Mi primera vez con una chica que buscaba un maduro
Llevaba meses sin algo que me sacudiera de verdad. Cuarenta y cinco años, trabajo estable, casa propia, y una vida sexual que podría describirse con una sola palabra: previsible. Por eso aquella tarde, mientras revisaba el celular por inercia en la oficina, me detuve en un anuncio que no tenía nada que ver con lo que se supone que busca un hombre de mi edad. «Chica de dieciocho busca hombre maduro para encuentro discreto. Sin foto. Sin dramas.» Lo leí dos veces. Después lo leí una tercera.
Le escribí sin pensarlo demasiado, convencido de que no respondería o de que sería una estafa. Pero respondió en veinte minutos. Su tono era directo, sin rodeos: quería un hombre que supiera lo que hacía, alguien que no se pusiera nervioso. Me dijo que no quería intercambiar fotos porque eso arruinaba el suspenso, y yo, que nunca había hecho algo así en mi vida, estuve de acuerdo sin entender del todo por qué. Acordamos el encuentro para el martes siguiente. Le di la descripción de mi carro y le señalé una esquina cercana a donde yo trabajaba, en un barrio tranquilo del centro.
El martes llegué diez minutos antes y la vi desde el primer momento. Estaba parada en el andén revisando los carros que pasaban, con una mochila pequeña al hombro y una expresión de concentración que no encajaba con sus años. Era de estatura media, cabello oscuro recogido sin demasiado cuidado, ropa sencilla. Cuando frené a su lado y bajé el vidrio, me miró, sonrió sin vacilar y abrió la puerta. No hubo torpeza. No hubo duda.
—Eres tú —dijo, como confirmando algo que ya sabía.
—Soy yo —respondí, y arranqué.
En el carro habló con una calma que me desconcertó. Me preguntó cómo me llamaba, cuántos años tenía exactamente, si era la primera vez que hacía algo así. Le dije que sí, que nunca había respondido un anuncio de ese tipo.
—¿Y eso qué? —preguntó, girando la cabeza para mirarme.
—No lo sé. Curiosidad, supongo.
Ella sonrió de nuevo, esta vez sin decir nada, y miró hacia adelante. Afuera el tráfico de la tarde avanzaba despacio. Yo intentaba concentrarme en la calle y no en que tenía dieciocho años y olía bien y estaba sentada a medio metro de mí con una seguridad que yo no recordaba haber tenido nunca a esa edad.
El motel quedaba a diez minutos. Subimos por el ascensor sin hablar demasiado y entramos a una habitación que olía a limpio, con la cama bien tendida y una ventana que daba a un patio interior. Ella dejó la mochila sobre la silla, se giró y me miró de frente. Había algo deliberado en su forma de pararse, de ocupar el espacio.
Se sentó en el borde de la cama y me hizo una señal para que me acercara. Cuando lo hice, puso las manos sobre mi pecho y me besó despacio. Al principio fue casi suave, algo exploratorio, como si estuviera calibrando. Después el beso se profundizó. Entrelazamos las lenguas y yo dejé de pensar en si aquello era una buena idea. Sus manos me tomaron por la nuca y me acercó más hacia ella.
Paró un momento para respirar.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Muy bien —dije.
Volvió a besarme. Esta vez fue su mano la que bajó por mi abdomen hasta donde la erección ya era evidente por encima del pantalón. Me apretó la polla por encima de la tela con calma, midiéndola con los dedos, apretando la punta y bajando hasta la base, como quien reconoce el terreno antes de trabajarlo. Yo le llevé los dedos a la espalda y le desabroché el top. Lo dejó caer al suelo. Debajo no traía nada. Sus tetas eran medianas, firmes, con los pezones ya duros, y cuando le puse las manos encima y empecé a apretárselas, cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás.
—Chúpamelas —dijo, con una voz que ya no era la misma del carro—. Que me pone cachonda que me las chupen fuerte.
Me incliné y le atrapé un pezón con los labios. Lo lamí en círculos, lo mordí despacio, tiré de él con los dientes hasta que la escuché gemir. Pasé al otro y le hice lo mismo, más fuerte, mientras con la mano libre le seguía amasando la teta que tenía libre. Ella arqueaba la espalda y me empujaba la cabeza contra el pecho, sin disimulo, sin pedir permiso.
—Más fuerte —me pidió, jadeando—. Muérdemelos. Que me encanta así.
Obedecí. Le mordí los pezones hasta dejárselos rojos, chupando y tirando, y cada vez que le clavaba los dientes ella soltaba un jadeo breve y me apretaba más contra su pecho. Me gustó obedecerle. Me gustó que supiera pedirlo.
Se paró y me quitó el cinturón con una eficiencia que me hizo reír en voz baja. Después el pantalón, la camisa, todo, hasta que quedé en ropa interior con la polla marcada contra la tela. Me la miró antes de bajarme el bóxer, y cuando saltó dura frente a su cara, sonrió como quien encuentra lo que estaba buscando. Se arrodilló ante mí, la agarró por la base con una mano y empezó a lamerla de arriba abajo, tomándose su tiempo, pasando la lengua ancha y plana por toda la longitud, deteniéndose en la punta para chuparla como un caramelo antes de bajar otra vez hasta los huevos y metérselos en la boca uno por uno.
Me apoyé en la pared y cerré los ojos.
Después se la metió entera. No de a poco: se la tragó hasta el fondo, hasta que sentí la punta chocar contra su garganta, y se quedó ahí un segundo antes de subir despacio, con los labios apretados y la lengua trabajando por debajo. Se le escapó un hilo de saliva por la comisura que le bajó por la barbilla y le cayó entre las tetas. Volvió a bajar. Volvió a subir. Empezó a chupármela con un ritmo constante, marcando cada embestida con un pequeño gemido ahogado que vibraba alrededor de la verga.
Paró para respirar y levantó la cabeza. Tenía los labios hinchados y brillantes.
—¿Te gusta cómo te la mamo? —preguntó, mientras me la pajeaba despacio con la mano llena de su propia saliva.
—Demasiado —respondí, con la voz áspera.
Se rió y siguió. Alternaba entre metérsela hasta el fondo y sacarla para lamerme la punta con la lengua puntuda, dándome pequeños golpes justo en el frenillo que me hacían apretar los dientes. Cuando notaba que me tensaba demasiado, paraba en seco, me la pajeaba lento con las dos manos y me miraba desde abajo con una sonrisa perversa, esperando a que bajara antes de volver a tragármela. Sabía exactamente lo que hacía y lo hacía con una concentración que me desarmó.
La detuve antes de que fuera demasiado tarde, con la corrida ya subiéndome por dentro. La acosté en la cama, le bajé el pantalón junto con la ropa interior de un solo tirón, y me puse de rodillas frente a ella. Abrió las piernas sin que yo se lo pidiera y cruzó los brazos detrás de la cabeza, esperando. Tenía el coño depilado, rosado, ya brillante de lo mojada que estaba.
Empecé por los muslos. Le mordí la parte interna, subí despacio, sin apuro, hasta que la escuché resoplar de impaciencia. Pasé la lengua entera por toda la raja, de abajo hacia arriba, recogiendo el flujo que ya se le escurría. Estaba empapada. Tenía un sabor limpio y salado que me hizo apretarle los muslos y hundir más la cara. Le separé los labios con los dedos y le lamí por dentro, metiendo la lengua todo lo que podía, mientras ella empezaba a mover las caderas contra mi boca.
Cuando encontré el clítoris y empecé a succionarlo, se agarró a las sábanas con ambas manos y soltó un gemido largo.
—Ahí —dijo—. No te muevas de ahí, joder.
Le metí un dedo mientras seguía chupándole el clítoris, después dos, curvándolos hacia arriba para tocarle el punto que la hacía gemir más fuerte. Empujó las caderas hacia arriba, restregándose contra mi cara, y yo aceleré la lengua sin parar de bombearla con los dedos. Estaba tan mojada que se escuchaba, un sonido húmedo y pegajoso cada vez que entraba y salía.
—Para —dijo de golpe, con la voz cortada—. Para, joder, que me voy a correr y quiero que sea con tu polla adentro.
Me puse el preservativo con dedos torpes por la urgencia, la puse boca abajo con las caderas levantadas y la espalda arqueada, y me ubiqué detrás de ella. Le agarré la polla con la mano y la pasé por toda la raja mojada antes de encajarla en la entrada. Cuando empujé, soltó un sonido cortado y se aferró al cabecero con las dos manos. Estaba apretada. Muy apretada.
—Es que soy un poco estrecha —dijo, apretando los dientes—. No pares, sigue, métemela toda.
Entré despacio al principio, dándole tiempo, sintiendo cómo el coño se le iba abriendo alrededor de mi verga centímetro a centímetro. Cuando la tuve toda dentro, me quedé un momento quieto, con las manos en su cintura, escuchándola respirar. Después empecé a moverme, primero lento, sacándola casi entera y volviendo a hundirla hasta el fondo, y luego con más firmeza, marcando cada embestida con un golpe seco de mis caderas contra su culo. Ella hundía la cara en la almohada y luego la levantaba para respirar. Le puse una mano en la cadera y la mantuve quieta mientras yo marcaba el ritmo.
—Así —jadeó contra la almohada—. Fóllame así, no pares.
Le di una palmada en el culo y ella gimió más fuerte. Le di otra, y otra, mientras seguía embistiéndola desde atrás con toda la longitud. El sonido de la carne chocando contra la carne, mezclado con su respiración cambiando, acelerándose, era lo más concreto que había escuchado en mucho tiempo. Le agarré el pelo con una mano, tiré con firmeza para arquearle más la espalda, y ella soltó un gemido gutural que no había escuchado antes.
—Más fuerte —pidió, casi suplicando—. Rómpeme.
Aumenté el ritmo hasta que la cama empezó a golpear contra la pared. Ella metía el culo hacia atrás cada vez que yo empujaba, saliendo a buscar la polla, follándome ella también desde su posición. Podía sentirla apretarse alrededor de mí a rachas, en oleadas cortas que me anunciaban que estaba cerca.
***
La giré boca arriba antes de que se corriera. Le puse las piernas sobre mis hombros, le doblé el cuerpo casi en dos y volví a metérsela de una sola embestida hasta el fondo. Ella gritó. Desde esa posición podía verle la cara, y eso fue lo que me terminó de desestabilizar. Tenía los ojos a medias, la boca entreabierta, las tetas botando con cada embestida, y una expresión de concentración total que me pareció la cosa más honesta que había visto en mucho tiempo.
Le agarré una teta con una mano y con la otra bajé al clítoris, frotándoselo en círculos con el pulgar mientras la seguía cogiendo cada vez más fuerte. Ella se llevó las manos a las tetas y empezó a apretárselas ella misma, retorciéndose los pezones entre los dedos.
—Acelera —dijo, jadeando—. Que ya llego, córreme, córreme.
Aceleré todo lo que pude. La embestía con toda la cadera, hundiéndomela hasta los huevos cada vez, sin descanso. Ella agarró la sábana con las dos manos, cerró los ojos, y de repente todo su cuerpo se sacudió en una serie de contracciones que me tomaron por sorpresa. Sentí el coño cerrársele alrededor de la polla en espasmos violentos, apretándome tanto que casi no podía moverme. Se arqueó, soltó un sonido largo y grave, un rugido casi, y siguió temblando durante varios segundos, con el cuerpo entero fuera de control y las piernas temblándome sobre los hombros. Yo no aguanté más. La corrida me subió desde los huevos como un latigazo, y me vacié dentro del preservativo con tres o cuatro embestidas finales que la hicieron gemir otra vez, mientras sentía cómo mi polla latía en pulsos largos apretada por su coño.
Nos quedamos quietos un momento, recuperando el aire, todavía encajados. Después ella soltó una carcajada breve y se cubrió la cara con el antebrazo.
—Siempre me pasa —dijo—. El cuerpo se me va solo cuando me corro. La primera vez que le pasó a alguien conmigo, el tipo pensó que me estaba desvaneciendo.
Me reí también. Era imposible no hacerlo. Salí de ella con cuidado, me quité el preservativo anudándolo y lo tiré al cesto.
Nos recostamos en la cama. El techo del motel tenía una mancha de humedad en una esquina que yo miraba sin verla de verdad. Le pregunté dónde había aprendido a moverse así, con esa calma, con esa claridad sobre lo que quería.
—Mi prima —dijo, como si fuera la explicación más obvia del mundo—. Nos hablamos mucho. Me explicó todo desde el principio. Decía que si una mujer no sabe pedir lo que quiere en la cama, la única responsable es ella misma.
No pude discutirle eso.
Estuvimos en silencio un rato. Afuera se escuchaba el ruido apagado del tráfico. Yo pensaba en que tenía cuarenta y cinco años y que esa tarde había aprendido algo que nadie me había enseñado antes, algo que tenía más que ver con la atención que con la técnica.
***
Después de un rato en silencio, sentí su mano moviéndose despacio por mi abdomen, bajando en línea recta hasta agarrarme la polla, que seguía medio dormida entre mis piernas. La miré. Tenía los ojos abiertos y una expresión que ya conocía. Empezó a pajeármela despacio, con la mano floja, esperando a que reaccionara.
—Todavía no nos tenemos que ir —dijo.
No era una pregunta.
Me besó el cuello, después bajó lentamente por el pecho, por el abdomen, dejando un rastro de saliva. Cuando llegó a la verga, ya la tenía dura otra vez en la mano. Volvió a tomármela con la boca, esta vez con más pausa, sin apuro, saboreando el proceso. Me la chupó entera, se la sacó, me lamió los huevos uno por uno, subió por el tronco con la lengua plana y volvió a metérsela hasta la garganta. Repitió el ciclo varias veces, mirándome a los ojos cuando la tenía toda dentro, con una calma provocadora que me hacía apretar los puños contra las sábanas. Para cuando terminó, yo ya no tenía nada de control sobre nada.
Se levantó, agarró otro preservativo de la mochila y me lo puso ella misma con la boca, deslizándolo con los labios hasta la base en un movimiento que me arrancó un gemido. Después se subió encima de mí, se agarró la polla con una mano y se fue bajando muy despacio, milímetro a milímetro, con los ojos cerrados y la boca entreabierta. Cuando me tuvo completamente adentro, exhaló y se quedó quieta un momento, apoyada con las palmas en mi pecho, como acomodando la sensación de tenerla toda hasta el fondo. Después empezó a moverse con un ritmo que encontró sola, primero un vaivén corto de caderas, luego levantándose casi entera para volver a dejarse caer.
Yo le puse las manos en las caderas pero no la guié. No hacía falta. Ella se cogía sola, me montaba con la misma calma con la que había hecho todo lo demás, dosificando el ritmo, deteniéndose cuando quería para restregarse el clítoris contra mi pubis en círculos lentos antes de volver a rebotar.
Se inclinó más y empezó a besarme mientras seguía moviéndose. Le agarré las tetas con ambas manos y se las apreté, chupándole los pezones cada vez que se acercaba lo suficiente. Ella gruñó contra mi boca y aceleró. Le puse las manos en el culo y se lo apreté con fuerza, marcándole los dedos, ayudándola a bajar más fuerte con cada embestida. El ritmo se volvió más irregular, más urgente, y ella empezó a hablar entre jadeos, palabras cortadas que se le escapaban sin filtro.
—Me encanta tu polla, joder, me encanta cómo me llena.
Cuando llegó, lo hizo de la misma manera que la primera vez: el cuerpo entero, sin pedirle permiso, tomando el control por su cuenta. La sentí contraerse alrededor de la verga en oleadas apretadas, una detrás de otra, mientras se derrumbaba sobre mi pecho temblando. Yo la agarré por las caderas, la mantuve encajada hasta el fondo y me dejé ir junto con ella, embistiéndola desde abajo tres veces más antes de vaciarme sin resistencia.
Quedamos tendidos en silencio durante varios minutos, ella todavía encima de mí, con la polla adentro perdiendo la dureza despacio. Ninguno de los dos habló.
***
Nos duchamos juntos. Se restregó el cabello bajo el agua caliente con la misma naturalidad con la que había hecho todo lo demás, como si ducharse con un desconocido de cuarenta y cinco años fuera algo que hacía todos los martes. Me pasó el jabón sin decir nada y yo le lavé la espalda, bajando hasta enjabonarle el culo, y ella se apoyó contra la pared un momento con los ojos cerrados antes de girarse y devolverme el favor, enjabonándome el pecho, el abdomen, la polla ya blanda con dedos suaves y sin intención segunda. No hubo torpeza. No hubo incomodidad.
Nos vestimos en silencio, pero no era un silencio incómodo. Era el silencio de dos personas que no sienten la necesidad de rellenar el espacio con palabras.
Bajamos al carro. La llevé cerca de donde necesitaba estar, a unas pocas cuadras de una avenida principal. Cuando el semáforo se puso en rojo, ella recogió la mochila, se inclinó y me dio un beso breve en la mejilla.
—Fue bueno —dijo.
—Sí —respondí.
—Hasta otro encuentro —dijo, y abrió la puerta sin esperar respuesta.
La vi alejarse por el espejo retrovisor hasta que dobló la esquina y desapareció entre la gente de la tarde. Arranqué cuando cambió el semáforo, y noté que estaba sonriendo sin haberme dado cuenta de cuándo había empezado. Llevaba cuarenta y cinco años aprendiendo cosas, y esa tarde una chica de dieciocho me había enseñado que todavía me quedaban muchas por aprender.