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Relatos Ardientes

El encargado que me hizo sentir mujer otra vez

3.4(10)

La mudanza cayó un martes de octubre. Hacía calor, el camión llegó tarde, y los niños estaban alterados desde por la mañana. Rodrigo y yo llevábamos trece años juntos y los últimos cuatro habían sido un lento apagarse: cenas en silencio, fines de semana paralelos, conversaciones reducidas a la logística de los hijos y las cuentas. A veces había momentos de intimidad, sí, pero eran breves y mecánicos, como cumplir con un trámite. Él se subía encima, se movía tres minutos y se corría con un gruñido, sin mirarme, sin tocarme apenas. Yo me quedaba mojada a medias, con las bragas puestas de nuevo antes de que él ya estuviera roncando. Había dejado de reclamar. Tenía mi trabajo, mis hijos, y en el fondo me repetía que ese estado era normal después de tanto tiempo. Pero igual esperaba algo más de él. Que pusiera aunque fuera un poco de su parte. Que eligiera estar.

El motivo oficial de la mudanza era el colegio nuevo, más cerca, mejor proyecto. El motivo real era la esperanza, la mía al menos, de que cambiar de casa pudiera cambiar algo que ya no sabía cómo nombrar.

Cuando el camión dobló por la calle y entramos por la barrera de la urbanización, apareció él.

Marcos tenía unos sesenta años, cabello gris plateado, ojos claros detrás de una montura de gafas fina y discreta. Alto, de complexión delgada, con esa calma particular que tiene la gente que no necesita demostrar nada. Era el encargado general del mantenimiento del complejo y se ofreció a guiarnos hasta la casa en el pequeño vehículo eléctrico de la administración. Un gesto sin importancia, supongo. Pero yo lo recibí como si tuviera peso.

La casa era exactamente lo que había imaginado: techos altos, luz natural, ese olor a pintura nueva que promete comienzos. Empecé a bajar cajas con algo parecido a ilusión. Y entonces el teléfono de Rodrigo sonó.

Me detuve al escucharlo decir:

—Claro, no hay problema. No estoy ocupado. Clara se encarga de todo.

Me acerqué furiosa mientras él todavía hablaba.

—Rodrigo —dije en voz baja, sin querer que los chicos escucharan—. Acabamos de llegar. El camión está esperando.

Él apenas me miró. Dijo algo de que yo podía con todo y señaló vagamente hacia los peones y hacia Marcos, como si fuéramos parte del mismo equipo de servicio. Cuando se subió al coche y se fue, me quedé en la acera con las manos vacías y ese nudo en la garganta que ya conocía demasiado bien. Los niños seguían corriendo por el jardín sin entender nada.

Fue Marcos quien se acercó sin hacer ruido y levantó la primera caja sin que nadie se lo pidiera.

—No tiene por qué molestarse —le dije. Me salió con la voz más rota de lo que pretendía.

—Ningún problema. Para eso estoy por aquí —respondió, con una calma que no fingía nada.

No añadió más. No preguntó qué pasaba, no puso cara de lástima, no dijo ninguna de esas frases de circunstancias que te obligan a responder. Simplemente trabajó a mi lado. Y mientras lo hacía, noté que sus ojos se detenían en mí. En mis hombros, en mis piernas, en mi cara. No de manera invasiva, sino con una atención tranquila, como si lo que veía le interesara de verdad. Cuando me agaché para levantar una caja, sentí perfectamente cómo su mirada se me clavaba en el culo, y en lugar de incomodarme, me apreté el pantalón un poco más contra la piel al levantarme.

Hacía mucho tiempo que nadie me miraba así.

Antes de que se fuera le dije que tendrían que venir a cenar con su mujer algún día, sin saber siquiera si la tenía. Él sonrió y dijo que lo tendría en cuenta. Me quedé un momento de pie en la entrada, mirando cómo se alejaba, sin terminar de entender qué me pasaba. O sí lo entendía, pero no quería nombrarlo todavía: llevaba las bragas húmedas y el pulso alto, y solo habíamos cargado unas cajas.

***

Al día siguiente, con la casa todavía sin ordenar, descubrí que la lavadora nueva seguía en su caja. Rodrigo no había aparecido por la mañana. Tenía, según él, una reunión que no podía aplazar.

Llamé a Marcos. No sé explicar bien por qué lo llamé a él y no a algún técnico. Pero lo hice.

Llegó antes del mediodía. Yo llevaba unos leggings oscuros, una camiseta blanca fina y el cabello recogido de cualquier manera. Mientras él revisaba las conexiones debajo del mueble, yo me movía a su alrededor sacando cosas de cajas, sin dejar de ser consciente de su presencia de una manera que llevaba tiempo sin serlo de nadie.

En un momento me pidió que lo ayudara a mover el aparato hacia la pared. Yo me quité el delantal que llevaba atado a la cintura sin pensarlo dos veces. La camiseta era fina y no llevaba sujetador. Noté el momento exacto en que sus ojos cambiaron. No lo ocultó, pero tampoco lo exageró. Una mirada directa y breve, como reconocer algo. Vio los pezones marcándose contra la tela blanca, endurecidos por el aire y por la conciencia de estar siendo observada, y no apartó la vista hasta que quiso.

No me aparté. No me cubrí.

Hacía demasiado tiempo que nadie me miraba así.

Esa sensación de ser deseada después de tanto tiempo de indiferencia fue extraña y mezclada: vergüenza y algo más profundo que no quise nombrar todavía. Sentí un tirón entre las piernas, un golpe de calor concreto, y tuve que apretar los muslos un segundo para calmarlo.

Después tomamos café en la cocina. No recuerdo exactamente cómo empecé a hablar, pero en algún momento le estaba contando que Rodrigo y yo llevábamos años siendo dos extraños bajo el mismo techo, que me cansaba fingir que todo estaba bien, que a veces me levantaba por la mañana y sentía que había desaparecido dentro del rol de madre y esposa y ya no sabía quién era fuera de eso. No le dije, pero lo pensé, que hacía meses que no me corría con nadie que no fuera yo misma en la ducha.

Marcos me escuchó sin interrumpir. Sin dar consejos, sin poner cara de circunstancias, sin decir las cosas que dice la gente cuando no sabe qué decir. Solo escuchó. Y eso, en sí mismo, fue más de lo que esperaba.

—No entiendo cómo un hombre puede ignorar lo que tiene al lado —dijo al final, en voz baja.

Me sonrojé. Aparté la vista un instante. Y cuando su mano se posó sobre la mesa, cerca de la mía, no la retiré enseguida. La dejé ahí, rozando la suya, unos segundos más de lo necesario.

Cuando se fue tardé un buen rato en levantarme de la silla.

***

Dos días después probé la chimenea del salón por primera vez en mi vida. En diez minutos conseguí llenar la planta baja de humo. Abrí ventanas, tosí, maldije en silencio y llamé a Marcos.

Antes de que llegara me cambié. Me puse una falda corta de lino blanco y un top negro ajustado. Bragas nuevas, las de encaje que llevaba guardadas sin estrenar desde hacía meses. Me eché un poco de perfume entre los pechos y otro poco por dentro de los muslos. No me pregunté por qué lo hacía. Ya lo sabía.

Llegó en media hora. La tarde era gris y fresca, de esas tardes de otoño que huelen a tierra mojada. Dentro de la casa, con el fuego ya encendido y la luz baja del salón, todo se sentía más pequeño y más cálido.

Mientras él inspeccionaba el tiro de la chimenea, yo organizaba la madera apilada junto al hogar. Me levanté rápido para buscar más troncos y sentí la falda subirse. Me incorporé despacio. No me la bajé.

Escuché su silencio. Ese tipo particular de silencio que tiene un peso propio.

En un momento ambos nos agachamos al mismo tiempo sobre el hogar para avivar las llamas y terminamos completamente llenos de ceniza. Nos miramos con caras de desastre y el humor lo hizo todo más fácil, menos tenso. Nos tiramos sobre la alfombra del salón, exhaustos y riéndonos como adolescentes.

Mi falda había quedado subida por encima del muslo.

No la bajé.

Vi el momento exacto en que el humor se retiró de su cara y quedó otra cosa: más directa, más grave. El salón se quedó en silencio y el único sonido era el crepitar de la leña.

—Clara —dijo, en voz muy baja.

—Lo sé —respondí.

Su mano tocó mi rodilla. Despacio, sin apuro, como si estuviera dándome tiempo de decidir. Yo no me moví. Cerré los ojos un instante y cuando los abrí, su cara estaba mucho más cerca.

El primer beso fue casi una pregunta. Suave, brevísimo, esperando. Le di la respuesta que tenía: me acerqué, y el segundo ya no fue suave en absoluto. Fue urgente, hambriento, con semanas de tensión acumulada saliendo al mismo tiempo. Su lengua entró en mi boca con una decisión que me hizo temblar, y yo la recibí y le mordí el labio inferior, chupándoselo despacio antes de soltarlo. Su mano subió por mi nuca y me sujetó la cabeza con una firmeza que me hizo soltar un sonido antes de que pudiera pensarlo.

Sus manos encontraron el borde del top y me lo sacaron de un movimiento. El aire frío del salón me rozó la piel durante un segundo antes de que sus palmas la cubrieran. Me tocó las tetas con las dos manos, aprendiendo el peso, sin apuro, apretándolas y separándolas para verlas mejor a la luz del fuego. Los pezones se me habían puesto duros hasta doler. Luego bajó la boca y atrapó uno entre los labios.

Lo que hizo con la lengua fue lento, deliberado y absolutamente efectivo.

Succionó con suavidad al principio, luego con más fuerza, la lengua girando en círculos constantes mientras sus dedos pellizcaban el otro pezón entre el pulgar y el índice, tirando de él justo lo suficiente para que doliera y me gustara al mismo tiempo. Cada presión de su boca enviaba un impulso directo que llegaba mucho más abajo, a un punto entre las piernas que ya latía como un segundo corazón. Mi espalda se arqueó sola sobre la alfombra, ofreciéndole más pecho.

—Marcos —dije, y mi propia voz me sorprendió.

No respondió con palabras. Cambió al otro pezón, lo mordió con cuidado, lo chupó hasta dejarlo brillando, húmedo, endurecido. Siguió, metódico y atento, como si tuviera todo el tiempo del mundo y no hubiera nada más que importara. Hacía años que nadie me tocaba así, con esa intención real, con esas ganas genuinas de estar ahí.

Sus manos bajaron por mi vientre, levantaron la falda hasta la cintura y me miró un momento antes de tocarme. Las bragas de encaje estaban empapadas, oscurecidas por el centro. Deslizó un dedo por encima de la tela, sintiendo lo mojada que estaba, y sonrió.

—Estás completamente mojada —dijo, y no era una pregunta.

—Llevo así desde que entraste —contesté sin pensar.

Apartó la ropa interior a un lado y dos dedos encontraron el camino sin dudas. Entraron despacio, y noté cómo mi coño los tragaba con un sonido húmedo que me dio vergüenza y me excitó al mismo tiempo. Su pulgar empezó a moverse sobre mi clítoris en círculos continuos y precisos, ni demasiado fuertes ni demasiado suaves, exactamente la presión que yo habría usado conmigo misma.

Abrí más las piernas sobre la alfombra.

—Así —pedí entre respiraciones—. No pares.

Metió y sacó los dedos con un ritmo cada vez más firme, curvándolos hacia adentro para tocar ese punto que Rodrigo nunca había buscado. Los músculos internos se contraían solos, apretándole los dedos, pidiendo más. El sonido mojado se hacía más alto con cada movimiento, mezclado con mi respiración entrecortada y con el crepitar de la leña.

—Mírame —dijo.

Abrí los ojos. Los suyos estaban fijos en los míos, y su mano no dejaba de trabajar. Verlo mirándome mientras me hacía eso, esa atención absoluta puesta en mi placer, fue lo que me terminó de romper.

El placer creció rápido, más rápido de lo que mis pulmones podían manejar. Sentí que me contraía alrededor de sus dedos, que mis caderas empezaban a moverse solas buscando más presión, que dejé de ser consciente del salón, de la casa, de cualquier cosa fuera de ese punto exacto donde su mano trabajaba.

—Estoy a punto de… —empecé a decir, y no pude terminar.

Me corrí con una sacudida larga que me dejó sin voz. El coño se cerró en espasmos alrededor de sus dedos, una y otra vez, y sentí un chorro caliente escurrirse por dentro de los muslos hasta la alfombra. Las rodillas se me juntaron por instinto y luego se abrieron de nuevo. Solté un sonido que llenó el salón entero. Él siguió moviendo los dedos despacio hasta que el último temblor pasó, y después se los llevó a la boca y se los chupó uno por uno, mirándome, sin dejar de mirarme.

Cuando lo miré, sonreía. No con arrogancia, sino con algo más honesto. Más cálido.

—Quiero probarte —dijo—. Entera.

Me abrió las piernas del todo. La falda ya estaba enrollada en la cintura, las bragas colgando de un tobillo. Bajó la boca directamente entre mis muslos y su lengua encontró el clítoris de la primera pasada. Un lengüetazo lento, plano, desde abajo hasta arriba, que me hizo levantar las caderas de la alfombra.

—Dios —dije—. Dios, Marcos.

Empezó a chuparme el clítoris con los labios, la lengua moviéndose sin parar por encima, mientras un dedo volvía a entrar en mí. Chupaba, soltaba, lamía, volvía a chupar. Cambiaba el ritmo justo cuando yo pensaba que ya iba a acostumbrarme. Sentí su lengua bajar hasta la entrada del coño y meterse dentro, penetrarme con la lengua un momento antes de volver a subir al clítoris.

Yo le agarré la cabeza con las dos manos, sin querer apartarlo, más bien lo contrario. Le apreté la cara contra mí.

—No pares —repetí—. No pares, no pares, no pares.

Metió dos dedos otra vez y los movió al mismo ritmo que su boca, y en cuestión de un minuto sentí que me venía la segunda ola, más rápida y más violenta que la primera. Me corrí en su boca soltando un grito que ni siquiera intenté contener, moviendo las caderas contra su cara sin ningún control, y él se quedó ahí lamiéndome, bebiéndome, hasta que dejé de temblar y le tuve que apartar la cabeza porque no aguantaba más.

Se subió por mi cuerpo dejando un rastro de besos, y noté el sabor de mi propio coño en su boca cuando me besó. No me molestó. Al contrario. Le chupé la lengua para llevármelo entero.

Estiré las manos hacia él y le desabroché el cinturón con dedos torpes. Lo encontré tenso, listo. Cuando saqué su polla de la ropa, se me escapó un sonido. Era gruesa, más gruesa que la de Rodrigo, con una vena marcada corriéndole por debajo y la punta ya brillando de líquido. Lo tuve en la mano durante un momento, midiendo, subiendo y bajando el puño despacio, viendo cómo se le tensaba la mandíbula.

—Ponla en mi boca —le dije—. Quiero probarla.

Se movió hasta arrodillarse a la altura de mi cara. Le abrí los labios y me la metió despacio. Cerré la boca alrededor y empecé a chupársela con hambre, con años de hambre acumulada. La lengua le recorría toda la longitud, envolviendo la punta, bajando hasta donde no llegaba. Le agarré los huevos con la otra mano y se los apreté con cuidado, y él soltó un gemido ronco por encima de mí.

—Así, Clara —dijo con la voz rota—. Así, dios mío.

Lo chupé hasta que sentí que las caderas se le empezaban a mover solas, hasta que noté el pulso latiéndole en la boca. Entonces la saqué con un sonido húmedo, le miré desde abajo con los labios brillando y tiré de él hacia mí.

—Entra —dije, mirándolo a los ojos—. Entra ya. Fóllame.

Lo hizo despacio. Centímetro a centímetro, deteniéndose cada vez que yo soltaba un sonido, como si quisiera escucharme entera antes de seguir. Me abrió, me llenó de una manera que no había sentido nunca, un estiramiento continuo que me sacó un gemido largo mientras iba entrando. Cuando estuvo completamente dentro, los dos nos quedamos quietos un instante. Solo el fuego, solo nuestra respiración, solo mi coño palpitando alrededor de su polla, acostumbrándose.

Luego empezó a moverse.

Primero lento, en largos balanceos que me llenaban por completo. Salía casi entero y volvía a hundirse hasta el fondo, con una calma deliberada, dejándome sentir cada centímetro en cada empuje. El sonido de la leña ardiendo se mezclaba con nuestra respiración y con el roce sordo de la alfombra y con el sonido húmedo de nuestros cuerpos encontrándose. Yo me aferraba a sus hombros con los ojos entreabiertos, concentrada en cada movimiento.

—Más —pedí—. Más fuerte.

Aceleró. Sus embestidas se volvieron más directas, más profundas. Cada golpe de sus caderas contra las mías me empujaba hacia arriba sobre la alfombra, hacía sonar mis tetas contra su pecho, me sacaba un jadeo desde el fondo del pecho. El calor del fuego me llegaba por un costado y el calor de su cuerpo por el otro. Sentí que el placer se enroscaba otra vez, que algo volvía a acumularse.

—Ponte de rodillas —le pedí, con la voz áspera—. Quiero encima.

Salió de mí y se tumbó de espaldas sobre la alfombra. Me subí a horcajadas, agarré su polla con la mano y me la metí despacio, viendo cómo desaparecía dentro de mí. Empecé a moverme, primero en círculos, luego subiendo y bajando, apoyándome con las manos en su pecho. Él me miraba desde abajo con las mandíbulas apretadas, las manos en mis caderas, guiándome sin forzar.

—Mírate —dijo—. Mírate, joder.

Me levantó las tetas con las palmas y me pellizcó los pezones al mismo tiempo. Yo me monté más fuerte, más rápido, sintiendo la polla golpeándome dentro justo en el ángulo que necesitaba. Mi propio cuerpo empezó a decidir por mí: las caderas iban solas, el coño se apretaba solo, los sonidos salían solos.

—Así —dije entre respiraciones—. Exactamente así.

Me corrí por tercera vez con un sonido que no intenté controlar, echándome hacia atrás con las manos apoyadas en sus muslos, empalada, temblando por dentro y por fuera. Él me sostuvo por las caderas mientras yo me venía encima suyo, y en cuanto pasó el último espasmo me levantó por la cintura y me giró.

—De rodillas —dijo—. Boca abajo.

Me puse a cuatro patas sobre la alfombra, con la cara contra el brazo doblado y el culo en alto. Sentí la punta de su polla buscando la entrada, y volvió a meterse de un empuje único que me arrancó un grito. Desde ese ángulo se sentía todavía más profundo, todavía más lleno. Me agarró de las caderas y empezó a follarme con ganas, sin la contención de antes, chocando contra mí una y otra vez, con un ritmo firme que hacía sonar la carne contra la carne por todo el salón.

—Sí —dije contra el brazo—. Sí, sí, sí.

Una de sus manos me subió por la espalda y me agarró del pelo, tirando lo justo para levantarme la cara. Con la otra me daba una palmada en el culo, no fuerte, más bien marcando ritmo, y sentí que la piel se me calentaba donde me golpeaba. Nunca nadie me había pegado en el culo. Me gustó más de lo que esperaba. Empujé hacia atrás pidiendo otra.

—Otra —dije—. Otra vez.

Me la dio. Y otra. Y siguió follándome sin parar, la respiración volviéndose más pesada y más corta, hasta que dijo mi nombre en voz baja y me apretó las caderas con más fuerza.

—Me voy a correr —dijo—. Clara, me voy a correr.

—Adentro —le dije, sin dudar—. Córrete adentro.

Se hundió del todo con un gemido ronco y sentí el pulso de su polla dentro de mí, chorros calientes uno detrás de otro llenándome hasta el fondo. Me apreté alrededor de él para exprimirlo, y me vine otra vez encima suyo, la cuarta, corta y aguda, mientras él seguía vaciándose adentro. Cerré los ojos para conservar ese momento el mayor tiempo posible.

Cuando salió, sentí un hilo caliente escurrirse por dentro del muslo hasta la rodilla. Nos dejamos caer los dos de lado sobre la alfombra, pegados, empapados en sudor, con el fuego todavía crepitando al lado.

***

Nos quedamos quietos durante un rato. El fuego seguía ardiendo. Afuera el sol ya se había ido. En el salón la luz era cálida y baja y todo olía a leña quemada y a sexo, a los dos.

Después fuimos a la cocina. Preparamos café en silencio, uno al lado del otro, sin incomodidad. Yo todavía tenía las piernas flojas y su semen entre los muslos, y él me daba besos cortos en el hombro cada vez que pasaba a mi lado. Me gustó eso: que no hubiera necesidad de llenar el espacio con palabras.

Cuando nos sentamos con las tazas en la mano, nos miramos un momento antes de hablar.

—Esto complica las cosas —dije.

—Puede ser —respondió.

—No debería volver a pasar.

Marcos asintió, serio, sin ironía, sin prisa. Y luego, después de un silencio:

—Tú decides.

Eso fue todo. Sin promesas, sin peticiones, sin intentar escribir lo que vendría después. Solo me dejó con la decisión en las manos, que era exactamente donde tenía que estar.

Esa noche, cuando Rodrigo llegó tarde y se metió en la cama sin decir nada, yo estaba despierta en la oscuridad mirando el techo. Todavía sentía el escozor suave en el culo donde Marcos me había pegado, todavía sentía su semen seco entre las piernas porque no me había duchado a propósito.

Pensé en el fuego, en la alfombra, en las manos de Marcos moviéndose sobre mí con una atención que llevaba años sin recibir de nadie. En su boca, en su polla, en la manera en que me había mirado mientras me corría en sus dedos.

Y supe que iba a llamarlo otra vez.

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3.4(10)

Comentarios(10)

Loki35

que relato!!! me dejo sin palabras

Renato_BA

Por favor seguí con la historia, quede con ganas de saber que pasa despues. No puede terminar ahi

MarisolCba

Me emocione leyendo esto. Hay algo muy real en como lo contaste, sin exagerar ni ser burdo. Muy buena pluma.

Antonio

Excelente!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo, de verdad

Fede_lee

el titulo ya me engancho, y el relato no decepciono. sigue asi!!

MarcoNoche

Me recordo a una situacion similar que viví hace unos anios... esas cosas que uno se guarda y nunca cuenta a nadie. Gracias por ponerle palabras.

Gastón_86

tremendo, la parte de la chimenea tiene mucha carga emocional. se nota que sabes escribir

Ingridzs

Esperando la segunda parte!!! no puede quedarse asi :)

lector001

Muy bien narrado, te transporta de a poco. Saludos

Uriel

hace tiempo no leia algo que me enganchara asi desde el principio. buenisimo

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