Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La noche que Valeria tuvo su primera vez

Era un martes de diciembre cuando conocí a Valeria.

Había quedado con Marcos en su departamento para organizar los detalles de la reunión de fin de año que hacíamos cada diciembre desde que éramos compañeros de facultad. Era uno de esos amigos que no necesitan verse todos los días para que la amistad siga en pie, de los que aparecen cuando hace falta y no hacen falta para desaparecer.

Llegué poco después de las siete. Toqué el timbre y la puerta la abrió ella.

Era alta, con el cabello oscuro cayéndole por los hombros y unos ojos claros que contrastaban con todo lo demás. Llevaba una camiseta sencilla y unos jeans ajustados, y me miró con esa expresión de quien no esperaba visita pero tampoco le molesta que llegue. No era la novia de Marcos, eso lo supe de inmediato. Había algo en la manera en que él la presentó, demasiado casual, como si quisiera restarle peso a la situación.

—Valeria, una compañera de la facultad —dijo él, ya de vuelta a la cocina—. Sergio, el idiota del que te hablé.

Ella me extendió la mano. Su apretón fue firme y breve. No apartó los ojos.

—Ya sé quién sos —dijo, y se acomodó de nuevo en el sillón sin explicar más.

Pasé la siguiente hora escuchando a Marcos hablar de la música para la fiesta, de cuántas personas confirmarían, de si pedíamos comida o cocinábamos algo. Pero una parte de mi atención estaba siempre donde estaba Valeria. Ella lo sabía. Cada vez que levantaba la vista del teléfono me encontraba mirándola, y en vez de incomodarse, sonreía apenas, como si todo eso fuera un juego que ya había empezado sin que yo me diera cuenta.

Cuando se levantó para irse, la seguí hasta la puerta con la excusa de buscar el abrigo.

—¿Vas a la fiesta del doce? —pregunté.

—Depende —dijo, buscando las llaves en el bolso sin mirarme.

—¿De qué?

Levantó la vista. Tenía una manera de sostener la mirada que era directa sin ser agresiva, segura sin ser arrogante.

—De si hay alguien interesante.

Me dio su número antes de salir. No tuve que pedírselo.

***

Los días siguientes fueron una negociación silenciosa a través del teléfono. Mensajes que decían poco pero prometían mucho. Ella respondía siempre con cierto retraso, no de manera descortés sino calculada, como si quisiera dejar claro que tenía su propia vida y sus propios tiempos. Me gustaba eso.

Le mandé una foto de un libro que estábamos leyendo en el mismo curso, de esos autores latinoamericanos que los profesores ponen porque sienten que deberían. Ella respondió con un comentario que me hizo reír solo, en mi cuarto. A partir de ahí la conversación fue más fluida, más honesta.

Para cuando llegó el fin de semana, ya habíamos acordado encontrarnos antes de la fiesta.

—Paso a buscarte —le escribí.

—No hace falta.

—Ya sé que no hace falta. Igual paso.

Una pausa larga. Después: «Bien».

La fui a buscar a su casa el doce a las nueve de la noche. Cuando abrió la puerta, tardé un segundo en reaccionar. Se había puesto un vestido oscuro, corto, que le marcaba la silueta con una precisión que hacía difícil pensar en otra cosa. Tenía los labios pintados de un rojo discreto y llevaba el cabello recogido, con algunos mechones sueltos sobre el cuello. Olía bien, de ese modo que no identifica ningún perfume específico sino que pertenece directamente a la persona.

—¿Estás bien? —preguntó, divertida.

—Sí —mentí.

Fuimos caminando las pocas cuadras hasta el bar donde se reuniría el grupo. Hablamos de cualquier cosa: de los finales que habían quedado sin rendir, de los planes para el verano, de una película que los dos habíamos visto sin saber que el otro también la había visto. Pero había algo por debajo de esa conversación, una corriente que ninguno nombraba. Cuando nuestros brazos se rozaban al caminar, ninguno se apartaba. Era un contacto pequeño, casi accidental, pero repetido demasiadas veces para ser casual.

En el bar el grupo ya estaba reunido. Música, tragos, el ruido habitual de esas noches de diciembre en que todos celebran cosas distintas con el mismo pretexto. Valeria saludó a los que conocía, se rió con facilidad, se movía con esa soltura de quien está cómoda en cualquier parte. Pero cada tanto me buscaba con la mirada desde el otro lado del grupo, y cuando nuestros ojos se cruzaban, algo pasaba que no tenía nombre pero que los dos entendíamos perfectamente.

A eso de la medianoche, me acerqué y le dije al oído:

—¿Querés que nos vayamos?

No dudó.

***

No recuerdo exactamente cómo llegamos al tema. Fue afuera del bar, creo, o quizás caminando hacia ningún lado en particular. Lo que sí recuerdo es el momento preciso. Estábamos parados frente a una vidriera iluminada esperando que cambiara el semáforo, y ella dijo con esa calma suya, como si fuera algo sin importancia:

—Nunca llegué hasta el final con nadie.

La miré.

—¿Por elección o por circunstancias?

—Las dos cosas. Nunca quise lo suficiente como para que valiera la pena.

El semáforo cambió. Cruzamos en silencio. Cuando llegamos a la otra vereda, me detuve.

—¿Y ahora? —pregunté.

Se dio vuelta y me miró de frente. Había frío en la calle y el ruido de la ciudad, y ella tenía las mejillas levemente coloradas y los ojos muy quietos.

—Ahora quiero —dijo.

Paré un taxi.

***

Encontramos un hotel a pocas cuadras, uno de esos que tienen el lobby en penumbra y los pasillos con alfombra gruesa que absorbe el sonido de los pasos. El recepcionista nos dio la llave sin preguntar nada. La habitación era sencilla pero limpia: una cama grande, cortinas pesadas, una lámpara en la mesita de noche que daba una luz cálida y baja.

Valeria entró primero y se quedó parada en el centro del cuarto, mirando alrededor con una expresión que no era exactamente nerviosismo. Era más parecida a la concentración, a la de alguien que quiere estar presente en lo que está pasando y no perderse nada.

Me acerqué por detrás y le aparté un mechón del cuello. La besé despacio en la piel que quedó expuesta, sintiendo el calor que emanaba de ella. La escuché respirar profundo.

—¿Estás bien? —pregunté en voz baja.

—Sí —dijo—. Para de preguntar eso.

Me giré hacia ella. Nos miramos un momento antes de besarnos. Tenía los labios suaves y una manera de besar que era al mismo tiempo segura y curiosa, como alguien que sabe lo que quiere pero todavía está aprendiendo cómo pedirlo. Besarla era como escuchar el comienzo de una canción que no conocés pero que inmediatamente querés escuchar hasta el final.

Le bajé el cierre del vestido muy despacio. Ella no se movió. Solo me sostuvo la mirada mientras el vestido caía al piso. Quedó de pie, quieta, con una calma que me desarmó completamente.

La llevé hasta la cama.

El tiempo se fue volviendo más lento, más denso, como pasa en esas situaciones en que la atención se afila y los detalles se vuelven nítidos. Le besé el cuello, la curva del hombro, la piel del pecho. Ella tenía los ojos cerrados y la respiración era pausada y profunda, la de alguien que está eligiendo sentir en vez de pensar.

Le besé el vientre. Las caderas. La escuché contener el aliento.

Cuando bajé más, abrió los ojos y me miró.

—¿Puedo? —pregunté.

Asintió sin decir nada.

Lo que vino después duró lo suficiente como para que ella perdiera esa concentración tan cuidadosa y se abandonara a algo más instintivo. Tenía los dedos enredados en mi cabello y en algún momento dejó escapar un sonido bajo, casi involuntario, que me dijo que iba por buen camino. Presté atención a cada reacción, a cómo respondía a cada cosa, aprendiendo a medida que avanzaba.

Cuando subí hasta su boca, me tomó de la cara y me besó con una urgencia que no había estado antes.

—Quiero más —dijo.

***

Fue despacio, con calma, sin ningún apuro. Ella guió, yo seguí. Sus manos en mi espalda me decían cuándo avanzar y cuándo detenerme. Hubo un momento de tensión en su cuerpo, breve, que pasó casi tan rápido como llegó. Después se relajó completamente y lo que vino fue diferente, más abierto.

No fue perfecto en el sentido técnico de la palabra. Fue perfecto de otra manera, de la manera en que lo son las primeras veces cuando las dos personas están verdaderamente presentes. Sin apuro, sin expectativas que cumplir, sin ningún lugar más importante donde estar.

Ella se movía con una naturalidad que no esperaba, como si su cuerpo supiera exactamente lo que quería aunque su cabeza no lo hubiera hecho antes. Me seguía, me guiaba, me corregía con sutileza cuando algo no estaba bien. No había torpeza en eso. Había algo más parecido a la honestidad.

Cuando terminamos, quedamos en silencio un rato largo, mirando el techo. Ella tenía la cabeza apoyada en mi pecho y respiraba con regularidad. La lámpara de la mesita seguía encendida. Afuera, la ciudad seguía con lo suyo.

—¿Cómo estás? —pregunté eventualmente.

Se rió suave.

—Bien —dijo—. Muy bien, de hecho.

—¿Y?

—¿Y qué?

—No sé. Pensé que dirías algo más.

—¿Querías un discurso?

—No exactamente.

Se incorporó un poco para mirarme. Tenía el cabello revuelto y los ojos muy despiertos para la hora que era.

—Fue lo que quería que fuera —dijo—. Eso alcanza.

Me tomó la mano y entrelazó sus dedos con los míos. No dije nada más. Hay cosas que no mejoran con palabras.

***

A la mañana siguiente la despertó el ruido del tráfico filtrándose entre las cortinas. Me incorporé despacio para no moverla, pero ella ya estaba despierta. Me miró desde la almohada con los ojos entreabiertos y el cabello revuelto sobre la tela blanca.

—Buenos días —dijo.

—Buenos días.

Pedimos café al cuarto. Lo tomamos sentados en la cama con las sábanas revueltas, sin apuro. No había incomodidad en ese silencio, y eso era lo que más me sorprendía. Era el silencio de dos personas que ya no necesitan llenar el espacio con palabras, que es el tipo de silencio más difícil de encontrar y el más fácil de arruinar.

Cuando se fue, en el lobby del hotel, me dio un beso corto en la comisura de la boca.

—Fue exactamente lo que quería —me dijo, con esa calma suya de siempre.

La vi salir por la puerta giratoria y perderse entre la gente de la calle. No sé si era el comienzo de algo más largo o una historia completa en sí misma. A veces eso no importa. Lo que sé es que cuando alguien te elige para su primera vez, algo de esa confianza se queda con vos para siempre, como una responsabilidad que cumpliste bien.

Yo todavía lo llevo conmigo.

Valora este relato

Comentarios (6)

rosita92

Que relato tan tierno y caliente a la vez... me encanto!

Luca_BA

Muy bien escrito, se siente natural y real. Espero que haya segunda parte!

MarisolVH

Me recordo tanto a mi propia primera vez, esa mezcla de nervios y emocion es inigualable. Muy bien narrado.

Patri_lejos

increible como capturaste ese momento. parece que uno estuviera ahi

Santi_87

muy bueno pero se hizo corto, quiero saber mas de Valeria jaja

LauraM22

La descripcion de los nervios de ella esta perfecta. Seguí escribiendo!!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.