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Relatos Ardientes

Mi vecino ermitaño me tenía en su galería

4.8(8)

Valeria tenía treinta y ocho años y la costumbre de salir a correr cada tarde desde el divorcio. Era lo único que la mantenía centrada después del trabajo: los auriculares, la ruta de siempre por el parque y los cuarenta minutos que separaban el momento en que cerraba el portátil del momento en que tenía que volver a un departamento demasiado silencioso. No era una rutina elegida, era una necesidad.

El edificio de cinco pisos donde vivía era tranquilo. Los vecinos se saludaban con la cabeza en el ascensor y no se metían en los asuntos de los demás. Valeria llevaba dos años allí y conocía a la gente del tercer piso por sus perros, a la señora del cuarto por sus discusiones telefónicas y a Marcos del sexto por su ausencia casi total.

Lo había visto tal vez cuatro veces desde que llegó. Un hombre de unos cuarenta y cinco años, delgado, siempre con el mismo tipo de ropa informal de quien trabaja desde casa. Lentes de montura gruesa, pelo sin ningún corte particular, y la costumbre de mirar el suelo cuando esperaba el ascensor como si el suelo fuera lo más interesante de la escena. La administradora le había dicho en algún momento que era programador y que casi no salía. Valeria había archivado esa información sin darle más importancia.

El miércoles en que todo cambió empezó igual que cualquier otro.

Salió del ascensor en el hall del edificio con sus licras de entrenamiento, la camiseta ajustada y los auriculares colgando del cuello. Eran las cuatro y cuarto de la tarde. Tenía la cabeza ya puesta en la ruta cuando escuchó una voz a sus espaldas.

—Disculpe.

Era tímida, casi inaudible. Se dio vuelta y vio a Marcos parado junto al buzón, con una tablet en la mano y una expresión que mezclaba la incomodidad de tener que pedir ayuda con la resignación de quien no le queda otra opción.

—No puedo instalar la actualización —dijo, levantando el dispositivo—. Me dice que no hay espacio pero yo ya borré todo lo que encuentro.

Valeria lo miró un momento. Luego miró el reloj de su muñeca. Tenía tiempo.

—A ver —dijo, quitándose el auricular izquierdo.

Tomó la tablet. Era un modelo reciente pero descuidado: la pantalla llena de huellas digitales, la cámara trasera manchada con una capa de polvo visible. Entró directamente a la galería para limpiar el lente y liberar algo de espacio, y lo que encontró la dejó quieta.

—¿Subimos un momento? Aquí no se ve bien con esta luz —dijo, con la voz perfectamente controlada.

Él asintió y fue hacia el ascensor. Valeria lo siguió.

***

El departamento de Marcos olía a café frío y a ventanas que no se abrían seguido. Era ordenado pero de una manera puramente funcional, sin ningún elemento que sugiriera que alguien lo había pensado con intención: muebles básicos, sin cuadros en las paredes, una biblioteca llena de libros técnicos y nada más. Tres monitores en el escritorio, cables ordenados junto al rodapié. Un espacio diseñado para trabajar, no para vivir.

—¿Algo de tomar? Tengo agua, café… —dijo él desde la cocina.

—Agua está bien.

Valeria se sentó en el sofá con la tablet en el regazo y esperó a que sus pasos se alejaran por el pasillo. Luego entró al administrador de archivos para confirmar lo que ya había visto en el hall: algo que ocupaba cuarenta y dos gigabytes.

Las primeras imágenes la dejaron sin palabras.

Ella. Saliendo del edificio con las licras negras. Ella estirando en el parque con los brazos extendidos. Ella esperando el semáforo en la esquina con los auriculares puestos. Ella en el hall del edificio, de espaldas, revisando el correo. Ella en el balcón de su propio departamento, un domingo, regando las plantas con el cabello recogido en un moño desprolijo. Decenas de fotos. Cientos, quizás.

Había sido fotografiada desde el ángulo del sexto piso, con zoom, durante meses. Su vida cotidiana convertida en un archivo privado del que no sabía absolutamente nada.

Valeria sintió el calor subir desde el cuello hasta las sienes. Siguió pasando imágenes con el pulgar, más rápido, sin poder detenerse, contando mentalmente los meses que abarcaba la colección. Después de sus fotos vinieron otras: capturas de pantalla de código, algún paisaje tomado desde la ventana, selfies de él mismo frente al espejo del baño.

Y entonces apareció esa última foto y Valeria se detuvo.

Era él, de cuerpo entero, en este mismo baño. Sin ropa. Sosteniendo el teléfono con el brazo extendido hacia el espejo. Y con una polla erecta que su cerebro tardó varios segundos en terminar de procesar porque las proporciones simplemente no correspondían con lo que uno esperaría de un hombre que pasa los días mirando el suelo. Larga, gruesa, con las venas marcadas a lo largo del tronco y la punta enrojecida apoyada casi contra el ombligo. Una verga que no cuadraba en absoluto con el resto del cuerpo enjuto que la sostenía.

Escuchó sus pasos volver desde la cocina.

Cerró la galería. Puso la tablet sobre su regazo con cuidado y compuso la expresión antes de que Marcos apareciera en el marco de la puerta con el vaso de agua.

—Encontré el problema —dijo Valeria.

—¿Ah sí? ¿Qué era?

—La galería. Tenías mucho guardado ahí.

Una pausa. Los ojos de Marcos, detrás de los lentes, hicieron un movimiento casi imperceptible.

—¿Viste…?

—Vi.

El silencio que siguió fue largo. Marcos dejó el vaso sobre la mesa de centro y se sentó en el borde del sillón del escritorio, tan lejos del sofá como el espacio le permitía sin quedar de pie. Se apoyó los codos sobre las rodillas y se cubrió parte de la cara con la mano. Era la postura de alguien que sabe que no tiene argumentos.

—Lo siento —dijo. La voz le salió pequeña y sin defensa—. Sé perfectamente que no está bien. No era mi intención hacerte sentir vigilada. Solo es que…

Se detuvo.

—¿Solo es que qué? —dijo Valeria.

Marcos levantó la vista.

—Me cuesta mucho hablar con las personas. Siempre fue así. No sé cómo funciona eso que hacen los demás cuando se acercan a alguien y le dicen algo y la cosa fluye de manera natural. Yo nunca aprendí. —Hizo una pausa—. Cuando empecé a verte salir cada tarde, empecé a mirarte. Y después seguí mirando porque no sabía cómo hacer otra cosa.

—¿Y la foto tuya? —dijo Valeria.

Marcos no respondió de inmediato.

—¿También la viste?

—Sí.

Él miró el suelo. No era vergüenza exactamente, era algo más parecido a la concentración de quien intenta entender cómo llegó hasta este punto específico.

—Eso no tiene nada que ver contigo —dijo—. La tenía guardada desde hace meses. A veces necesito recordarme que existo de otra manera.

Valeria lo estudió durante varios segundos. Había algo extrañamente honesto en todo lo que decía, en la absoluta ausencia de excusas elaboradas o de intentos por quedar bien.

—Yo llevo dos años corriendo sola —dijo ella—. Dos años volviendo a este edificio y entrando a un departamento donde no hay nadie esperándome. —Cruzó los brazos—. Y vos llevas dos años mirándome desde el sexto piso sin decirme nada.

Marcos abrió la boca.

—No sabía cómo…

—Lo sé —dijo Valeria—. No te estoy recriminando. Te estoy explicando el contexto.

***

Se puso de pie despacio y se acercó. Marcos levantó la vista cuando ella quedó a menos de un metro. Su expresión era la de alguien que no termina de creer lo que está viendo, que espera que la escena se interrumpa antes de que él entienda completamente qué está pasando.

—Si esto pasa —dijo Valeria—, borrás todas las fotos esta noche. Sin ninguna excepción.

—Sí.

—Y no le decís nada a nadie. Nunca.

—Por supuesto que no.

Ella asintió una vez. Era la respuesta correcta y él la había dado sin dudar ni un segundo.

Se agachó frente a él y apoyó las manos sobre sus rodillas. Los dedos treparon por la cara interna de sus muslos con una lentitud premeditada, hasta topar con el bulto ya evidente que empujaba desde adentro del pantalón. Valeria sonrió apenas al sentirlo. Sus dedos eran precisos cuando le desabrocharon el cinturón, sin apuro, y bajaron el cierre con la misma calma. Le tironeó del pantalón y del bóxer al mismo tiempo, hacia abajo hasta las rodillas, y la polla de Marcos saltó libre y la golpeó suavemente en la barbilla antes de quedar apuntando al techo.

Marcos permaneció completamente inmóvil, los hombros tensos hacia atrás, los ojos fijos en ella con una mezcla de incredulidad y de la concentración de quien no quiere hacer ningún movimiento equivocado.

La foto no había mentido.

La tomó con la mano derecha y apenas alcanzaba a rodearla. Gruesa, caliente, respondiendo de inmediato al contacto, con la punta ya humedecida por una gota de líquido preseminal que le brillaba en el glande. La recorrió desde la base hasta la punta, despacio, estudiando la textura y el pulso que sentía contra la palma. Cada vena marcada, cada centímetro del tronco que se movía apenas en su mano al ritmo de las palpitaciones de él. Marcos respiraba con el pecho pero no hacía ruido. Estaba conteniendo todo.

—Mírame —dijo Valeria, sin levantar demasiado la voz—. No cierres los ojos.

Él obedeció al instante. Ella le sostuvo la mirada mientras acercaba la boca. Inclinó la cabeza y le pasó la lengua por la punta, lenta y sin rodeos, recogiendo el líquido salado que había allí, y lo escuchó soltar el aire de golpe como si se lo hubieran sacado a la fuerza. Volvió a lamerlo, esta vez más ancha, dejando que la lengua se aplastara contra el glande y bajara envolviéndolo por debajo. Bajó por el costado, hacia abajo y de vuelta, dejando que el calor de su boca lo recorriera con detenimiento. Le trazó un camino largo desde la base hasta la punta, con los labios apenas separados, hasta que sintió el pulso de él acelerarse contra la lengua.

—Dios mío —murmuró Marcos, con la voz rota.

—Todavía no empecé —dijo ella, y le mordió apenas la piel del costado del tronco, sin dientes reales, solo la presión de los labios.

Cuando abrió los labios y lo tomó por primera vez, el sonido que salió de Marcos fue bajo y sin forma, como algo que llevaba demasiado tiempo buscando la salida. Lo dejó entrar despacio, sintiendo cómo el glande le empujaba el paladar, cómo el grosor le forzaba la mandíbula a abrirse más de lo que estaba acostumbrada. Se detuvo cuando la punta le tocó el fondo de la garganta y tragó saliva alrededor de él, apenas, solo para que sintiera la contracción. Marcos gimió por primera vez en voz alta.

Trabajó despacio al principio. Con una mano en la base y la boca haciendo el resto, alternaba el ritmo: más lento para que él sintiera cada detalle, más profundo cuando notaba que la respiración se volvía irregular. Subía hasta dejar solo la punta entre los labios, jugaba con la lengua alrededor del surco, y volvía a bajar entera hasta que la nariz le rozaba el vello de la base. Se sacaba la polla de la boca cada tantas embestidas y le lamía el tronco entero, de arriba a abajo, con la lengua completamente plana, mientras lo miraba de reojo. Después se metía las bolas en la boca, una y la otra, chupándolas con cuidado, mientras la mano seguía subiendo y bajando por el tronco húmedo de saliva.

Las manos de Marcos no sabían dónde apoyarse. Las sintió moverse en el aire, rozar el borde del sillón, finalmente posarse sobre su cabello con una delicadeza casi cómica, sin presionar, como si tuviera miedo de romper algo.

—Podés agarrarme el pelo —dijo ella, soltándolo un momento y mirándolo desde abajo, con los labios brillantes y la barbilla apenas manchada—. No me vas a lastimar.

Marcos apretó los dedos entre sus mechones con torpeza. Ella sonrió y volvió a metérsela en la boca, más rápido esta vez, dejándole marcar el ritmo. Sintió cómo él tironeaba apenas, ganando confianza, cómo empezaba a levantar las caderas del sillón para hundirse en su garganta. Ella lo dejó. Aflojó la mandíbula y lo recibió entero, arcada tras arcada controlada, con los ojos húmedos y la saliva chorreando por la comisura de los labios hasta el mentón. Era un hombre que claramente no sabía qué hacer con sus manos cuando alguien le mamaba la verga. Eso también lo encontró, por alguna razón, completamente honesto.

—Es que estás… —Marcos tragó saliva—. Nunca nadie me la chupó así.

—Ya sé —dijo ella, sacándosela un segundo y dándole golpecitos con la polla contra la mejilla, contra los labios, dejándose marcar la cara con el pre—. Se te nota en todo.

Volvió a devorarlo. Le agarró el culo con las dos manos, clavándole las uñas apenas, obligándolo a empujar contra ella. Chupaba con succión firme ahora, sin dejar de mover la lengua contra la parte de abajo del glande, esa zona donde las venas se juntan y donde ella sabía que se rompen los hombres. Marcos empezó a jadear sin control, con la cabeza tirada hacia adelante para verla, con los dedos enredados en su pelo y la boca abierta como si le faltara aire.

—Espera —dijo él, con la voz tensa—. Para un momento.

Valeria se detuvo con los labios apretados alrededor de la base y lo miró desde abajo, sin sacársela.

Marcos tenía la mandíbula apretada y los ojos más oscuros detrás de los lentes. Respiraba con esfuerzo visible, con el pecho subiendo y bajando bajo la camisa. Ella lo dejó salir de su boca con un sonido húmedo y le acarició la polla mojada con el pulgar.

—No quiero terminar así —dijo. Hubo algo casi torpe en cómo lo dijo, pero genuino—. Pensé que quizás podíamos…

—¿Que qué? ¿Que te dejara follarme?

Marcos asintió apenas, avergonzado por la palabra, o quizás por lo directo con que ella se lo había puesto en la boca.

—Hoy no —dijo Valeria, simple y directa. Le pasó la lengua por la punta una vez más, sin apuro—. Hoy vas a correrte en mi boca. Y la próxima vez, si te portás bien, hablamos de lo otro.

Él asintió. Sin discutir, sin intentar negociar. Solo asintió y esperó.

Ese detalle le gustó más que cualquier otra cosa de la tarde.

Retomó el ritmo, más rápido ahora, con más presión en la base. La mano derecha giraba con la muñeca a la altura del tronco, subiendo y bajando en sincronía con la boca, mientras la izquierda le acariciaba las bolas por debajo, apretándolas suavemente cada tanto. Chupaba con las mejillas hundidas, tragando cada gota de saliva y pre que se le juntaba en la lengua, y le dejaba a él escuchar el sonido húmedo y obsceno de su propia polla entrando y saliendo de la boca de la vecina de abajo.

—Mírala —dijo ella, sacándosela apenas para hablar contra el glande, con la saliva corriéndole por los labios—. Mira cómo se te mete en la boca. Dos años mirándome desde arriba para esto.

Marcos gimió sin palabras y le empujó la cabeza hacia abajo, ya sin delicadeza, incapaz de contenerse. Valeria lo dejó. Abrió más la garganta y lo recibió hasta el fondo, y notó cómo el tronco se le hinchaba en la boca, cómo las venas se marcaban más, cómo las bolas se le contraían contra la palma. Sabía lo que venía.

Marcos dejó caer la cabeza hacia atrás y cerró los ojos y dejó de intentar controlar los sonidos que hacía. Llegó con los hombros tensos y los puños cerrados sobre el apoyabrazos del sillón, con ese segundo de silencio absoluto que precede al alivio completo. La corrida le salió en un chorro largo y caliente contra el paladar, y después otro, y otro más, tantos que Valeria tuvo que tragar dos veces sin dejar de chuparle la punta, ordeñándolo con la mano hasta la última gota. Él seguía sacudiéndose contra ella, con los muslos temblando, murmurando algo que no era una palabra sino un sonido animal, algo que probablemente llevaba años haciendo solo en ese mismo sillón.

Cuando terminó de vaciarse, Valeria lo mantuvo dentro un momento más, quieta, dejando que la sintiera. Después lo soltó despacio, se pasó el pulgar por la comisura de los labios recogiendo lo que se había escapado, y se lo llevó a la boca sin apartar los ojos de él.

Marcos permaneció inmóvil unos instantes con los ojos cerrados. Cuando los abrió y la miró, había en su expresión algo que ella reconoció sin esfuerzo: el aspecto de alguien que acaba de vivir algo que llevaba mucho tiempo existiendo solo en su propia cabeza.

—Las fotos —dijo Valeria, poniéndose de pie y limpiándose las rodillas de las licras.

—Esta noche. Te lo juro.

Ella tomó la tablet de la mesa de centro y abrió la galería. Seleccionó todas las imágenes que eran suyas, una por una, con la misma calma con la que había hecho todo lo demás, y las eliminó. Luego vació la papelera. Le mostró la pantalla vacía antes de dejar el dispositivo sobre el escritorio.

—Ahora va a tener espacio suficiente para la actualización —dijo.

Marcos la miró sin decir nada, todavía con el pantalón por las rodillas y la polla húmeda apoyada contra el vientre, incapaz de moverse. La siguió con los ojos mientras ella recogía los auriculares del sofá y caminaba hacia la puerta.

Con la mano en el picaporte se detuvo apenas un momento, sin girarse del todo.

—Si la próxima vez que nos cruzamos en el ascensor seguís mirando el piso —dijo—, puede que te pierdas algo más interesante. La próxima quiero sentirla adentro.

Salió sin esperar respuesta.

El parque la recibió con la luz de las cinco de la tarde y la misma ruta de siempre. Valeria corrió más despacio de lo habitual, sin pensar en el ritmo ni en el tiempo, con algo concreto y cálido instalado en el pecho —y un sabor todavía presente en la boca— que no tenía nombre todavía pero que tampoco se parecía en nada al silencio de las últimas semanas.

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Comentarios(9)

MiriamS99

Dios mio ese giro!!! No me lo esperaba para nada, relato genial

NocturnoLector

Por favor una segunda parte, quede con muchisimas ganas de saber como sigue esto entre ellos

Fabian_77

jajaja la parte de las fotos me mato, que personaje el vecino ese

Clara_Noche

Me engancho desde el primer parrafo!! Buenísimo, seguí escribiendo asi

NachoDelSur

Tremendo. Me recordo a una situacion que tuve con un vecino hace años, aunque la historia fue muy distinta jaja. Gracias por compartir

lectorx77

Muy bueno! Me genera curiosidad si ella nunca habia sospechado antes de las fotos. Se hizo cortito, quiero mas!

RositaFan

excelente!!! de las mejores que lei en esta categoria ultimamente

Marcos_BA

Esperando el proximo relato con ansias. Saludos desde Buenos Aires

Rodrigo_Sur

Muy bien contado, la tension cuando encuentra las fotos esta perfecta. Espero la continuacion

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