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Relatos Ardientes

La madre madura que negoció con el matón del barrio

Tengo cuarenta y cuatro años, un matrimonio liquidado en el juzgado y la convicción de que los errores se pagan dos veces: la primera cuando los cometes, la segunda cuando intentas rehacerte. Alberto me dejó después de doce años juntos, sin drama ni explicaciones largas, por una compañera de trabajo a la que yo había visto en varias cenas de empresa sin pensar en ella como una amenaza. Eso dice mucho de mí.

Después de la separación tuve que dejar el piso del barrio norte y venir aquí con Marcos, mi hijo. Este bloque de cuatro plantas con las juntas del alicatado ennegrecidas y el ascensor que falla entre pisos no era lo que había imaginado para los dos, pero el alquiler cabe en la pensión alimenticia y eso, cuando no trabajas y tienes un hijo que mantener, importa más que cualquier otra cosa.

Marcos tiene dieciocho años. Siempre fue reservado, tranquilo, del tipo de chico que prefiere un libro a una conversación. Aquí, esas cualidades no son un activo.

La primera señal fue el dinero. Pequeñas cantidades que desaparecían de mi cartera sin explicación. Diez euros. Veinte. Lo vi, me callé y esperé.

La segunda señal fue la nariz.

Llegó un miércoles por la tarde con sangre seca en el labio superior y esa expresión cerrada que tienen los que han decidido que el dolor no necesita palabras.

—¿Qué te ha pasado? —le pregunté, intentando tocarle la cara.

Me apartó la mano de un manotazo.

—Nada. Déjame en paz.

No insistí. Pero aquella noche no dormí. Me quedé en el sofá con las luces apagadas, escuchando el silencio del piso, convenciéndome de que tenía que hacer algo más que observar.

La tercera señal me obligó a actuar.

Lo seguí una noche. Salió con la excusa de bajar a comprar bebida y lo rastreé a distancia, manteniéndome en la zona de sombra entre las farolas, hasta la pista de baloncesto al fondo del parque. Había cuatro chicos. Uno de ellos organizaba el espacio a su alrededor sin esfuerzo aparente: alto, de espaldas anchas, con una camiseta de tirantes que dejaba al descubierto los brazos desde el hombro. Tatuajes en ambos antebrazos. No parecía un chico del barrio. Parecía alguien que había decidido ser un problema y se había aplicado en ello.

Vi a Marcos entregar un billete con los dedos que no le terminaban de obedecer. Vi al chico cogerlo sin mirarlo, guardárselo con indiferencia y empujar a mi hijo hacia atrás con una facilidad que me hizo cerrar los puños. Suave. Lo justo para dejar claro quién mandaba. Los otros se rieron.

Volví a casa antes que Marcos. Me senté en la cocina a oscuras y esperé a escuchar la llave en la cerradura.

***

Al día siguiente dejé el bolso abierto sobre la silla del salón. Cuando volví a mirarlo una hora después, faltaban veinticinco euros. No dije nada. Preparé la cena, lo llamé a la mesa y lo observé comer sin apetito real, mirando el plato como si cada bocado fuera un obstáculo.

Aquella noche, cuando Marcos llevaba una hora dormido, me puse el abrigo y crucé el parque sola.

La pista seguía encendida bajo el foco amarillo. El chico estaba allí, botando el balón contra el suelo con una cadencia regular que se detuvo en cuanto me vio aparecer en el borde de la cancha. Me miró como se mira a algo fuera de lugar.

—¡Eh! —llamé, y mi voz salió más aguda de lo que habría querido—. Necesito hablar contigo.

Se acercó despacio, con ese paso deliberado de quien tiene tiempo de sobra porque las urgencias son cosa de otros. De cerca era aún más grande. Me recorrió de arriba abajo sin ninguna prisa, sin ninguna vergüenza, deteniendo los ojos en mis tetas bajo el jersey y bajando después hasta las caderas con una lentitud que era, en sí misma, una forma de tocarme.

—¿Qué quiere, señora?

—Soy la madre de Marcos —dije, cuadrando los hombros—. El chico al que le estás quitando el dinero.

Algo cambió en sus ojos. No era incomodidad. Era algo más parecido al interés.

—Dani —dijo, presentándose sin que yo lo preguntara.

Le expliqué que lo había visto todo, que tenía pruebas, que mi ex seguía ejerciendo como abogado. Inventé sobre la marcha, pero lo sostuve con suficiente calma como para que sonara real. Dani me escuchó con los brazos cruzados sobre el pecho, sin interrumpirme, mirándome a los ojos con una atención que me resultó más desconcertante que cualquier amenaza directa.

—Señora —dijo cuando terminé—, su hijo no me paga por nada malo. Le cobro para que los del bloque de enfrente no le partan algo más que la nariz. Este barrio tiene sus normas y yo me encargo de que se cumplan. Si usted viene a amenazarme con la policía, hágalo. Pero Marcos se queda sin paraguas.

—¿Cuánto quieres? —pregunté, yendo directo al fondo—. Para que lo dejes en paz definitivamente.

Dani inclinó la cabeza levemente. Bajó la vista un momento hacia mi pecho, se demoró en el escote y en la forma en que la tela se me pegaba al pezón por el frío, y luego la subió sin prisa, sin disimular que lo había hecho.

—Eso depende —dijo—. Venga el lunes por la noche. Aquí. Pienso en algo.

Volví a casa con el frío metiéndose por el cuello del abrigo y la certeza de que la conversación del lunes no iba a parecerse a ninguna que hubiera tenido antes.

***

El lunes llegó con ese peso de las cosas que ya están decididas antes de que empiece el día. Marcos estaba más tranquilo esos días; algo en él había cambiado sin que yo hubiera intervenido todavía. Salía un poco más. Mencionaba la pista de baloncesto con una naturalidad que me apretaba el pecho sin que yo pudiera explicar bien por qué.

Esa noche le dije que bajaba a tirar la basura. Antes de salir, entré al baño. Me quité la ropa interior de algodón que llevaba y busqué en el cajón unas bragas de encaje negro que no usaba desde hacía meses. Me las puse. Me miré en el espejo más tiempo del necesario. Tenía el coño mojado antes de haber llegado siquiera al parque, y esa constatación, sola frente al espejo, me hizo apartar la vista.

Dani estaba sentado en un banco junto a la pista cuando llegué. Fumaba despacio, con la espalda apoyada en el respaldo y una lata de refresco al lado. Al verme aparecer al final del camino, soltó el humo con una lentitud exasperante, como si estuviera midiendo el tiempo que tardaba yo en llegar hasta él.

—Dime cuánto es —solté sin saludar—. No tengo mucho, Dani. Estoy separada y no trabajo.

No me estaba escuchando. Me estaba mirando. Despacio. Sin prisa. Como si tuviera todo el tiempo del mundo para estudiarme antes de decir nada.

—Esto ya no va de dinero, Elena.

Me quedé quieta. Había usado mi nombre. No recordaba habérselo dicho.

—¿Cómo sabes cómo me llamo? —pregunté.

—Marcos habla de usted.

Se levantó y se acercó hasta quedar a menos de un metro. Su altura era algo físico, algo que desplazaba aire y ocupaba espacio a su alrededor de una manera que ninguna distancia neutralizaba del todo.

—He estado pensando estos días —dijo—. Y creo que hay formas distintas de llegar a un acuerdo. El dinero de su hijo no me interesa demasiado. Pero usted sí.

El instinto me dijo que me fuera. Me quedé.

—No voy a hacer nada que no quiera hacer —respondí, con la voz más firme que pude reunir.

—No le estoy pidiendo nada que no quiera hacer —dijo él, con una calma que fue más efectiva que cualquier agresión.

Bajó la vista hacia mi falda. La subió despacio, sin apartar los ojos de los míos cuando llegó arriba.

—¿Lleva bragas esta noche?

El calor me subió por el cuello. No era indignación, aunque quise creer que sí. Era un pulso caliente entre los muslos, un latido que reconocí y que llevaba mucho tiempo sin sentir con esa claridad.

—Dámelas —dijo—. Ese es el pago de esta semana.

El parque estaba en penumbra. La farola más cercana parpadeaba con esa intermitencia de las cosas que nadie repara. Detrás de nosotros, los columpios vacíos proyectaban sombras largas sobre el asfalto húmedo.

Me subí la falda. Lo hice con movimientos precisos, casi mecánicos, antes de que el pensamiento pudiera interponerse. Metí los pulgares en la cinturilla y bajé las bragas despacio, sintiéndolas deslizarse por mis muslos, por mis rodillas, hasta el suelo. Me las quité de un tobillo y luego del otro. Me erguí.

Dani no apartó los ojos ni un segundo. Su respiración era regular, controlada, pero algo en la línea de su mandíbula se había tensado. Le tendí la prenda con la mano que no me temblaba, que era la derecha. Él la cogió, la examinó un momento con esa calma que me resultaba más humillante que cualquier comentario, y se la llevó a la nariz sin apartar los ojos de los míos. Aspiró despacio, deliberadamente.

—Estás mojada, Elena —dijo, con la voz baja y neutra, como quien constata el tiempo—. Están empapadas.

No supe qué responder. La cara me ardía. Él se guardó las bragas en el bolsillo del chándal sin dejar de mirarme.

—Abre las piernas —añadió, en el mismo tono.

—¿Qué?

—Ábrelas. Solo un poco. Quiero comprobar una cosa.

Miré alrededor. El parque estaba desierto. Separé los pies unos centímetros, la falda cayendo apenas por debajo del muslo. Dani se puso en cuclillas frente a mí sin ninguna prisa y me subió el bajo de la falda hasta la cintura con las dos manos. El aire frío me golpeó de golpe entre las piernas y solté una respiración corta que no supe controlar.

Me pasó dos dedos por la raja del coño, de abajo arriba, muy despacio, hasta encontrar el clítoris. Se los llevó a la boca y los chupó sin apartar la vista.

—Sabes bien —dijo, poniéndose de pie—. La semana que viene traigo hambre.

Me bajó la falda con la misma calma con la que me la había subido. Se limpió una gota invisible de la comisura con el pulgar.

—Hasta el lunes —dijo, como si hubiéramos acordado una reunión ordinaria.

Caminé de vuelta al portal sintiendo el aire frío directamente contra la piel bajo la falda, y el coño latiéndome con cada paso, hinchado, resbaladizo, delatador. No me permití pensar demasiado en lo que acababa de hacer. Me dije que era un precio pequeño por la seguridad de Marcos. Me lo repetí varias veces, hasta que el ascensor llegó y tuve que soltar el pensamiento para abrir la puerta.

Esa noche, en la cama, me metí la mano entre los muslos y me corrí en menos de un minuto, mordiendo la almohada para no despertar a Marcos, pensando en la lengua de Dani contra sus propios dedos.

***

Tres días después, Marcos llegó a casa con Dani.

Los escuché entrar antes de verlos. Reconocí esa voz grave en el pasillo y algo se me cerró en el pecho. Salí de la cocina con las manos todavía húmedas de fregar.

—Mamá, te presento a Dani. Es del barrio. Jugamos juntos en la pista.

Dani estaba en el umbral, llenando el espacio con esa presencia que no pedía permiso para nada. Me miró con una calma perfecta, como si estar en mi piso fuera la cosa más natural del mundo, como si los dos no supiéramos lo que yo había hecho en el parque cuatro días antes.

—Buenas tardes, señora.

—Buenas —conseguí decir.

Pasaron dos horas en la habitación de Marcos. Yo me moví por el piso sin saber dónde colocarme, cambiándome los leggings por unos vaqueros, poniéndome una sudadera dos tallas mayor, como si pudiera borrar con tela lo que Dani ya sabía de mí. Cuando salieron, el aire del cuarto olía diferente. A tabaco mezclado con algo más que no quise identificar.

Dani se despidió con un gesto de cabeza en mi dirección. Antes de girar hacia la puerta, me sostuvo la mirada dos segundos de más y, con la mano que Marcos no podía ver, se llevó dos dedos a los labios y los chupó despacio, como había hecho aquella noche.

Bastó.

***

El lunes siguiente llegué a la pista con tiempo de sobra. No me pregunté por qué. El parque estaba casi vacío a esa hora, salvo por un perro que cruzó el camino de tierra sin detenerse. Me quedé junto al banco con el bolso apretado contra el cuerpo. Debajo de la falda, esta vez, no llevaba nada.

Dani apareció desde el extremo oscuro del parque. Caminaba sin prisa, con las manos en los bolsillos de la sudadera. Al llegar donde yo estaba, no dijo nada. Solo me miró.

—Hoy quiero más —dijo.

—Ya te di lo que pediste —respondí.

—Y lo valoro. Pero esta semana hubo una situación con unos chicos del bloque C y la resolví yo. Marcos no se enteró. Eso tiene un precio diferente.

Quise decirle que los acuerdos no se renegocian unilateralmente, que si cada semana subía el precio íbamos a tener un problema. No lo dije. Me había acercado para responderle y ahora estábamos demasiado cerca, y el olor de su colonia barata mezclada con el frío de la noche me estaba haciendo pensar con menos claridad de la conveniente.

—¿Qué quieres exactamente? —pregunté, con una voz que no era completamente mía.

Me cogió de la muñeca con suavidad, sin brusquedad, y me llevó hacia la zona más oscura del parque, detrás de un álamo viejo cuyas ramas colgaban hasta casi tocar el suelo. Se apoyó contra el tronco y me miró.

—Quiero que me la chupes.

Lo dijo así, seco, sin adornos. Se me atragantó el aire un segundo.

—Aquí no —dije.

—Aquí. No hay nadie. Y si viene alguien, lo oímos antes.

El silencio entre los dos duró lo que tardé en comprender que no iba a irme. Era una decisión que llevaba días tomada sin haberme dado cuenta.

Se bajó el chándal y los calzoncillos hasta la mitad del muslo con un solo gesto. La polla le saltó fuera dura, gruesa, tirando ya hacia arriba, con la punta brillante y una vena marcada por debajo. Era más grande de lo que había esperado, y esa comprobación, absurda, me apretó algo en la garganta y en el vientre al mismo tiempo. Llevaba mucho tiempo sin ver una polla que no fuera la de Alberto, y ninguna había estado nunca así, apuntándome sin disimulo, esperándome.

—De rodillas —dijo.

Me arrodillé sobre el suelo frío, sintiendo la tierra clavada en las medias. Cerré la mano en la base y la noté palpitar contra mis dedos. Me acerqué. Le pasé la lengua por debajo del glande, despacio, probándolo, y lo escuché soltar el aire entre los dientes.

—Así —murmuró—. Métetela entera.

Abrí la boca y me la metí. Al principio solo la mitad, sintiendo cómo me llenaba, cómo la punta me tocaba el paladar. Empecé a moverme, subiendo y bajando, mojándola con saliva, chupándola con las mejillas hundidas como si tuviera que sacarle algo de dentro. Su mano encontró mi pelo y lo agarró con más firmeza que la primera vez, no para tirar, para guiar.

—Más adentro, Elena. Puedes.

Bajé más. La punta me tocó el fondo de la garganta y tuve una arcada breve que me hizo llorar los ojos. Me sujeté con las manos a sus muslos y volví a intentarlo, respirando por la nariz, tragando la saliva que se me escapaba por la comisura. Escuché mi propio ruido, el chapoteo de la mamada en el silencio del parque, y me di cuenta, con una claridad que me hirvió por dentro, de que quería más.

—Cuida de Marcos —dije, sacándomela un momento, con los labios brillantes y la voz ronca.

—Lo estoy cuidando —respondió, mirándome desde arriba con los ojos entrecerrados—. Nadie en este barrio lo va a tocar mientras yo esté. Te lo juro. Ahora sigue.

No sé por qué le creí. Quizás porque en ese momento no había otro lugar donde apoyarme. Volví a metérmela hasta el fondo y empecé a moverme más rápido, ayudándome con la mano en la base, girándola cada vez que subía como me habían enseñado hacía mil años y yo había olvidado.

Dani se dejó caer contra el tronco y me subió la falda con la mano libre. Metió los dedos entre mis piernas sin preguntar y encontró lo que ya sabía que iba a encontrar.

—Estás chorreando, Elena —susurró—. Sigues chupando y me la trago mientras te toco.

Metió dos dedos dentro de mí de una vez y yo gemí alrededor de su polla con un ruido ahogado. Empezó a moverlos con el mismo ritmo con el que yo lo chupaba, dentro y fuera, curvándolos hacia arriba hasta encontrar el punto que me hizo cerrar los muslos alrededor de su mano. El clítoris me lo trabajaba con el pulgar, en círculos lentos, mientras me llenaba la boca con la polla dura hasta el fondo.

—Tienes las manos buenas, Elena —exhaló, con la mandíbula apretada—. Y la boca todavía mejor.

Nadie me lo había dicho así en mucho tiempo. Con esa voz y ese peso. Aceleré el ritmo, chupándolo con las mejillas hundidas, subiendo y bajando la cabeza, escuchando cómo la respiración de Dani se cortaba en seco cada vez más seguido. Los dedos dentro de mí se movían más rápido también, empujándome hacia el borde con una precisión insultante.

Me corrí primero yo, con la polla dentro de la boca y los dedos de él dentro del coño, temblando entera contra el tronco del árbol, sin dejar de chupar porque no supe cómo parar. El grito me salió amortiguado, un ruido animal ahogado por la carne. Sentí cómo me apretaba alrededor de sus dedos, cómo se me escurría el flujo por el interior de los muslos.

Dani no me dejó descansar. Sacó los dedos, me sujetó la cabeza con las dos manos y empezó a follarme la boca él, empujando las caderas contra mi cara con embestidas cortas y controladas. Yo lo dejé hacer, con los ojos llorosos y la mandíbula abierta, tragando saliva y aire por la nariz.

—Trágatelo —jadeó, con la voz por fin rota—. Todo.

Se tensó por completo un momento antes del final, los hombros inclinados hacia adelante, la respiración cortada en seco. La primera corrida me llenó la boca de golpe, caliente, espesa, tirando hacia el fondo de la garganta. Tragué como pude. La segunda me la dio en la lengua, más lenta, y también me la tragué. La tercera se le escapó por la comisura de mis labios y me resbaló por la barbilla. Cuando la sacó, todavía le quedaba algo en la punta, y me la pasó por los labios como quien firma algo.

—Límpiala —dijo.

Le pasé la lengua por el glande, chupé la última gota y solté la polla con un ruido húmedo. Me quedé arrodillada un segundo más, respirando, con el semen todavía tibio bajándome por la garganta y el sabor metálico en la boca.

—La semana que viene —dijo Dani, ya con la voz normal, arreglándose el chándal con movimientos tranquilos—, te la meto por el coño. Ya lo has visto. Ya sabes lo que hay.

—La semana que viene —repetí, porque era lo único que se podía decir.

Me levanté con las rodillas manchadas de tierra, me limpié la barbilla con el dorso de la mano y me sequé en un pañuelo del bolso lo que me había quedado en la comisura. Una pequeña humillación privada que nadie vio.

Crucé el parque hacia mi portal sin correr, aunque el frío me calaba hasta los huesos y el coño me seguía latiendo, hinchado, empapado de mí misma y de sus dedos. Subí en el ascensor. Abrí la puerta de casa despacio para no despertar a Marcos.

Desde su habitación llegaba el ruido apagado de alguna serie en el portátil. Estaba en casa. Estaba bien.

Por eso lo hacía.

Me lavé las manos en el baño durante más tiempo del necesario. Me enjuagué la boca dos veces con agua y una con colutorio, y aún así el sabor de la corrida de Dani me duró hasta que me metí en la cama. Me dije lo que me decía siempre: que lo hacía por él, que no había otra salida, que cualquier madre habría hecho lo mismo en mi lugar.

La verdad era más sencilla y más difícil que todo eso. Debajo de las sábanas volví a meterme la mano entre los muslos, todavía resbaladizos, y me corrí otra vez pensando en la semana siguiente, en la polla de Dani entrándome hasta el fondo contra el tronco de aquel álamo. El lunes siguiente iba a volver al parque. Y no solo por Marcos.

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Comentarios(8)

MarcosTP

Increible relato, se me hizo muy corto!!! Necesito mas

NadiaV

Por favor hacé una segunda parte, quedé con demasiadas ganas de saber cómo sigue

ClaraMdz

Me encanto como está narrado, se siente auténtico. De lo mejor que leí en esta pagina en mucho tiempo

Cachiscles1976

jaja desde el titulo ya sabes que esto va a ser bueno

SolBA

Que buenoo!! Me recordo a algo que viví hace años, tremendo relato

ElRonco_09

Gracias por compartirlo, muy bueno

FedericoBaires

Muy bien escrito!! Hay segunda parte o lo dejás así?

LectorNocturno99

Se nota que sabés contar historias. La narracion engancha desde el principio y no suelta. Ojalá vuelvas a escribir en esta categoria!

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