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Relatos Ardientes

La noche que su marido me animó a cogerla

Esa noche no tenía ningún plan especial. Salí con tres compañeros de trabajo a un bar del centro a festejar que por fin habíamos cerrado un proyecto que nos había tenido al borde del colapso durante semanas. Bebimos más de lo necesario, y cuando mis amigos decidieron seguir la noche en otro local, yo opté por irme a casa. Era tarde, estaba bastante borracho, y mañana tenía que levantarme temprano.

Salí a la calle y me puse a buscar un taxi. Era viernes y la ciudad estaba viva: música saliendo de los bares, grupos de gente en las esquinas, coches pasando despacio. Caminé un par de cuadras hasta una avenida más tranquila donde normalmente paraban los taxis, pero esa noche no había ninguno libre. Me quedé ahí plantado, con las manos en los bolsillos, esperando.

Fue entonces cuando un auto se detuvo junto a mí. Era un sedán oscuro, modelo viejo pero bien cuidado. Bajó el vidrio del lado del acompañante y vi a una mujer de unos treinta y ocho años, morena, con el pelo recogido en un moño rápido y un vestido negro de escote amplio. Me miraba con una sonrisa tranquila, sin ningún apuro.

—¿Adónde vas? —preguntó.

—A casa —dije yo, un poco sorprendido—. Estoy esperando un taxi.

—Nosotros te llevamos, si querés. Vamos para ese lado igual.

Miré hacia el asiento del conductor. Ahí había un hombre de unos cuarenta y pico, fornido, con el uniforme azul oscuro de una empresa de seguridad privada. Tenía cara de pocos amigos, pero asintió con la cabeza como confirmando la oferta.

¿Qué podía pasar?

Subí.

***

El hombre se llamaba Rodrigo y llevaba doce horas de guardia en un depósito del sur de la ciudad. La mujer, que se había presentado como Valeria, era su esposa. Llevaban juntos catorce años. Me lo contaron en los primeros cinco minutos del viaje, mientras yo miraba por la ventanilla intentando enfocar los carteles luminosos que pasaban borrosos.

—¿Tomaste mucho? —preguntó Valeria, girándose hacia mí desde el asiento delantero.

—Bastante —admití.

Rodrigo tomó una calle diferente a la que yo había indicado. No dije nada al principio; supuse que sabía un atajo. Pero cuando salimos de las calles iluminadas y entramos en una zona industrial sin farolas, empecé a prestar más atención.

—¿Adónde vamos? —pregunté.

—A tomar unas cervezas —dijo él, sin levantar la vista del camino—. Tengo unas frías en la hielera del baúl. ¿Tomás?

Antes de que yo pudiera responder, Valeria ya había girado el cuerpo hacia mí y me estaba ofreciendo una lata fría. Su mano rozó la mía al pasarla. El escote del vestido se abrió un poco con el movimiento y me costó no mirar.

La situación era rara. Pero no me sentía en peligro.

—Dale —dije.

***

Rodrigo paró el auto en un descampado al costado de una ruta poco transitada. Había un par de camiones estacionados más adelante, con las luces apagadas, y nada más. El cielo estaba despejado y había luna suficiente para ver con claridad.

Valeria abrió la puerta y bajó del coche. Dijo que iba a orinar. Rodrigo y yo nos quedamos en el auto bebiendo en silencio. Entonces, sin ningún preámbulo, él señaló hacia afuera.

—Mirala —dijo.

La miré. Valeria estaba a unos metros del auto, de espaldas, con la falda del vestido levantada hasta la cintura. Se había corrido la ropa interior hacia un lado. La luna le daba de lleno y yo podía verlo todo con una claridad que no esperaba.

Rodrigo no dijo nada más por un momento. Después preguntó, con la misma calma con que había hablado todo el viaje:

—¿Te gusta lo que ves?

No supe qué responder. Tenía el corazón acelerado y la cabeza confundida entre el alcohol y lo que estaba pasando. Pero lo que sentía en ese momento no era miedo, era otra cosa completamente distinta.

—Sí —dije.

—¿Te la cogerías?

Valeria se acomodó la ropa y volvió al auto. Se sentó en el asiento delantero, giró el cuerpo hacia mí y me miró directamente a los ojos. Tenía una expresión seria, pero no fría. Era la mirada de alguien que sabe exactamente lo que quiere y no tiene miedo de pedirlo.

—Hace rato que tenemos esta fantasía —dijo ella—. Él quiere mirar. Yo quiero que me cojas. Pero tú decidís.

***

No tardé en decidir.

Valeria pasó al asiento de atrás conmigo. Rodrigo quedó adelante, con el respaldo casi pegado a nosotros, girado de medio cuerpo para ver. El ambiente dentro del coche se puso denso en cuestión de segundos. Ella se bajó los tirantes del vestido y soltó el corpiño. Tenía el pecho firme para su edad, los pezones oscuros y duros, y no hizo ningún gesto de pudor al dejarme mirar.

Me puse rígido sin poder evitarlo. Era una reacción automática, sin pensarlo.

Rodrigo no habló. Solo miraba.

Valeria se inclinó sobre mí y empezó a besarme el cuello. Olía a perfume mezclado con el calor del coche y algo más difícil de definir. Sus manos fueron directo a mi cinturón, lo abrió despacio y metió la mano adentro del pantalón.

—Dios —murmuró ella, casi para sí misma.

Me bajó el pantalón y el calzoncillo hasta las rodillas. Se quedó mirando un segundo, con esa expresión de quien recibe algo mejor de lo que esperaba, y después se agachó.

Cuando su boca me envolvió cerré los ojos y apoyé la cabeza contra el vidrio trasero. Hacía mucho tiempo que no me hacían eso así, con esa clase de concentración real. Se tomaba su tiempo: bajaba despacio, subía más despacio todavía, y de vez en cuando levantaba la vista hacia mí con una mirada que me ponía más caliente que cualquier cosa que pudiera hacer con la boca.

Desde adelante, Rodrigo se había abierto el cierre del uniforme. Lo escuché moverse en el asiento pero no lo miré. Era parte del escenario, parte del acuerdo tácito que habíamos hecho sin palabras cuando yo dije que sí.

Valeria subió a horcajadas sobre mí. Se corrió la ropa interior hacia un lado para posicionarse y Rodrigo extendió el brazo desde adelante y le arrancó la bombacha de un tirón. Ella soltó una carcajada baja, cómplice, como si fuera una broma privada entre ellos dos.

—Pediste eso —le dijo ella sin mirarlo.

Cuando me penetró, los dos nos quedamos quietos un segundo. El coche, la ruta, los camiones a lo lejos, todo desapareció. Solo estábamos nosotros dos en ese asiento trasero demasiado pequeño, encajando como si no hubiera otra opción.

Después empezó a moverse.

***

No sé cuánto tiempo duró. En ese estado, con el alcohol todavía corriendo, el tiempo pierde escala. Lo que sí recuerdo es la sensación de sus caderas golpeando contra las mías, el sonido que hacía el coche con cada movimiento, el olor a perfume y sudor mezclados que llenaba el habitáculo cerrado.

Valeria no gritaba pero tampoco callaba. Emitía esos sonidos cortos y contenidos de quien trata de controlarse y no puede del todo, lo que paradójicamente lo hace más intenso. Se corrió dos o tres veces antes de que yo llegara al límite. Cada vez que llegaba, se aferraba a mis hombros y apretaba los dientes con los ojos entrecerrados.

El alcohol que llevaba encima me hacía durar más de lo habitual. No sé si fue una ventaja o una tortura para ella, pero ninguno de los dos se quejó.

Rodrigo miraba en silencio desde adelante. Una vez, cuando alcé la vista, nuestros ojos se cruzaron. Él no apartó la mirada. Había algo en su expresión que no era vergüenza ni incomodidad: era concentración pura, la de alguien que está exactamente donde quiere estar y no quiere perderse nada.

No lo entendía del todo. Pero tampoco hacía falta.

Cuando sentí que estaba a punto de acabar, le avisé. Valeria se movió de encima de mí, se agachó de nuevo y terminó lo que había empezado antes. Acabé en su boca con una intensidad que no esperaba después de tanto tiempo. Ella lo recibió sin inmutarse, como si fuera parte del plan desde el principio, porque probablemente lo era.

Se incorporó, se limpió la comisura del labio con el dedo índice y volvió al asiento delantero con la misma calma con que había bajado del coche media hora antes.

***

Los tres nos quedamos en silencio durante un momento.

Rodrigo arrancó el motor. Yo me subí el pantalón y miré por la ventanilla, donde el descampado seguía igual de oscuro y tranquilo que antes, como si nada hubiera pasado ahí.

—¿Dónde vivo dijiste? —preguntó Rodrigo, con la misma voz de siempre.

Le di la dirección. El resto del viaje lo hicimos en silencio, pero no era un silencio incómodo. Era el silencio de tres personas que no tienen nada más que decirse pero tampoco sienten la necesidad de fingir que sí.

Me bajé frente a mi edificio. Valeria se giró y me despidió con una sonrisa breve, casi formal.

—Gracias —dijo.

—A ustedes —respondí, sin saber muy bien qué otra cosa decir.

Subí a mi departamento, me senté en la cama y me quedé mirando el techo durante un rato. No estaba en shock, pero tampoco estaba tranquilo del todo. Era más bien asombro. La clase de asombro tranquilo que sentís cuando algo ocurre exactamente como tenía que ocurrir, aunque no lo hayas buscado ni planeado.

Esa noche no me había imaginado nada de eso. Había salido a tomar unas copas con amigos y a volver a casa. En cambio, terminé viviendo por primera vez algo que ni siquiera sabía que quería vivir: que alguien me mirara follarme a su mujer, que eso fuera exactamente lo que los tres queríamos en ese momento y que nadie tuviera que pedir perdón por eso.

Supongo que algunas experiencias no existen para vos hasta que alguien más te las pone enfrente. Y a veces, si tenés suerte, pasan en el asiento trasero de un auto en medio de la nada, un viernes a la madrugada, cuando lo único que buscabas era un taxi.

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Comentarios (7)

RaulLector

increible el relato, de los mejores que lei en mucho tiempo!!!

CuriosoMx

y la segunda parte? no puede quedar asi jaja, por favor seguila

Nico_Noche

Nunca vivi algo asi pero siempre me pregunte como se sentiria estar en esa situacion. Bien escrito, se nota que fue real.

spaghetti2009

me recordo a una situacion parecida que vivi hace años, aunque sin el marido claro jaja. Excelente relato

ChelseaLectora

me quedo con ganas de saber como termino todo entre los tres despues de esa noche, espero haya continuacion

sergio_lect

Muy bien narrado, se siente como si uno estuviese ahi. Segui escribiendo!

Romina_norte

jajaj el marido es el personaje mas interesante de la historia sin duda, que tipo tan peculiar

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