El paciente que encendió mis fantasías
Soy Marta. Enfermera desde hace más de veinticinco años, madre de dos hijos que ya vuelan solos y, según me dicen mis compañeras, la mamá de la clínica. No me molesta el apodo. Me lo gané a pulso: soy la más veterana del equipo y hay algo en mí que hace que la gente venga a contarme sus cosas.
Me describiré brevemente para que os hagáis una idea. Tengo más de cincuenta años, soy morena de pelo corto y rizado, no muy alta, con caderas que todavía se llevan alguna mirada en el pasillo y un pecho que, para lo que ha vivido, se mantiene bastante bien. Lo que más me gusta de cómo estoy ahora es que me acepto sin luchar contra nada. No finjo tener treinta.
A nivel personal, llevo casi tres años sola. Mi última relación terminó de mutuo acuerdo, sin drama, pero terminó. Y desde entonces el sexo ha sido básicamente una negociación conmigo misma: cuándo, cómo, con qué ayuda, y siempre en silencio para no despertar a nadie en casa.
Todo esto viene a cuento porque hace unos meses empezó a pasar algo en el trabajo que no esperaba.
***
Era principios de septiembre. Acababa de volver de vacaciones y me asignaron los pacientes nuevos de la semana. Entre ellos estaba Marcos.
Rondaba los cuarenta. Moreno, de hombros anchos, con esa forma de hablar pausada y directa que tienen los hombres que no sienten la necesidad de llenar el silencio. Dueño de un pequeño taller de restauración de muebles en el barrio, según me contó mientras yo le tomaba nota del historial clínico en la primera sesión. Había venido por una contractura lumbar que le había fastidiado todo el verano. Lo suyo era un mes de fisioterapia, dos sesiones por semana.
Desde el principio, Marcos fue de los pacientes que hacen el trabajo más llevadero. Hablaba con naturalidad, preguntaba, se interesaba. No de esa manera nerviosa que te hace mirar el reloj, sino con una curiosidad tranquila. Me preguntó de dónde era mi acento, y cuando le dije que era de Sevilla me contó que su abuela había vivido allí años y que todavía hacía el gazpacho igual que siempre. Me hizo gracia. Me cayó bien de inmediato.
Pero había algo más que la conversación.
Porque Marcos miraba. Y las que llevamos décadas trabajando sabemos distinguir perfectamente cuándo un paciente nos mira porque le preocupa su salud y cuándo lo hace por otro motivo. Él era del segundo tipo. No era una mirada molesta ni fuera de lugar, nada que me hiciera sentir incómoda. Era discreta, contenida, casi disculpándose a sí misma. El tipo de mirada que un hombre lanza cuando cree que nadie se da cuenta y que, sin embargo, cualquier mujer capta a la primera.
Lo comentamos en el vestuario una tarde, entre risas.
—Es de los tímidos —dijo Laura, una de mis compañeras, mientras se cambiaba de zapatos—. Con esos hay que tener cuidado. Los tímidos guardan la pólvora.
Yo me reí y cambié de tema. Pero no lo olvidé.
***
El detonante fue un martes a principios de octubre.
Llevábamos ya tres semanas de tratamiento y el calor de ese otoño se había alargado más de lo razonable. El aire acondicionado del box donde atendía a Marcos llevaba dos días averiado, y trabajar allí dentro era como moverse dentro de una bolsa de plástico. Todo sudaba: los guantes, las manos, el cuello del uniforme. El ambiente olía a calor seco y a ese desinfectante que nunca termina de disiparse del todo.
Ese día llevaba la camisola de manga corta del uniforme de verano porque no había otra forma de soportarlo. Mientras trabajaba en una maniobra de tracción lumbar, me incliné más de lo habitual para alcanzar el apoyo en el extremo opuesto de la camilla.
Marcos dejó de hablar a media frase.
Me incorporé despacio. Él desvió la mirada al techo en menos de un segundo, con las orejas de un rojo inequívoco.
Me molestó. Durante exactamente veinte segundos me molestó.
Luego pensé en lo que acababa de pasar. Un hombre varios años más joven que yo, mirándome así, poniéndose colorado. Y me molestó bastante menos. Me molestó, de hecho, nada en absoluto.
El resto de la sesión transcurrió en un silencio extraño que ninguno de los dos intentó llenar con palabras. Marcos no levantó los ojos de la camilla. Yo trabajé con toda la profesionalidad que me corresponde y me guardé muy para mí lo que tenía en la cabeza.
Pero algo se había movido por dentro. Algo que llevaba mucho tiempo sin moverse.
***
Los días siguientes cambié sin que nadie me lo dijera. Sin que yo misma me lo dijera, en realidad.
Empecé a abrocharme un botón menos en la camisola cuando le tocaba turno a Marcos. Me inclinaba más de lo necesario al buscar material en el armario bajo, con la excusa perfecta de que él tenía que ver dónde le aplicaba el calor. Me tomaba un segundo extra después de cada maniobra, de pie junto a la camilla, antes de volver al armario. No eran gestos exagerados ni ridículos. Eran pequeños, precisos, suficientes.
Y funcionaban. Lo notaba en cómo él contenía la respiración justo después de uno de esos movimientos. En cómo sus respuestas tardaban un segundo más de lo normal, como si tuviera que rebotar en otra cosa antes de volver a la conversación. En ese silencio nuevo que se creaba cada vez que yo me acercaba.
No pretendía ir a ningún sitio con aquello. Era solo un juego. Una forma de recordarme que todavía existía ese tipo de tensión entre dos personas. Que no me había vuelto invisible.
El problema con los juegos es que el cuerpo no distingue bien entre lo simbólico y lo real. Y el mío llevaba semanas acumulando todo aquello sin ninguna válvula de escape.
***
El miércoles de la cuarta semana llegué al trabajo ya al límite.
No sé si fue la combinación del calor que seguía sin aflojar, de las semanas de provocación contenida, o simplemente que mi cuerpo decidió que ya había esperado suficiente. Lo cierto es que a las doce y media, cuando terminé la sesión con Marcos y recogí el material, tenía un ardor entre las piernas que no me iba a dejar trabajar bien el resto de la tarde.
Me fui a la sala de descanso con la excusa del almuerzo. En ese momento no había nadie.
Entré al baño y cerré el pestillo.
Me desabroché los dos botones de arriba de la camisola. Mis pechos quedaron casi al descubierto, los pezones marcándose ya sobre la tela fina. Me miré un momento en el espejo del lavabo y, con toda honestidad, no estuve mal. Francamente no estuve nada mal.
Entré en el cubículo, bajé el pantalón hasta las rodillas con el tanga, y me senté en el borde del asiento.
Empecé despacio. Con los dedos apenas rozando, recorriendo desde afuera hacia adentro, dejando que el calor que ya tenía se convirtiera en algo concreto. Pensé en Marcos y en sus orejas rojas. En cómo había desviado la mirada al techo demasiado tarde. En lo que me hubiera gustado decirle en ese momento.
Me pasé la yema del pulgar por el clítoris y solté un sonido que tuve que ahogar con el dorso de la mano.
Estaba muy cerca. Más de lo que esperaba. Los dedos se movían solos ya, más rápido, mientras con la otra mano me apretaba un pecho por encima de la tela.
Y entonces llamaron a la puerta de la sala de descanso.
—¡Marta! ¿Estás ahí? —Era la voz de Laura—. Hay una incidencia en el box tres, te necesitan.
Me quedé paralizada dos segundos exactos.
—¡Voy ahora mismo! —respondí, con una voz que sonó perfectamente normal y que todavía no entiendo cómo salió así.
Me arreglé en treinta segundos. Me abroché los botones. Respiré tres veces. Salí.
—¿Estás bien? —me preguntó Laura mientras caminábamos hacia el box—. Te noto la cara colorada.
—Es el calor —dije—. Este edificio es un horno desde hace semanas.
Ella asintió y no preguntó más.
***
Lo que vino después fue peor que antes de haber empezado.
Cuando te quedas a medias con eso, el cuerpo no lo olvida. Lo guarda. Lo archiva justo debajo de la piel y te lo recuerda cada vez que te mueves, cada vez que el tejido del pantalón roza donde no debe, cada vez que te sientas y te levantas.
Aguanté una hora y cuarto más de turno con una concentración que me costó el doble de lo habitual. Atendí a dos pacientes más. Firmé dos informes. Respondí un correo administrativo sobre gestión de material estéril. Estaba físicamente presente en la clínica y completamente en otro lugar.
A las tres y cuarto recogí mi bolso y salí a la calle.
Mis hijos no estaban en casa. El mayor tenía clases en la facultad. La pequeña, que ya no era tan pequeña, había quedado con unas amigas a comer. Tenía la tarde entera para mí sola.
***
Llegué a casa, dejé el bolso en la entrada sin ni siquiera quitarme los zapatos primero, y fui directa al dormitorio.
Me desnudé frente al espejo de cuerpo entero que tengo en la puerta del armario. Despacio, esta vez. Sin prisa. Dejé caer la camisola al suelo. Me quité el sujetador. Bajé el pantalón.
Me miré.
Tenía los pezones duros antes de tocarlos. El cuerpo ya sabía perfectamente lo que venía.
Me toqué los pechos con las dos manos, con cuidado, dejando que el peso reposara en mis palmas. Los amasé despacio, con la presión justa, sintiendo cómo respondían. Cuando pellizqué un pezón entre el índice y el pulgar tuve que apoyarme en el marco del armario para no perder el equilibrio.
Me tumbé en la cama boca arriba, con las piernas abiertas.
Esta vez no había prisa. Esta vez no había nadie que pudiera llamar a ninguna puerta.
Empecé desde el principio, recorriendo toda la zona muy despacio, construyendo. Pensé en Marcos y en esa mirada que intentó esconderse y no pudo. Pensé en qué hubiera pasado si en lugar de incorporarme me hubiera quedado inclinada durante un segundo más, mirándole a los ojos, sin decir nada. En qué hubiera dicho él. En qué cara habría puesto.
En todo lo que no pasó pero que en ese momento me pareció perfectamente posible.
Cuando llegué al clítoris ya estaba completamente húmeda. Empecé con círculos lentos, obligándome a mantener el ritmo sin acelerarlo todavía, disfrutando del contraste entre lo que quería y lo que me permitía.
Introduje un dedo.
Noté cómo el músculo se contraía alrededor, y eso hizo que soltara un gemido largo y profundo que no intenté contener. Qué alivio, ese sonido. Después de tantas horas aguantando, qué alivio poder hacer ruido.
Luego fueron dos dedos, curvados hacia adentro, buscando ese punto que conozco bien después de tanto tiempo. Con la otra mano seguí en el clítoris, ahora con más presión, los círculos más cerrados y más rápidos.
Me di la vuelta y hundí la cara en la almohada.
Mis caderas empezaron a moverse solas, empujando contra mi propia mano. Los gemidos quedaban ahogados en el tejido de la almohada y eso hacía que los sintiera más, que resonaran hacia adentro. Las piernas me temblaban. Apreté los dedos un poco más adentro y el orgasmo llegó todo junto: una contracción que empezó en el centro y se extendió hasta los pies, sacudiéndome entera.
Me quedé sin moverme, con los dedos todavía dentro, esperando que pasaran las réplicas.
Luego me desplomé sobre la cama, boca abajo, la mejilla pegada a la almohada.
Exhausta. Completamente vaciada de la tensión que había cargado toda la semana.
***
Me quedé dormida unos veinte minutos.
Cuando me desperté, la habitación estaba en penumbra y se oían ruidos en la cocina. Mi hijo había llegado de la universidad antes de lo esperado.
Me levanté, me duché, me puse ropa limpia y bajé a prepararle algo de comer.
A la mañana siguiente, en la clínica, atendí a Marcos con toda la profesionalidad del mundo. Hablamos del tiempo, de una silla antigua que le habían traído ese fin de semana al taller, de si el calor iba a ceder por fin en octubre.
Él me miró con esa mirada que ya conocía.
Yo no dije nada. Pero cuando me di la vuelta para buscar el material de la sesión, no abotoné el último botón.