasar.

Adil no apartó los ojos de ella.

—¿Qué quiere? —preguntó.

—Tu polla —dijo Nora sin pestañear—. Te la voy a chupar, te la voy a montar y vas a follarme contra ese escritorio hasta que me corra. Si te parece bien, firmo el papel antes de que salgas por esa puerta.

Adil tragó saliva. Asintió despacio.

***

Nora se levantó. Fue hasta la puerta, giró el pestillo, y bajó la persiana metálica que separaba el mostrador del pasillo. El sonido del metal al cerrarse fue seco, definitivo. Luego se volvió hacia él con las manos en los bolsillos de la bata y lo observó desde donde estaba.

—Hace mucho tiempo que no tengo una polla dura en la boca —dijo, y lo dijo con la misma calma con que habría leído en voz alta una resolución administrativa—. Y tú eres exactamente el tipo de chico que me gusta. Joven, callado, con esas manos. El trato es simple: me follas bien esta noche y yo firmo el informe antes de que te vayas. ¿Has entendido?

—Sí —dijo Adil. La voz le salió ronca.

Nora se acercó despacio. Rodeó el escritorio y se detuvo a medio metro de él. Se desabrochó la bata gris botón a botón y la dejó caer sobre la silla. Debajo llevaba una blusa abierta en el escote, y el encaje negro del sujetador era visible desde donde él estaba sentado. Le veía ya el bulto creciéndole en el pantalón. Sonrió por dentro.

—Levántate —dijo.

Él se levantó. Era más alto que ella por una cabeza entera. Nora puso una mano en su pecho y lo empujó suavemente hacia la pared. Él no resistió. La otra mano la deslizó por la entrepierna del pantalón y apretó. Le palpó la polla a través de la tela: gruesa, dura, vibrando bajo sus dedos. Le subió y le bajó la mano una vez, despacio, sin dejar de mirarlo a los ojos.

—Vaya, vaya —murmuró—. La tienes preparada.

Lo besó. Sin prisa, con la lengua entrando despacio, como alguien que sabe exactamente lo que hace. Adil tardó dos segundos en responder, y cuando lo hizo lo hizo con ganas. Tenía los labios firmes, y las manos —que había puesto sobre las caderas de ella— apretaban con más fuerza de lo que Nora esperaba. Le subieron por la cintura, le rodearon las tetas por encima de la blusa, le apretaron los pezones a través del encaje.

Bien, pensó. Sabe lo que hace.

Le desabrochó el cinturón, bajó la cremallera. Le metió la mano dentro de los calzoncillos y la encontró: una polla gorda, caliente, ya completamente dura. La sacó al aire. Era grande de verdad. Larga, gruesa, con el glande hinchado y brillante de líquido preseminal. Nora exhaló despacio por la nariz y se humedeció los labios.

—Joder —dijo en voz baja, sin levantar la vista—. La tienes preciosa.

Se arrodilló delante de él sin ceremonias. La sostuvo en la base con una mano y le pasó la lengua por toda la longitud, desde los huevos hasta la punta. Adil soltó un gemido contenido. Nora lo miró desde abajo, sonrió, y se la metió en la boca.

Lo hizo despacio al principio. Le rodeó el glande con los labios, lo chupó con succión suave, le pasó la lengua por la corona, por el frenillo. Le saboreó la sal del líquido que ya salía. Después fue bajando, centímetro a centímetro, hasta que la tuvo entera en la boca. Sintió el bulto contra la garganta y tragó. Adil dejó escapar un quejido y apoyó una mano en el archivador de al lado para sostenerse.

—Mírame mientras te la chupo —dijo Nora, sacándosela un momento de la boca para hablar, con la mano sin parar de masturbársela—. Quiero verte la cara.

Él bajó los ojos. Ella le devolvió la mirada y volvió a engullirle la polla entera. La chupó con ganas, con ruido, con la saliva resbalándole por la barbilla. Sacaba la lengua y le lamía los huevos, se los metía en la boca uno por uno, volvía a subir y le tragaba la verga hasta el fondo. Le agarraba el culo con las dos manos y se clavaba la polla en la garganta a su propio ritmo.

Adil intentó no hacer ruido. No lo consiguió del todo. Soltaba gemidos cortos, apretados, con los dientes cerrados. Le temblaban los muslos.

—Señora —dijo en algún momento, jadeando—. Señora, así me corro.

Nora se la sacó de la boca con un chasquido sonoro y le apretó la base con la mano para frenarlo.

—Ni se te ocurra —dijo, mirándolo desde el suelo, con los labios brillantes y la pintura corrida—. Esa leche te la vas a guardar para dentro de mí. ¿Entendido?

—Sí.

—Repítelo.

—Sí, señora.

Ella sonrió. Se levantó.

—Siéntate en el borde del escritorio.

Adil obedeció. Apartó dos carpetas de un manotazo y se sentó. La polla le sobresalía del pantalón abierto, dura como una piedra, brillante de saliva.

Nora se quitó la falda. Luego la blusa. Se quedó en el sujetador negro y las bragas, y vio cómo los ojos de Adil recorrían su cuerpo sin apuro, sin disimulo. La observaba como si tuviera tiempo, como si el escritorio y los expedientes y el reloj del fondo no existieran. Tenía las tetas grandes, todavía firmes, el vientre con la curva blanda de una mujer adulta, las caderas anchas, los muslos llenos. Hacía tiempo que alguien la miraba así.

—¿Te gusta lo que ves? —preguntó.

—Mucho.

—Dilo bien.

—Está muy buena, señora. Tiene un cuerpo de puta madre.

Nora se rió por lo bajo. Se acercó a él, se bajó las bragas hasta los tobillos y las apartó de una patada. Tenía el coño afeitado por los lados y un triángulo corto en el pubis. Estaba empapada. Brillaba.

—Tócame —dijo, separando un poco los muslos.

Adil le metió la mano entre las piernas. Le pasó dos dedos por toda la raja del coño y los retiró brillantes de flujo. Se los acercó a la boca y los chupó sin pensarlo. Nora sintió que se le contraía el vientre.

—Buen chico —dijo.

Se colocó entre sus piernas. Lo tomó con la mano, se lo pasó por los labios del coño un par de veces para empaparlo, y fue bajando despacio sobre él. Recibió la cabeza, el primer tercio, la mitad, hasta que lo tuvo entero dentro. Le entró todo. El glande le golpeó el fondo y soltó un gemido ahogado.

—Joder, qué polla —murmuró, con los ojos entreabiertos—. Qué bien la tienes, niño.

Se quedó quieta unos segundos, dejando que el cuerpo se ajustara, sintiendo cómo la verga le palpitaba dentro. Luego empezó a moverse.

***

Primero lento, con un ritmo largo y constante. Subía hasta dejar solo la cabeza dentro y volvía a clavársela hasta el fondo. Las manos de Adil subieron por su espalda y desabrocharon el sujetador con una soltura que a Nora le llamó la atención. La tela cayó al suelo. Sus tetas le quedaron sueltas, balanceándose con cada movimiento. Él bajó la boca y atrapó un pezón. Lo chupó, lo mordió, le pasó la lengua en círculos. Después fue al otro. Nora le hundió los dedos en el pelo corto y le apretó la cara contra el pecho.

—Así, chúpamelas. Más fuerte. Muérdelas.

Él obedeció. Le mordió el pezón hasta que ella soltó un gemido seco.

El escritorio crujió. Los expedientes se deslizaron varios centímetros hacia el borde. Un bolígrafo cayó al suelo. Ninguno de los dos prestó atención.

Ella aceleró. Las nalgas le chocaban contra los muslos de él con un golpeteo húmedo y constante. Sentía la polla entrándole hasta la matriz, abriéndole el coño, sacándole flujo que le resbalaba por los muslos. El olor a sexo llenaba la oficina, sobreponiéndose al de papel viejo.

—Dime guarradas —jadeó Nora—. Dime lo que sientes.

—Está muy mojada, señora. Su coño está apretándome la polla. Joder, qué calor.

—Eso es. Sigue.

—Estoy follándome a la funcionaria. Estoy follándomela encima del escritorio. Es una puta caliente.

Nora soltó una carcajada baja, gutural.

—Sí, soy una puta. Soy tu puta esta noche. Fóllame.

Le agarró la cara con las dos manos y lo besó con la boca abierta mientras seguía subiendo y bajando sobre él. Las piernas le empezaban a temblar, y el calor subía desde el centro del vientre de manera uniforme e insistente. Se concentró en esa presión, en cada punto de contacto, en la polla golpeándole un sitio exacto cada vez que bajaba.

Adil le metió una mano entre las piernas y empezó a frotarle el clítoris con el pulgar mientras la otra le apretaba una nalga. Nora soltó un quejido agudo.

—Ay, así, ahí mismo. No pares, no pares, no pares.

—No paro, señora.

—Joder, me voy a correr. Me voy a correr en tu polla.

Llegó antes de lo que esperaba. Lo hizo con la boca apretada contra el hombro de él para no gritar, con un temblor que le recorrió las piernas y la obligó a aferrarse a sus hombros. El coño se le contrajo en oleadas alrededor de la verga, apretándola, ordeñándola. Soltó un gemido ronco contra la piel de él, mordiéndole un poco. Él la sostuvo con las manos en su cintura, firme, sin moverse hasta que ella terminó.

—Joder —jadeó Nora cuando recobró el aliento—. Hacía años. Años.

Adil tenía la frente brillante de sudor y la mandíbula apretada. Aún no se había corrido.

—Bájame —dijo ella.

***

Cambiaron de posición. Él la bajó del escritorio con facilidad y ella se apoyó en la superficie de cara a los archivadores, con las palmas planas sobre la madera. Se inclinó hacia delante, se separó las piernas, y le ofreció el culo arqueando la espalda.

—Métemela hasta el fondo —dijo, mirándolo por encima del hombro—. Y fóllame fuerte. Quiero llegar a casa cojeando.

Adil se colocó detrás. Le pasó la polla por la raja del coño, mojándosela entera. Le apretó las nalgas y se las separó un poco. Después se la clavó de una sola embestida, hasta el fondo. Nora soltó un gemido largo, profundo.

Empezó a follársela en serio. Embestidas duras, profundas, con las manos en sus caderas. Cada golpe le sacaba un gemido. Las tetas de Nora rebotaban contra la madera. Los expedientes empezaron a caerse al suelo, uno tras otro, papel desparramándose por las baldosas. Ninguno de los dos los miró.

—Más fuerte —jadeó ella—. Más. Rómpeme el coño.

—Joder, señora.

—Más fuerte he dicho.

Adil obedeció. Le agarró el pelo con una mano, le tiró la cabeza hacia atrás, y la embistió con todo. El sonido de las pieles chocando llenaba la oficina. El escritorio entero se movía con cada empujón. Nora apoyó los codos sobre la madera y se entregó, dejando que él la usara, que la abriera, que la follara como ella le había pedido.

Afuera, en el pasillo, alguien pasó con un carrito de limpieza. Los pasos se alejaron despacio. Nadie probó el pestillo.

—Mete un dedo —dijo Nora, jadeando—. En el culo. Mójatelo y métemelo.

Él se chupó el pulgar y se lo metió hasta los nudillos. Nora gimió fuerte, sin contenerse esta vez. Sintió la doble presión —la polla en el coño, el dedo en el culo— y se le nubló la vista.

—Ay, joder. Joder, joder, joder. Otra vez. Me voy a correr otra vez.

—Yo también, señora. No aguanto más.

—Córrete dentro. Lléname. Déjame toda tu leche dentro.

—¿Seguro?

—Hazlo. Ahora.

Adil aceleró tres embestidas más, brutales, hasta el fondo, y se vació dentro de ella con un gemido largo y profundo que le salió desde el pecho. Nora sintió los chorros calientes llenándole el coño, uno tras otro, y eso la disparó. Se corrió otra vez, con las piernas temblándole tanto que tuvo que apoyar todo el peso sobre el escritorio para no caerse. El coño se le contraía alrededor de la polla, exprimiéndole hasta la última gota.

Se quedaron así unos segundos, inmóviles, con Adil dentro de ella todavía, las respiraciones sincronizándose poco a poco. Nora notaba el semen caliente goteándole por el muslo.

El silencio que vino después fue diferente al de antes.

***

Adil salió de ella despacio. Nora sintió el calor del semen escapándosele del coño y bajando por la cara interna de los muslos. Cogió un pañuelo de la caja del escritorio y se limpió sin pudor, de pie, con los expedientes desparramados a sus pies.

Se vistió con la misma calma con que se había desvestido. Adil se subió los calzoncillos, se abrochó el cinturón en silencio, con las manos todavía temblándole un poco. Ninguno dijo nada mientras el fluorescente seguía zumbando y el reloj de la pared marcaba las ocho menos diez.

Ella se sentó al ordenador, abrió el expediente de Adil, y empezó a redactar el informe de idoneidad. Tardó nueve minutos. Era uno de los más completos que había escrito en mucho tiempo: cada casilla con su información, cada código con su justificación, todo redactado con la precisión que da el conocimiento real del sistema.

Lo imprimió, lo firmó, estampó el sello de su número de colegiada, y lo metió en un sobre. Lo dejó sobre el escritorio.

—Aquí tienes —dijo—. Es válido por doce meses. Preséntalo en ventanilla mañana antes de las dos. Pregunta por la sala B, no por la principal; en la principal te harán esperar.

Adil tomó el sobre. Lo miró. Luego la miró a ella.

—Gracias —dijo. Y lo dijo de una manera que sonó a algo más que agradecimiento.

Nora asintió sin decir nada.

—La salida es por el pasillo de la derecha. El guardia cierra el edificio a las ocho en punto. Tienes diez minutos.

Adil recogió su mochila del suelo y se la puso al hombro. Fue hacia la puerta. Antes de abrirla, se detuvo.

—¿Puedo volver? —preguntó. Y quedaba claro que no hablaba de ningún trámite.

Nora no sonrió. Pero tampoco dijo que no.

—Los expedientes de renovación vencen cada doce meses —dijo—. Pero a veces hay que aclarar algún dato. Si te llama la oficina, ven después de las siete.

Adil asintió. Abrió la puerta y salió sin prisa.

Nora se quedó sola en la oficina. Sentía el semen aún tibio entre las piernas y el coño le palpitaba a un ritmo lento, satisfecho. Recogió los expedientes del suelo, uno por uno, con la precisión de quien lo hace todos los días. Volvió a colocarlos en su sitio. Recogió la bata del respaldo de la silla. Apagó el ordenador.

Luego apagó el fluorescente y se fue a casa.

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Comentarios(9)

NachoCba

Buenisimo!!! quede enganchado desde el primer parrafo, no lo pude soltar

RosaV88

Las maduras saben exactamente lo que quieren jajaja. Muy buen relato

FedeLector

Por favor que haya continuacion, me quede con muchas ganas de saber como termina todo esto

Carlitos_88

Me recordo a una situacion parecida que me toco vivir hace unos años. Esas cosas pasan mas de lo que la gente imagina. Muy bien narrado

noctambulo33

Excelente, se siente todo muy real. La tension del principio esta perfecta

DiegoSR92

uno de los mejores que lei aca, sin dudas. Sigue asi!

LectorMisterioso

Ese tramite nocturno... jajaja tremendo. El titulo ya lo dice todo

Valentina_03

Muy bueno! Me gusto como construiste la situacion sin apurarte, se disfruta mas asi. Esperando el proximo

MartinaK

Esto parece demasiado detallado para ser pura imaginacion jaja. Sea como sea, muy bien escrito. Saludos!

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