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Relatos Ardientes

Mi hermano fue el remedio que mamá necesitaba

Mamá llevaba tres meses sin salir de su habitación. Desde que perdimos a papá, el mundo para ella se redujo a esas cuatro paredes, a las cortinas cerradas y a las bandejas de comida que yo le dejaba en la puerta y que a veces ni tocaba. La veía así y se me partía el corazón, porque mamá tenía cincuenta y un años pero aparentaba mucho menos, con ese cuerpo que ninguna dieta le había dado sino la genética pura: caderas amplias, cintura marcada y un pecho generoso que siempre había llamado la atención de los hombres sin que ella lo buscara.

Un domingo por la mañana decidí que ya había sido suficiente. Abrí la puerta de su cuarto sin llamar, corrí las cortinas y me planté frente a su cama con los brazos cruzados.

—Mamá, hoy te levantas —dije, con más autoridad de la que realmente sentía.

Ella entornó los ojos ante la luz y se tapó con la sábana.

—Sofía, por favor, déjame —murmuró.

—No. Mateo y yo salimos a comer y tú vienes con nosotros. A ducharte, que yo busco algo de ropa.

—No tengo ganas de ver a nadie, hija.

Me acerqué a la cama y me senté a su lado. Le aparté un mechón de la frente con los dedos, igual que ella hacía conmigo cuando era niña y tenía fiebre.

—Mateo pregunta por ti siempre. Dice que lo tienes abandonado, que eras su suegra favorita.

—Exagera.

—No exagera. Además, ¿cuánto llevas sin ponerte algo que no sea ese pijama?

Ella no respondió, que ya era una respuesta.

Me levanté y fui hacia el armario. Lo abrí y empecé a sacar perchas. Tenía ropa preciosa ahí dentro: vestidos que yo recordaba verla usar en cenas y reuniones, blusas de colores vivos, faldas que le caían bien en esas caderas que más de uno había admirado en silencio.

—Tienes ropa buenísima, mamá. Es un crimen tenerla encerrada aquí.

—Llévatela tú si quieres.

—No me entraría ni un sujetador tuyo —dije riéndome.

—Pruébatelo.

Lo dijo en broma, pero yo agarré el primero que encontré, uno de encaje color crema con las copas bien formadas, y me di la vuelta para probármelo. Tardé un momento, y cuando me giré, mamá me estaba mirando con los ojos más abiertos de lo que los había visto en semanas.

—¿Lo ves? Me entra perfectamente.

—Ay, hija... —Se incorporó un poco, apoyada en los codos—. Sí que te quedó.

—¿Ves? Genética —le dije—. Las dos estamos igual de dotadas.

Ella sonrió. Pequeño y casi involuntario, pero sonrió. Era la primera vez en meses que le veía la sonrisa.

—Los tuyos están más firmes —dijo.

—Los tuyos son más grandes.

—Igual de grandes, hija. Los genes no mienten.

Me saqué el sujetador y seguí buscando entre la ropa. Fue entonces cuando mi mano tropezó con algo que no esperaba, en el fondo del cajón, detrás de unas medias enrolladas. Lo saqué despacio y lo sostuve en el aire: un consolador de silicona de tamaño considerable, con textura, del color del marfil.

—Mamá.

—Sofía, deja eso.

—Tiene usted sus recursos, señora —dije, sin poder evitar reírme.

—Que lo dejes, te digo.

Me acerqué a la cama y me senté otra vez. Lo puse sobre la mesita de noche sin darle más importancia que a cualquier otra cosa.

—No hay nada de malo. Es lo más normal del mundo.

—Ya lo sé que es normal. Lo que no es normal es que me lo estés mirando tú.

—Mamá, somos dos mujeres adultas. Puedo preguntarte algo sin que ninguna se muera.

Ella me miró con esa mezcla de indignación y curiosidad que ponía cuando yo era adolescente y le preguntaba cosas que no debía.

—¿Qué quieres preguntarme?

—¿Hace cuánto no lo usas?

Un silencio largo.

—Desde antes de que papá se pusiera malo.

—O sea, casi un año.

Ella miró hacia la ventana y no dijo nada.

—Mamá, el cuerpo necesita. No tiene nada que ver con querer a papá ni con respetar su memoria. Son cosas completamente distintas.

—Lo sé, hija. Pero no es tan sencillo.

—¿Por qué no?

—Porque una vez que empiezas a pensar en eso, empiezas a recordar. Y acordarse duele.

Lo entendí. Y precisamente porque lo entendí, decidí seguir adelante de todas formas.

—Entonces hay que pensar en algo distinto. Algo nuevo. Alguien diferente.

—¿Qué quieres decir?

—¿Mateo te parece atractivo?

Ella me miró como si le hubiera propuesto robar un banco.

—Sofía, es tu novio.

—Ya lo sé. Te estoy preguntando si te parece guapo, no si quieres casarte con él.

—Pues... es un chico bien parecido, sí.

—¿Y sabes que te mira? Cuando te agachas a recoger algo, cuando llevas esa blusa verde que te marca el escote. Te mira, mamá. Lo he visto con mis propios ojos.

Ella frunció los labios pero no protestó.

—Y eso no te hace sentir nada, ¿de verdad?

—Me da apuro, Sofía. Para eso está el apuro.

—El apuro es una cosa. La otra pregunta es si te activa algo por dentro. Y eso no es traicionar a papá. Es solo ser humana.

Mamá se quedó callada un momento. Fuera, los pájaros. Dentro, el silencio incómodo de las verdades a medias.

—Un poco —admitió al fin, en voz muy baja.

—Normal. Eres una mujer atractiva. Y llevas casi un año sin que nadie te toque. Sin que nadie te mire de verdad.

—Sofía...

—No te pido nada raro. Solo que te des permiso de sentir algo. Aunque sea con eso. —Señalé el consolador con la cabeza—. Debajo de las sábanas. Yo no veo nada.

Hubo un silencio largo. Mamá miró el juguete, luego me miró a mí, luego volvió a mirar el juguete.

—Estás loca, hija.

—Un poco. Pero tú me quieres igual.

***

Tardó varios minutos en convencerse. Se metió el consolador bajo las sábanas con movimientos lentos y contenidos, como si esperara que yo la detuviera o la juzgara. No hice ninguna de las dos cosas.

El primer sonido que salió de su boca fue un jadeo cortado, casi de sorpresa.

—¿Está bien? —pregunté.

—Es que llevo mucho tiempo. —Hizo una pausa—. Me cuesta un poco al principio.

—Tómate el tiempo que necesites.

Yo miraba hacia la ventana, dándole algo de intimidad sin moverme de la cama. Podía oír su respiración cambiando de ritmo, haciéndose más profunda, más irregular. Sus caderas empezaron a moverse bajo las sábanas, apenas perceptible al principio, luego más evidente.

—Sofía.

—¿Qué?

—Ya entró todo.

No respondí. Solo le puse una mano en el hombro, despacio, como queriendo decirle que estaba bien, que no había nada de malo en lo que estaba haciendo.

—Ay, hija —susurró—. Qué vergüenza.

—No hay ninguna vergüenza. Relájate.

Su respiración se fue convirtiendo en jadeos suaves y continuos, y de vez en cuando en algo más parecido a un gemido que intentaba ahogar mordiéndose el labio. La cama crujió ligeramente. Yo seguía mirando hacia otro lado, pero era imposible no estar presente en ese cuarto, no sentir el calor que se iba acumulando bajo las sábanas.

—¿En quién estás pensando? —pregunté al cabo de un rato.

El movimiento se detuvo.

—En nadie —dijo ella.

—Mamá.

—Sofía, no empieces.

—No estoy empezando nada. Solo pregunto. Si estás pensando en Mateo, no me importa. Si es alguien del trabajo tampoco. Y si estás pensando en Diego...

La frase quedó incompleta en el aire. Debería haberla terminado, pero no lo hice. La dejé flotar.

—¿Qué tiene que ver tu hermano con esto? —dijo ella, demasiado rápido.

—Nada. Solo decía.

—Pues no digas.

Pero sus caderas habían vuelto a moverse.

—Diego me preguntó por ti la semana pasada. No como hijo pregunta por su madre. Me dijo que estás muy bien, que no pareces la edad que tienes. Y no lo dijo de pasada, mamá. Lo dijo mirándome a los ojos y eligiendo cada palabra.

—Sofía, para.

—Me dijo que cualquier hombre estaría encantado. Y después se quedó callado un buen rato mirando la nada.

Un silencio distinto al anterior. Más cargado. Más denso.

—Eso no puede ser —murmuró ella.

—Y sin embargo es. ¿Y tú? ¿Nunca has pensado en él?

—Es mi hijo. Estás diciendo una barbaridad.

—Lo sé. Solo te pregunto si alguna vez, en algún momento, en algún sueño del que te despertaste con culpa y te quedaste mirando el techo...

Las sábanas se movieron. Ella no respondió. Y ese silencio fue la respuesta más clara que podría haberme dado.

Pasaron varios minutos más. Sus gemidos se fueron haciendo más largos, menos contenidos, hasta que dejó de intentar ahogarlos del todo. Los muelles de la cama marcaban un ritmo constante y suave.

—Sofía —dijo al fin, con la voz espesa—. ¿Qué haría él si supiera que estoy así?

—¿Diego?

Silencio. Que era la respuesta.

—Vendría —dije, con calma—. Si yo le dijera ahora mismo que estás así, estaría aquí en un minuto.

—No hagas eso.

—¿Por qué no?

—Porque es una locura. Porque no está bien. Porque...

Sus caderas no paraban.

—¿Quieres que venga? —pregunté, directa.

El tipo de silencio que no es silencio sino una decisión que alguien toma mientras mira el techo.

—No lo sé —dijo ella al final, con una voz que no era la de todos los días—. No sé nada, hija.

Saqué el teléfono del bolsillo y le mandé un mensaje a mi hermano. Cuatro palabras: «Ven al cuarto de mamá.»

***

Diego apareció en el umbral menos de un minuto después. Había estado en casa todo ese tiempo, lo que yo ya sabía. Nos miró a las dos —a mí sentada en el borde de la cama, a mamá con las sábanas hasta el cuello y la cara encendida— y entendió la situación antes de que nadie dijera nada. Era inteligente, mi hermano. Siempre lo había sido.

—¿Qué pasa aquí? —preguntó en voz baja.

—Mamá necesitaba compañía —dije yo, poniéndome de pie.

—Sofía —murmuró ella, pero sin moverse, sin apartar los ojos del techo.

Diego entró. Cerró la puerta despacio. Se quedó de pie al lado de la cama, mirando a su madre con una expresión que yo no le había visto antes, una que no era de hijo sino de hombre que lleva tiempo callando algo.

—¿Cómo estás? —le preguntó a ella, con la voz muy baja.

—No lo sé —respondió mamá, con una honestidad que me dejó sin palabras.

Él se sentó en el borde de la cama, donde yo había estado sentada. Le puso una mano sobre la sábana, sobre su cadera, sin apartar la mirada de sus ojos.

—Llevo meses preocupado por ti —dijo.

—Lo sé, hijo.

—No me llames así ahora —dijo él, con calma, sin brusquedad.

Ella abrió la boca. La cerró. Volvió a mirar el techo y soltó el aire muy despacio.

Yo me moví hacia la puerta casi sin hacer ruido. Antes de salir, me giré un momento. Diego tenía la mano todavía sobre la cadera de mamá y ella no la había apartado. Lo miraba con esa expresión que no era de miedo sino de rendición, el tipo de rendición que lleva meses de soledad acumulada detrás y que ya no tiene fuerzas para seguir resistiendo.

Cerré la puerta al salir.

Me quedé un momento parada en el pasillo, con la espalda contra la pared. Lo que escuché después no fueron sonidos de drama sino algo más suave y más hondo: la voz de mi hermano, muy baja, diciéndole algo que no llegué a entender. Y luego la voz de mamá, que respondía con un sí tan pequeño que casi no era una palabra.

Y después ya no escuché palabras.

Escuché la respiración de alguien que por fin se dejaba ir. Los gemidos de mi madre, que no sonaban a vergüenza sino a alivio, a una tensión que se deshace lentamente, como el nudo de una cuerda que llevas demasiado tiempo apretando. La voz de mi hermano, constante y grave, que la llamaba por su nombre en lugar de llamarla mamá.

Y el silencio largo que vino después, que era el silencio de alguien que ha dormido de verdad por primera vez en mucho tiempo.

Aquella tarde, cuando volví de comprar algo de comida, mamá estaba sentada en la cocina. Se había duchado sola, se había puesto la blusa verde que siempre le marcaba el escote y se había hecho un café. Tenía las manos alrededor de la taza y la mirada puesta en el jardín, en los árboles, en algo concreto y real que existía fuera de esas cuatro paredes.

—¿Cómo estás? —le pregunté, dejando las bolsas sobre la encimera.

Ella levantó la vista. Me miró un momento. Y sonrió, sin esfuerzo, con toda la cara.

—Mejor —dijo.

No añadió nada más. Yo tampoco.

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Comentarios (10)

NicolasMdq

tremendo relato!!! uno de los mejores que lei por aca, en serio

SilvanaCba

Lo que mas me gusto es como esta escrito, se nota que hay sentimiento detras. No es solo un relato picante, hay algo mas profundo ahi

Valen_Rosario

Por favor seguí con esto, quede con ganas de saber como termino todo

Marcos_Uy

excelente!!

lectornocturna22

Me llego al alma la forma en que lo conta, sin ser burdo. Muy bien logrado

Nico_Baires

Me hizo acordar a dinamicas raras que a veces se dan en las familias cuando algo las sacude. Muy realista el planteo

FernandoTuc

Se hizo corto, queria que siga jajaja

AlfonsoZ

Esperando la segunda parte... esto no puede quedar asi

confesiones_fan

¿Hay continuacion? porque el final me dejo con mil preguntas

MarisolPaz

Muy bien escrito, se agradece que no sea todo al hueso sino que tenga historia de fondo. Saludos

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